La sangre del Tequila (XV)

Novela por entregas

Félix Luis Viera

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

Félix Luis Viera, poeta, cuentista y novelista cubano.

Esta aventura, querido lectores, ha llegado al final.

Quienes han seguido estas entregas capítulo a capítulo notarán que, obviamente, la novela no termina aquí, pero ha sido esa la estrategia que hemos acordado con nuestro querido amigo Félix Luis Viera. Quisimos, y lo hemos hecho hasta ahora, rescatar aquella tradición de épocas pasadas en la que escritores que hoy consideramos “universales” convertían a miles de lectores en perseguidores cautivos de sus novelas por entregas.

La novela, como nos ha hecho saber Félix Luis en un mensaje reciente, ya ha sido terminado y en estos momentos anda a la búsqueda de un editor. Aunque algunos dirán que hacemos trampa, quienes quieran conocer cómo termina esta apasionante historia, tendrá que esperar a la publicación de La sangre del Tequila.

Nos queda la satisfacción de saber que hemos despertado el interés en esta obra, y que así como miles de lectores clickearon en cada número de la revista sobre estos capítulos de su novela, como demuestran nuestras estadísticas de lectura, también serán muchos los que busquen la obra impresa.

Con tristeza despedimos a Félix Luis Viera. Pero nos sentimos muy contentos, y elogiados, de que un narrador de su excelencia y prestigio haya confiado durante tanto tiempo en nosotros, ofreciéndonos, como se dice mucho en español, “recién acabaditos de sacar del horno” los capítulos de su novela, a modo de primicia

Gracias, querido Félix Luis Viera. Y buena suerte con la edición próxima de La sangre del Tequila.

Redacción de OtroLunes

 

El sur

29

 

Aparte del nuestro, un dormitorio es para las visitas. Siempre está preparado. (Marisela lo tiene que trabajar como si allí durmiera alguien diariamente, pero el único visitante que se ha recibido desde que estoy aquí es el pescador.) En el otro, que más bien funciona como un depósito, me había dicho Irene que quizás—quizás, enfatizó— hubiese una computadora portátil como de “nada más creo” dos o tres años atrás, podría yo revisar con la ayuda de Marisela.

Había olores muy raros mezclados, como de frutas secas, de cueros, ropas sucias, humedades, cerrazón. Era un solo montón que abarcaba todo el cuarto, con la altura de un hombre, pero que parecía estar armado de muchos montones menores. Quise desistir. Le dije a Marisela que en busca de la supuesta computadora podríamos estar eternamente buceando en aquella montaña. Pero ella me animó: “sigamos, señor, ándele, la hallaremos…, usted la necesita”. Zambullimos, entre otros objetos —aparte de vestimentas y zapatos desahuciados (incluidos abrigos de pieles, vinil, telas diversas, estolas, chales, bufandas de distintos colores y tejidos)—, en frascos de perfumes, colorantes, cremas (buena parte conservaba algo del contenido), maletines, portafolios, bolsas, carteras, billeteras, pelucas, cinturones de numerosos tonos y diseños, cajas vacías o medio vacías con rótulos en diferentes idiomas, carpetas, folders con documentos (tiques, recibos, boletos), bolas de cintas de distintos colores, carretes de hilos a medio andar, muñecos de peluche, teléfonos antiguos, frascos de pegamentos y latas de pinturas mediadas, camiones, carretillas, autos de juguetes (algunos todavía en sus envases), algún aparato de radio, televisión desahuciados. Encontramos (encontró Marisela) la computadora junto a la pared del fondo, incrustada contra la cortina de una ventana que daba hacia la entrada lateral. Yo le había descrito cómo era una computadora, portátil. “¡Aquistá!”, dijo mostrándomela. Se hallaba polvosa, envuelta en sus cables, la mitad asomada fuera del estuche de piel; cuando ella la desempolvó, resultó de un azul claro, no negra como lo parecía cuando me la enseñara con expresión victoriosa. Irene solía repetir que continuaría haciendo lo suyo “a la antigüita”. Mario Trejo me había prometido que si yo hallaba la computadora, él vendría a adiestrarme, “para que al fin abandones la ignominiosa era de la máquina de escribir”.

