Haïti Chérie

Fragmento de la novela homónima

Traducción del alemán: Orestes Sandoval López

Edición cubana de la novela.

Edición cubana de la novela.

Prólogo

¡Buenos días, querido lector!

 

Pruébalo conmigo, querido lector, te haré gozar de verdad, ya conocí a tu padre y a tu abuelo, yo trabajo en la profesión más antigua del mundo, la horizontal, que a veces también se practica de forma ver­tical, recostada a la cerca de una obra en construcción o de pie en la oscura entrada de una casa, frente a un lóbrego portón, una escalera de servicio quizás, pues el oficio que practico pertenece a la esfera de los servicios, se trata de un clásico acto de canje, en el cual, por un lado, un necesitar, que no tiene, se encuentra del otro lado, frente a un tener que no necesita. La mercancía de cuya venta vivo se puede comprar, pero no le pertenece a nadie: es algo que todos necesitan para vivir y que, sin embargo, ninguno posee por largo tiempo, porque no se puede guardar en una maleta o en una gaveta, en una casilla de correos o en una caja fuerte, ni se puede transferir a una cuenta bancaria. En realidad no se trata absolutamente de un objeto, sino de la relación cosificada, o mejor dicho, encarnada entre dos personas.

He estudiado a fondo la mitad masculina del mundo, querido lector, nada humano y nada masculino me es ajeno. Fui ramera en los tem­plos de Cartago, me eché a la vida en el malecón de Nínive, me subí la falda a la sombra de las pirámides y abrí las piernas en las barracas de Babilonia, acompañé a Alejandro a la India y a Napoleón a Egipto en ida y vuelta, logré levantar a los fatigados héroes con el trabajo de mis manos y el sudor de mi frente, y se lo hice en griego, en romano, en egipcio o en cochinchino, contrayendo la enfermedad española, in­glesa, francesa como vestal, hetaira, concubina, señora de harén, cocotte, vampiresa y mujer fatal, como puta o ramera, como prostituta o cabaretera. Tengo muchos nombres y muchos pueblos me adoran en muchos lugares en múltiples figuras, los asirios me llamaban Astarté, los griegos Afrodita, la nacida de la espuma y la de las nalgas bellas, en latín me llamo Venus y en Brasil Yemayá, soy la Papisa Juana, la Madona negra de Guadalupe, la ramera de Babilonia y la doncella de Nueva Orleáns, pero mi nombre no es Juana de Arco ni tampoco Mata Hari, mi nombre verdadero es ERZULIE PREDA DAHOMEY, también llamada ERZULIE DANTOR o ERZULIE ZÉS ROUGES, Erzulie de los ojos rojos, según me aparezca a mis adeptos envuelta en el ropaje del amor o en el de la ira, como bruja maléfica o hada bonda­dosa. Mi mirada es un rayo láser que hace arder en llamas y conver­tirse en polvo a quien yo mire fijamente o me mire de soslayo. Mi regazo es un triángulo de las Bermudas, que devora en su húmeda tumba a los barcos junto con sus tripulaciones, y mis ojos son aguas mansas que arrastran a su fría hondura a todo aquel que me mire dema­siado profundo a los ojos.

Tengo un hijo ilegítimo que constantemente lanza flechas a su alrededor, utiliza un veneno especial, cuya composición no confiesa ni siquiera a mí, su señora mamá, una tintura pérfida, contra la que no existe antídoto; primero hace latir más rápido al corazón y, al final, todo aquel que haya sido tocado por sus flechas pierde la razón. El número de sus víctimas es legión: Paris y Helena, Eneas y Dido, Tristán e Isolda, Abelardo y Eloísa, por solo mencionar los nombres más conocidos. El nombre de mi hijo es CUPIDO, algunos lo llaman también EROS, pero en Haití lo llamamos simplemente LAMOUR, sin apostrofe, del mismo modo que a mí me llaman MATANTE en creóle, en una palabra, y no ma tante como sería en correcto francés; MATANTE ERZULIE, un trato familiar que solo se permiten los parientes de primero, segundo y tercer grado y los amigos de la casa que, iniciados por mi familia, han sido aceptados en el círculo de mis adeptos. Para todos los demás admiradores, pretendientes y clientes que reclaman mis buenos servicios sigo siendo todavía MADAME ERZULIE PREDA DAHOMEY, también llamada Doña Erzulie, y así, por mi verdadero nombre, deseo que me llames tú también; Salut et respect, como decimos en creole: ¡Buenos días, querido lector!

