El SIDA en el escenario de la novela latinoamericana

Jorge Chavarro

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La percepción de que para el mundo desarrollado el SIDA ha dejado de ser una amenaza apocalíptica, ha modificado en mucho la actitud de las comunidades frente a la enfermedad.  Sin embargo esta mantiene el simbolismo que la asocia a los grupos humanos que se apartan de las preferencias sexuales inscritas en el discurso moral de las sociedades heterosexuales y a los que representan un especial estilo de vida violatorio de las conductas sociales resultantes de tal idea religiosa y política, adobada con racismo, pobreza, y ética de la responsabilidad.

Al hacer su aparición, el SIDA entró a hacer parte del grupo de enfermedades que en la historia humana han sido revestidas de simbolismo similar.  El marco es  construido al sumar el pensamiento mágico, las necesidades políticas y religiosas y los estigmas que marcan a los grupos afectados.  El SIDA se adueñó del escenario por la forma como surgió, el miedo que genera y la ignorancia inicial de las posibilidades de control, convirtiéndose en digna sucesora de la sífilis y la tuberculosis epidémicas de los siglos XIX y XVIII,  la peste medieval y la lepra bíblica.

Desde un comienzo la enfermedad tuvo relevancia como objeto de diálogo y trabajo en el mundo del arte en general sin haber sido ignorado por la literatura.  Al igual que la europea, la literatura latinoamericana ha mostrado algunos ejemplos nacidos de varios de sus escritores homosexuales asumiendo la ficcionalización de sus vidas o las de sus seres queridos en tono de denuncia.  Denuncia de la homofobia y de la marginalidad, crónica del atropello que violenta aún dentro del silencio de los estamentos oficiales, lo que unido al desarrollo de códigos autoficcionales propios, hacen sus vidas más literarias que la ficción total.

Para este estudio hemos trabajado el análisis de cuatro novelas de autores latinoamericanos homosexuales: Antes que Anochezca del cubano Reinaldo Arenas (1991), Salón de Belleza del mexicano Mario Bellatin (1994),  Loco Afán. Crónicas de Sidario del chileno Pedro Lemebel (1996), y El desbarrancadero del colombiano Fernando Vallejo (2001).  Nos hemos detenido en lo específico del grupo y en el análisis de las particularidades inscritas en los discursos de cada una de ellas.

 

El SIDA en el escenario de la novela latinoamericana

El Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida “SIDA”  producto de la contaminación con el Virus de Inmunodeficiencia Humana “VIH”, irrumpió de manera abrupta en el escenario mundial al comienzo de los años ochenta del siglo pasado.  La pandemia llegó revestida del pánico generado por la ignorancia acerca de los mecanismos de acción de la enfermedad, la severa morbilidad y mortalidad que causaba y la ausencia de terapias efectivas.  A ello se sumaron los estigmas, las marcas identitarias en la piel y el aspecto del enfermo y la idea de estar frente a una problemática de gueto, de grupos marginales que completaban la ambigüedad del universo definitorio inicial.  El conjunto VIH – SIDA resonó en equivalencia con homosexualidad, drogadicción y catástrofe.  La extensión del fenómeno más allá de estos grupos y los avances en la terapia retroviral, han disminuido al menos para el mundo desarrollado, la carga emocional y social de la enfermedad.

En el esquema sociocultural, las alertas de pánico y rechazo social acerca del ciclo enfermedad y contagio han sido un hecho recurrente en la actitud humana.  La referencia histórica y literaria más antigua que tenemos del fenómeno corresponde a la lepra1, la cual a pesar de los siglos sigue manteniendo su imaginario de enfermedad inmunda aunque posiblemente se haya librado del estigma de ser el castigo divino para los pecadores que por esa razón debían someterse al aislamiento y el abandono, lo que fue especialmente cierto en la Europa medieval.

La génesis de los tabúes culturales sobre las enfermedades asociadas a la idea de castigo divino o a conductas tenidas como afrentas que justifican el repudio social, incluyen los mitos relacionados con su origen2Lo enfermo ha sido siempre foráneo, resultado de las conductas de otras etnias, lo fue tanto en el cólera como en la peste y la sífilis, y lo es también ahora en las hipótesis socioculturales del VIH – SIDA, que enfrenta la suma de las cargas de la culpa, el racismo, el aislamiento y el abandono.  Por eso la construcción de los discursos locales relativos a la enfermedad y la exclusión resultante, varía según las naciones o grupos de ellas (para referirnos a Latinoamérica), y como el fenómeno aparece en un occidente inscrito desde los años sesenta en la nueva esfera marcada por la revolución sexual, no se encontraba suficiente explicación en la conducta homosexual, y hubo que agregarle el motivo racial y político para levantar el edificio completo3.

