Por más empeño que pongo no consigo controlarlo, en cada nueva comparecencia pública mía arranco con la mejor de las intenciones, decidido a no dejarme vencer, y cuando vengo a darme cuenta ya estoy de nuevo en lo mismo, inmerso en la torrentera desbordada de términos y vocablos, cogido en el magnético fluir de sonidos que me aletargan y adormecen, me embotan el entendimiento, literalmente me dopan, y así hablo y hablo y hablo y rizo el rizo, enredo hasta lo inverosímil la madeja (¡ah, no crean que, a ratos, no soy consciente de ello!), levanto un inextricable laberinto lingüístico cuyo sentido ni yo mismo logro descifrar…
Atrapado por entero en ese magma rebullente de palabras, frases, oraciones, párrafos, siento cómo me falta el aire, cómo la luz mengua, se hace cada vez menos intensa y brillante y, de golpe, ¡zas!, todo a mi alrededor se torna oscuro como boca de lobo o túnel, pero yo no puedo parar de hablar, como un conductor que conduce a ciegas por una auto ruta piso a fondo el acelerador (conduzco sin duda un poderoso vehículo), se apodera de mí el vértigo de la velocidad y hablo y hablo y hablo, quiebro, rompo y trasloco la sintaxis, hipérbaton va e hipérbaton viene, disparo cultismos e hipercultimos, enhebro arcaísmos, tecnicismos, anglicismos, galicismos y germanismos como atractivos y deslumbrantes fuegos de artificio.
Sé que debería tener en cuenta al público que ha venido a escucharme, estar atento a sus reacciones, percibir sus parpadeos, sus bostezos, cómo se mueve de un lado a otro en el asiento ese pobre joven de ahí delante que descansa su ya adolorido cuerpo, ora en el lado derecho, ora en el izquierdo, veo cómo mira al techo, al suelo, atrás y adelante, gira la cabeza en todas direcciones, se limpia las uñas, se rasca el cuello y luego el cuero cabelludo, cuchichea con la novia sentada a su derecha y a seguidas con el amigo sentado a su izquierda, todos síntomas claros que cualquiera puede interpretar correctamente sin la menor dificultad, y yo pues claro que los interpreto de la manera adecuada, pero nada (¡óiganme bien!), nada puedo hacer al respecto, el poderoso vehículo que me transporta sigue a toda velocidad ahora cuesta abajo y los frenos se han desgastado, de modo y manera que ahora es que de verdad gano velocidad y frenéticamente me repito, retomo pasajes que había enunciado al principio, recurro con ímpetu y decisión a la incorporación de neologismos (sí, ya a estas alturas de juego invento vocablos con la mayor desfachatez y desvergüenza), así como también con el mayor descaro y extremo cinismo suelto a boca llena impactantes citas directas e indirectas, largas y cortas, de autores de cuyas obras jamás he leído siquiera las solapas.
Vuela raudo el tiempo, algunos de los asistentes al panel o coloquio se han levantado de sus asientos y han abandonado la sala discreta, furtivamente, mientras otros, los más airados, lo hacen dando un fuerte portazo al salir. Crispado, tenso, nervioso, a todas luces muy preocupado y con un humor de los mil demonios, el moderador me hace señas, desliza en mi mano un papelito en el que me conmina a que vaya acabando, a que deje ya por fin el turno al siguiente expositor o panelista, la violencia que me supone parar en seco, en pleno rendimiento la potente maquinaria verborreica es muy grande e intima, extremadamente dolorosa para mí, así que, por la cara, atento a mí (por fortuna cada vez me manejo con mayor pericia con estas sutiles estrategias), sudado, tembloroso, con voz cada vez más fuerte y vehemente, tal si estuviese edificando a los feligreses desde el púlpito o arengando a las masas desde la tribuna política, robo los minutos que puedo, alargo como un prestidigitador el tiempo como una materia gomosa, dúctil, me escabullo con sutil y extremada habilidad de mago o ilusionista experimentado de los apremios y requerimientos del moderador que, ya verdeazulado de ira, evidentemente al límite de su aguante, con los nervios tan estirados que amenazan rompérseles en cualquier momento, me apaga el micrófono, ¡sí!, ese desgraciado se ha atrevido, ha tenido la enorme indelicadeza, la increíble desfachatez de apagarme el micrófono, ¡a mí, a mí!, la estrella indiscutible del coloquio, ¡a mí!, el más importante intelectual vivo de la República, y esto (¡es el colmo de los colmos!) cuando todavía me quedan diez o doce páginas para finalizar mi crítica e innovadora, trascendente ponencia…
Ah!, queridos amigos, antes improvisaba mis discursos, a partir de un momento, justamente para contrarrestar mi tendencia innata a prolongar en exceso mis disertaciones, a explayarme en demasía, sin límite ni sentido de la proporción ni de la medida algunos en mis charlas, disertaciones y conferencias, devorando por completo el tiempo de los otros y sumiendo al público en un sopor infinito, empecé u opté por escribirlas, sesuda, meticulosamente, con el mayor esmero y rigor, haciendo acopio de amplia documentación, de una profusa y actualizada bibliografía: todos saben que me gasto la casi totalidad del dinero que me llega a las manos en publicaciones (libros, folletos, revistas, boletines), que éstas son mi debilidad y que las leo y releo y subrayo meticulosamente de la primera página a la última. Pero de poco me sirvió el asunto, pues al final ahí tenía (sigo teniendo) el mismo dilema de siempre, escribía y escribía (escribo y escribo) y el número de hojas que me había propuesto redactar al principio (sometiéndome a la más espartana disciplina, imponiéndome el más riguroso y férreo autocontrol, autoflagelándome, en suma) se veían elevadas de las cinco iniciales a treinta o cuarenta y cinco. ¡Y todavía me quedo corto!
