Conversaciones con Gregorio,
con fondo de una pieza de José José

Francisco Alejandro Méndez

columna-fco-alejandro-mendez-otrolunes31

Parte I

Mi mujer me dejó frente a la puerta de entrada al aeropuerto y se marchó sin voltear a ver. Posiblemente de la tristeza y probablemente profetizando lo que me ocurría en mi encuentro con Gregorio. Tras los engorrosos trámites respectivos me dirigí de inmediato a terminar lo más pronto posible los últimos billetes de moneda nacional que me quedaban en varias botellas de cerveza. Mientras pasaba el oscuro líquido frío por la garganta, observaba que algunos potenciales pasajeros recargaban sus celulares en islas que anunciaban compañías telefónicas. Varios turistas amenazaban con no volver nunca a pisar esta tierra, en la que habían sido asaltados,  vilipendiados o sorprendidos por campañas turísticas exageradas.

La aeromoza-hermosa saludó con sonrisa falsa a cada uno que pisaba el pescuezo del avión. Mi asiento estaba ubicado en la cintura de gallina, casi a la par del ala derecha. Mientras ajustaba el cinturón pensé en cómo lo saludaría, en qué circunstancias se desarrollaría nuestro primer encuentro y conversación. Hasta ese momento, contrariamente a mi mujer, ignoraba qué me ocurría durante mi encuentro con Gregorio.

El despegue, como todos en los que he estado, fue cardiaco y con la sensación de caída.

Una pareja de noruegas ubicada a mi lado, me lanzó unas frases en inglés nórdico cuando la aeronave se estabilizó y comenzó a rodar la mesa en la que ofrecían bebidas y frituras. Las descendientes de Thor querían saber si yo era mexicano. Sin embargo,  evité responder y cambié de conversación para ser políticamente correcto. Les pregunté que desde cuándo estaban juntas y qué las traía por el tercer mundo. Me contestaron ilusionadas algunas frases que no comprendí, pero igual asentí y brindé.

La aeromoza atravesó su depilado brazo hasta mi asiento, el de al lado de la ventanilla y ubicó un Jack Daniel’s doble, en las rocas. Las noruegas tomaron vodka. Conversamos de lo verde que se observaba el sur de México desde esa altura, hasta que mejor saqué lentamente mi libro de James Sallis. Pedí un permiso tácito. Lew estaba enfrascado en la búsqueda de un francotirador que había asestado un impecable disparo en el pecho de una amiga periodista del detective, mientras visitaba bares de Nueva Orleans donde acudían geniales jazzistas.

Gregorio se me volvió a cruzar en la cabeza. Su viaje de Colombia a Mérida comenzaría al día siguiente. Yo llegaría antes al punto de encuentro. Tendría tiempo de planear nuestra conversación y regreso.

 

La Ciudad de México, ubicada 35 mil pies más abajo, me recibió vestida con una capa negra que cubría el cielo. Parecía un incendio infinito el que se había apoderado de cada intersticio. Recordé La región más transparente y me reí.

Mientras escogía entre si el negro espectáculo era un sustituto de la árida Comala o si la Real del 14 la habría musicalizado alguna vez, la sonrisa forzada de la aeromoza, que seguramente me había visto cara de pollo recién comprado, con espontaneidad fingida me había ofrecido otro whisky doble. Las noruegas se sorprendieron del noble gesto de la muchacha. Me preguntaron a qué se debía el privilegio de recibir dos dobles. Les mentí que yo era un famoso escritor de novela negra. Viajaba mucho por la aerolínea y había prometido a miembros de la tripulación que serían mis personajes en la próxima novela.

 

Ya en tierra, el primer obstáculo lo sortee con el agente de migración, quien tras ver mi pasaporte varias veces y observar de reojo mi cara de sospechoso, me confirmó enfáticamente que yo no podía entrar a su país. Mi tradicional Ah, bueno, pues, entonces, me regreso confundió al bajito y sudoroso burócrata, quien me explicó que a mi apellido Castañeda le hacía falta la virgulilla de la Ñ.

