Haïti Chérie

Fragmento de la novela homónima

Traducción del alemán: Orestes Sandoval López

En este punto de su historia calló tía Erzulie; su respiración era fa­tigosa.

—Mi nuevo amo y señor —continuó tras una pausa, durante la cual se tragó el amargo recuerdo con ayuda de un sorbo de ron— se hizo llamar en lo adelante Virrey de las tierras conquistadas, pese a que fuera de la borda de su buque no era señor de nada ni tampoco tenía sangre real, según me confió en voz baja un grumete, sino que prove­nía de una familia de origen judío recientemente emigrada de España hacia Italia y convertida a la verdadera fe ante la presencia de los ins­trumentos de tortura de la Santa Inquisición.

Después que Don Cristóbal o Cristóforo Colombo —que ese era su verdadero nombre— alcanzó la paz espiritual y su satisfacción sexual con mi ayuda, se dedicó a meditar acerca de las vías y formas de con­vertir en dinero contante y sonante el archipiélago descubierto por él, del cual suponía se trataba de las islas del Paraíso que, de acuerdo con los cálculos del geógrafo Mandeville, se encontraban al occidente de las Columnas de Hércules en medio del Océano Atlántico. Para mostrar a su Majestad Católica, la reina Isabel de Castilla y Aragón, las riquezas de las nuevas tierras descubiertas, los nativos llevados como rehenes en contra de su voluntad a bordo de la Santa María tuvieron que ensayar un drama teatral, cuyo guión escribió Don Cristóbal bajo mi dirección y del cual fui autora, directora y actriz principal a la vez. Los personajes de aquella obrita de teatro que, por cierto, nunca llegó a representarse en toda su extensión porque la reina Isabel se quedó dormida desde el mismo prólogo y, en consecuencia, fue eliminada inmediatamente de la cartelera teatral de la corte madrileña… en fin, dramatis personae eran Doña Caña y Don Café, cuyo apasionado amor era representado sobre el escenario; desde los primeros requiebros amorosos, pasan­do por el compromiso hasta la boda, y luego hasta el nacimiento de sus hijos Señorita Ron y Señor Tabaco. En otros papeles, como recaderas de amor y alcahuetas, doncellas y lacayos, nodrizas y abogados se veían, por orden de aparición: Boniato y Maíz, una cómica pareja de sirvientes; Don Aguacate, un abogado sobornable, Doña Papaya, también llamada Lechosa, una nodriza piadosa, y Vainilla y Cacao, los dulces jimaguas. El drama lleva por título Las bodas de La Española. Aunque le soplé el texto a mi señor y se lo dicté, renuncio a imprimirlo para no abusar de la paciencia de tus lectores; al contrario de los poetas a quienes inspiré obras inmortales en mi condición de musa, prefiero mis vástagos naturales a los hijos de mi espíritu.

La Inquisición puso la obra en la lista negra y la prohibió como obra del Diablo por glorificar ídolos paganos, llamar al gozo desenfrena­do de los placeres sexuales y burlarse de los sacramentos de la Santa Iglesia al sustituir el pan y el vino, la sangre y el cuerpo de Cristo por café y azúcar, y por intentar introducir en la España católica ritos indígenas de fertilidad.

—No hemos exterminado las costumbres satánicas de los indios para rendirles reverencia en el reino de Castilla —dijo el Gran Inqui­sidor en un llameante discurso, en eLcual me condenó a ser quemada viva por bruja. Lo que me salvó la vida fue el hecho de callar obstina­damente durante las torturas por no entender las preguntas que me hacían, así como la circunstancia de que los santos varones que me so­metieron a tan doloroso tratamiento no lograron ponerse de acuerdo acerca de si yo poseía un alma mortal y por tanto debía ser conside­rada como ser humano, o si más bien debía ser incluida dentro del reino animal.