 

*****

I. Frutos prohibidos

¡Es una maravilla!
(Colón, después del
desembarco en La Española)

 

—Fue el día de san nicolás del año 1492 —con estas palabras co­menzó tía Erzulie su historia-—. En aquella época yo era todavía una niña, tenía a lo sumo quince o dieciséis años, y jugaba con mis ami­gas en la orilla de una laguna que llamábamos Bahía de las Tortugas y cuyo nombre actual es Muelle de San Nicolás como recuerdo de aquel histórico día. Las muchachas estábamos en cueros, tal y como Dios o la naturaleza nos había creado, sin otra cosa en el cuerpo que un taparrabos, cuyo nombre en la lengua de mi tribu era tanga, unas diminutas bragas redescubiertas hace poco por la moda playera junto a la parte del cuerpo que más bien desnuda que cubre. Como si fuéramos alegres peces chapoteábamos en el agua cristalina hasta el mismo fondo y cual vivarachas mónitas practicábamos gimnasia en las ramas de árboles antiquísimos de los que colgaban bandas de musgo y lianas utilizadas por nosotras como columpios y cuerdas para trepar. En la época de la que hablo nuestra isla estaba cubierta de bosques eterna­mente verdes en los que, aparte de serpientes venenosas y peligrosos animales depredadores, no faltaba nada. Aunque mis antepasados no cultivaban los campos con el sudor de su frente y, en general, no ha­cían ningún tipo de trabajo sistemático —la palabra TRABAJO era desconocida en su idioma—, no sufrían de escaseces y vivían como en el Paraíso o en el país de Jauja, donde los manjares les caen en la boca a los dormilones: pinas y papayas, cacao y aguacate, maíz, yuca y boniato, frutos exóticos de nuestro jardín del Edén, introducidos por los españoles en Europa junto a las palabras que los denominan; sin olvidar el tabaco, cuyo aromático humo aspiraban nuestros sacerdotes y caciques a través de las ventanas de la nariz hasta caer en trance y poder predecir el futuro. También yo, cuando era niña, fumé en secreto la maloliente hierba, pero, en vez de ver el porvenir, me sentí muy mal y tuve que vomitar: un pronóstico pesimista sobre el futuro, que habría de materializarse más rápido de lo que hubiese preferido.

Jugábamos a la pelota, es decir, nos lanzábamos bolas de un material elástico destilado del árbol del caucho y que poníamos a secar al sol. Con estas pelotas de caucho bruto organizábamos un complicado juego, cuyas reglas exactas he olvidado; solo recuerdo que con el trasero o la cadera, el codo o las rodillas había que llevar la pelota a una red y que el equipo vencedor era sacrificado a los dioses.

Pero aquella mañana los dioses no veían ascender el humo del sacrificio, sino que se alegraban de contemplar a las jóvenes mucha­chas, a quienes ya les crecían los primeros vellos entre los muslos, mientras estas perseguían la pelota de goma contoneando las caderas y chillando de placer; se escuchaban carcajadas homéricas que bien podían provenir de los dioses en el cielo, de los monos en los árboles o de las muchachas jugando pelota en la Tierra. Pero nuestra felicidad, como la de Nausícaa y sus compañeras, no fue duradera. Mientras yo trataba de remolcar la pelota hacia la red mediante grotescas contor­siones y con ayuda de mi trasero y mis rodillas, la desgracia ya estaba en marcha. La curva de agua del horizonte fue rota por la punta de un mástil, luego apareció una vela blanca sobre la que estaba dibujada en color rojo la cruz de San Andrés, hasta el vigía podía verse con claridad, y un convoy de tres carabelas, empujado por los vientos alisios, se dirigió hacia nuestra costa y entró a gran velocidad en nuestra laguna… Pero en aquella época yo no sabía todavía qué era una cruz de San Andrés, un convoy o una carabela. Me quedé pasmada, y antes de que tuviera tiempo de avisar a mis padres y hermanos las casas flotantes atracaron en la orilla, ruidosas anclas cayeron al agua, y hombres blancos con corazas de anillos en el pecho como las de los armadillos, en medio de un bosque de lanzas, espadas y banderas, se dirigieron a tierra, donde se arrodillaron ante mí, no para besar mis pies desnudos, sino para oprimir sobre la húmeda arena sus labios reventados por el aire salado. Luego clavaron en el suelo un madero en forma de cruz, mientras un sacerdote en hábitos parecidos a un saco murmuraba palabras incomprensibles y dibujaba con las manos extra­ñas señales en el aire.

