Creo que fue Elmore Leonard quien recomendó nunca empezar una historia policiaca con el estado del tiempo. La nota donde venía el consejo no aclaraba las razones, como si el hecho de que Leonard fuera quien lo dijo despejara fuera suficiente. Cosas de autoridad, ¿no? Pues yo he decidido que mi cuento empiece con una descripción de esa noche, y como la acción transcurre en el Sur (así, con mayúscula) de los Estados Unidos es inevitable—más bien diría, obligatorio—decir algo sobre el tiempo que hacía esa madrugada cuando los muchachos fueron encarcelados sin entender las razones. Veamos:
“Eran apenas las tres de la mañana, pero el calor era tan intenso que mucha gente estaba desvelada, sobre todo quienes trataban de engañar el agobio con el perezoso girar de las aspas de un ventilador de techo. Inútil dejar las ventanas abiertas, o tomar agua constantemente: agosto en el Sur puede resultar inclemente, y sin una casa sólidamente construida y un buen aire acondicionado, dormir resulta casi imposible”.
Una buena referencia donde el calor crea el ambiente propicio para cometer un crimen es una película de 1981 titulada “Body Heat”, con el entonces primer actor William Hurt y la debutante Kathleen Turner. La película retomaba la tradición del cine y la novela noir de conectar el deseo erótico con el asesinato. Situada en Florida durante una ola de calor, la película jugaba con el voyerismo del espectador, al mostrar la (tórrida) relación de los protagonistas como causa de su caída ante la ley. No recuerdo si “Body Heat” de alguna manera subvertía el estricto código moral puritano de las obras en las que se inspiraba, pero al hacer memoria me cuesta creerlo, pues en el fondo el escepticismo del noir es sobre todo una forma de distancia moral respecto a un mundo que se ve corrupto desde su base misma, y donde las pasiones—recordemos “Double Indenmity” o “Chinatown”—no tienen buen fin.
El calor puede ser necesario para mi historia. Me ayudaría a explicar dos hechos que por el momento no guardan relación entre sí. Vamos a ver un auto patrulla estacionado en lo que fue una estación de gasolina, ahora reconvertida en un restaurante. No cualquier restaurante sino un diner. Sí, ese detalle puede ser importante. Veamos. Los diners suelen estar abiertos hasta tarde, por lo que son un refugio para noctámbulos, insomnes y policías. Para nadie resulta extraño encontrar oficiales comiendo o simplemente charlando por horas, como a la espera de que termine su ronda. Esa ciudad donde ocurren los hechos que me interesa narrar es particularmente violenta, y un gran porcentaje de los crímenes ocurre por la noche. Los oficiales, esos dos que vemos conversar en una mesa conocen bien las reglas del juego, tanto las formales como las no escritas, esas de las que nadie habla a menos que se esté garantizada la privacidad. Una de esas normas que no aparecen en ningún reglamento es hacer hasta lo mi posible por salvar el pellejo. El heroísmo es cosa de Hollywood y de la retórica nacionalista americana, pero la vida real suele ser muy diferente. Nunca pasan hechos violentos en los diners, se puede uno desconectar por rato, tal vez hasta ignorar alguna llamada de urgencia.
Nuestros policías deben estar tomando algo. Conforme nos acercamos vemos que es café o Coca Cola, cualquiera de las dos bebidas funciona, pues el objetivo es echarle algo de cafeína al cuerpo. Que haga mucho calor tampoco importa: quien toma café lo hace aunque se encuentre a las puertas del infierno. Entonces dejemos que el lector decida: café negro, cargado, o cola. Lo que están comiendo puede ser más importante, pues los diners de esta ciudad del Sur tienen a ser un tanto atípicos, y en lugar de lugar de ofrecer solamente las tradicionales y grasosas hamburguesas, tienen otras variedades de comida como muffalettas o poboys. Sea como sea ese tipo de dieta no le ayuda a las personas, por lo que no resulta extraño que los oficiales de policía (incluyendo los dos que vemos sentados frente a una mesa protegida con un mantel plástico de clavelones amarillos con fondo rojo) estén fuera de forma, o francamente obesos. Esos problemas de salud son otra motivación para tratar de mantenerse en la sombra, principalmente por la noche: no es nada fácil moverse rápido cuando la visión y la agilidad son muy limitadas.
