Mentiras que matan los peces de colores

Sobre la antología Pensando en los peces de colores

Sonia Díaz Corrales

Pensando en los peces de colores
Sergio García Zamora
Editorial Entre Líneas, Miami, 2013

 

pensando-en-los-peces-sergio-gz-librario-otrolunes31Cuando comienzo ese ejercicio grato que es leer un buen libro de poemas, —otros géneros se leen por razones diversas, la poesía se lee porque genera sensación de plenitud—, me siento como si cayera en una trampa. La trampa esta vez es que los poemas te convierten en parte de la verdad poética que cuentan, de las peripecias que proponen, estas en medio los sitios, las personas y situaciones que lees, atrapado y sin darte exacta cuenta de cómo has llegado allí. Hablo del mundo fragmentado, astillado en pedacitos que Sergio García Zamora muestra en el poemario “Pensando en los peces de colores” (Editorial Entre Líneas, Miami, 2013).

Esta es la vida y su ilusorio anhelo, me dijiste,
como si recién lo hubieses descubierto.
Supuse entonces que hablabas de nosotros.

Tres versos como golpes, que te incluyen, aunque te niegues, en el episodio que el poeta describe como la vida. Que luego tú mismo, como lector, aceptas como la vida, comparas con la vida, y asumes elpapel protagónico del que transitapor ellos.

Antes de leer ciertos poemas, ya estamos predispuestos a consentirles entrar en los espacio vitales que destinamos a imaginar el mundo disímil que un ilusionista hábil puede crear, ese ilusionista es el poeta; para que la vida común se convierta en versos, rotos cristales que antes contenían el agua viva, donde apacibles se movían estos peces. Rompe el poeta el frágil hábitat y deja uno a uno los mínimos peces, muriendo, como sueños, como diestras creaciones que los hechos, esos en los que nos incluye, van matando.

Antes de que llegase mi turno en la cola, un pez dio su coletazo. A través de la vidriera, en la sección de productos cárnicos, un pez rojo dio su coletazo. Me pregunté: ¿Qué hace un pez rojo coleteando entre la carne roja? ¿Qué hace un pez rojo en una tienda de moneda convertible? ¿Qué hace un pez rojo afuera de un cuadro de Henri Matisse? Los dos respirábamos aire artificial climatizado, los dos esperábamos nuestra sola ocasión para manifestarnos. Cuando revisaron mi compra a la salida, el pez me seguía de lejos como un signo.

Va matando el ansia del que mira ese pez refrigerado. Manifestarse es la clave, es la pretensión del hombre atrapado en la imagen de un pez digno de un cuadro, un pez raro, que no está en el sitio de los peces, sino en otro, donde todos puedan verlo saltar, manifestarse, como he dicho.Y este pez deriva en otro y otros y muchos más, raros peces que gravitan y miran de perfil, y que nos recuerdan a hombres, como el poeta.

La isla es el caos, el antipoema convertido en historias vigiladas por esos peces, cercadas por personajes exóticos, bíblicos, desconocidos. La isla es un punto en la nada, rodeada de los que van y vienen del resto del mundo. El mundo entero es un punto en la nada y alrededor giran las historias de los comunes, los que compran y venden, los que se cortan las venas con un haz de luz que sale de las brillantes escamas de los peces.

El mutismo, que no silencio, de los peces rodea cada inicio y cada final, las vidas de todos y sus breves escaramuzas. La poesíade Sergio García Zamora logra trasponer ese silencio pactado:

En Matanzas
—nombre devenido premonición—
he visto junto a estibadores, una trifulca:
palabra que no se ajusta a la pelea
entre un mulato y otro,
pero que logra disimular el cuchillo
y el horror, bajo las sílabas.

Si algo especial distingue este poemario es su gran capacidad para poner lo cotidiano contra la pared, vaciarle los bolsillos, describir lo doloroso de la realidad sin inmutarse, sin pedir perdón, sin asombro, con la tranquilidad propia de lo esperado, conocido, inevitable.

La continuidad que no suelen tener los libros de poesía está en “Pensando en los peces de colores”, las historias se suceden como un puzle, como si se rellenaran los espacios vacíos con pequeños trozos que van formando un cuadro donde convergen las ideas y la idealización de esas ideas, y todo el borde del puzle está pintado de bloques que enuncian: locura-cordura-burla-ironía-lucidez. Los personajes históricos y literarios que desfilan por los versos están tratados sin lo rígido que les sigue, sin el halo con que los tenemos en la memoria, con una naturalidad y cercanía que potencian sus propias conductas y actos hacia lo natural.

