Colombia: en busca de su propia novela negra

Emilio Alberto Restrepo

novela-negra-e-restrepo-otrolunes31

Introducción

Tratando de buscar una definición amigable y comprensible de la Novela Negra que no divague en rabuleos teóricos o en encasillamientos académicos forzosos -aunque entendemos que puede interpretarse como un atajo simplista pero de todos modos eficaz-, en Wikipedia.org, encontramos lo siguiente:

La novela negra es, como la definió Raymond Chandler en su libro El simple arte de matar, la novela del mundo profesional del crimen. Debe su nombre a dos factores: a que originalmente fue publicada en la revista Black Mask de Estados Unidos y en la colección Série Noire francesa, así como a los ambientes “oscuros” que logra. El término se asocia a un tipo de novela policíaca en la que la resolución del misterio no es en sí el objetivo principal; que es habitualmente muy violenta y las divisiones entre el bien y el mal están bastante difuminadas. La mayor parte de sus protagonistas son individuos derrotados, en decadencia, que buscan encontrar la verdad (o por lo menos algún atisbo de verdad). Este tipo de relato presenta una atmósfera asfixiante, miedo, violencia, falta de justicia, corrupción del poder e inseguridad. Nace en las primeras décadas del siglo XX en Estados Unidos como una variante de las historias policíacas, y difundida en revistas. La novela negra agrega la violencia a las características del género policíaco. Los crímenes se basan en las debilidades humanas como la rabia, ansias de poder, envidia, odio, avaricia, pasiones, etc. Por esta razón aparece un lenguaje más crudo, donde se le da más importancia a la acción que al análisis del crimen. En este tipo de relato importa más la descripción de la sociedad donde nacen los criminales y la reflexión sobre el deterioro ético.1

Paco Ignacio Taito II, uno de los más destacados exponentes, acuñó en una entrevista su definición, con todo el conocimiento de causa: “Una novela negra es aquella que tiene en su corazón un hecho criminal y que genera una investigación. Lo que ocurre es que una buena novela negra investiga algo más que quién mató o quién cometió el delito, investiga a la sociedad en la que los hechos se producen. Empieza contando un crimen, y termina contando cómo es esa sociedad”.2

Y ello es muy cierto. En la novela policíaca clásica lo más importante era resolver el QUIÉN y el CÓMO del asunto. Un detective superdotado, amparado en las armas de su inteligencia superior y de su discursiva capacidad de análisis, era capaz de contestar estas dos preguntas mientras aspiraba hondo su pipa o se acariciaba su barba dejando perplejos a los coprotagonistas y a los lectores. En la moderna novela de crímenes o en la novela negra contemporánea, el investigador no es necesariamente un detective profesional. Puede ser cualquiera que se ve involucrado por la fuerza de las circustancias en la resolución del delito –de manera voluntaria o no, pagado u obligado por las mas diversas justificaciones-, pero tiene que responder, además de los dos interrogantes antes citados (imprescindibles, por lo demás), por el POR QUÉ y por el DÓNDE, para entrar en los detalles de las motivaciones más íntimas del culpable, además de explorar el entorno en el que suceden los acontecimientos. En la propuesta más contemporánea, se hace énfasis en lo urbano y en lo que puede perturbar el de por sí ya enrarecido ambiente de La Ciudad: la corrupción, el odio, el racismo, la homofobia, la insolidaridad, el abuso de genero, la explotación sexual o laboral y un etcétera interminable y sazonado de toda clas de matices.

