Notas para un cuento policiaco III

Uriel Quesada

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El barrio en el que se adentra el chico se me confunde. Me imagino que puede ser Black Pearl, pues lo conozco bien.  Hacia un extremo hay casas muy viejas, algunas grandes,  incluso una con forma de pagoda, donde ha vivido gente de clase media por generaciones. No es extraño ver muchachos caminar a deshoras por Black Pearl porque al otro extremo el barrio colinda con varias universidades.  Este detalle le da mucha vida, para bien y para mal.  Hay restaurantes, bares, cafés, lugares para lavar la ropa. También es un sector ruidoso,  sea por la música o por los escándalos que hacen los muchachos cuando se juntan y cuando beben.  Black Pearl  es también territorio de ladrones.  Precisamente por el constante movimiento de muchachos en edad universitaria—y los descuidos propios de la edad de la invencibilidad—son muy comunes los asaltos  a mano armada, el robo de autos y las golpizas.

Nuestro personaje (digamos que se llama Duane) ha sido víctima de esa violencia. Sus amigos saben (esos mismos amigos que le pidieron ir a comprar cerveza) que no hace mucho fue emboscado por una pandilla de muchachos negros.  Iba, como esta noche, caminando solo frente a la pagoda cuando los otros chiquillos dieron la vuelta  a la esquina. Se los encontró de frente y no supo qué hacer. Ese instante de duda puso alerta a los otros.  Empezaron a gritarle cosas y a decirse entre ellos que tal vez el blanquito traía dinero para comprar cigarrillos o alcohol.  Duane bajó la cabeza y se tiró a la calle. Uno de los chicos le grupo le dio un empujón, y Duane sintió mucho miedo: si caía era posible que le llovieran patadas. Se fue trastabillando hasta darse de bruces contra la tapa de un automóvil estacionado.  Empezó a hiperventilar,  y eso asustó a los muchachos de la pandilla, quienes pensaron que le estaba dando un ataque al corazón. Cuando pudo,  echó a correr con todas sus fuerzas. Ya a cierta distancia se volvió y le gritó a los de la pandilla: “Go back to Pigeon Town”.

A pesar del peligro, Duane no pudo evitar externar sus prejuicios.  Pigeon Town está muy cerca de Black Pearl, pero en dirección al río.  Mucha gente piensa que Pigeon Town es solamente un barrio de maladros y negros pobres, aunque hay también algunos reductos de hippies viejos y de nuevos rebeldes contra el sistema que han encontrado en los bajos precios de los terrenos y de los alquileres una oportunidad para fundar granjas de gallinas y otros animales, así como huertas orgánicas.  Por otra parte,  el nombre Black Pearl  viene de dos hechos históricos. El primero es la enorme población negra que todavía habitaba la zona hasta bien entrados los sesentas, cuando aún se llamaba Niggertown. El segundo es una calle muy corta, Pearl.   Duane, en su necesidad de revalidar su hombría y su derecho a estar ahí, trató a los muchachos de la pandilla como si fueran otros en su propio territorio.

Cuando los oficiales Piazza y McCollom salieron del diner en pos de Duane, éste había olvidado casi por completo aquel encuentro con la pandilla. Nuevamente tomó por la calle de la pagoda mientras balanceaba la caja de cervezas de un lado a otro.  Probablemente sus amigos seguían tocando música y ni siquiera se acordaban de él.  Así era la rutina. Su compañero de apartamento se dedicaba a la batería—un ruido constante que Duane aceptaba porque cómo va a ser uno joven y criticar a los músicos a la misma vez—, por lo que constantemente desfilaban cantantes, bajistas y otros más, fuera para ensayos o simplemente para un jam.  Como otras noches, la gente entraba y salía.  Las ventanas estaban abiertas para que no quedara atrapado el olor a marihuana, y alguien había dejado en la refrigeradora un zapato en señal de protesta por la ausencia total de comida.

Piazza le reportó sus coordenadas a McCollom, y poco después llegó el auto patrulla con las luces apagadas.  A Piazza realmente le molestaban esas novelerías de su compañero, probablemente sacadas de alguna película donde la ley—fuera cual fuera el significado de esa palabra—se desplazaba en silencio y a oscuras para no ser identificada. “Solamente le faltó pedirme que empujara el auto para que nadie escuchara el ruido del motor”, pensó con fastidio. McCollom se bajó y dijo algo así como, “Buena presa, buena presa”,  pero su compañero no quiso entenderle. A partir de ese momento montarían guardia hasta que alguno de los muchachos en la casa cometiera un error. Si ninguno hiciera alguna tontería, McCollom se las ingeniaría para provocar un allanamiento.  El modo más común era “equivocarse de lugar”, es decir, hacer un forzar la entrada en la dirección incorrecta  y encontrarse con una escena de drogas, alcohol y sexo.

La pura verdad, Piazza se sentía mal esa noche.  La música que venía de la casa no era escandalosa, definitivamente había buenos músicos, y se estaban divirtiendo con las improvisaciones y con los coros de los asistentes.  Al oficial le hubiera gustado entrar, pedir una de las cerveza que Duane había traído,  comerse algo,  quizás acompañarlos en el jam. El mismo era un guitarrista aceptable, y tocar le producía un bienestar tan intenso como secreto, pues nadie en la comisaría ni siquiera se imaginaba que podía pasar horas en el sótano de su casa con su  guitarra y con sus discos.

