Fue Alvin Toffler quien ya advertía en una de sus obras más emblemáticas ―El shock del futuro― sobre una circunstancia que muchos suelen pasar por alto, preocupados por la forma de las cosas que vendrán, como diría Wichy Nogueras. Mientras soñadores, investigadores, artistas y personas de las más disímiles características o profesiones coinciden en preguntarse cómo será el futuro mediato y, naturalmente, incierto, o qué sorpresas nos deparará, a Toffler, desde sus páginas, lo angustiaba otro dilema: ¿a qué velocidad iba a “llegar” ese futuro?
En su libro, el impar doctor norteamericano deja entrever que la capacidad de los seres humanos para adaptarse a nuevos portentos depende, en buena medida, de la velocidad con que nos sorprendan esos portentos, no tanto, la singularidad de los mismos. Cualquier aparición demasiado precipitada puede hacernos víctima de un desagradable estupor, al punto de crear rechazo. Como todo en la vida, necesitamos cierta dosis de tiempo para, primero, asimilar; después, comprender; y por último, aprovechar las novedades que van poblando nuestro día a día.
Frente a los cambios que, necesariamente, impone el porvenir, a Toffler le inquietaba que estos emergieran con exagerada velocidad. Si este sabio de nuestros tiempos viviera hoy en Cuba, se iba a percatar de que lo contrario resulta, asimismo, nefasto. La rapidez, quiebra el cuerpo; la lentitud, carcome el espíritu.
Por más de medio siglo el cubano promedio estuvo apertrechándose para afrontar los nuevos derroteros que anunciaba la Revolución. Sin embargo, el pretendido mundo mejor no llegó ni siquiera en forma de universo diferente (al margen de sus cualidades positivas o negativas). De más está decir que tampoco surgió el “hombre nuevo” a que aspiraba la ideología comunista. El colmo es que ni siquiera se pudo instaurar el comunismo. Permanecimos varados en un paso intermedio que junto al desarrollo del país, terminó por congelar nuestras vidas, sino nuestras esperanzas. La única verdadera transformación que se experimentó en Cuba fue la imposición de la Revolución misma, para la cual, sin embargo, los cubanos sí estuvieron listos y, no en balde, el proceso contó con la mayoritaria ayuda de la población hasta 1959. La nación se había alistado para una nueva etapa histórica y ésta arribó puntual. Entonces, el tiempo se detuvo y el mundo nos pasó por el costado derecho.
Hasta ahora, que las circunstancias —y no la voluntad del gobierno— obligan a asimilar las reglas que se extienden al otro lado de la frontera. La necesidad de reformas se torna imperativa so pena de perecer no sólo como sistema político, sino como nación. De ahí la flexibilización en nuestra anquilosada estructura migratoria o la tímida apertura a la iniciativa privada en el renglón económico, por citar los dos ejemplos más comentados en la comuna internacional.
Sin embargo, esta vez el cubano promedio se muestra escéptico y no acoge la puesta en práctica de tenues modificaciones con los brazos abiertos, tal cual alguien podría esperar. Cincuenta y cuatro años de socialismo lo han vuelto receloso. La población sufrió una metamorfosis social que se extendió a lo largo de la isla como único medio de sobrevivencia. Se trata de una reacción lógica. La petrificación del modelo revolucionario terminó por castrar en muchos las esperanzas de cambio. “El cuartico está igualito” es, posiblemente, la frase que más se repite en los oídos de quienes abandonan el archipiélago y regresan años después.
No se trata de incapacidad alguna por parte de los cubanos para adaptarnos a las nuevas circunstancias. Ni siquiera es que no nos encontremos adaptados ya. El problema, en realidad, es que dejamos de estarlo. De sueño en sueño, de promesa en promesa, pasamos por los tres estados ―el antes, el ahora y el después― sin que nunca se hicieran realidad nuestras aspiraciones. Ahora, de la nada, nos ofrecen migajas disfrazadas a modo de banquete ―pero sustento al fin― y no sabemos cómo reaccionar. Idéntico al hambriento que esperó demasiado para que le ofrecieran un poco de alimento y su estómago terminó por reducirse, sus dientes cayeron y ya recela de cualquier atisbo de comida. En algún lugar está la trampa, pensamos, cuando más embullado esté, seguro que alguien estira la mano y se lleva el plato.
Las consecuencias de esta sutil paradoja no pueden menos que considerarse un fenómeno curioso. El gobierno de La Habana se muestra al mundo abierto y civilizado, pero la realidad interna con que se topa el extranjero es otra que termina por confundirlo. A todo foráneo, cuando visita Cuba, se le dificulta muchísimo congeniar en una sola experiencia su perspectiva inicial del viaje con la realidad que después se encuentra y la percepción última con que se marcha.