Aunque examinaron todas las aberturas de mi cuerpo y estudiaron cada poro de mi piel, no encontraron una sola prueba que indicara un alma mortal. La disputa sobre esta cuestión no se podía explicar con argumentos teológicos porque las nuevas islas descubiertas en el océano occidental ni aparecían en las Santas Escrituras ni se mencionaban en los textos canónicos de los padres de la Iglesia. Al fin y al cabo triunfaron los partidarios del humanismo con el farisaico argumento de que a los animales no se les puede predicar la palabra de Dios porque no entienden el latín; que a los salvajes hay que esclavizarlos para cas­tigarlos por sus pecados; que solo así podía convertirse a la verdadera fe sus almas impenitentes. En vez de ser quemada en la hoguera como bruja, fui vendida como esclava a los infieles; el producto de este ne­gocio fue a parar a las arcas de la Santa Inquisición para financiar sus juicios a herejes. El barco que debía transportarme a Argelia junto a otros infelices (entre los cuales se encontraba un escritorzuelo español llamado Miguel de Cervantes y Saavedra, a quien más tarde compré y liberé de la esclavitud) fue apresado frente a la costa norafricana por piratas rífenos, cuyo jefe, por preferir jóvenes griegos no circuncida­dos, me regaló al rey de Dahomey. Después de atravesar el Sahara con una caravana que transportaba sal, presté servicios en el palacio de arcilla de Abomey, la capital, y formé parte de la guardia perso­nal del rey, compuesta únicamente por mujeres, donde mis habilidades en el lanzamiento de la jabalina y en tiro con arco me favorecieron. La única tarea de este ejército de amazonas era cazar seres humanos, pues el rey de Dahomey ordenaba cada mañana cortarle la cabeza a una docena de prisioneros para hacerle saber a sus antepasados que había dormido bien, y por esa razón necesitaba constantes reabaste­cimientos. Durante una de estas cacerías caímos en una emboscada de traficantes árabes de esclavos; su jeque Abderramán —¡que Alá lo tenga en su gloria porque siempre me trató bien!— me vendió a un ca­pitán portugués llamado Da Costa, el cual partía con un cargamento de esclavos desde Ouidah hasta Bahía, pero durante la travesía fuimos apresados por corsarios ingleses, cuyo comandante, un tal Francis Drake, había sido convertido recientemente en caballero por Isabel I. Fue amor a primera vista; le puse ojitos lindos al corsario rojo y él me envió ardientes miradas de amor a través del parche negro de sus ojos: después de arrojarme encima de un rollo de amarras y satisfacer en mí sus apetitos sexuales de pirata, exigió que satisficiera también su apetito común. En busca de un asado conveniente mi mirada se posó sobre un gallo galo, último sobreviviente de la tripulación original del barco asaltado; le corté la cabeza, le arranqué las plumas, lo introduje en una olla de agua hirviendo con sal y lo cociné junto con arroz, pimientos, tomates, cebollas, un diente de ajo y pimienta de Cayena hasta que la carne se desprendió de los huesos. De este modo creé, sin saberlo, un plato conocido como poulet a la creóle, pollo criollo o creole chicken, que a partir de entonces debía iniciar su marcha triunfal por el mundo, uniendo en perfecta simbiosis ingredientes españoles, indios y africanos. Solo años más tarde, con la salsa Cumberland, que hube de prepararle al Duque de Cumberland para darle a sus aburridos pasteles un sabor inconfundible, logré un éxito semejante.

