Broch. La pasión por la totalidad

Arturo González Dorado

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Azules como acero y ligeras, movidas por un viento contrario suave y apenas perceptible, las ondas del mar Adriático habían corrido al encuentro de la escuadra imperial, mientras ésta se dirigía hacia el puerto de Brindis, dejando a la izquierda las chatas colinas de la costa de Calabria que se acercaban poco a poco.”

Las primeras líneas de la monumental novela del austriaco Hermann Broch (1885-1951), La Muerte de Virgilio, con esa unidad oculta, mística se puede decir, entre la vida de los grandes escritores y su obra, podían muy bien describir el momento en que Broch, huyendo de la Europa acosada bajo el ascenso del nazismo, se aproximaba el 10 de octubre de 1938 a New York, en el viaje que sería el último de su vida, y que sería también el viaje de la literatura hasta sus últimos límites, hasta la muerte.

Diez días después de zarpar del puerto de Southampton, Broch desembarcaba del transatlántico holandés T.S.S. Statendam. Probablemente estuvo como tantos otros que antes y después que él lo hicieron, parado en la borda, aspirando largas bocanadas de su pipa, viendo como poco a poco surgía ante su vista la antorcha de la Estatua de la Libertad; atrás quedaba Europa, su Viena natal, y quedaba también la amenaza de la cárcel. Y como si se librase de la cárcel desembarcó Broch en medio de la agitación neoyorkina. El intelectual Europeo caminaba de prisa, oliendo la vida del nuevo mundo. Llevaba consigo 300 dólares, la foto de su madre y de Ea von Allesch, modelo de desnudos en Viena, periodista y confidente, quien había sido su musa e inspiración. En ella se basó el personaje de la artista de vaudeville Llona en su novela Los sonámbulos, su primera novela (antes sólo había escrito ensayos), considerada junto con La Montaña Mágica de Thomas Mann, El Hombre sin Atributos de Robert Musil una de las obra maestra de la literatura alemana de la primera mitad del siglo XX.

De hecho Broch había sido arrestado por los Nazis el día de la anexión alemana de Austria, y permaneció detenido durante algunas semanas. Fue liberado gracias al movimiento organizado por sus amigos, entre ellos James Joyce, quienes además de lograr su excarcelación le ayudaron a emigrar, primero a Inglaterra, y luego a los EUA.

columna-arturo-g-dorado-2-otrolunes31A principios de 1937 había terminado de componer El regreso de Virgilio, un relato escrito para el programa cultural de la radio de Viena. Y en la cárcel, bajo la visión de la muerte, escribió la primera versión de lo que sería la parte final de su obra cumbre, cuando Virgilio en uno de los momentos más grandes de la literatura de todos los tiempos, en un viaje donde se reconcilian la vida y la muerte y lo inefable se hace palabra, cae en la nada: “…así le sobrevino rumorosa, hacia él pasó por encima de él, fue en aumento y se volvió cada vez más fuerte, se hizo tan avasalladora, que nada podía sostenerse ya ante ella; el universo se disipaba ante la palabra, disuelto y superado en la palabra, mas conservado y contenido en ella, aniquilado y creado de nuevo para siempre, porque nada se había perdido, porque el fin se unía al principio, renacido, volviendo a procrear; la palabra se cernía sobre el universo, se cernía sobre la nada, flotaba más allá de lo expresable y lo inexpresable, y él, sobrecogido por la palabra y rodeado por su rumor, se cernía con la palabra; no obstante, cuanto más le envolvía, cuanto más penetraba él en ese mar de sonido y era penetrado por él, tanto más inaccesible y grande, tanto más pesado e inaprensible se tornaba la palabra, un mar cerniéndose, un fuego cerniéndose, pesado como el mar y leve como el mar, sin dejar por ello de seguir siendo palabra: no pudo retenerlo y no debía hacerlo; para él era inconcebiblemente inefable, pues estaba más allá del lenguaje.

