"Soy un mestizo, no de piel sino de lenguaje y nacionalidad."

Palabras de elogio,
entrevista exclusiva
y poemas inéditos del poeta cubano José Kozer

Por Rafael Vilches Proenza

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José Kozer, en la diáspora, memorizer, una “eminencia de la realidad lingüística”,
desde sus impresionantes gigantografías, encarna hoy un tipo de héroe
(que podría llamar) de la pobreza irradiante.
Soleida Ríos.

 

*** Parte I ***

Nominación:

Un Cervantes, un Nobel de Literatura para el poeta cubano José Kozer

Por Rafael Vilches Proenza

Un buen sitio para el árbol de vida, un telar para rehacer con ansias la patria toda, fuente de palabra donde se asienta todo el sedimento del sabio que nos canta desde un padecer milenario, humano.

José Kozer nacido en La Habana, Cuba, el 28 de marzo de 1940, hijo de judíos checos (por parte de madre) y polacos (por parte de padre). Vive en los Estados Unidos desde 1960, donde ha prolongado la diáspora ancestral y familiar. Reside en Hallandale, Florida. Es hoy el poeta cubano más relevante cuya obra ha sido escrita totalmente en el exilio, y el más importante de expresión castellana de cuantos escriben hoy en los Estados Unidos.

Sabiduría, dolencias de infancia, heridas que no cicatrizan en la memoria, vacíos que se llenan con el poema, evocaciones, amarguras para que el perdón del pasado nos alcance, para fulminar los padecimientos. Es su mano lavada en la mañana antes del laburo, su mente trocándolo todo con la respiración del poema, la palabra que robustece.

J.K publica porque tiene una obra extensa y valiosa. Porque está consciente de que cada libro que sale rescata al menos parcialmente su trabajo. Un trabajo que ocuparía unas 30,000 páginas publicadas en unos cien libros de poesía. ¿Permitiremos se pierdan: 9576 poemas, 49 volúmenes de diarios personales? Venga, Cuba, te instamos a que los  publiques, eh.

Alguien duda que sea José Kozer el poeta cubano vivo más grande y portentoso, no son vanos halagos, lastima, que haya un silencio cómplice en el territorio nacional, la oficialidad ahogando toda posibilidad de reconocimiento a la esbeltez en el idioma. Son sus poemas júcaros, las ceibas observadas en las llanuras de la carretera central mientras se viaja a lo largo de su isla. Su poesía árbol y dolor, desgarradura desde el nacimiento, la trayectoria por la vida, angustia que sangra en la conciencia que nos hace despertar del sueño fingido, la miseria de la que huimos, de la que no logramos salir sin cicatrices.

Es su escritura un rascacielos donde el ser humano es su propio abismo. Su poesía sorprende a cada paso que se avanza en la lectura. Es como quien da palique al vecino, con ese hablar hacia la Cuba de todos, la que dejó, la que le incumbe, la que abandona al hijo a la buena de Dios, desentendiéndose de los dolores que permanecen, de la descendencia que por el mundo no encuentra puerto donde anclar las nostalgias, las esperanzas, incrementando sus tristezas.

La escritura de Kozer es todas las mujeres de la Isla tejiendo como abuelitas con agujetas antiquísimas, con los hilos de estambres guardados en antiguos neceseres, pequeños cofres femeninos que hurgan abuelas, madres, hijas, hermanas con esa música de fondo que viene desde la noche insular, otoño de todos los seres que somos o hemos dejado de ser, olvidando a nuestras mujeres en el arte de fabricar la espera de mejores tiempos.