—No te será difícil adivinar, querido lector, quiénes eran los caras pálidas que aquel día, surgiendo de la nada, como zombis, espíritus del más allá o enviados de una estrella lejana, desembarcaron en Haití, que entonces aún se nombraba Quisqueya —dijo tía Erzulie al llegar a este punto de su historia, más bien para sí misma que para mí—. Su jefe y capitán tenía el mismo nombre que nuestro infeliz rey Christophe, el que se suicidó en su palacio de Sanssouci con una bala de oro, ¡que el Barón Samedi se apiade de su alma!

Y se persignó al modo de los creyentes del vudú, llevando la mano izquierda a la frente y tocando con la punta de los dedos de la derecha el codo izquierdo.

—Nuestro cacique consideró a los hombres acorazados, a quienes les crecían pelos en la cara, como mensajeros de los dioses, venidos de la tierra del sol naciente y cuya llegada nuestros sacerdotes nos habían profetizado. Pero desde el principio yo estuve segura de que se trataba de seres humanos y no de dioses, pues nuestras divinidades con figura de animales eran más poderosas que nosotros, unían la aguda mirada del águila con la fuerza y el salvajismo del jaguar, mientras que los hombres blancos dentro de sus informes armaduras parecían más bien can­grejos o tortugas arrastrándose a duras penas bajo el peso de sus corazas. Si ya hubiera sido el cacique de nuestra tribu, habría sedu­cido a los forasteros hacia el interior de la selva y desde la cima de los árboles los habría matado con las flechas envenenadas de nuestros jóvenes guerreros. Pero yo no era el cacique, en aquel entonces yo era solo una joven muchacha, nuestro cacique era un anciano decrépito llamado Arionex, y ordenó a los jóvenes guerreros echar a un lado las cerbatanas y flechas envenenadas y darles la bienvenida a los hombres barbudos como si fueran hermanos y acogerlos hospitalariamente en las cabañas de nuestra aldea, donde las muchachas y otras mujeres jóvenes les servimos los más exquisitos manjares en hojas verdes. Los forasteros degustaron a sus anchas los papagayos fritos y pescados ahu­mados, los cangrejos de río hervidos y la rosada carne de las almejas, que despierta en el corazón de los hombres el deseo de otras carnes, y bebieron además la espumosa cerveza de las raíces amargas de la yu­ca, masticadas por nosotras, las muchachas y mujeres, y fermentadas por nuestra saliva, una bebida embriagadora que despierta la sed por más. Después se acostaron de lado en nuestras hamacas y, con pupilas cada vez más pequeñas, observaron cómo bailábamos alrededor de las hogueras agitando pechos y meneando traseros al compás de las flautas y tambores. Por orden del cacique las muchachas más bellas de la tribu tuvieron que deslizarse en las hamacas de los forasteros, que se habían despojado de sus arneses, bajo los cuales brillaba su carne blanca, suave y vulnerable como la de un caracol saliendo de su con­cha, y dormirlos con refinadas caricias. E incluso ahora, cuando habría­mos podido matarlos fácilmente con nuestras mazas y hachas de piedra, el necio cacique nos prohibió tocarles un solo cabello a los gigantes durmientes; en vez de ello tuvimos que servirles a la mañana siguiente huevos de tortuga y, acicalados con flores y llenos de dádivas, acompa­ñarlos a la playa, donde sus barcos se mecían al embate de las olas.