Por otro lado, a diferencia del policial clásico, “En la novela negra, la lógica del orden se desplaza, los límites del bien y el mal se desvanecen, y lo marginal se realza; no se centra únicamente en la figura del detective invulnerable que encuentra respuesta a todo, sino en las situaciones morales y sociales en las que el criminal y sus víctimas se ven comprometidos. En la novela negra, el crimen es un espejo de la sociedad en el que se ve la decadencia de la misma y la corrupción que la permea desde la familia hasta las instituciones gubernamentales. El contexto social de las ciudades exige a los escritores sacar el asesinato de los salones burgueses para llevarlo a calles y callejones. Existe una cercanía del término novela policiaco al termino novela negra. El primero connota asesinato limpio y un manejo bien educado de los personajes. El segundo implica violencia innecesaria, ambientes sórdidos y ciudades caóticas.” (Tomado del documental sobre La Nueva Novela Negra en Colombia, realizado por el departamento de humanidades y letras de la Universidad Central, 2008)3

 

El color local: lo negro “a la colombiana”

En cuanto a lo que se pretende, ubicarla en Colombia, encontramos que la aproximación académica más lejana, es la realizada por el profesor Hubert Pöppel, La novela policíaca en Colombia. ( Medellín: Editorial Universidad de Antioquia, 2001). En este texto se revisan las definiciones literarias, se hace un recuento de la historia del género en el país -con muy pocos referentes de por sí- y se revisan las obras más representativas.

De pronto otro análisis interesante que puede contribuir a la definición de los conceptos, se encuentra en El Segundo Simposio Internacional de Literatura, «Indefiniciones y sospechas del Género Negro», organizado por el Departamento de Humanidades y Letras para conmemorar los 25 años del Taller de Escritores de la Universidad Central.

Del documento se extraen ciertos rasgos que permiten entender mejor aún el planteamiento:

1.- “… La imagen de la ciudad como la «ciudad en eterna crisis»: la urbe como laberinto, infierno o babel demoníaca. La ciudad descrita en estas obras es el espacio de la desesperanza, de las colectividades anómalas con sus problemáticas sociales, sus representaciones estereotipadas y la vaguedad de los valores individuales.

2.- Para definir la nueva novela negra no hace falta remitirnos a los clásicos, Edgar Allan Poe, Ágata Christie, Dashiell Hammett, Raymond Chandler, entre otros; basta con retomar la propuesta del escritor brasilero Rubem Fonseca, quien es tal vez el que traslada ese subgénero al campo del «gran arte». La novela negra evolucionó y se adentró al mundo de las ciudades latinoamericanas. Al principio, la característica principal del género era la construcción del personaje principal, la figura del detective. Las narrativas pasaron a incorporar aspectos históricos, de las técnicas de investigación y hasta las mismas características de un tipo específico del criminal. Un abanico de opciones se abrió para el escritor y hoy podemos leer varios tipos de novela negra.

3.- El término se asocia a una tipo de novela policíaca en la que la resolución del misterio o crimen no es el objetivo principal; es habitualmente bastante violenta y el aspecto policíaco pasa a un segundo lugar, para dejar espacio a la evaluación crítica de las sociedades modernas. Por lo tanto, uno de los temas dominantes es la violencia que recorre las calles colombianas, en una especie de guerra civil no declarada y sin bandos claros. Normalmente las historias están presentadas sobre la estructura de la novela policíaca: hay un crimen o un misterio a ser descubierto y la figura del detective pasa a ser asumida por un policía o un abogado o un periodista, hasta un mismo escritor, llegando en algunos casos a desaparecer esta figura.

4.- Otra de las características del género negro es la soledad de los individuos en las grandes ciudades, que gracias a los problemas de orden sociopolítico han generado el desplazamiento indiscriminado de poblaciones que aumentan el desarrollo demográfico de las ciudades que cada vez se hacen más grandes. Casi todos los protagonistas o personajes son presos de la sensación de aislamiento, verbi gracia, en las cuestiones amorosas, el encuentro con otros seres suele darse apenas en el campo sexual.

5.- Lo que confiere mayor verosimilitud a las novelas del género negro es el uso consciente del lenguaje y las técnicas narrativas en la configuración de los mundos narrativos. El escritor puede hacerse personaje que oscila entre lo ficcional y lo real autobiográfico, a través del relato en primera persona. El narrador siendo el mismo protagonista produce la sensación de cercanía verosímil con lo narrado. Igualmente, está el dominio de la hetoroglosia, la proliferación de las voces: para cada tipo social existe un lenguaje distinto; el asesino, el asaltante, el mendigo, el loco, etc., tiene su propio código, su estilo en una multiplicidad lingüística asombrosa.

