Naufragios

Fragmentos de la novela homónima

Antonio Álvarez Gil

a-alvarez-gil-1-otrolunes31¿Cuál es el origen, sinopsis e historia de la andadura literaria de tu novela Naufragios?

Podría hablar mucho sobre esta novela, que fue (espero no se tome por una muestra de vanidad) mi primer éxito literario en España. La primera versión del texto la tuve lista en algún momento del año 2000. Recuerdo que durante los días del Salón del Libro Latinoamericano de Gijón (en los tiempos en que aún solían invitarme) se la enseñé a un escritor cubano de la Isla que había venido al evento y, cuando hubo leído las primeras páginas me dijo: “Coño, Tony, qué bueno está esto”. Como es un escritor a quien respeto mucho, me sentí muy estimulado con mi texto. Por entonces yo me preguntaba si no se me había ido un tanto la mano con las escenas de sexo que aparecen en la novela (mi anterior y primera novela tenía como protagonista a José Martí, de modo que ese tipo de “pasajes” no aparecían en aquel texto). Preocupado con aquello se la envié a Manolo García Rubio, gran amigo y excelente escritor español. Su respuesta me tranquilizó del todo. “Tony, me dijo, las escenas de sexo de Naufragios están entre las mejores que he leído jamás”. Así las cosas, empecé a mover el libro. Otro amigo mío, el traductor italiano Pierpaolo Marchetti también leyó el manuscrito y le gustó tanto que lo propuso a una editorial con la que estuve a punto de firmar un contrato. La gestión, finalmente, no fructificó,  gracias a ello tuve la oportunidad de enviarla al Premio de novela Ciudad de Badajoz, que se da cada año en esa ciudad de Extremadura. Por suerte Naufragios fue la elegida por un jurado formado por Luis Mateo Díez, Almudena Grandes y otros tres prestigiosos escritores españoles. Aquello significó un vuelco en mi vida, pues, además de lo que significaba para mí desde el punto de vista económico, la publicación del libro me permitió darme a conocer en España y sentir que lo que yo escribía podía interesar al público y a los colegas de un país que es muy importante para mí.

Con respecto a la trama, esta es una novela coral que se desarrolla en los años del llamado Período Especial en Cuba, concretamente en un pueblo pequeño situado en la costa norte de la provincia de La Habana. El pueblo de la novela está inspirado en uno real, cuyo nombre me reservo. La novela es,  en mi opinión, divertida pero también profunda. En ella se muestran la vida, las miserias y las alegrías de un grupo de cubanos que luchan por salir adelante en condiciones muy difíciles. En la trama hay de todo lo que suele haber en la vida de la gente sencilla en Cuba. Hay amor, amistad, ingenio para lograr salir a flote con la familia. También, como no podía ser de otro modo, está presente el uso “inadecuado” de los recursos que la gente “consigue” en las fábricas estatales de la región para venderlos en el mercado negro y mejorar un tanto sus duras condiciones de vida. Quizás lo más original de la novela es la “agencia” de viajes que algunos personajes de la trama organizan, y cuya función es recibir y “entretener” en Cuba a los miembros de cierta comunidad gay de la ciudad de Halifax, en Canadá. Pero el conflicto central se decide en el romance que sostiene Maricarla, la protagonista de la novela, con un hombre casado y su manera de asumir los retos para la supervivencia y los sucesivos reveses que sufre durante el desarrollo de la trama.

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NAUFRAGIOS
(Fragmento. Algaida, Sevilla, 2002)

 

I

en la otra mitad del lecho matrimonial

 

