El llano en llamas, ese libro de siempre de Juan Rulfo (1917-1986), viene abrasando hace sesenta años. Habrá quien nos aclare que el fuego ya estaba encendido. Que ese ha sido su tarea de fuego: quemar. Que si arde, quema y que por eso no puede hacer otra cosa. Quién sabe.
De la primera edición, bajo el sello del Fondo de Cultura Económica, se imprimieron 2,000 ejemplares que salieron el 18 de septiembre de 1953 de los talleres de Gráfica Panamericana, de la ciudad de México, según reza en el colofón.
Así que sesenta años, que es lo que cumple la colección de relatos desde su primera publicación, no son nada. Son como treinta, que es el tiempo que hace que caminé por el llano de Rulfo por primera vez, durante aquel septiembre de 1983 cuando cursaba el primer semestre del curso de literatura hispanoamericana, en el cual solo leímos a dos autores, Carlos Fuentes y Rulfo, y nadie en el aula se arriesgó a preguntarle a la profesora si había otros autores hispanoamericanos.
Hoy me da igual, o quizás simplemente digo que me da igual, porque me bastó leer la obra de Rulfo para saber que no había perdido mi tiempo en aquel curso trunco. Rulfo no era un autor nuevo para entonces, pero, de todas formas, un libro siempre es nuevo cuando se lee por primera vez.
Como una de esas obras que merecen el epíteto de patrimonio de la humanidad, los cuentos de El llano en llamas son de esos relatos que se quedan no porque nos llegan sus palabras a la medida, sino más bien porque abstraen al lector para que transmigre hacia los personajes. O sea, que se convierta en médium, porque quizás todos estos personajes viven muertos y nosotros transitamos entre planos existenciales para escucharlo hablar de la soledad, la injusticia y las utopías muertas del México que les prometieron y nunca fue.
Se parece tanto a la propia historia de mi país.
Y eso no es como que le dé igual a uno. Los personajes de Rulfo no nos poseen; nosotros entramos en ellos.
Por ello, hablar de puntos de vistas en las historias puede parecer una afable insuficiencia, puesto que, si bien es cierto que cuentos como «Macario», «El llano en llamas», «Nos han dado la tierra» y «Talpa», entre otros, son concebidos en la voz de primera persona singular, otras instancias narrativas que aparentan decirse desde la distancia gramatical de la voz en tercera persona realmente se tratan tan magistralmente a través del recurso focalización que prácticamente destierra la distancia del narrador objetivo. Es decir, en cuentos como «No oyes ladrar los perros» y «Diles que no me maten», narrados en tercera persona, el lector «ve» la historia a través de personajes particulares. En El llano en llamas, siempre, de algún modo, el lector mira las historias en primera fila sin intervenciones autoriales significativas. Algo parecido a lo que Edgar Lee Masters consiguió en su poemario Spoon River Anthology, uno de los modelos que sin duda Rulfo siguió también en Pedro Páramo.
Mas, quizás fue esa la mayor lección que pude sustraer de mi lectura de Rulfo, puesto que, años más tarde, al publicar mi primera colección de cuentos, la focalización de las voces narrativas era el elemento que intentaba dar cohesión a mi primera (y hasta ahora, única) colección de relatos, titulada Septiembre.
Un mago nunca revela sus trucos, y supongo que un escritor no revela los suyos tampoco, pero a mí me da vale igual. Todos somos algo que alguien pensó, escribió o dijo.
No es casualidad que si en “Nos han dado la tierra”, el personaje de Faustino declara «Puede que llueva», en el primer cuento de Septiembre, titulado «Llover», el personaje de la abuela solo repite una frase: «Parece que va a llover».
Ciertamente, sin El llano en llamas no hay Septiembre. Tanto, que el libro debió llamarse Adjuntas en llamas, pero en Adjuntas llueve por nueve meses al año, así que hubiese sido improbable asociar una imagen de sequía infernal con mi pueblo, que también es protagonista en mi libro. Pero de que hay, hay. Como cuando el narrador de «El día del derrumbe» le pregunta a Melitón: «Esto pasó en septiembre. No en el septiembre de este año sino en el del año pasado».
Que conste: cuando hablo de mi libro no lo hago en valoración paralela con El llano en llamas ni como un acto de narcisismo literario, sino como gesto de agradecimiento a un libro.
Sí, también se agradece a los libros.
Empero, la facilidad de El llano en llamas para quedarse en mí desborda cualquier fascinación particular que me haya crecido en mi temprana juventud. Sin duda, la virtud del libro es su facilidad para darse en imágenes permanentes, de la misma manera que Los de abajo de Mariano Azuela suele leerse como una serie de instantáneas o viñetas de la Revolución Méxicana. A fin de cuentas, luz y tiempo: un daguerrotipo de la memoria.
Eso es El llano en llamas: luz y tiempo.
Le tomó a Rulfo veinticinco años (de 1945 a 1970) procesar todos los textos que llegaron al libro que conocemos y honramos hoy, su primer (y único) conjunto de relatos. Y no es de extrañarse esa paciencia de revelador fotográfico: Rulfo era un apasionado de la fotografía, como lo era Fuentes del cine (que son imágenes en movimiento), según consta en La muerte de Artemio Cruz, una reinterpretación novelesca de Citizen Kane.
La paciencia es arrear el tiempo. Como en el cine y la fotografía, es domar la luz.
Y de la luz de los fuegos es que se ilumina el mundo.