Para corresponder a nuestra hospitalidad los forasteros invita­ron al cacique y a los más distinguidos de nuestra tribu, entre los que me encontraba yo, a visitar sus casas flotantes. Cuán grande fue mi asombro al ver aproximarse las cadenas de hierro de las anclas y los tablones de madera, las velas agitándose y las crujientes amarras de los barcos, y poder tocar por primera vez estas cosas milagrosas, y al igual que todas las muchachas y mujeres de mi tribu estaba dispuesta a sacrificar lo más preciado que tenía a cambio de un pedazo de tela roja o un puñado de perlas de cristal. Acababa de ponerme de acuerdo con un marinero, cuando el Almirante, a quien los subalternos llamaban Don Cristóbal, me hizo llevar a su camarote. Como había tenido que permanecer a bordo de la Santa María debido a una indisposición, deseaba saborear ahora los frutos de tierra que nuestro cacique le había enviado para transmitirle sus saludos de bienvenida. Como virgen que era yo todavía, se me había escogido para hacerle llegar al Almiran­te los presentes, o mejor dicho, para ofrecérselos sobre hojas verdes, como era y es costumbre entre salvajes civilizados.

El Almirante me recibió en su camarote, que desde hacía días no abandonaba. Cuando entré, recogió la brújula y el sextante, con los que había hecho unos cálculos, y me observó parpadeante a través de su monóculo, mientras yo, cubierta solo por un taparrabos, balanceando la cesta con las frutas sobre la cabeza, me aproximaba a su cama; pa­recía ser muy miope. Me incliné sobre los revueltos almohadones, sobre los que yacía tendido el Almirante, víctima de los mareos, con la nariz azulada y el rostro verdoso, sosteniendo en las rodillas un ma­pa marino abierto, en el que dibujaba garabatos y cruces, cuyo sen­tido era un secreto para mí. Su mirada vagó indecisa entre una papaya amarilla como el oro, que le presenté sobre una hoja fresca, y mis pe­chos cobrizos como el oro, que se balanceaban al alcance de la mano delante de su nariz, la cual sobresalía puntiaguda entre los almohadones y cuyas alas temblaban de excitación: hasta los pelos en el interior de la misma se estremecían; un detalle fisonómico que llamó mi atención, pues las narices de mis antepasados no tenían pelos ni dentro ni fuera; entre nosotros solo las mujeres viejas llevaban barba: todo pelo que se asomara al rostro de un indio caribe era eliminado inmediatamente desde la más temprana juventud con el cuchillo de obsidiana.

Un profundo suspiro escapó del pecho del Almirante cuando mis pezones endurecidos por el aire frío del camarote rozaron la punta de su nariz, en la que se acumuló tanta sangre que enrojeció y se hinchó como la cresta de un gallo: un rozamiento involuntario que excitó de tal modo al descubridor de América y virrey de las Indias que comenzó a jadear como un toro. Durante los tres meses de travesía los marineros españoles no habían visto ni una sola mujer, excepto las ondinas y náyades, nereidas y sirenas que habitan en los bosques de algas del Mar de los Sargazos y cuyo escamado bajo vientre no cumple con lo que promete el tronco de pechos rebosantes, los cuales muestran de modo claramente visible por encima de la superficie del agua para desviar de su curso a los barcos y llevar a la perdición a inocentes marineros. Estas ideas vagaban por mi cabeza mientras cortaba para el enfermo capitán un trozo de papaya con la intención de apagar su sed acumu­lada durante la larga travesía; de la carne de la fruta goteaba un jugo espeso: espectáculo que pareció aumentar aún más el apetito de Don Cristóbal, pues, henchido de placer, hundió todo el rostro, incluyendo la larga nariz y el bigote chorreando jugo, en la rosada carne de la fru­ta que yo sostenía entre mis pechos para poder resistir su impetuoso ataque. Después de la papaya le serví una acida pina y de postre un mango muy maduro, a cuyo delicado dulzor se le había mezclado un ligero toque de alcohol. Por fin —duró una eternidad— quedó sa­ciado el apetito del Almirante, y volvió a hundirse suspirando en sus almohadas, con los ojos en blanco y los pelos de la barba pegajosos, entre los cuales brillaban las semillas de la papaya como si fueran perlas. El tinte pálido y cenizo de su piel había sido sustituido por un saludable color rojo, y parecía como si la vida floreciente que hasta hacía unos instantes brillaba en la cascara de las frutas se hubiese trasladado a las mejillas del Almirante.