Después de llenar de oro y plata los tesoros de la reina de Inglaterra, arrebatados a la armada española durante la travesía por las Bahamas, mi nuevo amo fue condenado a muerte en agradecimiento a sus ser­vicios y colgado en una plaza pública; su crimen consistía en haber dejado embarazada a una cortesana de la reina y negarse a pagarle la pensión exigida; Isabel toleraba amantes infieles tan poco como relaciones socialmente incompatibles. No sentí pena por Sir Francis: durante sus expediciones en busca de botín nunca vaciló en pasar a cuchillo a personas inocentes. La ejecución fue una fiesta popular que atrajo a numerosos curiosos a la Tower Hill; entre la multitud se escucharon gritos de abucheo y aplausos cuando el condenado escaló el patíbulo y el verdugo le colocó la soga al cuello; muchos padres car­garon en hombros a sus hijos para que pudieran ver mejor cómo el corsario sacudía las piernas mientras la cuerda era tirada hacia arriba. ; Los copleros cantaban canciones obscenas, la cerveza y el aguardien­te, salchichas calientes y arenques agrios se vendían como pan fres­co, mientras yo, en mi tienda colocada a un costado de la plaza de ejecución, satisfacía las necesidades de mis clientes, que hacían cola frente a la entrada. Acababa de terminar la faena con el último de ellos, me lavaba en una tina que servía de bidé y me empolvaba el cabello, cuando dos señores con sombreros de agitadas plumas entraron en la tienda.

—¿Sois la mora que se hospeda en Gray’s Inn? —preguntó el más viejo, un tipo nervioso con barba de chivo, que tratando de hacer una galante reverencia, se enredó en la capa y la espada.

—No lo soy, pero soy más linda que ella. Me llaman Lady Dark y soy de Trinidad. ¿Con quién tengo el honor?

—William Shakespeare de Stratford. Mis amigos me dicen Will. Tengo trabajo para vos. Pago bien. Aquí, mirad vos misma.

Y me dejó echar una mirada a su bolsa repleta, que llevaba entre las piernas como si fuera un segundo escroto. Sus maneras de macho potente no me gustaron; detrás de la exhibición de la masculinidad se esconde casi siempre un fracasado o una perversión sexual.

—¿Qué quiere usted de mí? —pregunté desconfiada— Ojalá no sea nada indecente.

—No se preocupe, Dark Lady. Este amigo mío es un gentleman con las mejores referencias. Es miembro de una de las familias que lle­van la voz cantante en nuestro país. Su señora madre, por la que ardo de pasión —al decir esto se abanicó con una de las puntas del pañue­lo— me ha solicitado iniciar a su señor hijo en los secretos del amor. El joven es algo, cómo decirlo, reservado. Prefiere la sociedad de distinguidos señores a la de las damas. La sociedad de este servidor, por ejemplo.

El joven se puso colorado como un tomate. —Es inútil —dije—. Ahorraos vuestras bellas palabras y vuestro buen dinero. Es verdad que yo me vendo, pero todo tiene un límite. Probad vuestra suerte en otra parte. Adieu, señores.

Sin embargo, tan fácil no logra librarse un señora sola de dos jóvenes admiradores, uno de los cuales se ha entregado a la musa dramática. Cuando regresé a la posada del «Cisne», donde me alojaba, encontré el primero de una serie de poemas manuscritos con los que mi nuevo amigo me bombardeó a partir de aquel momento día por día. He aquí algunas muestras. Lunes: «Solo mi nombre ama y sentiré paz / Will es mi nombre, por eso me amarás». Martes: «El rencor ella del “yo odio” borró /Al decir: “No a ti” mi vida salvó». Miércoles: «A él yo perdí; a los dos nos tenéis hoy / El paga la culpa, yo libre no soy». Jueves: «Entonces habré también, si mi llanto acallar logras / De rogar por que tu voluntad tener puedas». Viernes: «Entonces jura­ré que la belleza negra es / Y repulsivo quien de tu modo y color no es». Sábado: «A ti la más bella he llamado, a ti pura he sentido / Y negra como averno eres, brutal como la noche has sido». Domingo: «Nada más negro que tus actos en ti / Quizás esta maldición venga de ahí»; etcétera, ad infinitum. En sus gráciles y escrupulosos sonetos Will evocaba el apasionado amor entre un joven aristócrata, un poeta y una señora de color oscuro: relación triangular que se mueve entre la atracción y el rechazo y que solo existía en su fantasía, hasta que yo, extasiada con sus hornenajes y excitada por el ardor de sus versos, cedí a las presiones del poeta y acepté una cita con él y su protegido. Nos invitó al Globe Theater, donde debía estrenarse esa noche uno de sus dramas, en el que él mismo desempeñaba un importante papel. La obra se llamaba, si mal no recuerdo, Romeo y Julieta.