Los escritores homosexuales exponen  un discurso que establece la otredad de su universo, la cual nace del hecho de reconocer su identidad sexual transgresora, continua en la estigmatización que hace parte del mismo alegato homofóbico judeo cristiano y se completa con los elementos nuevos que aporta la presencia de la epidemia del VIH – SIDA: el miedo al contagio, el miedo a la agresión proveniente de los grupos sociales e institucionales encargados de ello, y el dolor por la vida que se escapa cuando el virus ha tomado posesión de su cuerpo ahora contaminado.  Contaminación que alcanza también a los textos en el desafío a las estructuras de poder gobernantes (Trauger 53).  Todo lo anterior es visible en los cuatro relatos expuestos: Antes que Anochezca del cubano Reinaldo Arenas (1991), Salón de Belleza del mexicano Mario Bellatin (1994),  Loco Afán. Crónicas de Sidario del chileno Pedro Lemebel (1996), y El desbarrancadero del colombiano Fernando Vallejo (2001).

Sin embargo, al comparar estos textos con la novela gay de la misma generación europea y norteamericana, la argumentación difiere en elementos sustanciales de la representación del yo homosexual que  aleja los dos modelos sociales, porque a pesar de los elementos identitarios comunes, están  desvinculados en el discurso político y en la visualización de la corporalidad del yo.  El cuerpo homosexual feminizado, “la loca” frente al macho también homosexual pero viril y pendiente del mejor aspecto de su masa muscular y que David Bergman inscribe en su concepto de “Sexualidad Euroamericana” (Villanueva 1).

La diferencia nace de la idea de macho como se inscribe en el pensamiento latinoamericano y que de manera extensa aparecen descritos en la novelística regional del siglo XX.  En la cultura angloamericana (o euroamericana), el hombre reclama su estatus sexual por sus relaciones con mujeres, y si teniendo sexo con hombres rehúsa ser llamado homosexual se le califica como homosexual reprimido que asume el papel dominante en el coito gay.  El hombre latino es homosexual, no por tener sexo con otros hombres sino por asumir el papel pasivo en la relación.  Es homosexual quien asume rasgos femeninos en su identidad y la posición de receptor en el acto sexual, mientras que el papel activo refuerza el calificativo de macho dominante (Epps 232), este aspecto es resaltado por Arenas, Lemebel y Bellatin.

En los textos leídos, la homosexualidad es asumida de manera más realista, trazado por narradores protagonistas homosexuales escribiendo sobre las particularidades de su mundo a partir de su orientación sexual.  Orientación que condiciona elementos específicos como la prostitución y el travestismo, al tiempo que reclama el distanciamiento de la imagen “maricona” y “loca” de la del estereotipo gay neoyorkino.  Bellatin y Lemebel explican el travesti, él no copia una actitud de género, sino que en su exageración de lo femenil construye un ente propio amplificado en la simulación erigida para seducir y al mismo tiempo para levantar su autoestima, lo que logra utilizando los mismos elementos que la mujer en la construcción de su nueva corporalidad: prótesis mamarias, de nalgas y liposucciones.

Esta apariencia es de por si el primer estigma, el signo de alarma, la campana del leproso que alerta a la sociedad diciéndole que se aparten que aquí voy pasando yo.  No todos se apartan nos cuenta Lemebel, escondiéndose de la luz del día llegan los oficinistas que quieren superar el tedio del trabajo y un matrimonio normal y los soldados que vigilan el toque de queda, como llegan también a la playa en el verano los muchachos en busca de una aventura para contar, sabiendo que la “loca” espera allí mismo a esos “apolos proletas” que pagará su dinero.  Ninguno sentirá haber perdido puntos en su rol masculino porque nunca contará si en un descuido del combate entre las sabanas “un mástil lo atraviesa de proa a popa” y “él se queda quietito gozando esa dureza” (Lemebel 91).

Lo  problemático de la seropositividad no es solo la imagen amanerada o las actitudes que permiten a sus pares en los grupos sociales asumir actitudes de sospecha.  Son las marcas que el Sarcoma de Kaposi va dejando en la piel, la emaciación del cuerpo, la depresión que les niega los intentos para seguir viviendo. También lo es la necesidad de luchar para tener un tratamiento adecuado y el derecho a una muerte digna.  Por eso los textos se transforman en un reclamo a la vida, el medio para perpetuarse subvirtiendo a la fatalidad y una pedagogía de la ética de la responsabilidad, más allá de las propagandas oficiales y del afán de los famosos por ganar un espacio de publicidad a expensas del dolor de los que están muriendo.

