Una civilización se destruye sólo cuando sus dioses están destruidos.
Emil Cioran.
A las 8 menos diez en una fría mañana del viernes 12 de enero del 2007 un joven violinista, ataviado con una gorra de pelotero, unos jeans usados y una remera de mangas largas, apareció en la estación del metro L´Enfant Plaza de Washington DC. Nada especial había ni en su atuendo ni en su tipo; un joven violinista, blanco, apuesto, que se colocó cerca de la pared, al lado de un cesto de basura, abrió el estuche de su violín, puso algunos dólares en él como señuelo y comenzó a tocar.
Tocó algunas de las piezas más bellas del repertorio universal.
Empezó con la Chacona de la Partita No.2 en re menor de Johann Sebastian Bach. El joven violinista se referiría luego a ella diciendo “no es sólo una de las más grandes piezas jamás escritas, sino uno de los más grandes logros de cualquier hombre en la historia. Es una celebración de las posibilidades humanas”. No dijo, sin dudas por modestia, que la Chacona de Bach es una de las piezas más difíciles de dominar para un violinista. Pero tal vez se pueda pensar que su entusiasmo por la Chacona de marras es exagerado, para ir en su auxilio puede ayudar saber lo que opinaba Johann Brahms sobre ella. En una carta a Clara Schumann Brahms escribe: “Para un pentagrama, un pequeño instrumento, el hombre escribe todo un mundo de los más profundos pensamientos y los más poderosos sentimientos. Si yo imaginara que podría haber creado, incluso concebido la pieza, estoy bastante seguro de que el exceso de entusiasmo y lo estremecedor de la experiencia me hubieran enloquecido.”
A continuación de la Chacona el joven violinista interpretó el Ave María de Schubert, y prosiguió luego con otras obras maestras hasta completar los tres cuartos de hora que duró su actuación. La acústica de la estación resultó ser particularmente apropiada, el sonido de su violín increíblemente majestuoso, perfecto, y la fuerza y calidad de su interpretación sencillamente genial.
La estación del metro L´Enfant está en el corazón del Washington federal. A su alrededor se ubican la mayoría de los edificios gubernamentales de la capital norteamericana, a esa hora está especialmente concurrida y la mayoría de los viajeros son empleados federales: abogados, asesores políticos y militares, en fin, quienes sostienen el aparato gubernamental norteamericano funcionando.
Durante los cuarenta y cinco minutos que estuvo tocando a Bach y a otros maestros de la música universal, piezas entre lo más grande y bello que ha compuesto jamás hombre alguno, pasaron exactamente mil noventa y siete personas a su lado. Blancos, negros, asiáticos, latinos, jóvenes y viejos, y también madres con sus niños.
Veinte y siete personas le dieron dinero, la mayoría sin siquiera mirarlo, seis se detuvieron a oírlo, una muchacha, una sola, lo reconoció, y un hombre, John Picarello, dijo, cuando le preguntaron si algo inusual había sucedido ese día, “había un músico tocando junto a la escalera en L´Enfant Plaza”. Luego aclaró, “era un violinista excepcional. Nunca había oído nada de semejante calibre.”
Y tenía toda la razón Picarello, el joven violinista era Joshua Bell, uno de los mejores violinistas contemporáneos, un maestro indiscutible, y el violín que tocaba era una de las más perfectas máquinas de producción de sonido jamás fabricadas, un Stradivarius, con una historia muy romántica por cierto, valorado en 3 y medio millones de dólares.
Lo que sucedió esa fría mañana de enero fue un experimento conducido por el Washington Post para observar la reacción de la gente ante la belleza, y ante un maestro produciéndola de incógnito.
Tres días antes Joshua Bell, el joven violinista, había ofrecido el mismo repertorio a teatro lleno, el asiento para oírlo costó 100 dólares.
En la estación del metro L´Enfant, en una fría mañana de enero, en medio del corazón del Washington federal, ganó 32 dólares y sólo seis personas de mil noventa y siete notaron su mera existencia. Aclaro, seis adultos, porque los niños que pasaron a su lado tuvieron la intención de acercarse a oír, sus madres se los impidieron.
