Los Ángeles olvidados

Jorge Martínez Jorge

jorge-martinez-jorge-columna-otrolunes29Por el mes de Agosto, en una de mis compulsivas recorridas por librerías de viejo, me encontré con una edición -Seix Barral de 1979- de “La Habana para un infante difunto” de Guillermo Cabrera Infante., un verdadero “tour de force” por la prosa amorosa, primorosa, venturosa y, también, morosa del habanero adoptado que nunca dejó de ser infante, incapaz de dejarse constreñir por la RAE y su cinturón de castidad verbal, como tampoco pudo hacerlo el monstruo del pensamiento único que avanzaba ya en esa época. Ese infante rememora, de manera vital, carnal y siempre original, la cubanía impregnada en las viejas casonas de la Habana Vieja, la misma que fuera fermento y sustancia de aquéllos tiempos augurales donde la ilusión teñía de pasión hasta la misma razón y que lo fuera también, en buena medida, origen de aquél Lunes de Revolución, el despertar de la libertad, de las ideas, del debate y la apertura. Lunes que no llegó a martes por la compulsión totalizadora de un régimen que necesitó muy poco tiempo para mostrar la hilacha, pero no pudo evitar –sino más bien terminar propiciando- que esos dos años de magisterio cultural fuera un faro tan vigente hoy como hace 52 años.

Mientras leía a Cabrera Infante y sus devaneos amorosos, apenas una elegante cortina musical para dejar constancia de su lúcida mirada de un régimen que se robó – se robaba ya en sus mismos albores- toda la esperanza e ilusión de un pueblo nacido para la libertad y la tolerancia, sumiéndolo en el pozo del totalitarismo más cruel: el que se ejerce en nombre de una supuesta revolución; mientras lo hacía –venía diciendo- no podía dejar de pensar que por ese mismo Agosto se cumplirían seis meses ya de la ignominiosa prisión de otro infante: Ángel Santiesteban, uno más, uno de los tantos, ni el primero y ojalá el último, rehén del criminal régimen castrista. Dicen por ahí que Cabrera Infante ésta muerto, pero yo no me lo creo. Para mí vive en Lunes, y seguirá viviendo en Ángel y todos los demás perseguidos. Punto y aparte.

Por esos mismos días pude comprobar cómo, a mis 56 años, no he perdido la capacidad de sonrojarme primero e indignarme casi en simultáneo, escuchando y viendo al uruguayo -solamente porque nació en ésta tierra- Eduardo Hugues (más conocido como Galeano) ensayando un panegírico del “Comandante Supremo, nuestro inmortal Hugo Chávez”  -como repitiera veintiocho veces en siete minutos un bolivariano ministro que le precedió – mientras presentaba otro de sus catecismos en forma de novela.

¡Cómo no avergonzarme primero y enfadarme enseguida!; si de él, que se supone es uno de los intelectuales más promocionados de ésta tierra que supo ser la de la libertad y tolerancia, no escuché una sola palabra de recuerdo, no ya condena, por los presos de conciencia que dejó en herencia el “Comandante Supremo” ni mucho menos, por los tantos recluidos en las mazmorras castristas, de las que sigue siendo cómplice calificado. Tuvo sí, debidamente arropado por la claque chavista y su poder hegemónico, loas para quien fuera blanco preferido en la demonización del imperio por haber alfabetizado (me pregunto: en su cosmogonía tan singular alfabetizar será sinónimo o antónimo de adoctrinar?) a dos millones de niños venezolanos. De elecciones amañadas, de censura y mordaza a periodistas, de pobreza, inflación y desabastecimiento, nada. Seguramente el tiempo, que es tan tirano como lo fuera el homenajeado, no le fue suficiente para esas minucias que sólo han de importarle a burgueses y vendepatrias.

Dice Hugues Galeano que “dicen por ahí que Chávez está muerto, pero yo – por él- no me lo creo”. Dicen por ahí que él, Galeano, está vivo, pero yo –por mí- menos me lo creo. Otro punto y aparte.

Por esos días también en el Uruguay de Onetti y Vaz Ferreira, Rodó y Florencio Sánchez, de la mano de Alfaguara hizo su oportuna aparición el último trabajo del “nobelizado” Mario Vargas Llosa, de lo cual pude enterarme leyendo una crítica publicada en un prestigioso diario de Montevideo firmada por alguien a quien no conozco y cuyo nombre mi memoria, siempre selectiva a su aire, se niega a retener. La crítica es, desde el punto de vista literario, lapidaria, tachando a “El héroe discreto” como una novela fallida. Pasado el sofoco que me produjo tamaño ataque a quien supo ser en mis albores literarios luminosa guía, una lectura objetiva y desapasionada no puede menos que coincidir, quizás no de manera tan tajante, en cuanto a que el mejor Vargas hace tiempo ha pasado y ésta no es menos buena que sus travesuras con una niña mala, esa realmente mala. Sin embargo, lo que sí retuvo mi veleidosa memoria fue una frase del párrafo final del libelo que desnuda, de manera flagrante, la intencionalidad de toda la crítica. En ella, el discreto analista, se refiere a Vargas Llosa como “ese equilibrista de las ideas”, con lo cual, a mi juicio, deja al descubierto que el ataque literario -como siempre en materia de letras, subjetivo y opinable- está teñido  del rencor que la intelectualidad uruguaya y, en general, hispanoamericana guarda del autor por su consabida prédica liberal y por haber cometido el pecado capital que ningún escritor que se precie podría haber perpetrado: la ruptura, a mandíbula batiente, con la dictadura castrista que por éstos pagos, siempre lejanos y tardíos de reflejos, sigue denominándose “Revolución”. Si para el otoñal Vargas Llosa lo mejor de su fascinante narrativa ha pasado, en el campo de las ideas luce una lozanía que muchos viejos de tres décadas ya quisieran tener. Es allí donde su aporte, como el de todo intelectual comprometido únicamente con la ética de la responsabilidad, sigue siendo insustituible.

Tengo para mí que la causa de la libertad y la democracia, a secas y sin adjetivos ni apellidos desnaturalizantes, necesita y siempre necesitó de muchos Vargas Llosas y Cabrera Infantes, capaces de pagar el precio del ostracismo por decir la verdad y pensar con cabeza propia, y sin embargo es prolífica en parir el cretinismo intelectual del que hacen gala tantos y tantos Galeanos que pululan por cuanta tribuna amiga haya para cantar loas al poder de turno.

Mientras existan más de éstos que de aquellos, los totalitarios de turno podrán seguir encadenando “ángeles” olvidados tras el oprobio de la barbarie del más puro y duro estalinismo.