Los olvidados del mundo

Antonio Cienfuegos

columna-antonio-cienfuegos-otrolunes31He de decir que mi nombre no es Antonio Cienfuegos, que mi nacionalidad no es salvadoreña, que jamás fui guerrillero, que nunca estuve preso en Mariona, que no fui acribillado en la masacre de El Mozote, que no soy un bastardo de apellido, que no soy un exiliado de las generaciones, que no soy un proscrito, que no tengo familia, que no soy poeta, sobre todo que jamás he sido poeta. He de decir ahora que empiezo una bitácora a partir de la rabia (provocada por la desigualdad, la corrupción, las lindes del odio de una colonización que no tiene corolario, esto no es odio sino furia e indignación), que mi nombre no importa, que mi historia no importa, que mis amigos no importan, que mis cicatrices no importan y que, incluso, mi dolor no importa; porque todo lo anterior mencionado pertenece a la individualidad, al egoísmo, a la megalomanía, al narcisismo exacerbado, al materialismo, a la enajenación, a la alienación individual de todo ser humano. No, de eso no se trata este viaje que hoy comienzo, sino de la colectividad, de un pueblo golpeado por los más atroces Atilas, desposeído de sí mismo, llagado por antonomasia, olvidado, segregado, escupido, vejado, extorsionado, vapuleado y castrado. Sí, he de decir que aquí vengo a escribir en nombre de toda la nación centroamericana, de todo el pueblo que es mi pueblo, pero pido ante todo, que se olvide quien soy, pero jamás de dónde vengo; porque esta lengua ha de decir todo lo que el mudo  calla, todo lo que el manco jamás escribirá, las notas que el sordo nunca oirá. Yo hablaré de una literatura emergente, bullente, y social, solidaria con el desposeído, con el emigrante, con el exiliado, con el doliente, con el enfermo, con el moribundo; yo hablaré de los escritores que han reclamado su lugar en la literatura latinoamericana a partir de la disidencia e indignación. Hoy me uno a las huestes de escritores en resistencia que habitan el corazón de Centroamérica, herederos de Otto René Castillo, Roberto Sosa y Roque Dalton; habitantes del triángulo del infierno (Guatemala, El Salvador y Honduras), la zona más violenta del mundo; descendientes de una estirpe de guerrilleros como Farabundo, Sandino, Rigoberta y Reyes Mata; descendientes de los más furiosos guerreros: Tecún Umán, Atlacatl y  Lempira.

Somos los olvidados del mundo, de dios y del diablo, no tenemos nada que perder, vivimos en el viejo oeste selvático, y si hemos de morir que sea cantando, porque si de algo estoy seguro es que el escritor centroamericano sabe cantar, quizá no sepa escribir, pero sabe cantar, apela a la oralidad en todo momento, con una su sintaxis dislocada, canta desde lo hondo de su vientre, sabe decir las cosas, quizá, lo repito, no sepa escribirlas pulcramente, pero puede cantar todo lo que le rodea, como si acaso ése no fuese el oficio más viejo del ser humano: el canto.

Yo no vengo a escribir desde un púlpito epistemológico e infalible, vengo a compartir mis impresiones, mis críticas, mis reflexiones, mis lecturas e interpretaciones, de una zona cartográficamente ubicada en el centro del mundo; en esta bitácora que hoy comienzo podré errar mi crítica, incluso mi método, pero dudo mucho que sea un error voltear la mirada y tender un puente hacia una zona marginada históricamente; no espero la gratitud ni de colegas ni de amigos, tampoco espero que el lector encuentre paz interior, porque sé que no será así, sé que se encontrará con una realidad que le es ajena en su mayoría, que le es lejana, inasible, incomprensible, pero que es la vida como la conocemos la mayoría de los latinoamericanos.

Por último quiero dejar claro que no soy un redentor, ni un vengador anónimo, mucho menos un judas, tan sólo hablo por todos los que no pueden hablar, y preciso este puente, mejor dicho, ofrezco este espacio abiertamente para sumar cualquier esfuerzo por difundir la literatura centroamericana en su particularidad, y latinoamericana en su generalidad; porque sí tengo la firme convicción de que Centroamérica es una Estado por sí sólo perteneciente a un país inconmensurable que debería llamarse Latinoamérica.