Estoy en un hotel de Lima con John y Alan Durston, mi padrastro y mi hermanastro, respectivamente. Al día siguiente tomaremos el tren a Cuzco, nos bajaremos en Ollantaytambo y nos sumergiremos con nueces, almendras y mate de coca por el Camino del Inca, hasta Machu Picchu. Mi hermanastro tiene el mismo nombre que el nuevo presidente de Perú, recién electo. Al llegar a Lima he visto un cartel pegado en un muro: “Charly García en vivo”. Charly García aún es Charly García y canta. Qué buena idea, pienso entonces, ver a Charly García en esta ciudad. El problema es que mi padrastro no me da permiso para ir al recital. “El país no está para bollos”, me dice. O algo así. En Chile hay dictadura y los peligros son reales, pienso. Que mi padrastro no me dé permiso para ir a un concierto de rock en un país democrático me parece último. Se lo digo: “Eres último, igual que mi mamá”. Yo tengo quince años y estoy amurradísima. Mi hermanastro no me apoya ni me deja de apoyar. Él está más preocupado de tomar apuntes mentales de este país donde más tarde vivirá y estudiará en profundidad (aunque eso aún no lo sabe). John es la autoridad en este viaje y yo soy menor de edad y no tengo dinero ni carácter ni arrojo suficientes como para escaparme por la ventana del hotel de una ciudad desconocida. Entonces me acuesto a leer. En la mochila ando con un libro de Roberto Arlt, El juguete rabioso. En una parte el protagonista dice: “Así veo la vida, como un gran desierto amarillo”. Por un rato me olvido de Charly García. John y Alan conversan en la pieza; programan en detalle nuestra ruta a Machu Picchu. Y de repente viene la explosión. Un ¡bum! con mucho eco, como en una película de Bruce Willis. Y la ventana se hace trizas y llueven esquirlas. Pedazos de auto en la pieza, en la cama, entre mi hermanastro, mi padrastro –mi paternal padrastro– y yo. Es el saludo de Sendero Luminoso. Bienvenidos a la Lima de García. De Alan García, no de Charly García. En ese minuto pienso que esto recién empieza para Alan. Para Alan el presidente, no para Alan mi hermano. Yo agarro un resto de auto del suelo y lo olfateo. Obvio: huele a pólvora. Mi padrastro me mira no más. Yo entiendo todo y no digo nada. Incluso tengo muchas ganas de abrazarlo. Y de llamar a mi mamá y decirle que la adoro. Al rato suena el teléfono. “Ha estallado un coche bomba”, confirma el recepcionista del hotel. Y agrega: “Pero no se alarmen, señores, todo está en orden”. A mí se me ocurre que esto es un desierto rojo.
27 de julio de 1985
Alejandra Costamagna