El dedo en la llaga

Sobre el libro Atta

Jesús Villaverde Sánchez

Atta
Jarett Kobek
Alpha Decay, 2013

 

atta-jarett-kobek-librario-otrolunes31La confrontación está presente en cada una de las páginas de Atta. El escritor estadounidense de origen turco, Jarett Kobek, reflexiona sobre los atentados del 11-S desde un punto de vista completamente nuevo con respecto a lo que se ha podido leer sobre el tema anteriormente. La obra de Kobek es una especie de híbrido entre la novela y el ensayo a través del que el lector conoce la biografía (ficticia en multitud de pasajes) de uno de los baluartes de Al Qaeda en el momento del ataque a las torres gemelas: Mohammed Atta.

Con una estructura dividida en dos historias, el autor reflexiona sobre la cultura y la religión musulmanas desde puntos de vista poco convencionales en el mundo occidental. Se puede considerar una provocación, pero no creo que sea esa la idea principal que subyace en el texto. Kobek se acerca al terrorismo fundamentalista desde una perspectiva abierta que invita a la reflexión y que atrapa desde la primera página.

Por un lado el lector asiste a los últimos meses de Mohammed Atta, en los que se infiltra en la sociedad norteamericana y prepara los atentados con toda minuciosidad; por el otro le conocemos en su etapa estudiantil, en el seno de una familia acomodada en El Cairo, mientras se documenta para su tesis sobre la imposición de la arquitectura occidental en Oriente Medio. Los dos arcos temporales, bien diferenciados, son un bastón para llegar al estrato más primario de un personaje ficticio basado en uno de los nombres más relevantes en este principio de siglo.

En su etapa más joven Kobek narra cómo se moldea su mentalidad, generando un cierto rechazo a la sociedad occidental, pero también se dejan ver algunas costumbres, tradiciones y rutinas que lo acercan a la normalidad en la que cualquiera podría reconocerse. Las teorías de conspiración empiezan a dejarse ver en cada uno de los pensamientos del Atta más joven. Sirva como ejemplo la siguiente frase: “Walt Disney es el rostro humano del neocolonialismo. Atrás han quedado los cañones británicos y belgas, las escaramuzas de los franceses. En su lugar hay un nuevo caballero oscuro, un hombre que arrodilla a los musulmanes, que los seduce con vicio y blasfemia. Una iconología sofisticada que penetra en las mentes, que abusa de las almas”.

No es la única reflexión en este sentido, aunque Walt Disney es un blanco muy recurrido por el personaje, que también vierte su odio visceral hacia Israel, al que acusa de ser el domador de Estados Unidos, o muestra su rechazo hacia Monica Lewinsky, la que asegura que sólo es una espía judía. Sin embargo, la idea que deja poso al final de la lectura es la de la propia tesis de Mohammed Atta: la imposición de la arquitectura occidental en Oriente Medio como una forma de dominación cultural. ¿Y si los ataques del 11-S sólo hubiesen respondido a esta suerte de despotismo arquitectónico? Es la pregunta que parece querer lanzar el escritor turco americano con reflexiones como la siguiente en boca del personaje: “El nuevo edificio es una imponente monstruosidad, un símbolo más del imperialismo occidental. La vista desde nuestra sala refuerza mi sensación de intromisión extranjera.”

El relato de Kobek resulta provocador, al introducir el dedo en una llaga abierta como es el terrorismo islámico, y yendo más allá, buscando una causalidad y no limitándose sólo a las consecuencias devastadoras del acto. Todo tiene su origen, incluso las confrontaciones, y lo interesante de esta novela ensayística es que bucea en la mente de uno de los artífices para fabular con esas posibles chispas que dieran lugar a semejantes ataques de odio.

Atta es rematado, además, por un breve relato, “El Whitman de Tikrit”, que narra el último día de Sadam Hussein en libertad. Jarett Kobek ha creado una obra muy recomendable para comprender un poco mejor la sociedad del miedo y la desconfianza en la que vivimos. El rechazo a lo distinto o lo extranjero que, llevado al extremo, deja horrores como los que todos tenemos grabados a fuego en la memoria, pero también como el resto, los que desconocemos, aquellos de los que no nos informan pese a seguir sucediendo día tras días.