Al cabo de bastante rato, Duane salió de nuevo, pero en lugar de echarse a andar subió a uno de los autos frente a la casa y lo arrancó.  Los policías entraron rápidamente a la patrulla y lo siguieron hasta la altura de Carrollton, ese hermoso boulevard por donde corre el tranvía, y encendieron la sirena y las luces.  El chico paró junto a un roble, cuyas raíces habían roto la acera y se adentraban brevemente en la calle, formando algo así como los tentáculos de un pulpo gigantesco.  Los policías dejaron pasar varios minutos, sabían que entre más tuvieran que esperar peor de nerviosos se ponían los posibles infractores. McCollom reportó por radio la placa del auto y explicó que iban a explorar un caso de consumo de alcohol y drogas. Luego salió, fue hasta donde Duane lo esperaba con los registros del vehículo y su identificación, y le dijo a bocajarro:

—Te saltaste la señal de alto.

Duane, sorprendido, se volteó hacia la esquina por la que acaba de doblar si entender nada.

—Pero yo paré, señor oficial.

—La ley dice, “al menos tres segundos”.  Hiciste un “ceda”, no un “alto”.

—¿Tres segundos? ¿Cuántos segundos esperé antes de avanzar?

—Demasiado pocos. Sal del auto y pon las manos sobre el capó.

—¿Por qué?

—¿Bebido? ¿Drogado?  Vamos a hacerte unas pruebas, pues me parece que sí lo estás.

Como en muchas otras ocasiones, McCollom se volvió hacia el auto patrulla y le gritó a Piazza que viniera a ayudarle, el sospechoso se estaba resistiendo. Sin embargo, esta vez Piazza no se movió de su asiento.  Miraba la escena como un testigo distante,  alguien a quien le interesaba dejar que los acontecimientos se dieran sin intervención alguna.

McCollom llamó otra vez a su compañero.  Había abierto la puerta del auto y forcejeaba con Duane para obligarlo a salir.   Le pareció ver de repente el flash de una cámara, y no entendió de inmediato lo que estaba pasando.  ¿Por qué carajos su compañero le estaba tomando una foto desde la patrulla?  Ni siquiera iba a quedar bien, ¿o sería esa la intención?

Duane era frágil y estaba demasiado asustado como para resistirse.  Como en un sueño, sintió que lo elevaban por los aires y caía sobre el capó del carro. No tenía brazos ni piernas porque una fuerza mayor lo inmovilizaba por atrás. Era nada más su torso y su cabeza contra el metal,  en tanto el mundo a su alrededor se apagaba igual que en esas películas en las que las personas se hunden en aguas profundas, y el mar deja de ser azul para convertirse en una sombra que las envuelve. Al principio sufrió un ahogo, luego flotó libre y en paz.  Muy lejos oyó una voz llamando a un tal Piazza,  pero esa palabra no tenía mayor significado para Duane.

A McCollom no le importó que el chico estuviera hiperventilando. En muchos arrestos los sospechosos terminaban meados o en condiciones peores. Ese no se iba a mover de donde lo dejara, así que lo soltó.  El muchacho se fue resbalando por la curvatura del capó hasta quedar con la punta de un pie a ras el asfalto.  Tenía los ojos bien abiertos y trataba en vano de llenar sus pulmones de aire.

—Haces algo que me moleste, comemierda, y te pego un tiro—le murmuró el policía al oído.  Luego fue directo a la patrulla y abrió la puerta del acompañante.  Estaba a punto de tomar a Piazza por los hombros y sacudirlo,  pero su compañero fue más rápido y le dio un empujón.   McCollom fue reculando hasta tropezar con el borde de la acera y caer.  Mientras se recuperaba del golpe y del estupor, su compañero saltó del auto y se le acercó.

—Te voy a hundir, hijo de puta—dijo Piazza con frialdad. —Aunque los dos terminemos con la mierda al cuello.

No muy lejos, la pandilla de muchachos negros deambulaba por el barrio.  Dieron la vuelta en la pagoda y poco a poco fueron llegando a una esquina desde donde se veían las luces intermitentes de un auto patrulla.  Sabían por experiencia que en esas circunstancias era mejor alejarse cuanto antes, pero esta vez tuvieron que dejar la prudencia porque dos cuerpos se revolcaban en la acera.  Los policías se golpeaban fuertemente, pero en silencio. Más allá, otro blanquito parecía estar a punto de caer al suelo desde el capó de un auto.  Miraron a la distancia sin decidirse a avanzar o seguir en otra dirección.

—¿Llamamos a la policía? —dijo uno de los muchachos.

—Bruto. ¿No ves que son oficiales?  Si éstos nos ven nos van arrestar por cualquier cosa. Si llamamos a la comisaría, nadie nos va a creer.

—Entonces que se mueran a palos.

Y muy despacio, cantando un himno patriótico al que le cambiaban parte de la letra para hacerlo gracioso, los muchachos de la pandilla tomaron calle abajo, doblando luego hacia  Black Pearl.  Cuando pasaron frente a una casa de la que salía música, uno de ellos lanzó una piedra a las ventanas abiertas, pero la melodía no se interrumpió.  Siguieron andando despacio, esperando que alguien saliera a la calle a buscar al bromista de la piedra. Nadie lo hizo.  A esa hora de la madrugada la ciudad del Sur parecía haber llegado a un equilibrio perfecto.