6.- En la novela negra los personajes actúan mediante un desarrollo psicológico complejo, gobernado por la ambigüedad o la contradicción; pueden pasar de unas actitudes injustificadamente crueles, inexplicables, a unas extremadamente sensibles, lo que produce en el lector el sobresalto. Una muestra magnífica de esa poca argumentación del delito puede verse en Rosario Tijeras en la que, por ejemplo, después de cometer un crimen sin razón alguna uno de los personajes podría decir: «Es muy fácil matar una persona o dos, principalmente si usted no tiene motivo para eso». La expresión artística ha logrado basarse en la violencia de los personajes, valiéndose del choque con la moral imperante de la sociedad.

7.- La novela negra se centra más en el criminal, en la descripción y ejecución del crimen que en la solución e investigación del mismo. Los personajes, muchas veces, son movidos por una obsesión momentánea, y tal vez esta sea la señal para desbandar su crueldad y su identificación con el público. Se percibe una clara influencia de Rubem Fonseca, en la que el público se ve en cierta forma atraído y horrorizado por el narrador; quien cuenta, sin pudor alguno, toda su trayectoria de crímenes. Es tan inhumano ser totalmente bueno como malo. Lo importante es la escogencia de la moral. El mal ha de existir junto con el bien, de modo que la escogencia moral pueda existir.

8.- La delincuencia es síntoma del deterioro de los sistemas de valores de las sociedades en crisis, por tanto, el delito es el resultado de la contradicción entre la personalidad y la sociedad, que se presenta en el individuo marginal como manifestación extrema y brutal del conflicto con la colectividad.

9.- La crisis sociopolítica colombiana ha generado un estilo de delincuencia particular, especialmente en los atentados contra la persona. Durante la década de los ochenta, con el auge del narcotráfico, se consolidó la forma de implementar la violencia institucionalizada en todos los campos sociales, el fenómeno del sicariato, el desplazamiento forzado por los grupos armados ilegales y los desmanes de los aparatos de inteligencia como de seguridad nacional contra la población civil al creerse amenazado. Siendo lo anterior, el contexto nacional que da cabida a la formulación de diferentes propuestas estéticas que interpretan con una sensibilidad especial esta realidad.

10.- El género negro, como tendencia, suele darse en contextos de especial relieve del sentimiento de la crisis de credibilidad de la sociedad como colectividad. La realidad violenta de nuestro país ha sido una constante del siglo XX y principios del XXI, entonces, ¿realmente se da una tendencia de escritura hacia el género negro? ¿Por qué ahora y no antes? ¿Cuáles son sus rasgos? ¿Cómo asumen los escritores el género?…”4

El escritor antioqueño Héctor Abad Faciolince tiene al respecto, su diagnóstico muy elaborado: “Es curioso que en el país con mayor número de facinerosos del mundo, que en el país con más matones y delincuentes que se conozca, que en el país donde más secuestran, donde más roban, donde más atracan y donde más asesinan, que en ese país (y me parece que se llama Colombia) no haya habido muchos intentos de escribir novela negra. Por novela negra entiendo esa novela a la que también se conoce como novela policíaca o detective thriller, pero en su vertiente más dura, más cruda, más radical, es decir, la que genealógicamente se remonta a los norteamericanos Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Colombia, tierra fértil para el delito, pone al alcance de la mano de todos, una materia prima ya lista para este tipo de literatura, y es raro que apenas últimamente algunos escritores locales (Hugo Chaparro, Luis Aguilera, Santiago Gamboa, Boris Salazar) hayan empezado a explotar este filón. En todo caso, era hora, y la cosecha es de buena calidad. Toda novela negra se pone una máscara de austeridad, de modestia, casi de literatura de tono menor, que puede hacer pensar a algunos que no es un género serio. Sí lo es, al menos en este caso, pues en esta trama de suspenso se va colando una buena radiografía de la Colombia de hoy, de esta sórdida Colombia actual donde más vale decir la verdad en un libro ficticio, en la mentira de la literatura, mediante las técnicas del thriller, que en la verdad verdadera del periodismo.” (Héctor Abad, El Tiempo, 11 de Octubre de 1998)