Jaime Villasana Dávila, colega del periódico mexicano “10 minutos”, puede servir de ejemplo. Este joven aprovechó el espacio que le brinda su columna “Localeando” para compartir una síntesis de su primera experiencia como turista en Cuba. Considero que, justamente, ese carácter no profesional de su viaje (incluso se hizo acompañar por su esposa e hijo) aporta mayor sinceridad a las anécdotas y opiniones vertidas, como quien se asoma a la bitácora de un antiguo navegante en lugar de al trabajo de un periodista.
Advierte Villasana que “los preparativos no fueron problema. Desde el exterior se pueden hacer personalmente las reservaciones correspondientes para los hoteles, aunque para la renta de auto solicitamos apoyo a una agencia de viajes mexicana. Tenía mis reservas al viajar en auto por Cuba debido a que no es un país ‘normal’”.
Primera predisposición. Nuestro país no es “normal” y, en este caso, las distinciones pueden surgir a partir de disímiles causas, tanto políticas como económicas o sociales. Es evidente que el éxodo siempre nos predispone al encuentro de singularidades pues en buena medida ello justifica el éxito de la travesía misma. Recuerdo una amiga cubana que visitó México por asuntos de trabajo y un grupo de amigos exiliados la recibió para ofrecerle un voluntarioso tour alrededor de los múltiples rincones que la capital azteca posee y todos los cuales evocan nuestra cultura. Salsa, mulatas bailarinas, listones blancos, azules, estrellas y triángulos rojos, mojito, santería y hasta una película de Perugorría. A su regreso le pregunté qué le había parecido en México. No sé, me respondió, creo que nunca salí de Cuba.
O sea, que esperar diferencias en tierra ajena es comprensible y forma parte de la diversión, pero, ¡atentos!, Villasana utiliza un adjetivo muy peculiar. Él no menciona que Cuba sea un país diferente. Asegura que no es “normal” y agrega a continuación que “amigos y conocidos nos brindaron información valiosa sobre la comida, las comunicaciones y otros detalles de la isla, como el hecho de que las tarjetas de crédito no son aceptadas ampliamente. Con este escenario nos sentíamos como si viajaríamos al pasado en lugar de a otro país y llevando un niño de poco más de dos años, te hace pensar dos veces”.
En pocas palabras, nuestra patria es tildada de lugar anormal y anticuado. Y me detengo en este punto porque todavía Villasana no había tomado el avión que lo llevaría a su destino. Ese par de párrafos encierran la imagen que de Cuba se tiene en el exterior.
No debemos sentirnos ofendidos por esta realidad. De hecho, son características que se han explotado, especialmente en el sector turístico. “Viaje al pasado”, podría ser el eslogan. “Camine bajo la sombra de edificios centenarios y recorra nuestras calles en automóviles de los años cincuenta”. No importa si esos edificios, derruidos, amenazan con quebrarle la cabeza al turista o que las calles estén plagadas de baches y los automóviles circulen desde mediados del siglo pasado, sencillamente, porque sus dueños no han tenido la opción de cambiarlos por otros más modernos.
Sí, Cuba es un país, en muchos sentidos, arcaico, anormal, contrastante, simbólico, distinto… en resumen, Cuba es una nación incongruente. Y su mayor incongruencia la demuestra ahora, cuando se encuentra obligada a insertarse en la dinámica del resto del mundo y sus habitantes no saben cómo reaccionar. Muchos alegan que no se están llevando a cabo verdaderos cambios, que se trata de pura fachada. Bueno… esa fachada le permitió a Yoani Sánchez viajar por el mundo, después de publicar en su blog no sé cuántas negativas del gobierno para dejarla salir. Otros, en cambio, viven convencidos de que ahora sí se están haciendo las cosas bien. Bueno… si se estuvieran haciendo realmente bien, no ocuparíamos el primer lugar en la escala del ridículo internacional a causa de los precios que le etiquetaron a los autos tras permitir su compra en agencias.
Toffler siempre tuvo la razón. La velocidad con que nos sorprenden los cambios resulta trascendental. Si estas modificaciones hubiesen ocurrido hace treinta o cuarenta años, Cuba, y junto con Cuba, los cubanos, fuéramos hoy muy diferentes y nadie nos consideraría, a priori, fuera de lo normal. Ahora, el escepticismo, la animadversión y hasta el miedo, nos invade. La puerta a la civilización apenas queda entreabierta y muchos no se atreven siquiera a asomarse.
Afirman los psicólogos que las víctimas de secuestro, si éste es prolongado, terminan por crear lazos emocionales con su raptor. Quizás dicha hipótesis justifique nuestro actual estado. La Revolución llegó a mantener secuestrados a más de once millones de cubanos. Los contuvo en el archipiélago y a muchos les arrebató, antes que su libertad, su conciencia. Por eso hoy la sensación de desamparo. Por eso el mundo, al otro lado de la Revolución, luce más amenazante que nuestros viejos problemas de siempre y hoy un comercial de Coca Cola suele atemorizarnos más que antaño un discurso de Fidel.
Pero ese es el horizonte que nos aguarda, después de la Revolución. El shock que, más temprano que tarde, todos los cubanos habremos de afrontar.