En el parque Duarte 1 de la Zona Colonial de la ciudad de Santo Domingo, como en todos los parques del mundo, hay bancos para que la gente se siente, específicamente bancos de hierro, bancos de hierro que a primera vista, de primera intención, resultan ser como todos los bancos de hierro de parques del mundo, hasta que miramos con la debida atención, concentración y detenimiento y caemos entonces en la cuenta de que no es así, que en estos bancos del parque Duarte de la Zona Colonial de la ciudad de Santo Domingo hay algo singular y raro, una clara y rotunda anomalía moral e ideológica –Y no sólo estrictamente física.
Y, en efecto, así es, pues (ahora lo percibimos con total claridad) una horrible protuberancia surge letal con anormalidad de cúmulo de células cancerígenas justo en medio de la larga y sólida estructura metálica del banco, dividiendo en dos partes del todo simétricas el asiento y el espaldar del mismo.
Tan incordiante y odioso adminículo (evoca una rizada larga y curva uña siniestra…) busca a todas luces impedir que las parejas de amantes se tumben el uno sobre el otro cuan largo son en los bancos y asimismo que los indigentes aniden en ellos con los harapos y las precarias pertenencias que por lo general acarrean, conviertan en cosa propia lo que es sin duda de propiedad municipal, pública.
Y hasta aquí todo podría parecer bien, normal y aún incluso entendible y justificable, pero díganme ustedes, ¿qué banco de parque, a lo largo y ancho del mundo conocido, ya sea de hierro, madera o concreto –lo mismo da– puede considerarse tal sin amantes refocilándose en su acogedora estructura, sin un indigente o mendigo o homeless o clochard que se lo apropie y lo haga suyo, lo convierta –industriosa y hábilmente– en su cama o casa?
Más aún, sin indigentes, vagos, desadaptados sociales, alienados mentales, bohemios, borrachos, drogadictos y lúbricas parejas de amantes… no sólo no hay banco de parque real y propiamente dicho (así lo creo), sino que tampoco hay parque y de igual forma tampoco ciudad que como tal pueda postularse para acoger a la población autóctona (los munícipes) y a los pocos o muchos viajeros nacionales o extranjeros que por un largo o corto espacio de tiempo la visiten.
Podría parecer un hecho banal, sin la menor importancia ni trascendencia éste de haberle infligido a los pobres bancos de hierro del parque Duarte de la Zona Colonial de la ciudad de Santo Domingo esta horrible y limitadora protuberancia en el centro mismo de su metálica estructura.2
Pero, créanme, ¡no lo es en absoluto!, por el contrario, es sin duda algo terrible horrible monstruoso perverso, una acción a través de la cual se manifiesta en toda su rotunda contundencia la abominable ideología reinante en el país, la nefasta concepción que se tiene aquí de la ciudad, de la vida en sociedad, de las relaciones interpersonales, del amor y del ser humano mismo; concepción conservadora autoritaria totalitaria neotrujillista que en un mismo idéntico impulso lleva o conduce a eliminar de los espacios verdes de la ciudad (césped, árboles, arbustos) para cubrirlos con cemento (duro, gris, caluroso, odioso, avasallante material constructivo), a cercar con verjas de hierro y concreto parques y plazoletas, a reprimir las efusiones de amor y afecto de las parejas en la vía pública y (¡oh horror de horrores!), a segar sin piedad la vida de jóvenes adolescentes en los barrios marginados de las ciudades en supuestos “intercambios de disparos” con la Policía que los sindica como “peligrosos delincuentes” mientras los de verdad socialmente dañinos y perniciosos se mueven a sus anchas con la más absoluta y total impunidad; todo lo cual, si bien se mira y analiza, no es más que la expresión palpable y clara del más soberbio y abominable desprecio por la vida y las gentes por parte de las autoridades estatales y municipales y de los empresarios y políticos nacionales.
Ah, ¿qué valiente y aguerrida legión de hombres y mujeres de nuestro pueblo, erigidos en justicieros y salutíferos cirujanos sociales, desafiándolo todo, apertrechados con mandarrias y potentes sierras eléctricas acudirá un luminoso día al parque Duarte de la Zona Colonial de la ciudad de Santo Domingo para restituir a cada uno de estos menoscabados bancos de hierro su humana (normal razonable amable confortable) anatomía, ello (así quiero imaginarlo) bajo la mirada complacida de la estatua del Padre de la Patria que se eleva majestuosa en el centro mismo de la histórica plazoleta a la que también da su nombre?3
Es éste un acto en apariencia inane insignificante y sin real trascendencia, pero quizá con él (¡quién sabe!) empiecen en este golpeado país (“sencillamente triste y oprimido”) a cambiar radicalmente las cosas…