El tiempo se revierte, todo el tiempo implosiona en una declaración de amor que se sobrestima y se hace imposible para que sea creíble, apta, para el lector, a quien se ha convencido de que esta inopia es todo lo que hay:

Escribí versos para ti,
dibujé constelaciones para asombrarte,
cartas astrales capaces de justificarlo todo,
incluso la crisis, la borrasca donde estamos.

Los imposibles cercan este libro, como si fueran monstruos, y nos quedamos esperando que esas leyes inamovibles del universo se vuelvan parte de lo que leemos, que la realidad vista por los ojos fijos de los peces se vuelva más real, más cercana a lo que tenemos por costumbre, que traiga algo de balance al vacío que es la vida de los que se dicen, se creen que todavía son jóvenes y que están a tiempo de todo, también de escapar de esta vorágine, de este sin sentido, de la opresión que marca no solo la carencia, sino el disimulo de todas las carencias, incluidas las materiales.

Aunque escribí para ti páginas que agradeces sin agradecer, yo sé lo que de mí ansías. Aunque no me lo dices al oído a la hora del amor, a ninguna hora, yo sé que no te conformas, que no te conformarás solo con versos.

La cultura dentro de un cajón de bártulos inservibles, un hombre rebusca, entre ropas de uso, recicladas, una blusa rumana para su amor, y la transfigura, la convierte en lo que pinta Matisse, otra vez el genio, con la ayuda del ingenio hace primar la utilidad disfrazada de arte, para que la simple blusa usada por no se sabe quién, tenga el contenido poético suficiente para convertirse en ensoñación, en una pintura, en un acto creativo, de amor, de novedad. Un renacimiento con categoría de fénix, una simple prueba de amor.

Para ti, amor mío, he buscado una blusa rumana
como la que pintó Matisse,
aunque no te afilies a la noción de reciclaje
que logra primar sobre ciertos poemas y personas:
algo que después de usar no se pierde del todo.

En los sitios comunes, su casa o el conocido Parque Vidal, va creando mundos alternativos, que se enquistan en el mundo: mundo real, los agujeros por donde se ven los fragmentos de la ciudad, de los amigos, las lecturas, trazan una ruta que se pierde y aparece de forma alternativa, de la mano de pocos, pero contundentes adjetivos. La verdad sobre el hambre compartida con los amigos, la alegría de saberles irreconocibles en cierta forma porque abandonan esta hambre y van hacia otras hambres que se eligen por descarte, por inercia, porque no hay elección posible. Trastoca todo el poeta, dice lo que sabe esperamos que diga, mientras dice justo lo contrario.

“Pensando en los peces de colores”, busca una evasión despierta, una aceptación que se rebela, una poesía que estremece siempre y no necesita lectores cómplices, porque como ya dije al principio, nos ha hecho parte.

Repite algunos poemas que usa en otras selecciones, como La loca en el taxi, pero los códigos lo insertan de modo magistralen este compacto grupo de versos vitales e irreverentes, y casi me atrevería a decir que fervorosos, donde la partida y el exilio tienen un protagonismo especial, donde esa pérdida de vínculo con lo que parecía estaría siempre ahí: los amigos, los recuerdos, se maneja como si lo viésemos en una película, toma distancia para decir la distancia, para decir lo que no está aunque se imagina y se sueña. No miente, trasgrede y añora.

En alguna playa de Miami o Tenerife
hablas hasta convencerlos y convencerte
sobre lo inútil de tu regreso, es decir,
contra la pamplina del hombre
que alega buscar su raíz.
No te harán caer en la nostalgia fácil:
patio de escuela donde jugabas al trompo,
palmas vistas desde un tren a toda marcha.
No sientes lo que llaman patria.
Ya no sientes.

La mayor parte de los poemas de este libro se instalan en un espacio que se pretende desfigurar, son artilugios del momento, una suerte de amuleto para el presente, como la muchacha que envía los libros del poeta en la oficina de correos; ella es la suerte, el premio y el sostén, nada que no pase por su mano para ser enviado se podría decir que está terminado, listo para que el mundo lo lea, lo premie, lo soporte. Dentro del poeta vive un mercenario cándido que puede comerciar, explicar el mundo de forma que nadie o casi nadie más lo entienda, pero no puede sobrepasar  la línea del amor sin contradecirse, sin patentar la contradicción que es el amor en sí.

