El saber ocupa lugar

Patricia Suárez

patricia-suarez-columna-otrolunes29Hay, tengo en mi casa dos mil libros. En bibliotecas, en los placares entre la ropa, en la alacena de la cocina, en el closet del baño. Tengo algunos en casa de amigos, de mis padres. Muchos libros quedaron en el camino, en manos de amigos, en brazos de amantes, en casas de ex maridos. Durante mucho tiempo creí que comprar libros es un vicio. Una especie de enfermedad vergonzosa. Fetichismo. Compro libros por curiosidad, porque quiero leerlo todo. Compro libros repetidos, en ediciones con la letra más grande, más mona, de diferentes traducciones. Debo tener como cinco o seis La romana, de Alberto Moravia. Tres Eneidas. Dos o tres Por el camino de Swann. Y eso que no soy posesiva con los libros, tiendo a prestarlos, a regalarlos apenas los termino, si me gustan. Conservo lo que aun no leí o los que son preciosos, como diccionarios, enciclopedias. Creo profundamente en el préstamo de libros, aunque el otro lo birle y ya no lo devuelva; es como tender una mano, proponer una amistad. Es parte de la condición gregaria de los seres humanos el prestarse libros.

Y me endeudo. Mi tarjeta de crédito vive al rojo vivo, mientras veo acumularse pilas, torres de marfil de libros en el piso, detrás de un puf adonde me tiro a leer.

Pero la vergüenza por la compulsión llega al límite cuando debo mudarme y vienen los changarines de la mudadora a sacarlos en cajas, en canastos, en baúles, en lo que se pueda y rumian con odios: “Yo no sabía que había que correr tantos libros”. Tomé como rutina, antes de cada mudanza, hacer una especie de feria de garaje, pero donde regalos 100 o 200 libros. Una especie de potlach. Llegué a regalar hasta 300, con tal de no tener que ver a un tipo agachado, echando putas a la colección completa de La Comedia Humana de Honoré de Balzac. Es que él no podría comprender de dónde viene este ansia, esta necesidad. Y que esos bichos de papel, que huelen a papel agrio, que pican en las manos cuando los abrís, son mis amigos y mi familia.

 *****

En mi casa había una gran biblioteca; me estoy refiriendo al mueble, cuando digo biblioteca. Es una biblioteca inmensa, ocupa toda una pared. Hay un payaso de cristal de Murano, grande y pesado, de color azul. Mi madre me dice que mi abuela lo compró para mí, para que me lo lleve cuando me case y adorne mi propia biblioteca. Tengo cinco, seis, siete, ocho años, y hay muchos objetos esperando por mí a que yo me case y me los lleve. Una vajilla de porcelana china, por ejemplo. Será mía, cuando me case. Los libros no le importan a mi madre de quien vayan a ser. Pero la colección de Selecciones del Reader’s Digest es muy importante, porque es gris. Y el sofá de esa habitación es gris. Y queda muy lindo el gris de los libros, con el gris de la cuerina del sofá: es lo que se llama tener maña para la decoración. Se trata de novelas que nadie lee, pero yo leeré después, a los catorce, a los quince: la historia de Juana la Loca, por ejemplo, un drama de amor desesperado. Están los libros La Ley de mi padre que mi padre no lee porque no le gusta, no quiere ser abogado. Tanto que le costó recibirse de abogado y no quiere ejercer. Nada más le gusta que le digan “doctor”. “Doctor aquí” y “doctor” allá; igual que si fuera un médico aunque él no cura a nadie. Hay un libro que amo, una Enciclopedia de Animales. Mi amor por los animales nació con ese libro, con mi mano vacilante de criaturita de dos o tres años, ornada con una birome que dibuja y destroza la imagen del chita corriendo, del canguro saltando, del gorila aporreándose el pecho. Mi mano destrozona y la negligencia de una nana que me adora. “Nada mal le hace a los libros si un niño los dibuja encima; lo malo es que ese niño no lea, no escriba, sea lo que se dice como yo, un analfabeto, un nadie”, algo así se excusa la nana cuando mi madre la reprende. Esto no lo recuerdo, esto me lo cuentan. Hay, en un anaquel a la mano, los siete tomos de la Enciclopedia Lo sé todo. Cada uno de un color diferente, versan sobre cultura general. Tengo nueve, diez años, y los voy leyendo calmosa. Quiénes son los aztecas que sacrifican a una princesa tan bella, quién es Paris el ladrón de amores, quién es Cristóbal Colón, quién Edison, por qué la Via Láctea tiene ese nombre. Voy leyéndolo todo con un hambre que no me abandonará nunca. En mi cabeza digo: Cuando todos los Sé todo haya leído, lo habré sabido todo. Y entenderé qué son esas peleas nocturnas que suceden en la noche en el dormitorio de mis padres por causas que no conozco, entenderé el ansia de los mosquitos en verano, entenderé por qué si la Argentina es un país democrático los soldados no se marchan y están en la terraza del supermercado incendiado, vigilándonos –por qué incendiaron el supermercado de la cooperativa es otra cosa que tal vez pueda entender-, por qué el pecado es pecado y por qué cuando estoy sola y siento que nadie me quiere, con un libro en la mano me consuelo y ya no me falta nada ni nadie. Todo eso entenderé a mis once años o doce; apenas dos volúmenes me quedan por leer, calculo. ¿Sabían que el murciélago no tiene ojos buenos, que se guía por lo que se llama radar?, pregunto en la escuela, ¿sabían que el gusano de seda viene de la China y si el hombre no estuviera tan interesado por la seda, el gusano ya no existiría? Me miran con los ojos de par en par, las señoritas y las monjas. Un día, alguien comenta que en la biblioteca de la escuela, también hay una enciclopedia de esas características. Creo que lo dice la señorita Marta, la primera Marta, la de cuarto grado, porque la Marta que tendré después, en quinto, no podrá verme ni de lejos. Y lo comenta con buena intención, o así creo. La Marta de cuarto es perfecta y yo querría vivir con ella; la Marta de quinto grado es malévola. Así que voy, visito, instada por la señorita Marta de cuarto grado, la biblioteca de la escuela; la bibliotecaria se llama Ida, es la tía de la chica más chupacirios de mi clase. “¿Lo Sé Todo?”; repite y señala, “¿si tenemos el Lo Sé Todo? Catorce tomos tenemos, pero he pedido a las directivas para ver si pueden comprar los siete restantes. La colección tiene en total, veintiún tomos.”

Eso es lo único que oigo.

La colección tiene en total veintiún tomos.

En mi casa hay siete.

Siete.

Vuelvo, esa tarde, y me derrumbo en el sofá gris y lloro.

Nadie entiende por qué lloro y nadie entendería, porque ellos, todos, no leen.

Los libros no les hablan, no les dicen nada.

Tengo once años, no más.

Quizás tenga diez.

Viene mi madre compungida y me pregunta qué pasa.

¿Y cómo le cuento que desilusión tan grande saber que no lo sabré todo, que la ilusión de saberlo todo se me fue para siempre? ¿Sabe ella que un escritor hizo un libro en el cual una gente viaja en globo alrededor de la tierra? ¿Sabe ella que los seres humanos descendemos del mono? ¿Sabe que hay tribus que no se casan y hay pueblos que no creen en el Papa?

Me mira un rato y después se va. Y cuando mi padre le pregunta qué me pasa, ella contesta: “Cosas de la edad, debe ser algo de lo que le tiene que venir. La pubertad, el asunto, Otto. Ya está en edad”. Mi padre tampoco entiende.