Las brujas sin tiempo de Roger Vilar

Sobre el libro Brujas

Odette Alonso Yodú

Brujas
Roger Vilar
México, Sediento Ediciones, 2013

brujas-roger-vilar-librario-otrolunes31El espacio-tiempo es un modelo físico-matemático que plantea que esas dos dimensiones —tiempo y espacio—, aparentemente independientes, pueden combinarse en una unidad en la que son inseparables; de hecho, son uno mismo. Y esa noción, el espacio-tiempo, es la protagonista de los cuentos que Roger Vilar reúne en su volumen Brujas, publicado hace poco más de un mes por Sediento Ediciones.

Es el espacio-tiempo el que conduce los pasos de fray Alonso de Zumárraga y de Jorge Alganeira —narradores de “El inquisidor” y “La cacería de Almenara”, los dos relatos que integran este libro—, a través de sendas puertas interdimensionales: una que va del aguacero a la lujuria en el primer cuento; otra que permite el cruce de la manigua cubana a quién sabe qué dominios donde cabalga una amenazante mujer en llamas.

Los títulos de ambos relatos son fundamentales para la determinación del tiempo-espacio de la narración. El primer cuento se llama “El inquisidor”, nombre que apunta no al fray Alonso del siglo XXI, asignado a la iglesita de barrio donde “día tras día, daba la misa de siete a unas ancianas con artritis y medio sordas que acudían al templo empujadas más por la costumbre que por la fe”, sino al otro fray Alonso, el medieval, fallido cazador de brujas en los bosques europeos, que no sólo desobedece las órdenes con las cuales fray Álvaro de la Cruz le exigió asesinar a la hechicera que tenía el mismo rostro que Elenor —esa mujer que lo atormenta—, sino que liberó a la bruja de los grilletes que la aprisionaban en las mazmorras del Santo Oficio y le permitió huir.

Un aliento de estirpe carpenteriana recorre el texto, una inquietante atemporalidad o, más bien, bitemporalidad, o tal vez —mejor— multitemporalidad. De ese modo, como el crucifijo en forma de lanza sale de los supuestos sueños del religioso y se materializa en el desván del convento, así mismo viajan los personajes desde un tiempo actual en el que hay coches de motor y voluptuosas mujeres con minifaldas, vendedores ambulantes y sellos de clausura de la Procuraduría, al otro tiempo donde se hallan el bosque hechizado del aquelarre y la masacre, la tienda de hierbas curativas de Elenor o aquella casa del siglo XVI donde fray Alonso disfruta de los placeres carnales descritos y se me antoja creer que también de los que seguramente se guardó de mencionar.

Su obsesión por Elenor hace que fray Alonso habite todos los tiempos. Y todos esos tiempos confluyen al final del relato en el patio del convento, cuando un fray Álvaro de la Cruz transfigurado en anciana da muerte a una serpiente pletórica de simbólicas connotaciones. Lo que allí ocurre, ¿es delirio, realidad, ensoñación? Nunca lo sabremos. Y no tiene la menor importancia. En el tiempo de la narración, entonces y ahora es simplemente siempre.

En el segundo relato, Jorge Alganeira, un joven cubano descendiente de gallegos, regresa a la isla con la intención de recopilar algunas de las leyendas y anécdotas fantásticas que su abuelo le contaba cuando niño. En una extraña caminata, de esencia onírica, cree ver una puerta oculta entre los troncos de “dos palmas, casi tapada por una enredadera que caía del techo”. Es la entrada a una choza, que es también el puente entre dos orillas del espacio-tiempo. Allí, un duende llamado Guranza, que funge como cancerbero entre una y otra dimensión, le grita, con voz de sapo, que “no hay comunicación entre el mundo sobrenatural y el natural”. A partir de ese momento, se da por real el tiempo-espacio en el que acontecerán el encuentro con la vieja Meiga Menciñeiro y la persecución de Almenara, ambas seres que ya no habitan lo que convencionalmente solemos llamar el mundo de los vivos.

Y no es, por lo tanto, en ese mundo en el que se desarrolla la acción. “Mega Menciñeiro no tiene casa y a la vez todo es su casa”, dice la vieja paupérrima que responde a ese nombre y con ello legitima un espacio sin límite, infinito y real. En esos dominios, una mujer llamada Almenara persigue eternamente a un Jorge Alganeira que fue su esposo y la abandonó, sumiéndola en el más insoportable de los dolores. Y aunque es difícil determinar qué fue antes o después en este tiempo sin tiempo que es todos los tiempos, el Jorge Alganeira presente —al menos en el presente de la narración—, sólo podrá librarse de esa cacería si destruye el anillo de matrimonio que tampoco recordaba entre sus pertenencias, pero que lleva encarnado en su dedo anular.

“¡Te condeno a perseguirla en ríos y pantanos, en selvas y desiertos, en el tiempo y en la eternidad. Tu alma no descansará hasta que la mates”, sentenció fray Álvaro de la Cruz a fray Alonso de Zumárraga en el primer relato; “Cada noche tengo que salir de cacería en busca de tus besos —le dice Almenara a Jorge Alganeira en el segundo cuento—. Ésa es mi condena en el mundo de los muertos”. Pero mientras fray Alonso, atormentado por los remordimientos pero arrastrado —y dejándose arrastrar— por su incontenible lascivia, goza del cuerpo exquisito de Elenor y es cabalgado por su alter ego demoníaco, Jorge Alganeira sabe que besar a Almenara, “esa enorme llama roja de la que salían dos pies con garras negras y una voz de mujer enfurecida”, sería un suicidio como el que supuestamente había cometido la muchacha cuando fue abandonada por su amante.

Aunque en el segundo relato la condenada a perseguir es Almenara, se repite la fórmula mujer maldita/hombre perturbado que ya había aparecido en el cuento anterior y que es el hilo que relaciona ambas historias. Los personajes principales, en ambos textos, van alternando los papeles de víctima y victimario, perseguido y persecutor. “Como toda hembra ella tejía trampas a los varones”, dice, haciéndose el inocente, fray Alonso; pero los varones, en unos u otros tiempos, también han tejido trampas en contra de ellas, que no logran liberarse de las marcas estereotípicas: de un lado, ángel o virgen; del otro, bruja o puta. Así, rencores y venganzas van y vienen o lo que es lo mismo, permanecen a lo largo de esa línea inevitable de acontecimientos.

Y así construye Roger Vilar la multiplicidad de tiempo-espacios que caracteriza su cuaderno; en sus propias palabras —o más correctamente en las palabras de fray Alonso—, “un universo paralelo, un mundo mágico donde el tiempo y el espacio eran otros”, “esa magia peculiar de creer que el mundo es algo más de lo que vemos”.

Habitar más de un tiempo es no tener uno específico, lo que pudiera significar ser eterno. Brujas habla de la eternidad del ser humano, del hálito ininterrumpido de sus andanzas, sus contiendas, sus miedos y sus esperanzas. Ese despertar y volver a dormir del último párrafo del libro da cuenta de un continuum que no es otra cosa que la vida. O las vidas, en plural. Porque este libro sostiene la posibilidad de vivir sin límites: en más de una dimensión, más de una vida.

Capilla Alfonsina, 21 de enero de 2014