Para elevar su bienestar y hacer perfecta su felicidad, le ofrecí a Don Cristóbal un tabaco a modo de sobremesa. Con hábiles dedos enrollé los trozos de tabaco triturado dentro de la hoja que servía de cubierta hasta formar una especie de cilindro, que no tenía nada que envidiarle en longitud y grosor a la nariz del Almirante. Introduje en mi boca este terrorífico instrumento, más parecido a un tubo de arrojar fuego que a un pitillo, y lo encendí con ayuda de una astilla resinosa que hice girar entre mis muslos apretados como un torno hasta que saltaron chispas y brotó una llama viva en mi regazo. El Almirante ab­sorbió el aromático humo y ya desde las primeras chupadas cayó en un sueño reparador durante el cual, según me contó más tarde, después que logré aprender su idioma, la diosa del sueño, que entre nosotros se llama Maman Zimbie, le mostró las imágenes más seductoras.

Al despertar de su siesta, el marino enfermo estaba curado de sus padecimientos y tenía todas las razones del mundo para estarme agra­decida por ello, un agradecimiento que nos mostró a su manera. Es que entretanto la Santa María había levado anclas y nos había raptado a mí y a los de mi tribu hacia alta mar, donde nuestro cacique, al protestar por la deslealtad del Almirante, fue arrojado a los tiburones, mientras yo, envuelta en cadenas, veía desaparecer en el horizonte a mi amada isla hasta nunca más ver.

Aunque me defendí con todas mis fuerzas contra los secuestrado­res, un contramaestre, que en vez de mano derecha tenía un garfio, me arrojó sobre cubierta para violarme. La emprendí a patadas y golpes, lo arañé y mordí en el garfio, que agitaba frente a mi cara mientras con la mano izquierda se abría el pantalón, pero mi resistencia lo excitaba aún más: agarró la punta de una amarra y, mientras reía, me dio una zurra en el trasero para someterme así a su voluntad. En ese momento apareció el Almirante; repuesto gracias a mis artes curativas, había abandonado el camarote para inspeccionar el barco y restablecer la relajada disciplina de la tripulación luego de los viajes a tierra. Le hi­zo una señal al contramaestre e inmediatamente después el látigo de • nueve colas silbó sobre la espalda del hombre, que gimiendo como un animal salvaje herido se acurrucó en un rincón. El Almirante me invitó a su camarote; me lavó los cabellos con agua de rosas, refrescó los arañazos y manchas azules y me untó aceite de oliva desde los pies a la cabeza, suspirando y gimiendo de compasión. A continuación se desnudó y me pidió que me vistiera con sus ropas. Cuán grande fue mi asombro al verme por primera vez en la vida frente a un espejo, bajo el sombrero de ondeantes plumas del Almirante, en zapatos de hebillas y traje español con cuello redondo, sobre el que flotaba mi rostro como en una sopera. Y ya no salí de mi asombro cuando el Almirante me entregó el látigo de nueve colas que había tomado prestado del contramaestre y se arrodilló sobre los tablones del piso, mostrándome su espalda desnuda.

—No tenía derecho a castigar al hombre de ese modo —dijo—, pues el pecado de la carne que quería cometer contigo ya yo lo he cometido espiritualmente, ayer, cuando entraste en mi camarote, y hoy, cuando lavé las heridas de tu cuerpo. En medio de todo ello he abri­gado ideas impuras, no solo una vez, sino varias decenas de veces. El espíritu es dócil, pero la carne es débil. ¡Virgen Santa de Santiago de Compostela, perdona mis pecados y apiádate de mi alma!

Aunque entonces no entendía las palabras del Almirante —solo más tarde, cuando aprendí su idioma, hube de comprender su signifi­cado—, obedecí su orden y trabajé su espalda con el látigo de nueve colas hasta hacerla parecer una alfombra oriental decorada con un dibujo continuo. Luego unté aceite en sus heridas y alivié el ardiente dolor con paños fríos, tal y como Don Cristóbal me había enseñado. A partir de ese momento repetimos estos ejercicios a intervalos regulares hasta que el Almirante sanó por completo en cuerpo y alma, mientras la mayoría de la gente de mi tribu no lograba ver la llegada a España porque murieron de pena y enfermedades durante la travesía.