Viajes

Sonia García Soubriet

columna-sonia-garcia-soubriet-otrolunes31“… ¿Pues, no es viajar una superación, una purificación de pasiones instaladas que están arraigadas en el entorno habitual, y con ello la oportunidad de desarrollar otras nuevas, lo cual es ciertamente une especie de transformación?”, escribiría Walter Benjamín en su diario, camino de Ibiza. A la isla llegará  el 19 de abril de 1932 en el Ciudad de Valencia, después una travesía  de once días Hamburgo- Barcelona en el mercante alemán, el Catania. W. Benjamín abandona su país con cierta precipitación y en uno de los períodos más críticos de su vida, a lo que se sumaba el preocupante ascenso del nazismo, hacia aquella isla desconocida de la que había oído hablar a través de un amigo. Fue allí en busca de tranquilidad pero sobre todo por motivos económicos, ya que la vida era muy barata. En aquellos años treinta, los que aterrizaban en esa isla del Mediterráneo, aunque fuese con un fin determinado, no tenían una idea precisa de lo que se iban a encontrar, pero W. Benjamín tenía todavía menos idea por lo que la sorpresa fue aún mayor. Tampoco Elías Canetti sabía nada de Marruecos, cuando viaja, años más tarde, en 1953 a Marrakech, invitado por un amigo. Su interés por realizar ese viaje se debía a la curiosidad de conocer aquel país donde posiblemente sus ancestros, judíos sefardíes,  se instalaron cuando fueron expulsados de España. Y quizá  también por la posibilidad de poder oír en sus calles aquel castellano arcaico que fue su primera lengua. Tal y como cuenta Vicente Valero en su apasionante libro Experiencia y pobreza, lo que descubre W. Benjamín al llegar a Ibiza es un lugar fuera del tiempo, un mundo arcaico, donde “la antigüedad podía ser contemplada aún como un objeto animado y no como un montón de ruinas”, por lo que a la sorpresa inicial seguirá la fascinación. Ya, a bordo  del Catania, en  las notas y reflexiones  de su diario, parece que se inicia para W. Benjamín ese “proceso de transformación” que le hará estar especialmente receptivo, interesado en su nueva realidad,  pero será en el contacto con  la isla cuando esa transformación se realice totalmente. Quizá,  lo que mejor pueda explicar el estado de ánimo de W. Benjamín en Ibiza  sea la definición del “aura” de la que él solía hablar “ … una cosa que ocurre instantáneamente entre un objeto que ha empezado a brillar y un sujeto fascinado por ese brillo…”  fascinación que se traducirá en interés del pensador alemán por todo lo relacionado con la isla y que dará lugar a numerosos escritos: ensayos, fragmentos de diario, cartas y relatos, porque  viajar, como el propio Benjamín decía,  es también una forma de reunir historias. En la ciudad de Marrakech, Canetti reconoce un mundo lejanamente familiar, el de su  infancia en Rustschuk, donde el barrio de los sefardíes lindaba con el de “los turcos ricos cuyas casas se las reconocía por las apretadas rejas delante de las ventanas para vigilar a las mujeres”. Allí, su abuelo, como muchos judíos del Melah, se dedicaba al comercio y tenía una butica, olorosa de productos coloniales. Pero por encima de todo, Marrakech es un mundo hermético y las historias  de E. Canetti  suponen el intento de descifrarlo,  de comprender sus mecanismos ocultos, sus leyes y el enigmático lenguaje de sus habitantes: ciegos que claman incansablemente el nombre de Alá; el “a-a-a-a-a-a-a”  del pequeño bulto marrón tirado en la plaza; la voz  de la mujer encerrada en la casa del callejón; las palabras de los cuenteros; las súplicas de los niños mendigos; el bramido aterrorizado del camello que huele al matarife…; Qué hay en el lenguaje?, ¿Qué esconde? ¿Qué le sustrae a uno?, se preguntará E. Canetti. ¿Por qué razón el arte de contar historias está llegando a su fin?,  se preguntará W. Benjamín. Si la ciudad es para Canetti el espacio humano del descubrimiento y de la reflexión, el mundo arcaico de aquella isla fuera del tiempo que W. Benjamín contempla, le dará  respuestas a viejas preguntas como aquella del arte de narrar y se convertirá para el viajero en un espacio revelador. Pero también el viaje propiciará a su vez  un ejercicio de  “excavación” como lo llama W. Benjamín, de introspección en uno  mismo. Así, en Ibiza escribirá parte de Infancia en Berlín hacia 1900, que será además de una recuperación de su infancia,  “un esfuerzo memorístico para llegar a las fuentes de su personalidad”. También E. Canetti, en su contacto con la comunidad judía de Marrakech, hallará la memoria de sus orígenes representada en la figura del patriarca de la familia Dahan. W. Benjamín   no tardará  en idealizar Ibiza. En algunas de sus cartas describe su vida sencilla y despreocupada de aquellos esos días, en los que pudo trabajar a gusto; la belleza de sus paisajes, y habla de la hospitalidad de sus gentes y de aquellos que allí encontró: Artistas, intelectuales, solitarios, que buscaban la libertad individual y creativa, pero también tipos  de  orígenes oscuros a los que era mejor no preguntar, gentes que se ocultaban y cambiaban de identidad. Unos y otros compartieron con W. Benjamín la misma sensación de plenitud  en aquella isla del Mediterráneo antes de ser arrastrados por los  acontecimientos que desembocarían en la segunda guerra mundial. Muy diferente será la colonia extranjera de Marrakech que describe E. Canetti,  años después de  esa  guerra: extranjeros atraídos por la forma fácil de vida y  privilegios que no se podían permitir en Europa, despectivos con los nativos a los que consideran unos bárbaros y  desprecian por su condición y  su pobreza. El viaje de E. Canetti en Voces de Marrakech concluye con un canto a la vida, ante  “el montoncillo marrón”, tirado en la plaza Jamaá-El-Fná,  que  sólo profiere un único sonido “a-a-a-a-a-a” quizá porque no pueda pronunciar la l de Alá. Este pequeño fardo provoca en el escritor  impotencia ante el  enigma de su vida pero a la vez orgullo por el celo y  tenacidad con los que repite su único acento. “Hay pocas cosas malas que no tuviera que decir del ser humano y de la humanidad, escribirá E. Canetti ,  y sin embargo, el orgullo que siento por ellos sigue siendo tan grande que solo odio verdaderamente una cosa: su enemigo, la muerte. La muerte estará al final del viaje de W. Benjamín, pocos años después en 1940, en Port Bou,  después de una segunda y breve etapa en Ibiza, a la que regresaría ya como exiliado, y en la que ya nada volvería a ser lo que había sido. Quizá en su huída lo acompañó el recuerdo de aquellos días tranquilos y felices de Ibiza en los que, como escribe Vicente Valero, “se afirmó la convicción según la cual   el guardián del tesoro del verde bosque de abetos o el hada que le conceden a uno un deseo… a todos se nos aparece al menos una vez en la vida.