Y encima el enrevesamiento de mi discurso, la oscuridad y anfibología del mismo, su inverosímiles niveles de abstracción, vaguedad, confusión y falta de concreción, más que disminuir con la escritura se vieron (se han visto) potenciados de forma harto notoria a lo largo del tiempo. Dominados por el odio más acerbo y la más devoradora envidia, como viven, así lo señalan de manera reiterada y persistente mis detractores en sus intervenciones orales y escritas, y desde luego no tengo más remedio que reconocer que en esto sí que están por completo en lo cierto, en este particular aspecto sí que sin duda les asiste enteramente la razón. Pero, ¿y qué? Tampoco voy a hacer un drama de ello. ¿Por qué habría de hacerlo? La verdad es que a pesar de todo (créanme ustedes) tengo mi público, quizá no muy numeroso, pero sí un selecto grupo de fieles seguidores que va a donde quiera que yo me desplazo, y las instituciones académicas, así como el propio Ministerio de Cultura de la Nación (y la totalidad de sus dependencias) me tienen aquí mi sitio, me valoran, me distinguen y me honran de forma señaladísima, más allá de todo límite y por encima de todo posible desencuentro o desavenencia, diría yo, y no hay coloquio, ciclo de charlas, conferencias, talleres, Congresos y Simposios, ferias del Libro y festivales de ideas a los que no me inviten como figura principalísima, anunciando siempre mi presencia allí en vistosos carteles y afiches, en los plasmas situados aquí y allá estratégicamente y por la megafonía del evento.
Pero además mis libros (que ya son unos cuarenta, todos magistralmente concebidos y mejor escritos, realizados algunos por encargo o solicitud de terceros), se publican editan y reeditan una y otra vez en el país con dineros provenientes de los fondos presupuestales de respetables instituciones públicas y privadas, ensayos y artículos míos aparecen de forma regular en las páginas de opinión de los diarios y en las escasas revistas y suplementos culturales de la prensa nacional, y son recogidos en relevantes antologías generadas en nuestra culta y próspera república. Premios y galardones Nacionales –que aquí menudean– los he ganado todos en el transcurso de mis ya largos años de prolífico ejercicio profesional, así el de didáctica, el de novela, el de poesía, el de cuento, el de ensayos y el de literatura infantil…
¿Para qué, entonces proponerme cambios y variaciones en mi modus operandi, en mi forma y manera de exponer y argumentar, en mi particular estilo de defender mis innovadores, brillantes, luminosas ideas, para qué buscar empecinadamente a estas alturas cambiar, actuar de forma diferente, si como salta a la vista de ningún modo me ha ido tan mal en esta mi ya larga, dilatada y prolífica carrera profesional?
Ah, ya puestos a confesar, les revelaré que alguna muy íntima y secreta aspiración mía todavía no se ha visto cumplida. En concreto, dos: Que mi valiosa y voluminosa obra sea vertida a la totalidad de las lenguas de alta cultura del planeta; Que me lean en África, Asia, América, Oceanía y, sobre todo, claro está, en la culta y vieja Europa, cuna indiscutible de la cultura occidental. He aquí mi más íntimo sueño, aquél que alienta mis días y por el que de verdad (además de todo lo demás, por supuesto: viajes, condecoraciones, premios, cargos, cheques, homenajes, regalías…) sigo disertando y escribiendo incansablemente…
No me cabe la menor duda de que estos dos significativos, relevantes, trascendentes e irrenunciables anhelos míos se verán materializados más temprano que tarde en su preciso y justo momento, simplemente porque me lo merezco, simplemente porque durante todos estos años he trabajado duro y de forma tesonera para que así sea. Mi obra será traducida y leída, justipreciada y valorada en todo el ancho, vasto y variado Mundo. Y llegado el momento (creo que lo hacen por vía telefónica) me comunicarán la feliz noticia de que se me ha concedido el Premio Nobel de Literatura. Créanme, ni me sorprenderá el hecho lo más mínimo ni dudaré un solo segundo en aceptarlo, porque, en primer lugar, de ningún modo podría hacerle yo un tan incalificable desaire a la prestigiosa Academia Sueca y, en segundo lugar, porque será sin duda, clarísimamente, una de las escasas ocasiones en la ya larga historia del codiciado galardón en la que los respetables académicos habrán acertado de forma incontrovertible e inequívoca en el otorgamiento del mismo…
Pero ya veo que ustedes, que han sido capaces de persistir hasta aquí, están ya en estado de profundo sopor, y el moderador (ese irrespetuoso) persiste en hacerme señas y pasarme papelitos por lo bajo, pena, con las muchas ideas que todavía me quedan por desarrollar… unas quince o veinte páginas…