No he venido a traer la paz sino la espada

Ainize Salaberri

Pornografía – Mr. Gwyn – La mujer justa – Una soledad demasiado ruidosa
Miguel Arranz – Alessandro Baricco – Sándor Márai – Bohumil Hrabal

 

No he venido a traer la paz sino la espada.
Mateo, 10:34

 

«Una vez pasado, decía Nietzsche, necesitamos encontrar un sentido a todo lo que nos ha sucedido. Podemos soportar el «cómo» de lo que sea, con tal de que comprendamos el «porqué».» (Pornografía, Manuel Arranz)

ainize-salaberri-1-librario-otrolunes31Todos esperamos que algo, o alguien, rompa con nuestra soledad, arrase con nuestra melancolía, termine con nuestros murmullos de tristeza. Todos esperamos el milagro, que la vida se ponga de nuestra parte, que lo salvaje de los días se acomode en nuestro cuerpo y nos empuje a la aventura, a exprimir cada segundo de nuestra existencia. En Pornografía, de Manuel Arranz, en Mr. Gwyn, de Alessandro Baricco, en La mujer justa, de Sándor Márai y en Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumil Hrabal, esto es exactamente lo que ocurre: están esperando que su deseo tome forma humana y les salve la vida. Todos los personajes que habitan en esas novelas están rezando: buscan la forma de darse sentido, a sí mismos, primero, y a sus decisiones. Están buscando la confirmación de que el camino elegido no ha sido el erróneo, de que los besos dados no han sido en vano, de que la piel amada, y que ahora echan de menos, no es el primer síntoma de un arrepentimiento que los ahogará después. Buscan la forma de entenderse, de comprender de qué demonios habla su vida a sus espaldas; escuchan murmurar pero no distinguen palabras; los susurros los atemorizan, al igual que su soledad obligada, y los agujeros parecen cada vez más hondos. Están en el mundo sin estar, y se pierden para que alguien les encuentre. Son humanos.

«A partir de cierto punto, ya no se puede volver atrás; ese punto es el que hay que alcanzar. Pero ese punto no lo quiere alcanzar nadie. Todo el mundo quiere poder rectificar, arrepentirse, empezar de nuevo, sin querer darse cuenta de que uno nunca rectifica, ni se arrepiente, ni empieza nada nuevo. Pero ¿dónde está ese punto? ¿Cuando ya se han pedido los platos al camarero? ¿Cuando ya se ha saltado por la ventana? La frase es de Kafka, que se pasó la vida volviéndose atrás.» (Pornografía, Manuel Arranz)

El personaje de Arranz, por ejemplo, escribe para no olvidarse de ningún detalle de su primera gran historia de amor. El de Baricco escribe porque necesita creer que la magia existe. Los tres personajes de Márai hablan de sus vidas como si la viesen desde fuera; se diseccionan, se hacen su propia autopsia, y nos hablan del amor, de su amor, de su espera o de su salto al vacío. Y el personaje de Hrabal, ese hombre que lleva treinta y cinco años prensando papel, ese hombre que ha salvado cientos de libros preciosos y necesarios de las garras de su prensa, vuelca en la literatura toda su vida, buscando, únicamente, su salvación; se ha mimetizado con los libros que rescata y ya no sabe existir por sí solo. Todos los personajes de estos escritores, en realidad, se han hecho uno con su mayor deseo o, quizás, con su mayor obsesión; se han hecho uno con aquello que más los atemoriza, con  aquello que más los excita, con aquello que mejor los define. Y todos ellos tienen un problema: la esperanza. Todos ellos siguen esperando algo de la vida, del mundo que les rodea, de la gente que los acompaña, aunque sea de puntillas. Todos ellos llevan sobre los hombros el peso de las expectativas. «Hope is a dangerous thing», dicen en la serie Orange is the new black. Y ellos se han lanzado de cabeza a sus fauces, porque la esperanza es un monstruo —y no esa cosa con plumas como la definía Emily Dickinson—, y se han atado con cadenas a ella. Y fue en ese momento de locura cuando los personajes perdieron la batalla. Aunque, pensándolo bien, ¿acaso no todos los personajes tienen la batalla perdida de antemano?

ainize-salaberri-4-librario-otrolunes31«porque yo, cuando me sumerjo en la lectura, estoy en otra parte, dentro del texto, me despierto sorprendido y reconozco con culpa que efectivamente vuelvo de un sueño, del más bello de los mundos, del corazón mismo de la verdad. Diez veces al día me maravilla haberme alejado tanto de mí mismo. Así, extranjero y ajeno, cada anochecer me dirijo a mi casa, en silencio voy por las calles inmerso en una profunda meditación, paso de largo tranvías y coches y peatones, perdido en una nube de libros que acabo de encontrar en mi trabajo y que me llevo a casa en la cartera, así, soñando, cruzo en verde sin percatarme de ello, sin topar con los postes ni con la gente, camino, apestando a cerveza y a suciedad, pero sonrío porque tengo la cartera llena de libros de los cuales espero que por la noche me expliquen algo sobre mí mismo, algo que todavía desconozco.» (Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal)