Llama la atención en el libro de Hubert Pöppel que en lo que a Colombia se refiere, se hace relación a novelas como Rosario Tijeras o La Virgen de los Sicarios, que hacen parte más del boom de la sicaresca que del género negro. También se cita El crimen del Aguacatal, escrito en el siglo XIX por Francisco de Paula Muñoz y rescatado por Juan José Hoyos, pero que dista mucho de ser calificado como Novela Negra. En realidad, el panorama del género en Colombia ha sido muy precario, por no tildarlo de inexistente como movimiento literario. Puede haber intentos aislados o personales, pero no han logrado el suficiente reconocimiento ni han sentado precedentes importantes como ha ocurrido en otros países. Pese a lo anterior, es claro que hay autores con difusión notable, como Santiago Gamboa, Mario Mendoza, Hugo Chaparro, Alberto Duque López, Octavio Escobar, Gonzalo España, entre otros.

No se puede hablar de una verdadera “escuela” de Novela Negra, ni siquiera de tradición o esbozos de ella en nuestra país, a diferencia por ejemplo de México o España, naciones de confluencia mundial del género no sólo por su producción literaria en cantidad y en calidad, sino por los evantos académicos especializados en el género que hoy por hoy ya son todo un referente. De esa reflexión parte la iniciativa de realizar una serie de novela negra con elementos autóctonos colombianos. Esa es una de las fortalezas de este proyecto: prácticamente está abriendo un camino, está señalando un norte, está sentando un precedente.

Nuestro país es una cantera inagotable de ideas, de historias, de referentes y ejemplos. Y es una nación de contrastes, de riqueza y de pobreza, de bondad y de maldad, de pujanza e indolencia, de solidaridad y abandono. Las historias fluyen por todas las esquinas, surgen por generación espontánea en los barrios, en el centro, en los bares, en la universidad, en los antros.

Y eso que hay que insistir en que la novela negra no debería pretender encarar al sicario en su ejercicio. De la sicaresca ya se ha escrito y filmado mucho y eso que no se ha agotado el tema. En ella, los teóricos todavía tienen un filón que va más allá de lo literario y que tiene que ver con lo socio-sicológico y lo antropológico. En ese campo hay que entender que para que haya un asesinato debe haber un asesino, y a veces ese trabajo se delega en un sicario, pero en el género negro eso es un asunto meramente circunstancial que ocupa un segundo plano de interés. Lo importante es el crimen y su entorno, sus motivaciones, el medio social que lo circunda, la personalidad de los involucrados, sus amores, odios y circunstancias. Eso va mucho más allá que la simple anécdota o el ejecutor.5

En un módulo para estudiantes de literatura, al plantear la posibilidad de diseñar una serie de novela Negra “hecha en Colombia” (que después se llevó a cabo liderada por Ediciones B y aún está vigente), la plenaria concluyó con unas recomendaciones que concernían sobre “lo ideal”, desde el punto de vista de la estructura:

— Cada novela es independiente de la otra en el argumento y en lo estructural, pudiendose leer cada una por separado. Tienen lo temático –colombiana, urbana, negra y corta- como elemento característico común.

—  Todas involucran un crímen que inicialmente no identifica un culpable determinado y que desencadena la investigación que da cuerpo a la historia.

— Se desarrollan en el ambiente urbano genérico de una ciudad latinoamericana. Se especifica que es colombiana, no tiene que especificarse necesariamente el nombre, pero se “debe sentir el olor, se debe matizar el ambiente”.

