El Sr. Hispa waltermitea

(Relato)

Nicolás Melini

nicolas-melini-3-otrolunes31Hace tiempo que en casa adoptamos un nuevo verbo, waltermitear,
en homenaje al cuento de James Thurber
(“No estarás waltermiteando”, nos decimos,
“deja de waltermitear”,
o, “¿waltermiteamos un poco?”),
y ahora se estrena la película.
Bajo estas líneas, una foto del autor
y la portada de su libro en edición de Acantilado.

 

El Sr. Hispa se encontraba aquella mañana realizando sus habituales mandados personales –esto es, en la calle, en el entorno del piso que ya solo compartía con su esposa—, cuando se encontró con Salvador, un viejo conocido que, por lo que recordaba de antiguos encuentros, provenía de un pueblo serrano, trabajaba en la Agencia Tributaria y tomaba clases de piano con su hijo de 9, para ayudarle y eso. Y como quiera que se saludaron e intercambiaron algunas palabras detenidos en la acera justo delante del quiosco de prensa, salió el tema escandaloso del Ministro y las dimisiones de algunos inspectores de Hacienda que, en aquellos días aciagos de crisis y recortes, habían trascendido a los medios de comunicación, convirtiéndose en el objeto de toda clase de debates públicos, de esos que, a pesar del alboroto, prometían aterrizar sus conclusiones en nada.

Para asombro del Sr. Hispa, Salvador, con total naturalidad, sin el menor tapujo, le confirmó los hechos referidos en la prensa: los inspectores de Hacienda tenían, en efecto, las manos atadas por el Gobierno, especialmente cuando se trataba de inspeccionar a los “jefes” económicos del país. Y le contó allí mismo, sin cortarse un pelo, que recientemente los inspectores habían ‘lanzado’ –esa palabra empleó— una campaña dirigida a los notarios; esto, por lo que pudo entender el Sr. Hispa gracias a la breve explicación de su amigo, suponía montar un verdadero “pifostio” en la Agencia, pero en cuanto empezaron a visitar a los notarios, a la tercera o cuarta visita de naturaleza incómoda, llegó una llamada ‘de arriba’ instándoles a cancelar dicha campaña.

Vaya, dijo el Sr. Hispa, cuando estos asuntos se leen en la prensa resultan indignantes, aunque nunca sabe uno hasta qué punto el medio de comunicación que los publica puede estar más o menos interesado en crearle un problema al Gobierno. Pero dicho así, aquí, por usted, que viene de ahí dentro…Y fue no terminar de decir esto y verse a sí mismo dirigirse a otro señor que pasaba y, profiriéndole el discurso que se le acababa de ocurrir (‘Hacienda’, ‘el Gobierno’, ‘los inspectores necesitan ayuda’, ‘notarios’…), comenzó a reclutar un grupito de personas, la mayoría de ellos señores y señoras de buena presencia que, como él mismo, y sin que lo hubiera premeditado, podrían pasar perfectamente por funcionarios de la Hacienda Tributaria (ni jóvenes con pintas de querer acampar en algún sitio, ni obreros susceptibles de ser acusados de organizar un piquete), y cuando parecieron convencidos por su breve mitin en favor del cumplimiento de la legalidad tributaria, una vez canalizada con pericia de gran estadista la indignación de aquellas gentes de bien (a lo Mandela, o a lo Indira Ghandi, se dijo para sí mismo satisfecho con su obra), como además se encontraban en Cuatro Caminos, a dos pasos del edificio central de la Agencia Tributaria, para allá los encaminó al grito de “los inspectores necesitan nuestro apoyo”, con la intención explícita de tomar el edificio o, si no hubiere efectivos suficientes, los despachos de los inspectores, y custodiar su labor hasta que la hubieran realizado bien a fondo, dejando el país como una patena. Ocuparían los despachos de los inspectores y los defenderían de las inclemencias del Gobierno para que pudieran hacer su trabajo.

