Íbamos a ir a ver a Nicanor Parra a su casa del balneario Las Cruces, pero algo pasó. Pasaron sus noventa y nueve años, que no son cualquier cosa. Pasó, supongo, que el último día del largo feriado de Fiestas Patrias en Chile no era para ponerse a recibir visitas de Santiago. Pasó, digo yo, que no íbamos a andar jodiéndole la tarde al clan Parra en este domingo de cueca larga.
El caso es que íbamos a ir a la playa, pero terminamos en la montaña.
“Tengo unas ganas locas de gritar
viva la Cordillera de Los Andes
muera la Cordillera de la Costa”.
Así lo escribe el mismísimo Nicanor Parra en sus Versos de salón. Adiós playa, adiós Parra.
Éramos seis: cinco grandes y un chico. Apenas nos conocíamos, pero nadie estaba incómodo. Íbamos abrigados, todavía no nos convencíamos de que ese día, precisamente, empezaba la primavera a este lado del planeta. La noche anterior había llovido: habría nieve, suponíamos. Yo, que odio el invierno, iba a encontrarme con el frío.
Íbamos a llegar a la cumbre, íbamos a usar guantes. Pero nos detuvimos en el kilómetro dos o tres –o a todo reventar en el kilómetro cuatro– de un sendero ecológico en la precordillera. Y de ahí no nos movimos.
Íbamos a pisar la nieve (yo iba con botas térmicas), pero pasada una hora de caminata nos acomodamos de guata al sol como una familia de lagartos y vimos las cumbres blancas a lo lejos, allá donde los cóndores y los pumas.
Íbamos a ver a Nicanor Parra, pero vimos vacas echadas a la sombra de un espino, ciclistas surfeando en la montaña, chincoles, zorzales, dos gatos peludos y domésticos (no gatos monteses) de color zanahoria. Vimos señoras y señores, niños, caminantes de todas las edades.
En algún momento, estoy segura, todos tuvimos unas ganas locas de gritar “Viva la cordillera de Los Andes”. Pero apenas nos conocíamos, así que nos limitamos a caminar sin alharaca. Montaña adentro sin premeditación, sin alevosía, cada uno a su ritmo. Como si los pliegues del cerro fueran las hojas de un libro abierto. Caminar como leer, como escribir. No pensar en la meta, dejar que lo imprevisto disponga el viaje. No definir la ruta, confiar en el trayecto. Y hacer una pausa. De pronto, hacer una pausa.
“No estoy en el poder / estoy en el paradero”, escribe por ahí Claudio Bertoni. No estamos en la cima, estamos a medio camino, pudimos decir nosotros ese domingo. Íbamos a hablar con Nicanor Parra y fuimos dejando que el silencio hilvanara nuestros pasos. Nos fuimos por las ramas. Nos quedamos en el sendero, no llegamos a la cumbre.
“¿Para qué sirve el ramo de lenguaje, mamá?”, preguntó el niño de 13 años, que iba con nosotros, a su madre. Lo había preguntado unos días antes, en realidad, no ahí. Pero la madre lo contó ese día, mientras comíamos mandarinas y hablábamos de la convivencia con los vecinos, de los viajes, de la necesidad de salir del metro cuadrado. Era una pregunta muy pertinente ahí, ahora, ese domingo de primavera. ¿Para qué sirve lo que no sirve? (lo que entre comillas no sirve, quiero decir). ¿Para qué sirve echarse sobre una manta en la montaña y mirar la ciudad perdida allá abajo? ¿Para qué sirve acariciar a un gato que se te cruza en el camino? ¿Para qué sirve bailar, tocar, besar? ¿Para qué entender a los otros? ¿Para qué salir a caminar?
Para detenerse, niño. Para vivir, no sé, para hacerse preguntas y no estar al aguaite de las respuestas.
Para salirse de foco. El paseo, pienso, como una escena de Chéjov, sin grandes clímax, sin suspenso, sin acción dramática de alto impacto, sin trama redondita, sin desenlaces sorpresivos. El proceso de contemplación en bruto, más que el resultado que se registra sin pifias, depurado de erratas. El paseo como el borrador de un día cualquiera. Un 22 de septiembre de 2013 en la precordillera chilena, al mediodía, no hay conflicto central. No hay alarde. Hay múltiples pequeños alardes, tal vez: el sol que pega fuerte y la ausencia de bloqueador, el niño que no quiere seguir subiendo, la vaca con cuernos que nos asusta, las parcas y los abrigos que nos estorban, el grito de alguien perdido que muy luego es encontrado, el zumbido de la ciudad allá a lo lejos, la siesta que dan ganas de dormir, el libro que dan ganas de leer, el día que se acaba.
“No estoy en el poder / estoy subiendo a una micro / no estoy en el poder / estoy bajando de una micro”, insiste Bertoni. Y nosotros nos levantamos del suelo sin apuro, sacudimos las mantas y la modorra, nos abrochamos los cordones, tomamos el último trago de agua y desandamos el camino. Viva la cordillera de Los Andes, pensamos, gritamos en silencio.
Nunca llegamos al Olimpo, nunca hablamos con Nicanor Parra. Bajamos, bajamos. Como si fuéramos directo, sin escalas, hasta la cordillera de la costa. Arriba quemando el sol y abajo la multitud que a esta hora vuelve de los nortes, los sures y las playas.