— Las tramas tienen lugar en la calle, la esquina, los barrios, el centro; no se presentan exclusivamente en los bajos fondos de la ciudad. Involucran tambien a las clases media y alta; se desarrollan además en oficinas, hospitales, colegios, sindicatos.

— Alguien se encarga de investigar el delito. Se parte de una propuesta: Se debe estimular la creación de un arquetipo, invitando –tratando de no caer en los estereotipos fáciles y eludiendo los lugares comunes- a recurrir a la figura clásica del detective privado, muy criollo, muy colombiano, evidentemente alejado del modelo esquemático inglés o norteamericano. Él lo sabe y se burla de sí mismo; debe tener el “picante” latinoamericano, un toque de desenfado y cinismo, sin acartonamientos, un enfoque de la vida no excento de humor y picardía. Si no hay elementos para construir dicho personaje, otros, casi que por obligación o por designios del azar y desmarcándose de la figura estigmática del investigador “formal”, se encargan de adentrarse en la búsqueda de la verdad: un novio, el mismo asesino, un vigilante fisgón, un tendero devenido en investigador aficionado, un periodista, etc.

— En ninguna se debe hacer apología del delito. Es distinto, por supuesto, a describirlo y ahondar en sus detalles.

— Se trata de no caer en los conceptos tan trillados de la literatura sobre la sicaresca, tan en boga en los últimos veinte años.

— En ninguna se debería usar el parlache como lenguaje. No se abusa del terminacho soez, por el contrario, hay depuración formal para ampliar el público objeto, para quitarle repelencia y universalizar su comprensión.

— En todas, además de la historia ( no se puede olvidar que la Novela Negra busca sobre todo entretener a un lector que está buscando aventuras, sorpresas y emociones ) se hace énfasis en el entorno urbano, en la crisis de valores, en aspectos tales como el caos de la vida moderna, la perversión, el poder corruptor del dinero y de la política, la ambición, la culpa, la traición. El lenguaje es ágil, irónico, matizado de un humor negro que descarga un poco lo grave y serio de los asuntos tratados.6

 

Conclusión

La buena salud del género en Colombia se empieza a vislumbrar con el advenimiento de dos eventos, que a mediano plazo interpretamos como cruciales y que pretenden coesionar y dar cuerpo formal a la literatura negra en nuestro País: El lanzamiento de la serie especializada en Novela Negra por la editorial Ediciones B que a la fecha cuenta con cinco libros y siete títulos con la idea de una colección de largo aliento y que ha contado con una gran acogida entre los medios, los académicos y el público, y el certamen Congreso Internacional de Literatura “Medellín Negro”, vigente desde 2010, con una periodicidad anual y que reune a verdaderas autoridades en el tema provenientes de muchos países, en un marco de discusiones de gran altura intelectual. No contentos con eso, que de por sí es importante, está publicando anualmente su libro de memorias para dejar constancia académica y bibliográfica de las ideas y análisis que allí se suscitan, además del concurso que convocan de novela corta en asocio con la mencionada editorial. El más reciente que recopila el trabajo de los académicos es Trece formas de entender la novela negra: la voz de los creadores y la crítica literaria, publicado por Editorial Planeta. Antes ya la Editorial de la Universidad de Antioquia había publicado Crímen y control social: Enfoques desde la literatura, ambos bajo la coordinación del director del evento, Dr Gustavo Forero Quintero. Este mismo académico publicó en 2012 con la Editorial Siglo del Hombre, el libro de ensayos La anomia en la novela de crímenes en Colombia, en la que analiza la perspectiva anual del género, mediante el estudio de alguna novelas publicadas en las últimos años en el País.7

En este orden de ideas, las cosas están marchando buen ritmo en Colombia, para regocijo de la literatura en general y del género en particular, haciéndonos cada vez más reconocidos en el orden internacional. Se puede decir que hay una producción de calidad, que con los años se complementará con la cantidad. Ya somos visibles en el mundo con un sello de identidad propio, que busca ganar su espacio en lo editorial, en lo literario y en lo académico.