 

*****

 

 La celda

 19

 

En conclusión, no era más que un bulto arropado. En el 060 me contestó una voz de mujer, dijo seguridad ciudadana. No captó mi acento y exclamó ¿mande? Me serené. Hablé silabeando. Ella hizo algunas conexiones; estaba dando la versión a otros, según creí escuchar. Toqué las puertas de varias celdas y quienes respondieron se quejaban de la hora, maldecían, ¡Ah, chingaos!, ¿qué pasó? Salió el primero, le dije, entró, volvió con una linterna. Sin duda: era la casera quien estaba allí, inerte, junto a mi. Todavía yo tenía la esperanza de que no fuera ella; si hubiese sido otra persona muerta, desconocida, que allí hubiera caído, serían menos los interrogatorios, el papeleo, lo demás, pensé. Llegó una ambulancia, se habían escuchado sus sirenazos como desde dos cuadras antes quizá. Luego la Policía, dos patrullas, según sus ruidos; cuatro policías. Los de la ambulancia golpearon allá contra la puerta de metal. Corrí a buscar mi llave. Abrí.  Ella dejaba la luz exterior de su puerta encendida. Era toda la luz que había y los paramédicos podrían destrozarse contra esas escaleras de metal que procuraban la verticalidad. El de la linterna alumbró para acá. Fue siguiendo con el cono de luz las piernas de los paramédicos mientras estos bajaban con una camilla y otros andariveles. Serían seis o siete inquilinos los que estaban junto a mi celda. Uno dijo en alta voz que los paramédicos harían bien en traer lámparas. Yo bajaba detrás de ellos, de modo que debieron escucharlo, pero no dijeron nada. El ruido de la bajada era infernal. Apenas tanteó, el que debía ser el jefe de los tres paramédicos, él incluido, dijo nada que hacer, casi simultáneamente con la bajada de los cuatro policías, que se habrían orientado por la ambulancia estacionada y la puerta abierta. ¿Nadie es familia? ¿Cómo se le puede avisar a un familiar? Preguntó el que debía ser el jefe de los cuatro policías. Los datos debían estar allá dentro, en la habitación de ella, pero la puerta estaba cerrada, le dije. ¿Y a poco ella cerró su puerta desde fuera y luego se aventó o fue que se cayó para acá luego de cerrar su puerta desde adentro?, dijo otro policía, ta´raro. El que debía ser el jefe exclamó que se conseguiría una orden para venir a forzar la puerta. Pero uno de los inquilinos, delgado, de corte taciturno, envuelto en ropa de dormir negra que incluía un gorro y que había permanecido cerca de la escalera y, en ningún momento, se había acercado a lo que ahora ya estaba confirmado que era un cadáver, dijo: yo puedo abrirla y fue a su celda y regresó exhibiendo con desgano algo que después vimos era una ganzúa. Subió, lentamente, con dos policías detrás, que lo apuraban. Había que dar fe del cadáver y avisar para el levantamiento, dijeron entre otras cosas los policías que quedaron abajo. Y firmar un acta con dos testigos de los presentes o dos familiares que llegaran, donde constara que ellos, los policías, habían actuado limpio. El trío de paramédicos, que incluía una mujer, estaba en el rincón más oscuro y se relataban, tal si no lo hubieran vivido, cómo les había ido en dos casos de hoy. La paramédica repitió varias veces sentí horrible cuando bajábamos esa cuesta. Hasta entonces yo no había pensado en lo aventurado que debía ser para una ambulancia, destinada a la alta velocidad, y que a esa velocidad vendría hasta la esquina, bajar esa cuesta que se aparecía de sopetón. La gemela de la cicatriz sobre la ceja llegó como a las tres de la madrugada; estábamos los dos policías que se habían quedado, los paramédicos y yo.