Estos cuatro escritores han creado personajes que son como nuestro reflejo en un espejo. Al leer sus novelas, en realidad, no estamos viendo el universo de Hrabal o de Baricco, de Márai o de Arranz: estamos viendo nuestro mundo que, más grande o más pequeño, tenemos ligado a nuestro cuerpo. Somos indivisibles de él, a veces nos empuja y otras conseguimos domarlo, pero más veces de las que estamos dispuestos a aceptar es ese mundo, diminuto para los demás y gigante para nosotros, el que vemos cuando leemos. La verdad, sin embargo, es mucho más fácil que toda esta cháchara: buscamos nuestro mundo, nuestro universo, nuestros sentimientos, dolores, ausencias, melancolías, abismos,  el todo y la nada, en los mundos, universos, sentimientos, dolores, ausencias, melancolías, abismos, todos y nadas de los demás. Es un acto egoísta: que los demás hagan el esfuerzo, que sean los demás los que busquen las palabras y las pongan en orden. Buscamos ponernos en orden. Terminar el puzzle. Ganar la partida. Estamos demasiados cansados para enfrentarnos de nuevo a la búsqueda de motivos para sentirnos como nos sentimos; cansados de caminar sin llegar a ningún sitio; cansados de intentar que duela menos para conseguir, únicamente, retrasar unos minutos el sufrimiento. Y recurrimos a quienes sabemos que tienen la clave porque, aunque nos arañen, es la sangre lo que necesitamos. Contemplar nuestra sangre, quizás jugar un poco con ella, chuparla, sentir el hierro en la lengua, en el paladar, y coger una gasa, tapar la herida y creer, como creemos siempre pero ahora con un poco más de esperanza, que la herida se va a cerrar, que esta vez sí, que esta vez la sutura va a funcionar, que no va a ser un parche más que se despegue al cabo de unos minutos; que hay salvación, que se puede. ¿Lo veis? La esperanza. Es terrible.

ainize-salaberri-2-librario-otrolunes31«En las inmediaciones había chiquillos que correteaban, perros que querían volver a casa y parejas de ancianos con aspecto de haber escapado de algo terrorífico. Su vida, probablemente.» (Mr. Gwyn, Alessandro Baricco)

Los personajes de estos cuatro escritores están solos. Solos como no lo han estado nunca antes en su vida. Solos, solísimos, porque han conocido lo que es la compañía, porque saben lo que es el amor. Solos, solísimos, porque han disfrutado del futuro en el presente. Solos, principalmente, porque han creído, porque estaban convencidos, porque no dudaban. Y ahora son un interrogante que pasea, que come y bebe, que dice respirar, pero que está en pausa. Viven entre paréntesis. Son como esa aguja del reloj que no cuenta más los minutos pero que, plantada como está en una casilla, se mueve hacia delante y hacia atrás; a ese reloj hay que cambiarle la pila, hay que hacerlo renacer. Eso es lo que busca la literatura, eso es lo que, en una parte mayor de la que esperaríamos, consiguen estas cuatro novelas. Nos dan tiempo, nos lo regalan. Nos dan algo en lo que pensar, algo que no es esa esperanza malnacida que siempre nos miente. No buscamos que la literatura nos mienta, no buscamos que aplauda nuestra felicidad o explique nuestra desgracia. Cuando dolemos sabemos por qué lo hacemos. Buscamos que nos acompañe, que nos escuche, que esté, sin preguntar ni exigir. Que nos despierte, como un buen amante en una mañana soleada de domingo, mientras la habitación se llena con el aroma de café. Buscamos que la literatura sea, al mismo tiempo, pregunta y respuesta. Estas cuatro novelas lo son. Sin esperanza, pero con vida.

ainize-salaberri-3-librario-otrolunes31«En una hermosa novela española, un libro inteligente y triste —ya no recuerdo al autor, tenía un nombre de torero, larguísimo, con muchos nombres de pila—, leí que esa especie de hechizo, ese estado de ánimo de los enamorados en eterna espera del amor ausente tiene algo en común con el desvarío de los hipnotizados; y que sus miradas son como las de los enfermos que empiezan a despertar de su delirio y levantan con esfuerzo los párpados hinchados. No ven nada más que un rostro, no oyen más que un nombre. Pero un día se despiertan. Como yo. Miran a su alrededor, se frotan los ojos. Ya no ven ese rostro… mejor dicho, siguen viéndolo, pero más difuminado. Ven el campanario de una iglesia, un bosque, un cuadro, un libro, las caras de otras personas, toman conciencia de la magnitud del universo… Es una sensación extraña. Lo que ayer te parecía insoportable, te dolía tanto que te partía el corazón, hoy ya no te hace daño. Te sientas en un banco y estás tranquilo.» (La mujer justa, Sándor Márai).