Si hubiera un modo mejor para leer este libro, que leer cada poema en el orden que aparece, seguro sería tomar la plasticidad de sus imágenes y convertirlas en fotos, en estatuas, o en gente que camina por la Calle Obispo, evitando la locura, sobreviviéndola. Postulándola como la primera razón para huir de casa hacia otros sitios, y hacer como si siguiéramos allí. Sergio García Zamora traslada la vida al poema y viceversa, los detalles al todo y logra hacer del todo otra fábula, que siempre por diversas razones resulta peligrosa.

…ciudades donde intentabas discernir
ciertos actos, cierta entraña oscura
de Dios y de los hombres.
Ahora lo sabes y lo sé.
Escribes desde la turbación,
escribes con una espada sobre ti.

Pero de ese peligro, de esa percepción desfigurada todo se salva a través de la belleza, la belleza de la mujer, de la ciudad, de una calle en ruinas, la belleza del arte sempiterno y universal. Juega con los extremos, con la información minimizada hasta el rumor, juega con la esperanza de que no nos demos cuenta, y la mayoría de las veces lo consigue, en el poema Ciertas prácticas de gente muy turbada, dice:

Ahora mismo iría a consolar mi suerte
con sibilas que no auguran desgracia alguna
o cartománticas cuya suerte misma compadezco.
Nada me agregue turbación.
Si otros no entienden, mejor así.

Pero entendemos, sabemos que el objetivo último de la poesía es elevarnos, darle al alma otra oportunidad de discernir entre el misterio del poema y el hecho que lo inspiró. Estamos claros de que el poeta puede tratar en versos desde una pelea callejera, con sus mulatos y sus machetazos, hasta la más original forma del amor, descubriendo los malos olores del ser amado como un ritual de aceptación de la corrupción general, o ahondando en heridas pasadas, muy hondas, muy tristes: Saulo de Tarso entrando en los pueblos del interior buscando a las maestras de Kidergarten, es el modo ejemplar de mostrar esos cambios que todos quieren olvidar, y consumen, porque lo dice como si no doliera, como si hablara de un país y un mundo extraño, que no nos concierne, como si no hablara de nosotros, cuando al principio nos ha dicho, asegurado, que es de nosotros que se habla. He aquí la trampa, de la que ya no hay modo de salvarse.

Otras cosas ya resultan casi baladíes:
la destrucción, por ejemplo, de un piano
donde ejecutó Lecuona.

Podría decirse que el uso de palabras como turbación, turbados, o que significan lo mismo, no es gratuita, cada trocito de vida que entra en el cuadro del libro se sostiene colgando de otros, de la duda, de la desidia de las personas y de la forma de verlas, vamos caminando por el escenario de unas desolaciones que hemos llegado a aceptar con normalidad. Poemas magistrales, por el ejercicio de la síntesis y la elección de la palabra justa, por el desdoblamiento metafórico, por la acuciada inteligencia con que dicen el símil: Vendedor de cuchillos,oese pequeño y conciso poema Peligro de derrumbe, o Albricias, son miniaturas perfectas.

Descarnada la verdad salta en pedazos por todo el libro, cuenta lo que quieres oír, lo que quieres olvidar si eres un lector cauto, poetiza, como si dijéramos sodomiza, sobre la historia, la religión y el turismo en ambas, en la casa, la calle Obispo, La Catedral y los hoteles, o los campos de golf y el central azucarero. Casi en la recta final llegamos a pensar que han muerto todos los peces de colores que nos prometieron al principio, que se ha acabado el mutismo, la inocencia de sus ojos abiertos y fijos, incluso su propensión a manifestarse.

Es verdad, alma mía: hice lecturas mercenarias
por un pago mercenario.

Entendemos, al final, este inculparse para saberse disculpado, para saberse por encima de la culpa que produce una patria perdida, tantos amigos perdidos, tantas ilusiones perdidas, y todo eso con lo que inexorablemente tenemos que vivir.Solo resiento, al final, como ya digo, la ausencia de esos peces que al principio parecían querer acompañarnos hasta el último poema, porque sin esos peces el rumbo es incierto y oscuro.

La invitación a la lectura está hecha, las gracias al poeta por este libro fresco y hondo, original.