 

*****

 

Verónica

23

 

Cuando ingresó en la Academia de Policía de la ciudad de México, Lucía Luévano no había conocido el orgasmo. Tampoco se había masturbado. Y jamás observado un falo: El Sombras solo le dio la posibilidad de sentirlo. Desde que sobredimensionara las trichomonas no se juró que aborrecería al sexo y a los hombres; solo que ambos le hacían sentir terror. Nunca, desde las trichomonas, siquiera se miró su propio bizcocho a derechas.

En varias ocasiones durante los entrenamientos, Lucía había sentido que Cuahtémoc Portieles se le encimaba demasiado en ciertos ejercicios y permanecía unos momentos pegándole sus carnes. Esa primera tarde en que fueron a pasear al Bosque de Chapultepec, ella, antes, en una de las prácticas, había percibido la verga de él contra su entrepierna, ambas zonas aligeradas por la tela leve de los quimonos. Ella exclamó quedo: “ayyy”. Un gemido de placer no justamente por el contacto del cuerpo del hombre contra el de ella, sino porque su nariz había estado el instante suficiente junto al cuello de Cuathémoc, y era ese el perfume, el mismo de El Sombras, el Perfume del Hombre Perfumado.

Después de poseerla (física, vaginalmente, porque a Lucía le serviría ese encuentro solamente para evocar a El Sombras, a aquellas noches de frío de hacía unos cinco años atrás) en el Bosque de Chapultepec, el entrenador le pediría disculpas por la violencia que le insinuara poner en acción, si fuese necesario, cuando caminaban sobre el jergón chirriante de las hojas del otoño, cubiertos por los ramajes que inducían una habitación espontánea.

Cuahtémoc Portieles lloriqueó al terminar el monocoito, mientras guardaba en uno de los bolsillos de su chamarra, luego de pasarlo a un sobre de nailon, el condón ahora sanguinolento que se había colocado a mitad de la contienda, con la misma sonrisa extática con que un deportista guardaría en un bolsillo su Medalla de Oro. Le confesó a Lucía que si ella no se lo hubiera entregado por las buenas, él la hubiera violado o al menos violado casi: llevaba un año y medio tratando de completar la Desfloración Número 10 de las estudiantes vírgenes de la academia; vírgenes que no aparecían. Así, el entrenador temía que, a sus 46 años, no consiguiera La 10. Cuahtémoc, amante de las tiras de dibujos animados —comentó a Lucía—, fue lector de una en la cual un asaltabancos había atracado la cifra de 999 mil 999 de pesos. Le faltaba un peso para El Millón. Un peso no significaba nada para otros, pero para él, el asaltabancos, representaba el número redondo, la Meta, y por ella iría. No era lo mismo celebrarse a sí mismo, o contar algún día, que se había robado un Millón, que casi un millón: 999 mil 999. No era lo mismo para el entrenador celebrarse a sí mismo, o contar algún día, que había desflorado a Nueve mujeres estudiantes para policía; no era algo igual que, fiel a la verdad, sin remordimientos por mentir, tranquilo consigo, relatara alguna vez que allí en el Bosque de Chapultepec había desvirgado a Diez jóvenes estudiantes para policías, justamente a diez, una Decena.

Lagrimeando de emoción, acostado sobre las hojas chasqueantes del otoño, el entrenador le confiaría a Lucía Luévano que, en caso de que se hubiese visto obligado a violarla, ya sabía ella: él podría darle una calificación fatal en taekwondo, lo cual podría eliminarla para el único trabajo, según se veía, posible para ella. A él, el entrenador de taekwondo Cuahtémoc Portieles, ocho de Las Nueve anteriores se le entregaron por decisión de ellas, por amor, y a la que no la había puesto contra la pared: aquelllito, o una calificación fatal.