Y ciertamente se estaba embarcando Broch en un largo viaje, la escritura de la novela le tomaría 7 años, escribiría 4 versiones; se estaba embarcando en un viaje total, donde la literatura llegaría a límites nunca antes, ni después, alcanzados, donde el lenguaje sería extendido hasta sus últimas posibilidades, bordearía lo inexpresable, rozaría lo infinito y haría que de nuevo en el panorama de la literatura universal apareciese desnuda la Belleza.

 

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La misma mañana de su desembarco en América, con el manuscrito de la novela en su equipaje, Broch abrió una cuenta en el Banco Nacional de New York. Luego fue a la Fundación Americana para la Libertad de la cultura Alemana, que le había otorgado una beca, su director Richar A. Bermann, lo invitó a almorzar, y a la comida, asistió Erich Van Kahler, un vienes emigrado.

Broch notó inmediatamente de que Von Kaheler era un hombre de inteligencia y corazón fuera de lo común. Y de hecho, fue su mejor amigo en los EUA.

Por la tarde fue a ver a Einstein en Princeton y hablaron durante varias horas de la situación en Alemania.

Los primeros meses serían fáciles, pero luego la situación se complicaría. Por un tiempo Broch estuvo viviendo en casa de Einstein en Princeton, quien siempre se mantenía al tanto de su situación.

Hablaban de literatura, del Finnegans Wake de Joyce, y Broch le leía a Einstein fragmentos de la novela.

-Me fascina su Virgilio -le decía Einstein-. El enigma permanece siempre abierto. Podemos sentirlo, nunca entenderlo.

 

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La guerra sobrevino y los meses que siguieron trajeron enorme angustia a Broch. Lejos estaban ya los días de Viena. Broch, hijo de una familia de judíos ricos, a los 27 años vendió la fábrica de la que era director, se matriculó en la universidad a estudiar matemática y filosofía, y se decidió por completo por la literatura.

No obstante, en esos años la universidad estaba bajo la influencia de quienes vendrían a ser conocidos como el Círculo de Viena, los promotores del positivismo lógico. Moritz Schlick, Rudolf Carnap y otros, los cuales estaban por completo en contra de toda indagación metafísica, y pretendían añadir el rigor de la lógica a la tradición de la filosofía empírica de Hume, Comte y Mach.

Broch se sintió muy pronto decepcionado, estaba convencido de que la tarea única de la literatura era tratar con los problemas que escapan a las ciencias “duras”, y ante la negativa de sus profesores a siquiera abordar las cuestiones esenciales para Broch, y para todos en verdad, abandonó los estudios.

Volvería entonces a lugares que venía frecuentando desde antes: los cafés de Viena, donde, además de sus lectores, estaban sus verdaderos interlocutores.

Musil, Rilke y muchos otros de los más grandes artistas y escritores de la Viena y Europa de entreguerras fueron sus amigos. Tuvo un affaire con Milena Polak que terminó cuando comenzó su relación con Ea Von Allesch. Milena luego comenzaría su famosa relación con Kafka.

Pero cuando Broch conversaba con Einstein en Princeton todo eso había quedado atrás para siempre.

El destino de su madre, y de Ea lo obsesionaban, compró una visa en la embajada de Cuba y los pasajes, pero Johana Broch no quiso emigrar, moriría en un campo de concentración unos meses más tarde. Broch no lo supo hasta mucho después.

Thomas Mann, quien también era exiliado en los EUA, se interesó mucho por la situación de Broch, gracias a él consiguió una beca de la Fundación Guggenheim, y siempre defendió contra toda crítica la grandeza de La Muerte de Virgilio.

“Cenamos en casa con Broch y con Von Kahler, Broch nos leyó partes de su novela La muerte de Virgilio. El texto tiene plasticidad interior. Nos lleva hasta el origen mismo del Logos. Es dueño de una música notable. Después de cenar pasamos a la biblioteca. Conversamos sobre nuestra angustia ante el mal. No hay salida ni refugio para el espíritu.” Escribió Mann en su diario.