Las filas ascendentes de asientos, agrupadas en semicírculo alrede­dor de un escenario abierto, hacían que el Globe, reinaugurado poco antes, se pareciera más bien a la carpa de un circo que a un teatro. La música de una orquesta invitaba a bailar, los payasos y acróbatas mos­traban sus habilidades, a los lores en los palcos se les servía champán, corrían a raudales el oporto y el ron, a los que se les agregaba canela en rama y clavo, jóvenes de buenas familias flirteaban con damas de dudosa reputación y eran observados con celos por nobles señoritas, prostitutas andaban a la caza de clientes, y en la platea, apestando a cebollas y ajos, se aglomeraba el pueblo, que celebraba los chistes verdes de los bromistas con estruendosos aplausos. Golpes de fanfarria anunciaron el comienzo de la obra; con una breve inclinación, mucho mejor que la de la última vez, el poeta entró en escena y declamó el prólogo, en el cual se hablaba de las disputas entre dos familias nobles en Verona. Las risas y los chiflidos se acallaron al levantarse el telón, y por toda la sala se extendió una tensa calma. Todo el mundo en el público sabía que detrás de la vendetta italiana se escondía una alusión al clan de Danver, cuya vengativa campaña contra los hermanos Long mantenía en vilo a todo Londres. Mi atención estaba dividida entre el escenario, sobre el que nuestro amigo Will, vestido de mujer, actuaba de nodriza de Julieta, y el caballero en mi palco, que venció rápida­mente su timidez y ya desde el mismo prólogo comenzó a manosear el escote de mi blusa.

En el primer acto, mientras los partidarios de los Capuleto y de los Montesco peleaban primeramente con palabras y luego con espadas, como correspondía a su ardiente temperamento, el joven lord logró desabrochar mi corsé a pesar de mi encarnizada resistencia. En el segundo acto desnudó mis pechos, los cuales se puso a amasar como si fuera un panadero y luego comenzó a chuparlos apasionadamente, mientras su amigo Will cantaba loas a la maternidad en un interminable, monólogo. Para esa escena hubiera sido preferible que se afeitara la barba de chivo. Después ya no hubo modo de contenerlo. A pesar de mi resistencia el joven lord me arrojó al suelo, se sentó a horcajadas sobre mí y me clavó las espuelas como si yo fuera un caballo salvaje, cuya resistencia debía ser vencida mediante la violencia cruda. No to­leré este tratamiento. En el tercer acto, cuando Romeo envía al otro mundo de una estocada a su mortal enemigo Teobaldo, también yo logré imponerme; derribé a mi jinete y lo mantuve agarrado con una llave hasta que rogó en voz alta por piedad y prometió corregirse. En el cuarto acto, mientras Julieta le causa aflicción a sus padres al tomar veneno en vez de casarse con París, el rival de Romeo, nosotros nos arañábamos y mordíamos y nos revolcábamos en el suelo estrecha­mente abrazados; en el quinto acto, cuando Romeo mata a su rival y Julieta despierta de su sueño mortal, nos reconciliamos de nuevo, prometiéndonos fidelidad eterna.

Desgraciadamente nunca sabré cómo terminó el romance entre Romeo y Julieta, pues cuando me levanté del foso del teatro con el cabello revuelto y las ropas deslizadas, ya la obra había concluido. A juzgar por los aplausos, entre los que se escucharon tan solo algunos abucheos aislados, la historia había terminado bien. Pero, en vez de inclinarse a recoger las flores que llovían sobre él desde los palcos o de disfrutar de los aplausos que, cual olas de un agitado mar, se rompían contra el escenario, el poeta, que ese día tenía razones de sobra para celebrar, nos arrojó tenebrosas miradas llenas de odio. Abandonamos el teatro por una entrada lateral para escapar de su persecución, pero fue inútil: en un lóbrego zaguán nos acechaba, y se arrojó con la espada desenvainada sobre el joven lord, el cual paró el ataque con su capa de modo tal que su amigo, convertido en un jabalí salvaje, se fue hacia delante; el pobre Will tropezó con una bosta de caballo y fue a parar al Támesis, desde donde ambos lo sacamos hasta la orilla.