Le reiteré mi deseo de que si no podía ingresar a su país, no me importaba, pero, seguramente el gordito entendió que yo suplicaba, pues me pidió que esperara un rato, que iba a platicar con su superior. Metió su fofo cuerpo en una oficina con un gran vidrio, en el que otro gordo vestido con un traje raído y con varios tacos sobre su escritorio, observaba con atención un encuentro futbolístico entre el América y el Pachuca.

El sudoroso gordito le ladró. El superior no lo peló. Contrariamente, se llevó los brazos a la cabeza, porque el árbitro había marcado un penal a favor del equipo contrario al que le apostaba. El burócrata regresó conmigo. Yo todavía enjuagaba el Jack en mis encillas. Recordé una de las cintas protagonizadas por Clint. Pensé que si me trasladaba mentalmente a un viejo pueblo, seguramente estaría a punto de desenfundar mi revólver y dispararía al sombrero del burócrata.

 

Cuando me percaté, el peludo burócrata me explicó que había encontrado otro grave problema.

—Aquí hay una X en la M de tu pasaporte. No sé por qué, pero es M de mujer. ¿Acaso usted juega doble?

Le respondí que si de eso se trataba, que me metiera en el primer avión de regreso a mi país. Gregorio vería cómo viajaba para allá, así que levanté los hombros y le deletree lentamente M de M-a-s-c-u-l-i-no.

Movió su cara de búfalo hacia los lados, tomó un pesado sello, levantó el brazo para darle envión al Ingreso, que quedó impactado en el pedazo de formulario que insertó en mi pasaporte. Pasa, me sonrió. Mientras que yo enfundaba el revólver del Clint entre mi pantalón.

 

Bienvenido a México, me gritó. Yo saludé, de espaldas levantando la mano, pero empiné mi dedo medio. El whisky se me repitió en el esófago para recordarme, que antes de buscar la estación del metro, debía tomarme algo para quitarme el mal sabor de boca del contratiempo.

 

*****

Compré un boletó. Caminé varios minutos dentro de la terminal y me sumergí al sistema circulatorio del metro. En el aeropuerto había comprado dos cervezas negras Modelo, las cuales había tomado como si fueran las únicas en toda la ciudad.

El smog me pegó en la cara cuando salí de la terminal aérea y me dirigí a la estación subterránea. Esquivé a varios caminantes nocturnos, no recuerdo si ya había mencionado la hora, pero, lo cierto es que estos paseantes se acompañaban con perros pitt bull terriers. Fueron tres o cuatro los que conté. Los perros pasaron jadeando a mi lado, como buscando funcionarios corruptos de migración. Uno de ellos, aleonado, me llamó la atención, pues tenía la pinta de ser un gran semental.

Caminé dentro de la boca del lobo-metro.

Pasé mi maleta por un detector. El policía empujó ambos labios hacia adelante en  para que pasara. Metí el boleto en la ranura, crucé la barra giratoria. Busqué el metro hacia Pantitlán, me mezcle con la masa de mexicanos, que caminaban sonámbulos, algunos con la boca cubierta por una mascarilla, otros, desvelados, apresurados, con los rostros cansados, buscando lo más pronto posible el metro que los trasladara hacia su casa.

Gregorio seguramente viajaría en un taxi, pues no le permitirían utilizar el metro, por disposiciones generales. Eso también tenía sus ventajas, pensé, mientras me aventé al asiento vacío al lado de la puerta. En mi país no existe metro. Los autobuses, cuando viajás en ellos es porque no te queda otro remedio. Los conductores prácticamente son asesinos en serie. Te avientan en las paradas se estrellan en barrancos, así que es mejor ubicarse cerca de la puerta para evitar romperse  la madre o un pie cuando saltás para abandonarlo.

Frente a mí se sentaron tres personas. Una madre como con unas veinte libras de más vestida con traje deportivo y sus dos hijos. Los tres hubieran sido personajes de Rubens, con la diferencia de que el cuadro que yo presenciaba era móvil y todos usaban tenis.

Ya había sorteado el primer obstáculo de entrar a México y de llegar sano y salvo al metro. Faltaban algunas otras aventuras, pero pronto podría encontrar y conversar con Gregorio en Mérida, Yucatán.