La poesía de José Kozer gracias a los amigos se ha abierto paso a paso un finísimo trecho como una guardarraya en los campos de caña de Cuba, ha ido ocupando el lugar que merece en el mapa literario de la isla. Replicas, en 1997, Ediciones Vigía, una selección con prólogo de Víctor Fowler, 45 páginas, 200 ejemplares manufacturados; No buscan reflejarse, selección y prólogo de Jorge Luis Arcos, Letras cubanas en 2001, 2000 ejemplares, se imprimió en Colombia; Semovientes en 2007, 163 páginas, una corta tirada semiartesanal, La torre de letras, que dirige la poeta Reina María Rodríguez, con prólogo de Gerardo Fernández Fe; Índole 2012, Ediciones Matanzas, 164 páginas, 800 ejemplares, con una nota a la edición del poeta y editor Alfredo Záldivar, un ensayo del poeta chileno Andrés Fisher, y como colofón, el decálogo de Kozer. Libros que se agotaron en cuanto salieron a la luz. Libros buscados, extraídos, robados, hurtados, no devueltos, atesorados con celo por sus propietarios, libros que no se prestan, que han desaparecidos de las pocas bibliotecas donde tuvieron la suerte de llegar algún día.

Hay en J.K un indudable dominio del idioma, múltiples culturas, saberes que como la mismísima diáspora estallan para contaminarlo todo, se abre el diapasón del acervo del cubano prisionero en su cubaneo, en el cerco de las aguas, la restricción por los caprichos de un hombre, dos, diez, una camarilla retratada, que él va escriturando en cada verso, asomando el labio torcido con disgusto como se alza una guámpara con las manos de un mambí.

Toda la luz cabe en las alforjas de su caballo, el caballo blanco de José Martí, el caballo negro o moro de Antonio Maceo, el caballo que lleva cada cubano por el mundo, incrustado en el pecho como una llamarada, como una rebelión, como una libertad unánime que se da en un grito, en un aullido, para constelarse y consumirlo todo. Reconocer que nos duele, nos espanta la grandeza del otro. Preferimos irnos con nuestra música a otra parte. Me abro el pecho, solo para ver la estrella que me hace padecer por todos, como un mártir, como un martirio, como un Cristo sobreviviendo en los padecimientos de la Patria, reconocerme en cada verso sacado de la fatiga de este poeta que amasa cada palabra como un tahonero la masa para hornear el alimento del día.

Kozer es un emigrado que no ha dejado de ser cubano. Deberíamos, hermano José, nominarte al reconocimiento entre todos los hombres y todas las mujeres. Me espanta que nadie se dé cuenta, que los que lo hacen les duela la grandeza del arte de este ser, su gigantesca figura poética, humanista. Son los aportes de una isla al universo que habitamos, una voz que nos engrandece fundiendo lo judío, lo cubano, lo hebreo, lo peninsular, lo caribeño, lo universal que juega y se hace amasijo oriental, occidental, ajiaco a lo Fernando Ortiz, magia martiana cobrando vida en la versificación, verbo que sangra, respira en sus pergaminos, se torna sabiduría, es el brujo de la aldea, el gran mago, el hechicero sanando en su canto diario. Es su escritura vida, muerte, futuro, iluminación, para que no olvidemos el pasado, la tristeza, el sufrimiento, los atisbos de felicidad que quedan en algún resquicio de la memoria. Pinta en cada rasgo, en cada sonido un universo dormido, ignorado en el aserrín, el miedo, la censura, lo albergado disimuladamente tras nuestros ojos neblinosos que miran imprecisos hacia la nada.

 

Jose-Kozer-4-otrolunes31“Kozer regala sus mitos. O sea, una realidad verdadera. En última instancia un poeta se mide por su singularidad (que proviene de la extrañeza desde donde nos habla y de la extrañeza que es capaz de despertar en nosotros); por su manera peculiar (irrepetible) de decir su palabra, de escucharse su voz; por su imaginación y poder cognitivos –ya intelectuales, ya afectivos, ya sensoriales-, dables de activar los nuestros; por su forma de crear un universo lingüístico suficiente; simultáneamente, en algunos casos mayores, por su capacidad para conmovernos; y, sobre todo, por ese su natural develamiento de lo desconocido, a la vez que preserva su misterio. Todos estos dones pueblan la poesía de José Kozer, quien desde ya debe considerarse como una de las voces más auténticas de la poesía cubana en cualquier tiempo.”