A partir de ese día dejé de recibir sonetos. Abrigando propósitos vengativos, Will se retiró a sus habitaciones de poeta y escribió una serie de sangrientos dramas principescos, donde desenmascaraba a los antepasados del joven lord como pederastas y alevosos asesinos que eran decapitados, apuñaleados o estrangulados en el escenario. Para conjurar sucesivos perjuicios a su familia—el teatro era un poder ante el cual hasta la propia reina temblaba—, el joven lord me cedió a uno de sus amigos, el duque de Cumberland, que me llevó consigo a uno de sus viajes por las Indias Occidentales. Para entretenerme durante la tra­vesía inventé la salsa que lleva el nombre del duque. Agradecido por haber inmortalizado su apellido, me dio la libertad y regresé por la vía más rápida a Haití.

 

*****

 

—Todo eso está muy lindo y muy bueno —dije después que tía Erzulie terminó su narración—, pero, que yo sepa, Sir Francis Drake no fue eje­cutado por orden de la reina, sino que falleció de malaria o fiebre ama­rilla mientras atravesaba el istmo de Panamá. Por lo menos eso es lo que dicen los libros de historia. Además de que fue él quien introdujo la papa en Inglaterra.

—Puro cuento —respondió tía Erzulie—. Los historiadores mien­ten como locos. Yo misma corté la soga de la que colgaba su cadáver en el patíbulo y lo sepulté junto al muro de la abadía de Westminster reservado para los pobres. Para que no muriera de hambre durante su viaje al infierno, arrojé en su tumba una papa que germinó en primavera y transformó el camposanto en un floreciente campo de papas. No Sir Francis Drake, yo fui quien sembró la primera papa en Inglaterra. ¡William Shakespeare puede atestiguar la verdad de mis palabras!

-—Ni una sola palabra de la historia que me has contado es ver­dad —le dije a tía Erzulie en su propia cara—. Hablas de cosas que ocurrieron hace siglos como si hubieran sucedido ayer, y a la vez te presentas como india caribe, esclava negra y amante de personalidades históricas que vivieron en épocas distintas y en lugares diferentes. Por favor, querida tía, no te sigas burlando de mí.

—Cada palabra de mi historia es verdad, pues sucedió en una época en la que aún no se había inventado el arte de mentir —dijo tía Erzulie—. Todo sucedió tal y como te lo he contado. Soy el producto de tres continentes, la heredera legítima de tres culturas, la americana, la africana y la europea, en ese orden. Por mis venas corre sangre roja, negra y blanca, tengo antepasados españoles y franceses, sarracenos y normandos, alemanes y judíos, africanos e indios. Desciendo de vikin­gos, que descubrieron América antes que los españoles, y de marinos ir­ landeses que llegaron a nosotros aun primero que los vikingos; los unos me dejaron como herencia su roja cabellera, los otros sus verdes ojos. Por cierto que nuestro cacique Arionex era pariente lejano de Asterix y Obelix, quienes hubieron de legarle su combatividad y alcoholismo. ¿O eran Orgetórix y Vercingetórix? Yo misma soy des­ cendiente directa de los tres Reyes Magos, uno de los cuales —he ol­vidado su nombre, se llamaba Melchor o Baltasar— se dice que era negro. También Puchkin era moro, igual que Martin Luther, me refiero por supuesto a Martin Luther King, y Carlos Marx, a quien su amigo Engels acostumbraba llamar El Moro, su yerno Pablo Lafargue era oriundo, como yo, de las Indias Occidentales. Pero eso ya forma parte de otro capítulo de mi novela.