Un extraño baño de sinceridad

Sobre Diario de una vagabunda

José Pazó Espinosa

Diario de una vagabunda
Hayashi Fumiko
Satori Ediciones, 2013

 

diario-de-una-vagabunda-librario-otrolunes31Hay una literatura de mujeres que quiere parecerse a la literatura de hombres. Y hay una literatura de mujeres que no quiere parecerse a la literatura de hombres sino ser lo que es. Esta afirmación puede parecer sexista, pero de la misma forma creo que hay literatura de hombres que quiere parecerse a la literatura de hombres, y hay literatura de hombres que quiere ser lo que es. En definitiva, que hay literatura sincera y literatura menos sincera. Y es difícil determinar por qué. La obra literaria no tiene un referente externo que la legitime, que dicte si está bien o no, que diga si es verdadera o fiel. La sinceridad en la literatura es una cualidad inefable, casi un misterio. Es algo que se siente, o que no se siente. Y cuando no se siente, la obra literaria nos parece impostada, lejana, artificiosa, falsa. “Diario de una vagabunda”, de la japonesa Hayashi Fumiko, recién publicada por Satori Libros es una de esas obras que sentimos sincera, auténtica y cercana. Fiel a un referente que no conocemos, pero en el que las palabras de la autora nos sumergen en un extraño baño de sinceridad.

“Diario de una vagabunda” se publicó por entregas en la revista Nyonin Geijutsu (“Arte de mujeres”), como muchas grandes novelas japonesas, entre los años 1928 y 1930. Hayashi tenía en ese momento 25-28 años, y el libro tuvo un enorme éxito. Hasta entonces, la autora había vivido una vida errante por diversas razones: de niña, porque sus padres eran vendedores ambulantes; a partir de los 19 años, por voluntad propia. Tras el éxito de “Diario de una vagabunda”, Hayashi siguió escribiendo novelas con una productividad increíble hasta su muerte a los 48 años de un ataque al corazón, seguramente un extraño caso literario “karoshi” (muerte por exceso de trabajo). Entre otras novelas, escribió “Nubes flotantes”, que usó Naruse de base para su gran película del mismo título.

Hayashi tenía un espíritu único, romántico, errante, sensible, excéntrico, humano, compasivo, y sobre todo literario, muy literario. “Diario de una vagabunda” es el gran “collage” (siendo el collage un arte íntimo) de una vida contada por alguien que conoce el haz y el envés de las palabras. Que las deja caer como si fueran hojas de momiji del otoño japonés o pétalos de flor de cerezo de su primavera. Caen y forman en ocasiones montoncitos llenos de color; en ocasiones quedan sueltas, aisladas, vulnerables, como minúsculos gritos de sentimientos ocultos, vagamente pronunciados pero que vibran con un leve tono indeleble. Siempre desde el collage del yo.

Kayoko Takagi, en su elegante prólogo, nos dice que la obra de Hayashi no es una novela del yo, la shishosetsu nipona, quizá por su falta de interés naturalista en su acercamiento; pero es difícil no ver este diario de otra manera. La traductora Virginia Meza, en una nota al texto, explica que Hayashi, a medida que iba reimprimiéndose su obra, iba haciendo cambios, quitando o añadiendo cosas. En definitiva, que el Diario de una vagabunda era una obra viva para la autora, que básicamente eliminó en esos cambios coloquialismos y elementos de espontaneidad. La traductora ha seguido el buen criterio de elegir la versión inicial, con lo que los lectores tenemos acceso al texto más fresco y atractivo de todos.

En el Diario, Hayashi mezcla prosa y poesía. Ya en la primera página encontramos un poema “No tengo una tierra natal / no tengo alcurnia y soy gallinita.” En ese mismo primer capítulo, Hayashi nos introduce en un pequeño caleidoscopio de sueños, recuerdos, temores y deseos no cumplidos. A partir de ahí, pasamos a su vida ya sola, dedicada a trabajos variados. Pronto sabemos que la protagonista está “Aquí, en la parte trasera del tejado / en una calle de posadas