Una mirada por encima del hombro

Sobre la novela gráfica Un hombre, cinco balas

Rubén Sánchez Trigos

Un hombre, cinco balas
Carlos Aguilar
Calamar Ediciones, 2013

 

Un-hombre-cinco-balas-carlos-aguilar-librario-otrolunes31La quinta novela del crítico, historiador cinematográfico y escritor Carlos Aguilar, Un hombre, cinco balas, supone tanto una novela inevitable en la carrera de su autor como la constatación de que, afortunadamente, el mercado literario español aún puede permitirse correr ciertos riesgos con propuestas tan sui-géneris (y en el fondo, tan clásicas) como ésta misma. Un hombre, cinco balas es un western. Un western ilustrado con fotografías de actores emblemáticos del género en Europa (Dan Van Husen, Frank Braña, Aldo Sambrell, Fernando Sancho, y el que hace las veces de protagonista: John Phillip Law) que cuenta una historia tan prototípica que bien podría haberla rodado Joaquín Romero Marchent en la Almería de los años sesenta: John es un sheriff otoñal en el pueblo de Downtown, que consume sus últimos años acosado por el fantasma de la bebida y por los recuerdos de una vida cargada de cadáveres y esposas a las que la muerte se llevó demasiado pronto. La propuesta pone así las cartas boca arriba desde su misma edición (cubierta, maquetación, incluso glosario de nombres y películas al final del texto): dispara directamente al corazón del aficionado, no tanto al western en sí (aunque es evidente la loa a John Ford y Howard Hawks en no pocos momentos, sobre todo en los pasajes de acción), como a la variante mediterránea del mismo, cultivada por artesanos, por lo general, alejados hoy del canon cinematográfico tradicional.

 

Aguilar entrega así una narración bronca y pausada, prolija en diálogos afilados y personajes arquetípicos, sostenida sobre una estructura de capítulos cerrados (cada capítulo empieza y acaba con una acción) que evoca el aliento de un cine ya perdido. La propuesta, sin embargo, evita quedarse en la anécdota nostálgica gracias, precisamente, a la construcción del personaje protagonista, ese sheriff que se sabe ya fuera de todo tiempo y al que viene a buscar su pasado en forma de forajidos fugados de la cárcel. En efecto, John encarna el genuino espíritu de Un hombre, cinco balas: no es tanto una recreación/imitación imposible de las novelas de a duro, o del cine al que explícitamente homenajea, como una mirada por encima del hombro a esa misma tradición, pero siempre desde el presente, por parte de quienes se resignan a asumir que determinadas historias ya nunca más volverán a ser contadas. Como John, también el aficionado al euro-western al que inequívocamente se dirige el libro vive en un universo de fantasmas más vivos que los propios vivos. Esto no quiere decir que el resto de lectores no pueda participar de una historia tan emocionantemente contada, pero sólo ese aficionado-tipo sabrá encontrar en cada recodo de la novela (y en cada foto que la ilustra) esa declaración de amor a la mitología del género que es en realidad. En este sentido, mención especial merecen los personajes “encarnados” por Patty Shepard y Soledad Miranda, dos roles femeninos, probablemente inconcebibles en el western clásico estadounidense, que ejemplifican el espíritu subversivo que animaba tanto ese cine como esta insólita y singular novela.