El apagón llegó de improviso, justo cinco minutos después de haber comenzado la telenovela brasileña. Sin comprender de momento lo que sucedía, Maricarla salió al balcón para averiguar la causa de la desgracia. Nadie sabía nada, no había ningún apagón programado porque precisamente la noche anterior les había tocado a ellos en el horario de la tarde y la prima noche, que era el peor de todos los horarios posibles. Indignada ante la evidencia de quedarse sin saber lo que ocurriría esa noche en la novela, Maricarla abrió la boca para liberar su ira. Y en el arrebato de su impotencia gritó a los cuatro vientos que se cagaba en el coño de la madre del hijoeputa aquel. Su vozarrón rebotó en el edificio de enfrente, regresó con el eco, se extendió por el parquecito y se fue volando sobre el hospital para perderse en el mar. Todo el que quiso, pudo oírlo. Aún tuvo el valor de agregar que un barco con un tanque bien grande de petróleo era lo que le hacía falta a ella. Desde el balcón de al lado Cary le hizo señas de que se callara, Joaquín estaba sentado afuera y la estaba oyendo, dos pisos más abajo. A mí qué carajo me importa, dijo todavía Maricarla, mirando hacia el lugar desde donde el supuesto chivato trataba, como todos, de refrescarse con el soplo de la brisa nocturna. En fin de cuentas, chivato o no, tampoco podía encender su ventilador y sufría también el sofocante calor de la noche de verano. Cary, que veía a Joaquín desde su balcón, lo llamó por señas para decirle que no le hiciera caso a Maricarla, que estaba medio loca. Y en seguida se metió en su casa. Maricarla, por su parte, se quedó un rato más en el balcón, apoyada contra la balaustrada del quinto piso y despotricando de todos y de todo.

Ya dentro de casa, Cary duda si ponerse a conversar con el niño o irse para casa de los rusos a jugar monopolio. De monopolio ya está harta. Cuánto se puede estar jugando como un bobo a la luz de una vela, comprando y vendiendo tarjetas y taruguitos de madera. Eso está bien para los rusos, que ya están medio viejos y no tienen otra cosa que hacer. Y va hasta el dormitorio y ve que el niño se ha quedado dormido en su cunita. Lástima, le hubiera gustado hablarle un rato, aunque él no entienda nada, pero igual la escucha con atención y hasta se ríe de sus chistes. O quizás sí entienda o interprete algo en su cabeza de bebito, quién sabe. Conversar con el niño siempre la reconforta. Pero hoy no. Hoy en realidad se alegra de que duerma, porque ahora tampoco de eso tiene deseos. No sabe qué hacer. ¿Qué vas a hacer, Cary, si ni de una cosa ni de la otra tienes ganas? De lo que tienes ganas es de acostarte y templar, de hacer el amor con Ricardito, de revolcarte en la cama con él. E inconscientemente te llevas la mano al pecho y te palpas los pezones, que se te erizan al contacto con tus dedos. Coño, Cary, coño, ¿dónde está tu macho, con tantas ganas de singar y sola en casa? Ricardito, hijo de puta, ¿dónde estás? ¿Será verdad que fue a pescar camarones con Diego, o estará en casa de Miriam, la puta esa? No, no puede ser, lo que pasó, pasó, y ya ahí no queda nada, que por algo la dejó y la trajo a ella a vivir con él allí en su casa. Y como no puede soportar la soledad, decide llegarse un momento hasta casa de Maricarla. Sin pensarlo mucho, va hasta la cuna, arropa al niño e, inclinándose sobre él, lo besa en la frente. Luego sale de la habitación y de la casa, atraviesa la plazoleta que separa los dos apartamentos y toca a la puerta de Maricarla. Su puerta queda abierta para poder sentir al niño si se despierta. Maricarla no abre, estará todavía en el balcón con su concierto, piensa Cary. Oye, mija, le recrimina cuando la vecina por fin abre la puerta, no sigas hablando mierda, que te van a meter presa. El apartamento está brillantemente iluminado por un farol de kerosene, algo que a Cary le recuerda su infancia en la finca de su padre. ¿Presa a mí?, dice Maricarla y fríe un huevo con la comisura de sus labios, ¿quieres café?, colé hace un rato. Bueno, dice Cary, viene bien, y se sienta en una butaca, mirando el panorama de la noche a través del vano del balcón, con esta oscuridad cualquiera se queda dormida. ¿Y Ricardito?, pregunta Maricarla cuando le trae el café. Pescando con Diego, creo. ¿Creo?, repite Maricarla socarrona, ¿no estás segura? Bueno, sí, es decir, no sé. ¿Qué te preocupa? Es que estoy aburrida de estar sola. Maricarla la calma, alégrate de que luche; peor sería si no tuvieras nada que darle al niño. Cary recoge los pies sobre la butaca e inmediatamente siente el borde de sus bragas mordiéndole el clítoris, y piensa que como quiera que se ponga es igual. Es que en los últimos tiempos, si no está en el río pescando camarones, está en Piedra Alta cogiendo langostas, o si no revisando las trampas para caguamas o pescando submarino. Alégrate, insiste Maricarla, peor sería si anduviera por ahí con mujeres o bebiendo ron como Guille el de Ana. ¿Tú crees? Coño, Cary, ¿qué te pasa? Cary prueba el café, está caliente, muy sabroso. Está muy rico, dice y añade: Tú sabes cómo le gustan a él el ron y las mujeres… Igual que a todos, contraataca Maricarla. Sí, pero con Miriam viviendo aquí mismo en la planta baja… Miriam tiene su marido. Pero está enamorada de Ricardito. Qué tú sabes, dice Maricarla, y se pone de pie para recoger la taza vacía que Cary le extiende. Oye, chica, tu marido se llama Ricardito, no Richard Gere. ¿Qué tú crees, que es el mejor de los mejores? Olvida eso, Cary. Y saliendo al balcón, se apoya en la barandilla y mira en dirección al mar. Cary sigue sentada en la misma posición, apretando los muslos para sentir más intensamente la presión del borde de sus bragas. De repente Maricarla la llama. ¡Coño, no se muere este año! ¡Qué casualidad!, creo que ahí viene tu Richard Gere. ¿No es él? Cary salta de su asiento y se asoma al balcón. Por el paseo de la plazoleta entre los dos edificios se acercan dos sombras. Cargan un saco a cuatro manos. Cary no tiene más que echar una ojeada para saber que una de las sombras es la de su marido. Entonces da media vuelta y, atravesando la sala de Maricarla, sale disparada de la casa de su vecina y entra en la suya propia.