Jorge Luis Arcos

Cuba es vacío, niebla, isla de nunca jamás, donde beber un sorbo de café amargo nos hace recordar que alguna vez gritamos en la manigua una carga al machete, que incendiamos nuestros hogares, que nos dejamos arrancar las uñas y los ojos, para ahora ver la tierra sagrada jadear en el estercolero. La noria gira. El círculo es cuadrado. El pan se agria en nuestras bocas en silencio. El llanto es de la alta noche. No resistimos tantos astros entrando al unísono en nuestras almas. Nuestra sangre fue contaminada, se fermentó, y nuestras mentes fueron trastocadas.

La poesía de José Kozer en clave para el lector de la isla es un secreto a voces, un repique de tambores, un entramado que se teje de ola en ola de continente a continente, vocifera de puerta en puerta, quienes somos, como somos. Trasciende con ambición lo cubano en lo universal, sin alterar los códigos fundamentales, nos habla desde las raíces, desde lo fundacional, con el mismo sangramiento del parto del Creador. Toca con mano dura y firme las campanas de La Demajagua en Manzanillo para libertar una buena mañana a los esclavos. Funde con maza carnal la ínsula en la diáspora planetaria, en la que se ha convertido el cubano. Isla-éxodo navega con el doliente a sabiendas de que quien migra resarce cada olor, cada partícula de polvo, el sudor angustiado del ser de a pie, las aguas vistas desde la puerta de casa fundirse en el desagüe palpitante por cotidiano, con un hedor familiar respirable, asimilado sin objeción, aún en la distancia, en la realidad lejana que ha quedado flotando en el imaginario del emigrante que se resiste a perder los elementos más simples de sus años vividos y padecidos en Cuba. Está en su ADN, en sus angustias ancestrales y vivenciales. Es la grandeza no aceptada.

Con humilde admiración reconozcamos la voz portentosa de un artesano de la lengua, artífice del imaginario poético de una patria deshecha que sobrevive en el sollozo del poeta que la ha hecho suya como una balsa para salvar en su memoria recobrada, cantos, lamentos, gritos ignorados, con ese hálito salobre del agua que nos hace aislarnos como Ulises multiplicados, sobrellevando la claustrofobia visible, sombras, heredadas laceraciones.

Ya este cantor no nos pertenece, es propiedad irrefutable de todos los hemisferios. Significativa, monumental es la obra de este individuo que va y viene por el mundo gritando un entorno que le pertenece, un imaginario que a pesar de aislarlo es suyo por derecho propio.

José Kozer crea sus referentes para hacernos visibles más allá de las fronteras líquidas que nos retienen, mestiza el idioma para alzar los códigos nacionales en sus incansables itinerarios del viajero infatigable en el que se ha convertido desde los veinte años, él es Ulises, es nadie, es todos los nacidos en Cuba, es  todos los hombres emergidos de cubanas fuera del suelo patrio, los dados a luz por la sagrada voluntad del Señor.

El Cervantes, el Premio Nobel de Literatura justificaría toda una obra de vida, un vivir para resaltar un arte final, un canto de inicio y continuidad, palabra para resarcir los dolores, los olvidos, las censuras a lo diaspórico, a lo migratorio, a lo que ya no pertenece al cuerpo de un país que es de todos y hacia todos va la hostia de esta tierra bendecida para sus hijos, a los que permanecen en ella, a los que decidieron partir un buen, un mal día.

José Kozer nos canta, nos discursa verdades que sangran día y noche en la hoja en blanco, en las horas del hogar, en los espacios robados a la Guadalupe, su muchacha en su espera, en su parte que palpita para que el poeta pueda dar su Aullido, su grito al machete, su alarido de libertad.

Que las claves sonadas por el cantor no musiquen en vano, que no sean sílabas muertas. Una memoria viva la del poeta cubano José Kozer que merece todos los elogios, todos los agasajos, para que la esperanza no muera, y no se ahueque el saco donde permanecemos millones y millones de compatriotas reclamando un anhelo.