Para cuando los textos fueron escritos, recién estaba entendiéndose por parte de los grupos en riesgo de contaminación, que era necesaria la actuación responsable.  Arenas no renuncia al exceso y hace alarde de ello cuando calcula cuantos hombres pasaron por su cuerpo.  Al escribirlo ya conoce su seropositividad pero sigue recordando con orgullo su desenfrenada promiscuidad,  Vallejo se pregunta “quien te mato mijo” (39) y su hermano no lo sabe, como tampoco lo saben las putas travestis de Lemebel, o prefieren ignorarlo, porque aceptar el riesgo de la contaminación se hiso a cambio de muchos más dólares que la paga habitual.

La técnica literaria del “coming out” el “salir del closet”, no hace parte de la forma como estas novelas han sido escritas.  Arenas, Lemebel y Vallejo hace tiempos que escribieron lo confesional en sus textos autoficcionales.  Estos que ahora leemos, son producto del momento en que la pandemia alcanzaba su pico epidemiológico y máxima trascendencia social, por eso de la necesidad de hablar de las nuevas marcas que la seropositividad acarrea, y de hacer la denuncia de la farsa en la que el aislamiento se convirtió en el paradigma de la pedagogía de la ética de la responsabilidad agregándole arandelas a la estigmatización, aunque solo en Cuba dicho aislamiento se transformó en política oficial con la creación del sanatorio “Los Cocos” (Saumell 227).

Los Cocos fue el “lazareto” que el gobierno cubano designó para la cuarentena de los pacientes seropositivos.  Una prisión sanatorio en la que los recluidos disponían de mayores comodidades que el resto de la población de la isla, a cambio de solucionarle al régimen el pánico por el cataclismo exterminador que a su entender percibía.  En el centro de la arremetida estaba la actitud de doble moral por el silencio en torno a las condiciones reales de la pandemia cubana.

El VIH SIDA cubano arribó a la isla en dos cofres discrepantes, uno encerrado en los tejidos y fluidos corporales de los soldados heterosexuales de las fuerzas expedicionarias cubanas que se desplazaron al conflicto africano,  y el segundo en homosexuales seropositivos.  Sin embargo, fue solo hasta que el primer paciente homosexual infectado fallece, que los entes gubernamentales informan de la presencia de la pandemia en su territorio.  Hacer el anuncio les permite reanudar el discurso revolucionario homofóbico y justificar los mecanismos utilizados para desarticular de la nación la disfuncionalidad incómoda.  Este es el escenario nacional en que se desarrolla la obra de Arenas, escenario que plantea para él la lucha más desigual entre todos los contadores de estas historias.

El significado político del VIH SIDA es para el discurso comunista la imagen del capitalismo foráneo decadente.  Así que si para el autor su condición vital es la escritura de sus textos todo arremete en contra de sus metas, por eso allí necesita inscribir el cuerpo contaminado como elemento de lucha contra el culpable que lo condena al aislamiento, el exilio y la muerte.  Luego el exilio es el camino para autoexindirse del homicida y de paso hacer los méritos suficientes para ganar con su obra el calificativo de revolucionaria y poseedora de una prédica contestataria y violenta4  con que la novelística gay latinoamericana ha sido bautizada.

Los textos pueden leerse como una respuesta al poder opresor, que en el caso de Reinaldo Arenas es icónico, caudillista, evidente e identificable con nombre propio y lo menciona de manera recurrente en el texto.    Sin esos poderes los textos no existen porque no habría contra quien gritar, ni con quien establecer la relación social que justifica el escrito, haciendo del poder coautor necesario (Epps 246).  Es esta parte del discurso político de los textos, la que la hace diferente de la lucha anti homofóbica euroamericana, que es esencialmente contra la ideología de las extremas derechas que inscriben su poder dentro de un orden democrático.

Pedro Lemebel describe  en las crónicas de Loco Afán una potestad despótica dual, la izquierda del corto periodo de la Unidad Popular que revive con el retorno de la democracia, y los años de la dictadura.  De ambos tiene “cicatrices de risas en la espalda” (124).

Desde el título, Vallejo asume un escenario sin esperanzas que marcha inevitablemente hacia el vacío, oquedad encarnada en la enfermedad de su hermano inserta en un mundo irredimible perpetuado en su retórica incendiaria y que no deja de nombrar: las instituciones colombianas todas, y tangencialmente las de México.  El discurso, que va hilvanando el bosquejo completo de los signos y síntomas estigmatizadores del VIH SIDA tampoco deja dudas, Darío se muere “de esa enfermedad, hombre, de maricas que es la moda” “que los pone a andar por las calles como cadáveres” (20).  Los argumentos con que cuestiona las terapias recomendadas por los médicos, son paralelos a los de Bellatin en su “moridero”.