Ver el video de Bell tocando como un fantasma solitario, o mejor dicho, como el único vivo en medio de fantasmas, y ver a la masa humana que pasa a su lado, verlo una y otra vez, en cámara lenta, es una de las mayores exhibiciones de la locura, la alienación extrema que es la sociedad moderna. La sensación es que ya la distopía arribó, que en verdad la decadencia de occidente no es sólo aguda, sino irreversible. Bell, con su violín, solo totalmente solo, y a su lado algo que más que seres humanos parecen zombis. Uno piensa en Blade Runner y su ciudad distópica, o en un cuadro de Münch. La sensación de pesadilla que acosaba a tantos grandes artistas del siglo XX está ahí, al desnudo, algo peor que lo que Joyce describe en Los muertos, ese soberbio cuento con el cual finaliza Dublineses: la esquizofrenia de la modernidad.
A propósito de los zombis, es revelador meditar en el por qué el género se ha vuelto tan popular. Y la respuesta que me viene inmediatamente a la cabeza es que es la proyección de la realidad en un lenguaje simbólico. El mensaje del inconsciente colectivo intentando defenderse de la locura. Fascinan los zombis porque son el espejo de lo que se ha convertido el mundo actual, seres sin alma, en todo iguales a los vivos pero muertos, intentando convertir a los sobrevivientes en uno más de ellos, de los muertos vivos.
Al hacerse público el experimento las reacciones no se hicieron esperar, aunque, siendo honestos, no fueron tan sonadas como podía suponerse. Supongo que porque por más subterfugios que se usen para disimularlo, la evidencia del vacío y la locura que es la sociedad moderna es inobjetable, y verse reflejados no ya en su banalidad, sino en su total vacío, no es del agrado de la gente. El lenguaje simbólico, los filmes de zombis son mucho más reconfortantes, permiten exorcizar los miedos, proyectar la culpa, siempre queda la seguridad de que es ficción y no la realidad, por tanto, no hay que actuar en consecuencia, el peligro, el monstruo que me asusta está afuera, son los otros, yo no soy así, mi mundo no es así, puedo pues seguir viviendo como si nada pasase.
Una de las reacciones, la clásica y por desgracia ya ubicua relativización de todo, eso que no tengo otra palabra que nombrar la baba postmoderna, se preguntaba si existe la belleza, si la belleza no es algo que sólo puede medirse por la aceptación de la mayoría. En otras palabras, la perversión, políticamente correcta, de la democracia que es la sociedad actual: el juicio de valor no depende de ninguna categoría intrínseca sino de la moda, y del peso de la mayoría; y, no puedo menos de sentirlo, la maldad oculta que lleva la postmodernidad dentro de sí, la maldad que es eliminar del ser humano todo lo que lo eleva sobre sí mismo, y promover todo lo que lo hace masa, igual, mediocre, maquinaria de este engendro de banalidad y alienación que es la sociedad contemporánea.
Es notable, en relación a esto último, darse cuenta de que en el empeño de la banalidad y la alienación, de acabar con todo lo tradicional, o lo espiritual, están de perfecto acuerdo los defensores del mercado más abyecto y gran parte de la izquierda bien pensante, y sobre todo esa aberración mental que es la nueva izquierda. Es un curioso maridaje del cual ambos se benefician, y, sospecho, realmente se creen que hacen lo correcto y que esta tomadura de pelo masiva que es la sociedad postmoderna es muy “cool”.
Otras reacciones, aunque tímidas, apelaban a la alienación de la tecnología (unos días antes se había anunciado el primer iPhone, aún no estaban los iPad ni el Smartphone reinaba, ni cuanto imbécil en el mundo tiene ganas de decir al resto de la humanidad su idiotez posteaba sus miserias y soledades en Facebook o lanzaba un “trino” al ciberespacio, más bien un graznido de urraca envuelto en el aparentemente dulce e inofensivo azul de Tweeter, con la confianza de que otros millones de idiotas como él o ella retrinarán, o regraznán sus banalidades y estupideces, en perspectiva eran tiempos más ciber limpios), y algunas tocaban, muy de paso, y sin usar para nada esa palabra, la masiva crisis del espíritu que produce la sociedad occidental.