 

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columna-arturo-g-dorado-3-otrolunes31Broch desesperaría de las posibilidades del arte para lograr superar el mal. Tenía una visión pesimista, o realista, de la historia, spengleriana. Como Adorno, y en otra línea como Ortega, sintió la impotencia del pensamiento y el arte para conjurar los males de la modernidad. Pero a diferencia de Adorno, y casi contra sí mismo, Broch no perdió del todo la fe y siguió escribiendo con una rara tozudez que también refleja a Virgilio en la novela. Virgilio no quema la Eneida, como ha sido su propósito antes, sin ser convencido por los argumentos de Augusto y sus amigos, sin estar convencido siquiera de que su obra esté finalizada, o de que en cualquier caso pueda expresar lo que debe decir, dicta su testamento a sus fieles amigos; acosado por el vacío, a punto de emprender el viaje a lo desconocido, sabiendo que ya no hay tiempo, que se acaba el tiempo, siente la preocupación final, y total, por su obra. Y aunque “…La voz no obedecía a la voluntad. Ya las últimas palabras habían debido ser sacadas de un monstruoso vacío, y ahora no quedaba más que este vacío malignamente agotado, inmenso, de infinita extensión, de inatisbable magnitud, inexplorable en sus rincones, vacío espantoso sin espanto, vacío del olvido, lleno solamente de una alerta del olvido extrañamente mala, vacío en cuya oquedad vagaba silbando la fiebre. Mas deslizándose invisible entre medio había además algo aún no dicho, algo que en todo caso debería haberse dicho, algo que tenía y no tenía relación con todo lo precedente, de modo que había que hallarlo, pues de otro modo no era suficiente lo ocurrido. No era menos importante que los mismos versos que antes debían ser destruidos y ahora tenían que ser conservados.” Virgilio pregunta:

“—¿Dónde… dónde está el cofre? Plocio levantó melancólicamente los ojos: —Virgilio…, en las manos del Augusto… bien conservado… no te preocupes… Pero en ese momento se acercó Lucio con el codicilo para que el enfermo lo firmara, aunque todavía no estaba completo. ¿O faltaba solamente la firma? ¿Era esto lo que había que hallar? —Dame…

La firma estaba puesta, pero el texto no era legible; como evidentemente no estaba aún completo bailaban las letras entrecruzándose.”

Y en el último acto de su voluntad, luego de asegurarse de que el cofre que contenía el manuscrito de la Eneida estaba a salvo, ordena:

“—Tienes que agregar algo todavía, Lucio…, agregar algo… los cantos no deben ser rotos… —Sí, mi Virgilio. Y Lucio se sentó esperando de nuevo, en postura de recibir el dictado. —Los cantos… no deben ser rotos, y… y prohíbo agregar u omitir una sola palabra…

 

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No existen muchas obras en la literatura que se hayan publicado casi simultáneamente el original y la traducción. Beckett es una de las pocas excepciones.

Esto sin embargo sucedió con La Muerte de Virgilio. La traductora, Jean Starr Untermayer, tuvo un papel invaluable en el proceso de creación. Por momentos creyó enloquecer, Broch modificaba párrafos que le había entregado en sólo unas horas y le telefoneaba para leerle los cambios.

Al fin, en 1945 la novela fue publicada. Fue un fracaso comercial. Sin embargo, entraría rápidamente a ser considerada como una de las más grandes novelas jamás escritas.

La novela narra las 18 horas finales del poeta romano Publio Virgilio Marón, en el palacio, en el puerto de Brindis, de su amigo de largos años el emperador Cesar Augusto. Es difícil clasificarla. Aunque se suele decir que trata sobre la responsabilidad del artista, es infinitamente más que eso.

Broch se basó en una leyenda encontrada en un ejemplar de la Eneida de finales del siglo XVII, según la cual Virgilio quiso quemar la Eneida y no lo hizo por la intervención del Augusto.

Es fundamentalmente un monólogo en tercera persona, pero aunque profundamente influido por Joyce, es muy diferente a la escritura joyciana, o incluso proustiana. Broch rompió los límites entre poesía y prosa, incluso, se puede decir que entre música y prosa. La Muerte de Virgilio no sólo está compuesta como una sinfonía, con una evidente estructura musical, sino suena, es música en palabras. Es sin dudas uno de los más ambiciosos intentos de aproximarse a la totalidad, de trascender los límites del lenguaje jamás realizados en la historia de la literatura.

