Los muertos

Sonia García Soubriet

sonia-garcia-columna-otrolunes29Ya, desde las primeras páginas de esta novela nos encontramos en el mundo de los muertos. Y desde él conoceremos lo que fueron las vidas de los antepasados de Roni, el narrador de la historia, o mejor dicho  parte de ellas. Algunas a través de hechos insignificantes, cotidianos, misteriosos, otras, por acontecimientos que las marcaron trágicamente.  Desde la muerte  veremos sus casas, sus patios y jardines, sus  objetos rituales  como el Mikvé y nos acercaremos a sus rostros  descubriendo algunos rasgos peculiares como unos ojos hundidos o la intimidad de sus sentimientos, el roce delicado en unos párpados,  sus olores y sus sueños. Sus más oscuros  presentimientos, también. Todo  tan real, vivo y cercano que nadie pensaría que  se nos habla desde la muerte. Que todo aquello fue y lo que queda son lápidas y tumbas en los cementerios. Esto es lo que se hace en Los muertos de Roni, transgredir las reglas, instalarnos en ese espacio ajeno a toda lógica y realidad. Así, desde ese punto de vista tan singular, se  nos cuentan las crónicas de dos familias judías de Tánger y Tetuán, “crónicas confusas y antiguas, como dice su autor, soñadas y verdaderas”. Un trabajo de recuperación de la memoria, un  diario  personal de esta experiencia extraordinaria. “Nosotros, (los judíos) escribe el narrador, en vez de recordar lo que ocurrió en el pasado lo vivimos de nuevo… En Pesaj no recordamos  la salida de Egipto, salimos de Egipto.” De la misma manera  el narrador se instala en el presente de sus muertos, “en ese punto del tiempo impregnado de lo que ocurrió”, y desde él comienza su trabajo de rescate partiendo de las marcas que sus vidas dejaron.  Así conoceremos la historia de Preciada y Aarón, sus abuelos paternos, la de la familia materna  y la de otros muchos muertos (…son tantos y tiran de mí todos a la vez …)  que reclaman a Roni.  De algunas de estas vidas que fueron, dan fe los  documentos oficiales que se van intercalando a lo largo de todo el libro: Notas de prensa de El Eco de Tetuán  con fecha de 1917, anunciando la boda de Preciada y Aarón, Registro de súbditos holandeses  (1889), Ketubá o Contratos matrimoniales, Mulkía o Títulos de propiedad, en este caso, el de una parra de la plaza del Feddán, la casa de Preciada … Tras muchos de esos nombres y  actos puntuales, precisos,  testificados, se esconde lo que Roni pretende rescatar, lo que nunca nadie supo, lo que quedó frustrado por la muerte. De ahí que sus  muertos  sean  los más desasistidos, los que apenas dejaron huella,  y de ahí también esa búsqueda exhaustiva. Los pasos de su tarea nos son descritos desde las primeras páginas con minuciosidad: inventarios, huellas, diarios, testigos, comentarios cogidos al vuelo de parientes lejanos, el escalofrío que  recorre a Roni cuando siente su presencia, y sus dudas aunque siempre acaba sobreponiéndose gracias a esa prodigiosa comunicación. Y luego están todos esos objetos que quedan de los muertos: fotos descoloridas, un cojín bordado de un ajuar, una cubertería con las iniciales A y P extrañamente  entrelazadas, la cornamenta de un monstruo, dibujos…. que despertarán la imaginación de Roni y le entregarán hasta el último detalle de esas vidas pasadas.  Así irán surgiendo “los invisibles y somnolientos fantasmas de sus muertos” rodeados de sus cosas: un farolito para alumbrarse antes del amanecer, una caja de laca negra llena de secretos… el retrato en color de un negro que resultó ser un mensajero; también con sus sueños y misterios, sus extraños animales: un sireno, una  salamanquesa y nos darán cuenta  de sus días con su cotidianidad y excepcionalidad pero también de la inconsistencia de nuestras vidas si no somos recordados, si no se pronuncian nuestros nombres, ni se vuelven a mencionar nuestros actos, luchas y creencias por insignificantes que sean. De ahí la importancia de la palabra. Ese es el trabajo que  se ha impuesto Roni, rescatarlos, como han hecho una generación tras otra los judíos con el Rey David, para llegar a sentir la verdad de sus vidas, para llevarlas siempre con él.  En sus muertos, Roni reconocerá sus gestos y rasgos y apreciará sus enseñanzas  “se me ocurre pensar que si hubiera prestado atención a sus palabras me hubiera  ahorrado esa búsqueda tan larga y complicada”. Y en sus encuentros y conversaciones con ellos, aclarará dudas y enigmas “…yo tengo la respuesta de un pregunta que él le hará dentro de unos años a mi madre…”. Los muertos de Roni, esa enormidad, no se refiere sólo a los más cercanos también están los otros, muertos  cuyas huellas  profundas y milenarias lo llevarán hasta los parajes del tiempo más remotos, más allá de sus recuerdos más lejanos, en regiones anteriores  a su propia existencia: las grutas de Ufrán,  Volúbilis,  como una larga cadena que se pierde en el tiempo y llega hasta él.  El marco de esta historia serán las calles de la judería de Tetuán que recorren Preciada y Aarón, el día de su boda, donde comienza esta historia, y Tánger donde la familia paterna se instalará después de la bomba de 1924, y sobre todo el Marshán de Roni, ese barrio de Tangerino con sus gatos,  sus villas y sus palacios, con el levante soplando, la inmensa roca con la necrópolis fenicia volcada sobre el Atlántico, desde donde se divisa la costa española, el acantilado de la Hafita: el territorio de Roni, el de su infancia y sus sueños, el de sus antepasados más antiguos y el de sus muertos. Hacia el presente de esos lugares que la familia tuvo que abandonar, Roni emprenderá un viaje  para culminar su trabajo.  “Cuando ya no existe el lugar al que uno pertenece, resulta más fácil vivir con los muertos, dirá Roni. Este libro nos  habla de esa convivencia. Es la recuperación de un mundo  a través de la escritura. “La tableta, el rollo,  el manuscrito y la página impresa han devenido la patria, la fiesta movible del judaísmo, dice George Steiner, expulsado de su tierra… el judío ha hecho de la palabra escrita su pasaporte durante siglos de desplazamiento y de exilio. Le ha servido de refugio y de morada indestructible”. Para el que la lea, esta novela inolvidable será un descubrimiento. Para Roni,  la recompensa de un trabajo bien hecho.