¿Qué hacen todos (o casi todos) durante el apagón? ¿Qué hace, por ejemplo, Felipe el electricista, y el mismo Ricardito, una vez que ha depositado el saco de camarones sobre la mesa de la cocina para que Cary se encargue de congelarlos? ¿Qué hacen juntos Joaquín, el sospechoso de chivatería, y Salas, en la terraza de la casa de éste último? Pues beben ron. ¿Y Guille?, ¿qué hace Guille, el marido de Ana, el que trabaja en la ronera y es el principal suministrador de todos los vecinos del barrio? ¿Qué hace Guille las tardes que no llega borracho y se pelea con Ana cuando ella le reclama –ahora que está sobrio– su promesa de no volver a emborracharse? ¿Y qué hace el Moro? Bebe ron, el Moro bebe ron, pero no solo, sino en compañía de su mujer, que como es mujer y es mucho más fina que su marido, lo bebe en tragos preparados, ya sea mojito, daiquirí o inclusive un cuba-libre cuando hay en casa coca-cola. Sí, el Moro bebe durante el apagón, pero no bebe como Guille, en permanente bronca con su mujer, y tampoco como Felipe y Ricardito, que son amigos y les gusta beber juntos en el balcón de alguno de ellos. A casa de Felipe viene también Oscar, que aunque no vive en el edificio, es buen amigo suyo y comparte siempre los apagones y los tragos. De modo que esta noche de apagón Felipe se quita el cansancio en el balcón de su casa, cuando ve a Ricardito subir con el saco de camarones y le dice que se llegue, digo, si tu mujer te deja. Coño, qué pasa, finge molestarse Ricardito. Bueno, te esperamos, dice Felipe magnánimo, y continúa charlando con Oscar, que sabe de barcos y de carpintería de ribera y tiene él mismo un barco, aunque el barco de Oscar está sumergido en Boca de Mayabo. Está allí, a cinco metros bajo el agua desde que el ciclón del noventa y dos hundió una buena parte de las embarcaciones del puerto pesquero, y la suya de paso. Oscar no es pescador, sino que trabaja en la fábrica donde antiguamente trabajaba Felipe, y tiene un hobby, que es la pesca en el canto del veril y a lo largo de la costa norte de la provincia. Ahora no tiene ningún hobby, porque, como se ha dicho, su barco está a cinco metros bajo el agua en la boca del río. Felipe, por su parte, no tiene ningún hobby porque el tiempo no le alcanza para trabajar, desde las siete de la mañana hasta que regresa a casa oscuro ya. Felipe, que no tiene ningún hobby, tiene, sin embargo, una obsesión. Y la obsesión de Felipe tiene que ver con barcos. La obsesión de Felipe es ir a reunirse con su madre en Hialeah; cruzar el estrecho de la Florida con su mujer y su hija e ir a reunirse con su madre en Hialeah. Y no porque no pueda vivir sin ella (qué duda puede caber de que Felipe adora a su madre), pero la obsesión no es tanto por reunirse con su madre, como por reunirse con su madre allá. Por eso, cada vez que Oscar viene a casa de Felipe, los dos amigos hablan de barcos, y más exactamente del barco sumergido de Oscar. Por suerte el motor está a salvo, que Oscar lo rescató del fondo del mar, y en estos momentos hablan precisamente de la reparación que Felipe ha prometido hacer al viejo artefacto para ponerlo en condiciones. Y el casco, ¿qué pueden hacer ellos para poner el casco a flote y volver a instalarle el motor? Es peligroso, dice Oscar, levantaría sospechas inmediatamente. Sí, es verdad, dice Felipe, ¿qué hacer?, ¿qué coño se puede hacer para tener un barco en este país? Oscar levanta el vaso vacío: Por el momento echarse un trago, sírveme un poco de ron, a ver si se me aclaran las ideas. En el instante en que Felipe levanta la botella un relámpago refulge en medio de la noche. A la luz de la centella ven al Ruso que en ese momento se acerca con paso rápido hacia la entrada de la escalera. Sin detenerse, el Ruso levanta una mano y saluda. Felipe y Oscar responden con un sonoro buenas noches, que se diluye en el bramido del trueno. En seguida el recién llegado se pierde en la oscuridad del hueco de la escalera, y Felipe y Oscar chocan sus vasos por el éxito de sus planes. Es el momento en que Ricardito llega y, saltando la baranda del balcón, se incorpora al grupo. Felipe se dispone a verterle ron en un vaso, pero se da cuenta de que un fuerte viento del norte ha comenzado a soplar y empuja las primeras gotas de un aguacero repentino y parejo. La lluvia cae de costado y muy pronto se espesa, y los tres amigos tienen que dejar su sitio en el balcón para entrar en la casa. A los pocos minutos ya la tormenta se abate con furia sobre San Pedro de los Camarones.