Por la estructura del relato, en Salón de Belleza la crítica se centra más en la ética del ejercicio médico y de las organizaciones sociales de ayuda a los enfermos de SIDA.  La decisión de no permitir medicinas en el “Moridero” se toma con la lógica de la inevitabilidad de esas muertes en contra del afán de lucro que disfraza el ayudar a bien morir en un inútil prolongar de la vida con el propósito de esquilmar el último centavo a quien pueda pagarlo.

Bibliografía

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  • Bellatin, Mario. “Salón de belleza”. España: Tusquets Editores, (2009). Print.
  • Billard, Henri. “La desarticulación del prejuicio del personaje seropositivo en la narrativa de la Generación McOndo”. Actas del III Congreso Internacional de Aleph. (2006); 53-60. Web asociacionaleph.com
  • Epps, Brad: “Proper conduct: Reinaldo Arenas, Fidel Castro, and the politics of homosexuality”. Journal of the History of Sexuality. 6-21 (1995); 231-283. Web jstor.org
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  • Kottow, Andrea. “El Sida en la literatura latinoamericana: practicas discursivas e imaginarios identitarios”. AISTHESIS 47 (2010); 247-260. PDF Web scielo.cl
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  • Vallejo, Fernando. “El desbarrancadero”. Bogotá, Colombia: Alfaguara, (2001). Print.
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  • Villanueva, Alfredo. “Ficciones sexuales latinoamericanas y la constitución del sujeto masculino”. (2012); 1-16. Web yahoo.genieo.com
  • Pastrana, Fernanda et al. “Impacto de la lepra en la historia”. Web: bvs.sld.cu
  • Trauger, Mirna. “El cuerpo y su conceptualización postmoderna en Pájaros De La Playa” MACLAS 25 (2012); 53-57. Web maclas.org
  • Notas del artículo

    1. El estudio de momias egipcias que datan del siglo segundo antes de nuestra era, ha proporcionado la evidencia patológica más antigua de la enfermedad. Las referencias bíblicas constituyen el texto literario antiguo más conocido que menciona la lepra, aunque sus descripciones muestran que el nombre se utilizó para designar de manera indiscriminada todo tipo de dermatitis de difícil manejo (Pastrana 1).
    2. Las enfermedades epidémicas como el cólera y la peste y la pandemia de la sífilis, cumplieron con la premisa al ser bautizadas con el gentilicio del origen supuesto de las mismas, así tanto cólera como sífilis fueron enfermedad española, francesa o italiana, el vecino era el contaminante, nunca el yo nacional de cada uno (Kottow 248-249).
    3. Kottow se refiere a los estudios de Susan Sontag acerca de la metáfora de la enfermedad y su propuesta ética que construye la otredad del enfermo separándola del “nosotros” los sanos. La idea norteamericana establece como marco patogénico la sexualidad negra africana y haitiana calificada como excesiva y anómala por lo que atrae al gay en turismo sexual quien regresa con el virus en el equipaje de su cuerpo. En la Unión Soviética el mito se construye sobre la leyenda política y urbana, el virus habría sido creado como arma biológica por norteamericanos, sobre quienes se vuelca la pandemia al perder sus creadores el control sobre el mismo (Kottow 248-249). Para América Latina, los autores propuestos también se identifican con el discurso del estigma de lo foráneo, es la maldición traída por el gay Americano, lo que es especialmente relevante en Lemebel.
    4. En su estudio sobre la obra de Reinaldo Arenas, Brad Epps explica que en el medio político cubano la homosexualidad pasa a ser una actitud revolucionaria (o para el régimen contrarrevolucionaria) no por ser un movimiento de vanguardia, sino por mostrar una imagen diferente del ideal de lo que el revolucionario debe ser, lo que se inscribe en el discurso homofóbico Estalinista asimilado por Fidel Castro y el partido, discurso que curiosamente comparte los paradigmas de la homofobia de la derecha norteamericana y el fascismo europeo, aunque cada extremismo culpa a su opuesto de la existencia del homosexualismo (Epps 231). En el caso de Vallejo, lo revolucionario es su discurso violento contra los iconos del poder, particularmente colombianos y lateralmente mexicanos al igual que universalmente católicos (Viloria 131). Lemebel.

    Del Autor

    Jorge Chavarro
    Médico Colombiano actualmente residente en Houston, Texas.