Por supuesto que para la baba postmoderna, igualitaria y seudodemocrática (la democracia real no es nunca cuestión de masas alienadas, consumistas, vacías, sino de hombres y mujeres libres, y libres antes que nada en sí mismos), para la luminosa moral “liberal y liberada” de los heraldos de “un mundo feliz”, como la novela de Huxley, es imposible aceptar el hecho auto evidente de que la mayoría de los seres humanos son, como siempre han sido, insensibles, vulgares, egoístas y estúpidos; aceptar lo que todos los moralistas han visto siempre desde que la humanidad por golosa perdió el paraíso, y lo que cualquiera que no esté cegado con falsas ilusiones descubre fácilmente con un poco de observación desprejuiciada del alma humana, es inadmisible para ellos, y no sólo, claro, por lo políticamente correcto, por amor a la humanidad, por respeto a la dignidad humana, al sagrado derecho de los idiotas a ser idiotas y cosas semejantes, sino porque reconocerlo los saca del juego inmediatamente. Nadie que piense medianamente en serio permanece sumergido en esta tomadura de pelo de la postmodernidad sin sentirse asqueado de sí mismo y del mundo.
Sin embargo, no todo puede reducirse a la proverbial estupidez y rispidez humana. El experimento del Washington Post apunta a algo más profundo, y más siniestro. El por ciento de personas (uno se pregunta si se pueden llamar personas a esa masa de muertos vivos que se ve pasando al lado de Bell, y la respuesta es sí, si se usa la palabra literalmente, en su significado original en griego: máscaras, fantasmas, disfraces, la pura y dura falsedad del animal humano) que notan a Joshua es demasiado escaso para ser normal, es abrumadoramente pequeño. Además, se podía esperar que pese a la inveterada tendencia de los seres humanos a la idiotez, gracias a tanta educación, universidades, masters, cursos, recapacitaciones, doctorados, trabajadores sociales, programas gubernamentales, redes sociales, internet, sobreinformación y demás, la sensibilidad promedio de la especie hubiese aumentado ligeramente desde los tiempos de Cesar, o al menos desde las pinturas del Altamira. Era de esperar que al menos un diez por ciento de los viajeros se hubiesen al menos detenido unos segundos a oírlo. Pero no, no se detuvieron. Con toda verosimilitud si Joshua, por un milagro de nuestra poderosa ciencia (que anda ya en eso de los viajes en el tiempo aunque a escalas más modestas, sólo ha logrado teletransportar fotones, pero por algo se empieza), puede viajar a Altamira cuando el anónimo y cavernario pintor dibujaba sus inmortales bisontes en las profundidades de su cueva, la horda en pleno de nuestros ancestros quedará extasiada oyéndolo. Aunque tal vez luego le propinen un garrotazo por si las moscas, al menos no lo ignorarán. Se puede comprender a los que pasaron absortos en sus audífonos, sumergidos en esa súper comunicada incomunicación que es la tecnología moderna, insisto de nuevo, hacía sólo 5 días que el primer iPhone vino públicamente al mundo, así que eran tiempos ciber limpios. Y a los que realmente estuviesen totalmente abrumados o ensimismados por sus problemas, o por la razón que fuese, para, aun sintiendo algo que los llamaba, no poder o querer detenerse. Aunque esto último ya es cuestionable, sólo uno de los viajeros tuvo esa actitud, notó al violinista se detuvo un momento, vaciló entre oírlo y la demanda de su tiempo, y siguió. Los que dieron dinero prácticamente no se detenían, simplemente lo dejaban caer y seguían sin siquiera aminorar su marcha, y sólo fueron veinte y siete de mil noventa y siete. Pero con todas estas salvedades, incluso reconociendo que en nuestra luminosa cumbre de civilización el número de los que están ensimismados en sus problemas es más bien alto, el porciento es demasiado, terriblemente pequeño. Menos del uno por ciento de los viajeros vieron a Bell. Semejante por ciento dispara las alarmas, algo más, aparte de la insensibilidad natural a los hombres de todos los tiempos, está mal.
La mayoría de los viajeros que pasaron al lado de Bell en la fría mañana de enero eran o son, no deben haber muerto muchos de ellos, graduados universitarios, no hablamos de salvajes, de cromañones o famélicos detritus humanos en un basurero de África dejado de la mano de Dios o los fundamentalistas islámicos, ni de pobres abrumados por su miseria en los guetos de las grandes ciudades, no hablamos del vulgo que un moralista a la vieja usanza tendría en mente, sino, y aquí está lo verdaderamente terrorífico del asunto, de una élite mundial, de quienes sostienen la maquinaria gubernamental norteamericana, hablamos del producto de la educación moderna, los hijos de la civilización postmoderna, y lo que vemos son los hijos del vacío.