Empecé mi carrera de escritor traduciendo poesía rusa. Luego dejé de hacerlo; pero desde entonces conservo el amor por la lírica de los poetas que escriben en la lengua de Pushkin. Me interesa sobre todo la vida y la obra de un grupo de ellos, concretamente la de aquellos que en su momento conformaron la llamada Generación de Plata de la poesía rusa. Allí, en ese peculiar parnaso, destaca con un brillo especial el nombre de Borís Pasternak.
Este gran escritor es mundialmente conocido por su novela El doctor Zhivago, cuya acción discurre a través de las penurias y vicisitudes que asolaron a Rusia a partir de la revolución bolchevique de 1917. En reconocimiento a esta obra el autor fue galardonado en 1958 con el premio Nóbel de Literatura. Desgraciadamente, no lo recibiría. Como es sabido, el régimen de su país lo obligó a renunciar a él, incluso después de que el laureado lo hubiera aceptado formalmente. Pero esa es otra historia. De lo que voy a hablar aquí es del Pasternak poeta. Poeta y traductor de poesía. Suyas son las mejores traducciones de Shakespeare al ruso, y quizás las mejores traducciones de Shakespeare en general, según los entendidos. Sobre esta faceta de Pasternak quiero señalar algo que me parece interesante. Al menos me lo pareció a mí cuando lo supe: Este eminente poeta ruso tradujo a su idioma la comedia El príncipe constante, de Calderón de la Barca. En mi opinión, comparado con su lírica o sus traducciones literarias, el resto de su obra, incluido El doctor Zhivago, no llega a la altura de las primeras. En mi opinión, subrayo.
En cualquier caso, pienso que a Boris Pasternak le hubiera bastado con su obra poética –tal vez la menos conocida internacionalmente- para ser encumbrado hasta las cimas del Nóbel. No es en lo absoluto fortuito el hecho de que el doctor Zhivago –personaje central de la novela- cultive y ame tanto la poesía. Hoy quiero mostrar aquí uno de los poemas supuestamente escritos por el héroe de la ficción. Y además, agregar que la tragedia de Pasternak ante el poder totalitario en Rusia, así como el drama de Tsvetáyeva, Ajmátova y otros coetáneos suyos, han inspirado a un gran número de creadores de diferentes idiomas y regiones del mundo, que han recogido sus vidas o sus obras en películas, novelas, poemas y otros modos de expresión artística.
Quien no haya leído El doctor Zhivago haría bien en leer el libro. Yo recomiendo su lectura, tanto como recomiendo la obra poética de Pasternak, que es de una belleza formal extraordinaria. No quiero terminar estas líneas sin dejar aquí unos versos que son una buena muestra del modo en que el gran escritor ruso mezcla narración y lírica en su novela cumbre. En medio de la trama del relato irrumpen estas rimas que expongo a continuación. Se supone son escritas por el atribulado doctor Zhivago en la soledad de una noche de invierno, mientras la tormenta golpea su ventana y los lobos aúllan y se revuelven en el bosque cercano. Es sólo un breve poema del gran poeta ruso, unas estrofas que son más emotivas por la fuerza del mundo que evocan que por el sentido de los versos en sí. La traducción de cualquier poema es siempre un reto, sobre todo si se realiza con otros fines que el puramente mercantil. Dije al principio de esta nota que comencé mi carrera de escritor tratando de volcar al español la obra de algunos poetas rusos que por entonces formaban parte de mi particular parnaso. En este poema de Pasternak yo he tratado de observar, además del significado de los versos, el ritmo y la métrica del original en ruso. No sé si habré alcanzado el objetivo, pero el camino hacia él me resultó en extremo interesante. Ojalá guste.
Al vendaval y la ventisca
El mundo se rendía
La vela ardía en la penumbra
La vela ardía.
Cual mariposas que en verano
Buscan la hoguera
Caía la nieve desde el cielo
En mi vidriera
En el cristal, extraña runa
El hielo urdía.
La vela ardía en la penumbra,
La vela ardía
Estocolmo, 27 de agosto de 2013