Hasta 15 personas reclutó en solo un momento –porque el Sr. Hispa es todo un líder, ahí donde lo ven—, y ya por el camino, descendiendo alegremente por la calle de Reina Victoria, el hombre no puede menos que mirar arrebolado a sus compañeros, que van improvisando sus propias consignas y eslóganes la mar de sugestivos,

“¡Chorizos desiguales, leyes para iguales, jefes ilegales!”,

así como proclamando la injusticia de que se les fría sus derechos al tiempo que se preservan los dineros y los privilegios de los ‘jefes’ económicos del país, incluidos los notarios y los registradores de la propiedad (claro). El Sr. Hispa no podía menos que sonreír orgulloso observando la diligencia con la que aquellas personas estaban interpretando y ejecutando sus palabras, aunque tampoco es que debiera sorprenderse, pues qué otra cosa había pretendido.

En cuanto la libertaria caterva de señores y señoras de irreprochable presencia  —pillando por sorpresa a Guardias Civiles de la puerta y resto de funcionarios— ocupa los despachos de los inspectores, la noticia no puede menos que trascender a los medios de comunicación. Como primera consecuencia, los notarios cancelan sus agendas del día y, de prisa de prisa, por si aquello prospera, se apresuran a ‘mover’ sus asuntos aun sin perder de vista las informaciones que cubren in situ el suceso, pendientes de las reivindicaciones que el Sr. Hispa realiza desde el cuartel general de los inspectores de Hacienda. Tal es así, tanto corren, que algunos gerifaltes del país, aturullados entre la premura por ‘salvar sus muebles’ y las hipnóticas imágenes de las tanquetas de la policía cercando el ‘edificio de todos’, cometen errores que los dejan con el culo al aire; tales son sus pifias financieras que no habría Gobierno que pudiera defenderlos, peor aun teniendo en cuenta la popularidad que el gesto ciudadano ha obtenido en la populista opinión pública. El Sr. Hispa les ha ganado por KO con su improvisado golpe de efecto. Los inspectores están con él (incluso a pesar de tener encima de sus cabezas las mirillas de los francotiradores que les apuntan desde los edificios colindantes a través de las ventanas), aprovechan para que cunda el ejemplo en la ciudadanía y romper algo más que simbólicamente los lazos que les atan las manos de una verdadera inspección tributaria. Alguna prensa, al ver correr de ese modo a notarios y registradores, los califica de “ratas” (“¡Malditos roedores!”, es el titular). La ocupación de la Hacienda Tributaria no dura mucho, apenas un día, pero, independientemente de cómo unos u otros valoran en los días siguientes tanto el gesto popular como el delito de los cazados, el Sr. Hispa –tras el preceptivo paso por el calabozo que, como es sabido, debe jalonar el mérito de todo héroe que se precie— se convierte en una autoridad moral de orden mundial, protagonista de titulares de prensa en países de los 5 continentes y acreedor del Premio Ciudadano Europeo de la Eurocámara. Lástima que, de pronto, el Sr. Hispa recordase que su señora espera el pan para el desayuno y, distraído por un instante, se rasque el bolsillo en busca del euro con el que ha bajado a la calle, comprendiendo entonces que en algún momento se ha debido de despedir de Salvador, ¿o era Antonio?, porque no lo atisba a la redonda; ni en toda la rotonda de Cuatro Caminos.

Así que, con la ufana sensación de que un hombre como él puede alcanzar la gloria en cualquier momento, animado como un zascandil y disfrutando para sus fueros su fulgurante éxito político, se encaminó hacia el chino de la esquina a por un pan de chapata y una pistola.

Del Autor

Nicolás Melini
Nicolás Melini (Santa Cruz de La Palma, 1969) autor de novelas, libros de cuentos y libros de poemas (y director de cortometrajes), su primera novela, El futbolista asesino , ha obtenido 4 ediciones de distintas editoriales, la más reciente en Casa de cartón. Sus últimos libros son: Pulsión del amigo (KRK, 2010) y Los chinos (Vitruvio, 2012).