Cuando baje la marea

Sobre la novela Juego de cartas

Félix Luis Viera

Juego de cartas
Miguel Cossío
Para Leer en Libertad, 2013

 

Juego-de-cartas-miguel-cossio-librario-otrolunes31Hace unos 30 años, en una conversación con el maestro de la novela cubana José Soler Puig, este me dijo: “A ese, aparte de lo demás, hay que mirarle la armazón de sus novelas, muy interesantes”. “Ese” era Miguel Cossío Woodward (Cuba, 1938, hoy residente en México, DF.); estábamos hablando Soler y yo en ese momento de dos novelas de Cossío: Sacchario, Premio Casa de las Américas 1970 y Brumario, 1980.

Como sabemos, el maestro Soler Puig era un obsesionado con la forma. Cuando dijo “armazón” se refería a eso que algunos, a falta de definición más certera, llaman la “arquitectura”, el “diseño”, y otros creo que de manera más desacertada la “estructura” de una novela.

Hoy puedo confirmar una vez más aquella observación de Soler Puig, al leer Juego de cartas, de Cossío Woodward (215 páginas), publicada recientemente por la fundación mexicana Para Leer en Libertad.

Las cartas amor de la monja portuguesa Mariana Alcoforado, enviadas al libertino, lúbrico Vizconde de Chamilly en la segunda mitad del siglo XVII, son, más que el pretexto para la narración, el argumento para desatar una obra en la cual se cruzan más de diez planos narrativos guiados por un narrador que, en este caso, en ocasiones, es también al autor, desdoblado se podría decir. Este juego permite al autor “real” discurrir por muy diversas y antagónicas localizaciones del tiempo y el espacio. Cuando leía las primeras páginas pensé que sería una de esas novelas donde manda la erudición. Y sí lo es. Solo que no hay fárrago; es decir, los elementos, asociaciones, anécdotas, etc., citados se hallan expuestos de tal modo que se hacen asequibles para un lector promedio que estoy seguro quedará agradecido por esta razón, como también por la gran cantidad de sentencias rotundas, propias y ajenas, que corren a lo largo de la obra. Aun creo que este libro se podría leer, y releer, por bloques, discurso narrativo aparte.

¿Pero la trama…?…  Organizada mediante movimientos cortos, intensos, está planteada de tal modo que el lector se verá envuelto en ese regirar donde el ingenio a veces, el humor ácido en otras, la emprenden contra la banalidad ambiente y donde el desencanto asoma aquí y allá para recordarnos, por ejemplo, que “era un burócrata con ínfulas de poeta y filósofo, el más peligroso de los especímenes humanos”. Quisiera llamar la atención acerca de la propuestas existenciales —¿debí escribir “filosóficas”?— que logran mantener en vilo al lector; propuestas que, si bien en tantas ocasiones tienen su apoyatura en lo ya “dicho” por otros pensadores, son recreadas, enriquecidas a partir de los razonamientos del autor… por medio de sus personajes (él incluido).

Las localizaciones de Juego de cartas van desde Bruselas a Praga, pasando por París, Estocolmo, Leipzig y muchas ciudades más. Pero los dos escenarios principales son la ciudad de México y Río de Janeiro. En esta última conoceremos la envilecida industria de la telenovela; Reginha Aurora, la editora implacable, cínica, que corta, suma, modifica a su antojo capítulos de los culebrones con que engatusan a los televidentes; en cierto momento, “un golpe de aire” callejero dispersa las páginas de un guión que carga Reginha, pero no hay que preocuparse, ella lo sabe: “Las telenovelas no siguen un orden lógico, y los capítulos se parecen tanto unos a otros que los espectadores no distinguirán los primeros de los últimos, la serie anterior de la actual”;  y al  guionista estrella, Carlos Bernardinho, un ser acabado desde sus inicios: desde entonces lucha contra su verdadera vocación creadora versus la fruslerías televisivas que, sin embargo, tanta plata y popularidad le prodigan; veamos que uno de sus libretos emblemáticos se titula Morir de amor; un ser, Bernardinho, que recibe ayuda de un guionista fantasma, pero aun así, alguna vez: “Se queda paralizado frente a la pantalla de su laptop. Es víctima del síndrome de la página en blanco…”. No estoy al día en este aspecto de los medios digitales insertos en la novelística actual; de modo que únicamente sé decir que Cossío Woodward le saca todo el jugo posible a este asunto, del cual, por cierto, por momentos nos enseña la cara más fea; sirva de ejemplo ese profesor que debe asistir con una ponencia a un evento literario internacional y “Según su costumbre, unas horas antes del viaje bajaría de Google sendos artículos, de preferencia en inglés, que en traducción automática, cortaría y pegaría, firmándolos con su nombre”.

Dije antes que esta novela se podría leer por bloques, algo así como un postre para el lector. Así, aparte de los variados tonos en correspondencia con el personaje del cual se trate, ejemplifico: “…el cuerpo es un instrumento demasiado burdo para percibir la multitud de señales que se emiten por todo lo visible e invisible” (Pág. 62); “Creo haberte comentado que desconfío de la investigación [literaria] impuesta, algo así como prescribir el sexo por obligación. Es parecido, aunque no sabe igual; falta la conquista, el juego, el placer, el descubrimiento de lo hasta ahora ajeno o prohibido (Pág. 111); “En mi larga experiencia en los juzgados he podido comprobar que los lacayos son por lo general desechables, y que sus amos no sueltan un franco cuando ya no les sirven” (Pág. 164). Con lo que observado hasta aquí, quizá no fuera necesario adicionar que el ensayo aparece constantemente en Juego de cartas. Este se halla referido, fundamentalmente, al acto de creación, sobre todo al arte de la novela. “Creo que el verdadero escritor no es producto de la improvisación, ni del chispazo que, a veces, bien lo sé, puede lograr un éxito circunstancial. Su meta no es la fama, sino la propia literatura” (Pág. 70); “Soy un ejemplo de la tiranía del Autor, que antepone sus volubles pensamientos a las manifestaciones de sus personajes”; la novela también se convierte en narrador: “Yo, siendo Novela, encarno el juego que, a decir de Aristóteles, se acerca a la felicidad y a la virtud, porque realizo una operación cuyo objetivo es la Literatura en sí y no un trabajo obligado para obtener una recompensa”.

De los variopintos y abundantes personajes que aparecen en Juego de cartas, escojo, entre otros, a Claudia Ester Sanmarino, pedante pero profunda; a la insinuada “alumna veinteañera” o a la confundida, y tórrida, monja María Angustias (“Sólo me ha besado la mano, con unos labios delicados y a la vez tan ardientes que, os lo confieso, me hicieron temblar las piernas”.

Las páginas de Juego de cartas son visitadas, con tono de réplica casi siempre, por Tolstói, Rilke, Kafka y otros. Esto es un extra que levanta el interés por la obra y que deberá ser buen pan para alumnos e investigadores.

Creo que una novela como Juego de cartas es dable valorarla cuando baje la marea que ella misma levantará.