Estos policías realmente no necesitan tener nombre, pero para darle a la historia una pincelada cultural he decidido bautizarlos: Sage McCollom estaría a la izquierda y sería el más pesado de los dos, quizás en sus cuarenta, ha perdido pelo y aunque la calvicie sea cosa de familia él lo atribuye a los muchos años de servicio en esa ciudad funesta; el otro se llama Bobby Piazza, y por alguna razón que no llego a explicarme, tiene bigote tupido y acento Cajun que enferma. Poner a un McCollom en el relato le recordará a algunos que los irlandeses fueron por mucho tiempo “el otro” sureño, un marginal blanco, pobre, venido en barcos atestados desde una Europa sin futuro. Hacia finales del siglo XIX, los irlandeses eran los indeseados, y a ellos se les atribuían casi todos los males sociales de la ciudad, aunque si las calles estaban limpias era gracias a los irlandeses, y si había boxeo un viernes por la noche también era gracias a los irlandeses.
Ser de ascendencia italiana en esa ciudad era otra cosa, simplemente porque su migración había empezado mucho antes que la irlandesa. Eso les había permitido estar ya asentados como comunidad desde la década de 1880, principalmente con pequeñas tiendas de ultramarinos y restaurantes. De hecho, la muffaletta tiene un inequívoco origen italoamericano, y aunque las fuentes se contradigan se sabe que circula desde principios del siglo XX. Lo del acento de Bobby Piazza indica que en algún momento sus ancestros se fueron a vivir a la zona costera, tal vez a probar suerte con la pesca del camarón y las chuchecas (en este momento me descubro como centroamericano, pues es ahí donde se le llama así a ese molusco).
En nuestra historia, Piazza es el novato y McCollom el veterano, el de los consejos. Es el irlandés quien sabe que a esas horas, casi las 2:00 a.m., cuando la cocina está a punto de cerrar, “Final call, boys”, dice la camarera, se llega al punto crítico de la ronda nocturna.
“Nunca te metas en un lío grande después de que cierran los diners”, le ha aconsejado ya varias veces a Piazza. “Si estás en el auto nada más fíjate si los lugares como éste ya tienen las luces apagadas. En ese momento debes hacer lo posible para apagar las tuyas también” McCollom hace un gesto como poniéndole comillas a la frase apagar las tuyas también. Piazza baja cabeza un poco, como agradeciendo el consejo, pero la verdad desde hace mucho ha decidido no hacerle caso a su mentor. La primera idea que le viene a la cabeza es: “Si quiero saber la hora miro el reloj”. No puede ver la belleza un poco torpe de la imagen: viejos lugares, limpios pero deteriorados, con las sillas que reposan sobre las mesas, la barra larga, usualmente cromada, los colores brillantes de los taburetes ahora opacados por la oscuridad. Piazza no comprende lo poético de la simple sabiduría de McCollom. Un diner de policías, una vez cerrado, es igual a la expulsión del paraíso, pues cada noche hay que pensar que puede no haber retorno.
McCollom no es, a pesar de las apariencias, un ingenuo romántico. Tiene mucha carrera en la policía y ha escapado por los pelos de situaciones realmente desagradables. Piazza sospecha que es un tipo mañoso, pues aunque al irlandés le encanta repetir sus anécdotas de peligro y valentía, lo que se dice en corrillos es tiene larga cola que pisarle. Pero de eso no se habla directamente, pues la corrupción toca más temprano que tarde a tu puerta. A Piazza se le ha presentado en pequeñas dosis y hasta ahora no ha caído. ¿Será que en el fondo tiene una honestidad a prueba de balas? No lo creo, pues nada realmente es a prueba de balas y hay un precio para comprarnos a cada uno de nosotros. Quizás simplemente nadie ha llegado al precio necesario para tentar a Piazza.
– ¿Tú no usas reloj?—le había preguntado el irlandés esa misma noche.
A pesar de lo trivial de la pregunta, Piazza se había puesto tenso. Sabía bien por dónde andaba la cosa.
–No me gustan—le respondió. –Me ponen nervioso. Uso mi celular para ver la hora.
McCollom se había limitado a hacer un ruido a modo de comentario. Iba a darle una suave reprimenda por la parquedad de sus respuestas, pero algo le dijo que era mejor no decir nada. Había escuchado un comentario negativo sobre su compañero de patrullaje: “No le gustan los Rolex”, le susurraron al oído, “ten cuidado”. Su reacción fue responderle al soplón que el gusto por cierto tipo de reloj era algo muy personal, que por favor no me metiera en lo que no le importara. El soplón dio un par de pasos atrás. Seguía sin mirar a McCollom cuando le dijo: “Hubo una vez un tipo que se fue a pescar. A rato de estar metido con el agua hasta la cintura algo picó. Era un pez enorme, con una perla la boca. Se la echó al bolsillo, pero en lugar de dejar ir al pez, como lo haría cualquier persona agradecida, se lo comió crudo. De milagro no se atragantó con una espina… ¿Cuál es para ti la moraleja de la historia?” McCollom le puso la mano en hombro en un gesto que parecía paternal. “La moraleja es que no hay que confundir las perlas reales con las de plástico”.
(Continuará…)