Bancos del Parque Duarte

Carlos Enrique Cabrera

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En el parque Duarte 1 de la Zona Colonial de la ciudad de Santo Domingo,  como en todos los  parques del mundo, hay  bancos para que la gente se siente, específicamente  bancos  de hierro, bancos de hierro que a primera vista, de primera intención,  resultan ser como todos los bancos de hierro de parques del mundo, hasta que miramos con la debida atención, concentración y detenimiento  y caemos entonces en la cuenta de que no es así, que en estos  bancos del parque Duarte de la Zona Colonial de la ciudad de Santo Domingo hay algo singular y raro, una clara y rotunda anomalía moral e ideológica  –Y no sólo estrictamente física.

Y,  en efecto, así es, pues (ahora lo percibimos con total claridad) una horrible protuberancia surge letal con anormalidad de   cúmulo de células cancerígenas  justo en medio de la larga y sólida estructura metálica del banco, dividiendo en dos partes del todo simétricas   el asiento y   el espaldar del  mismo.

Tan incordiante y odioso adminículo (evoca una rizada larga y curva uña siniestra…) busca a todas luces impedir que las parejas de amantes se tumben el uno sobre el otro cuan largo son en los bancos  y asimismo que los indigentes aniden en ellos con los harapos y las precarias pertenencias que por lo general acarrean, conviertan en cosa propia lo que es  sin duda de  propiedad municipal, pública.

Y hasta aquí todo podría parecer bien, normal y aún incluso entendible y justificable, pero díganme ustedes, ¿qué banco de parque,  a lo largo y ancho del mundo conocido, ya sea de  hierro, madera o concreto –lo mismo da–  puede considerarse tal sin amantes refocilándose en su acogedora estructura,  sin un indigente o mendigo o homeless o clochard que se lo apropie y lo haga suyo, lo convierta –industriosa y hábilmente– en  su cama o   casa?

Más aún, sin indigentes, vagos, desadaptados sociales, alienados mentales, bohemios, borrachos, drogadictos y lúbricas parejas de amantes… no  sólo no hay banco de parque real y propiamente dicho (así lo creo), sino que tampoco hay  parque y  de igual forma tampoco ciudad que como tal pueda postularse para acoger a la población autóctona (los munícipes) y a los pocos o muchos viajeros nacionales o extranjeros  que por un largo o corto espacio de tiempo la visiten.

Podría parecer un hecho banal, sin la menor importancia ni trascendencia éste de  haberle infligido a los pobres bancos de hierro del parque Duarte de la Zona Colonial de la ciudad de Santo Domingo  esta horrible y limitadora protuberancia en el centro mismo  de su metálica estructura.2

Pero, créanme, ¡no lo es en absoluto!, por el contrario, es sin duda algo terrible horrible monstruoso perverso, una acción  a través de la cual se manifiesta en toda su rotunda contundencia la abominable ideología reinante en el país, la nefasta concepción que se tiene aquí de la ciudad,  de la vida en sociedad, de las relaciones interpersonales, del amor y del ser humano mismo; concepción conservadora autoritaria totalitaria  neotrujillista que en un mismo idéntico impulso lleva o conduce a eliminar de los espacios verdes de la ciudad (césped, árboles, arbustos) para cubrirlos con cemento (duro, gris, caluroso, odioso, avasallante material constructivo), a cercar con verjas de hierro y concreto parques y  plazoletas,  a reprimir las efusiones de amor y afecto de las parejas en la vía pública y (¡oh horror de horrores!), a segar sin piedad la  vida de jóvenes  adolescentes en los barrios marginados  de las ciudades en supuestos “intercambios de disparos”  con la Policía que los sindica como “peligrosos  delincuentes” mientras los de verdad socialmente dañinos y perniciosos se mueven a sus anchas  con la más absoluta y total impunidad; todo lo cual,  si bien se mira y analiza, no es más que la expresión palpable y clara  del más   soberbio y abominable desprecio por  la vida y las gentes por parte de las autoridades estatales y municipales y  de los empresarios y políticos nacionales.

Ah, ¿qué valiente y aguerrida legión de hombres y mujeres de nuestro pueblo,  erigidos en justicieros y salutíferos cirujanos sociales, desafiándolo todo, apertrechados con mandarrias y potentes sierras eléctricas acudirá un luminoso  día al parque Duarte de la Zona Colonial de la ciudad de Santo Domingo para restituir   a cada uno de estos menoscabados bancos de hierro su humana  (normal  razonable amable confortable) anatomía, ello (así quiero imaginarlo) bajo la mirada  complacida de la estatua del Padre de la Patria que se eleva majestuosa en el centro mismo de la histórica plazoleta   a la  que también da su nombre?3

Es éste un acto en apariencia inane insignificante y sin real trascendencia, pero quizá con él (¡quién sabe!) empiecen en este golpeado  país (“sencillamente triste y oprimido”)  a cambiar radicalmente las cosas…

Notas del artículo

  1. Se encuentra situado entre las calles Duarte, Padre Billini y Hostos, concretamente justo frente al Convento de los Dominicos, en el que surgió en 1538 la primera Universidad del Nuevo Mundo: La Universidad Santo Tomás de Aquino, creada en el reinado de Carlos I mediante bula papal. En la parte norte de este parque Eugenio María de Hostos (Mayagüez, 1839 - Santo Domingo, 1903) fundó la primera escuela pública de la República Dominicana.
  2. Bancos similares pueden verse en la misma zona Colonial en la plazoleta Padre Billini y en la de María de Toledo.
  3. En su origen, el parque llevó el nombre de Plaza de Anacaona, pues en su centro fue ahorcada, por orden del gobernador Nicolás de Ovando, la reina taína Anacaona (1474 - 1503). Ya en 1891, el nombre de plaza Anacaona fue sustituido por el de plaza Duarte, en honor a Juan Pablo Duarte, Padre de la Patria. (26 de enero de 1813, Ciudad Colonial, Santo Domingo, España colonial - 15 de julio de 1876, Caracas, Venezuela). Conviene recordar aquí cómo Duarte murió exiliado en Venezuela, acusado de traidor por los mismos patriotas que hoy (2014) agitan las banderas en contra del perverso enemigo de la nación, Haití, mientras golpean al pueblo que esas banderas (la “enseña tricolor”) debían proteger y amparar.