Debemos suponer, supone Lucía, que si Cuahtémoc Portieles,  llorando de gozo, diríamos, frenético, como si los pájaros, los insectos, los árboles, los prados y aun una multitud humana inexistente en el Bosque de Chapultepec lo estuviesen aplaudiendo, le confió todo lo anterior, sería porque ella, cuando ya ambos, vestidos de calle, como otras veces iban hacia el Bosque, le había mentido; le había mentido mientras, como si quisiera tragarse por la nariz, untarse la piel, las tripas con aquel perfume, traía hacía sí el recuerdo de EL Sombras, o no el recuerdo, más bien sentía a El Sombras a su lado, lo tocaba, le pedía que la esperara allí, en ese tramo de espesura hacia donde ella iba en esos momentos con Cuahtémoc.

El entrenador, desde antes de noviar con la estudiante para policía Lucía Luévano había dado por seguro que esta era virgen. ¿Por qué? ¿Acaso, al observarla día tras día, retraída, anodina, muda casi tanto en palabras como en visajes, estuvo él convencido, como esos seres que se orientan solo por la apariencia de los demás, de que Lucía no era capaz de abrir las piernas y darle tono a un pene?

Esta vez, como en otras ocasiones, ella, olfateando el perfume del entrenador con una desesperación que evitó mostrar, le respondió, camino al Bosque, que sí, que era virgen.

Y le reiteró a Cuauhtémoc, ¿o fue a El Sombras?, cuando se sentaron unos minutos en una banca, que ella lo amaba, lo amaba desde que lo había visto en la primera clase de taekwondo.

No necesitó fingir Lucía Luévano. Su vagina no lubricó. Ella, más que otra cosa, deseaba empaparse del perfume de Cuauhtémoc, gozar otra vez en su vida con El Sombras penetrándola como en aquellas ocho o diez noches de frío, cuando como ahora en el Bosque de Chapultepec, no tuvo orgasmo, sino más bien disfrutó la Posesión de la Poseída. De manera que el entrenador se halló con una vagina árida, se supondría que por lo inexperta, y por demás ceñida, aun sangrante. La de una virgen.

Cuahtémoc Portieles nunca sabría que en su caso, el peso con que había completado El Millón, era un peso falso.

Del Autor

Félix Luis Viera
(Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los libros de poemas: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC 1976, Ediciones Unión Cuba); Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba); Cada día muero 24 horas (Editorial Letras Cubanas, 1990); Y me han dolido los cuchillos (Editorial Capiro, Cuba, 1991) y Poemas de amor y de olvido (Editorial Capiro, Cuba, 1994). Los libros de cuento: Las llamas en el cielo (Ediciones Unión, Cuba, 1983); En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983, Editorial Letras Cubanas, nueva edición 1988) y Precio del amor(Editorial Letras Cubanas, 1990). Las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de novela, UNEAC 1987, Premio de la Crítica 1988, Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (Ediciones Unión, Cuba ,1995);Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003, Editorial Eriginal Books, Miami, 2012) y la novela corta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997, Editorial Capiro, Cuba, 2002).
Su libro de cuentos Las llamas en el Cielo es considerado un clásico en su país. Sus creaciones han sido traducidas a varios idiomas y se han publicado en antologías en Cuba y otros países. En su país natal recibió varios reconocimientos por su trabajo en favor de la cultura. En Italia se le conoce por su novela Un ciervo Herido, editada con el título El trabajo os hará hombres (L’Ancora del Mediterráneo, 2008), que aborda el tema de la UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), en realidad campos de trabajo forzado que existieron en Cuba, de 1965 a 1968, adonde fueron enviados supuestos desafectos a la revolución castrista, como religiosos de diversas filiaciones, lumpen, homosexuales y otros. Esta novela, con buena acogida de público y crítica, ha circulado en varios países de habla hispana y en la Florida.
En 2010, Félix Luis Viera publicó en México El corazón del rey, novela que incursiona en la década de 1960, cuando en Cuba se establecía la llamada revolución socialista, y que expone el mundo marginal de esa época. Ese mismo año dio a la luz el poemario La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami), publicado posteriormente en Italia por ediciones Il Flogio y merecedor de uno de los Premios “Latina en Versos”, otorgados en aquel país.
Es ciudadano mexicano por naturalización.