Del Autor

Antonio Álvarez Gil
(Melena del Sur, La Habana, 1947). Ha publicado Una muchacha en el andén (Ediciones Unión, La Habana, 1986), Unos y otros (Ediciones Unión, La Habana, 1990), Del tiempo y las cosas (Ediciones Unión, La Habana, 1993), Fin del capítulo ruso (Ediciones Vintén, Montevideo, Uruguay, 1998), Las largas horas de la noche (Editorial Universidad de San José, Costa Rica, 2000; Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), Naufragios (Algaida Editores, Sevilla, 2002), Delirio nórdico (Algaida Editores, Sevilla, 2004), Nunca es tarde (Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005), La otra Cuba (Centro Cultural de la Generación del 27, Málaga, 2005). Entre sus muchos premios destacan el Premio de novela Ciudad de Badajoz (España, V edición) y el Premio de novela del Ateneo ciudad de Valladolid (España, en su LI edición). Álvarez Gil aparece incluido en varias antologías del cuento contemporáneo. Cuentos y artículos suyos han aparecido en publicaciones de España, Italia, Suecia, Estados Unidos y Latinoamérica. Es miembro de la Asociación de Escritores de Suecia. Desde 1994 reside en Estocolmo. Acaba de publicar las novelas Después de Cuba en la editorial española Baile del Sol, Perdido en Buenos Aires (2010), con la que obtuvo el Premio Internacional “Mario Vargas Llosa”, de la Universidad de Murcia en el 2009 y Callejones de Arbat (Terranova Editores, Puerto Rico, 2012).