Virgilio se busca a sí mismo con una angustia y pasión plenas, adolescentes se puede decir. Y en esa búsqueda duda de las posibilidades del arte y se pregunta por el sentido del artista. Su pregunta se hace la pregunta última de ser humanos, y de la historia, la belleza, el amor y la nostalgia por la totalidad:

“—¡Entra en la creación que fue una vez y es nuevamente! ¡Y que tu nombre sea Virgilio: ha llegado tu hora!

Así había dicho el ángel, terrible de ternura, consolador de tristeza, inaccesible de nostalgia; así lo había oído de labios del ángel, lo había oído como lenguaje dentro del lenguaje, en toda su terrenal sencillez y, oyéndolo, llamado por el nombre y unido al nombre, vio otra vez el ondular de los campos, extendido de orilla a orilla, infinitas las ondas de los frutos, infinitas las ondas de las aguas, ambas bañadas en la fresca, oblicua luz de madrugada, brillando fresca la cercanía, brillando fresca la lejanía; lo vio y siguió luego la dulzura del conocerlo todo y del no conocer, del saberlo todo y de no saber, del sentirlo todo y del no sentir nada; siguió la dulzura del olvidarlo todo, siguió el sueño sin sueños…”

 

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Es posible aproximarse a Hermann Broch —dice George Steiner— considerando el conjunto de su filosofía y su novelas como una metáfora incesante de la traducción: traducción del tiempo presente al tiempo de la muerte; de los valores clásicos al caos contemporáneo; de la expresión verbal a la música y las matemáticas“. Y ciertamente es la traducción de lo inefable en la palabra, y como un río de consciencia, donde las imágenes se suceden con vertiginosa y onírica potencia, la prosa es un canto, y una fórmula matemática, une lo clásico con lo contemporáneo, hace a Virgilio por completo actual: la encarnación de todo artista que asuma hasta las últimas consecuencias el sentido de su arte y vida, y trae a la luz las relaciones entre poder y arte, entre sociedad e individuo, entre el deseo de la obra de detener el tiempo y la caducidad incesante, el egoísmo del artista, su deber de ser fiel a su vocación de artista y su tensión ante la historia.

Hannah Arendt, amiga personal de Broch, con quien solía discutir durante horas en su estancia en los EUA, fue de sus más grandes admiradoras, como lo fue Aldous Huxley; este último decía que la lectura le producía una suerte de aturdimiento. Foucault, cuando la leyó, quedó totalmente impresionado. Y es en verdad impresionante. Para Broch el arte que no es capaz de reproducir la totalidad del mundo no es arte, y esto es La Muerte de Virgilio: un intento desesperado de alcanzar la totalidad.

Pero mientras Broch escribía y rescribía enloqueciendo a su traductora, le leía fragmentos a Einstein y a Thomas Mann, la situación Europea empeoraba.

Angustiado por el destino de sus amigos en Europa hizo esfuerzos sobrehumanos para lograr traerlos a América. Musil estuvo a punto de vencer sus reticencias y salir, pero murió en Ginebra.

Continúo escribiendo con la misma intensidad. Sin embargo, pese a que sus otras obras alcanzan proporciones de gran literatura, indudablemente La Muerte de Virgilio está en la categoría de esas pocas obras que entran en la dimensión de lo sobrehumano.

A finales de 1945 llegaron las primeras noticias de Europa, a través de su hijo, Armand Broch de Rothermann, quien entró a Viena como oficial del ejercito norteamericano de ocupación. Por sus largas cartas Broch vio a la Europa asolada, vio como sus temores se habían hecho realidad: la locura suicida y devastadora, homicida que sería una de las notas principales del siglo XX había devastado a Europa. Supo que Ea von Allesch seguía viviendo en las ruinas de su departamento, sin puertas ni ventanas; supo que Ea caminaba entre la Viena destruida buscando desesperadamente, como tantos, algo que comer. Desde que lo supo, Broch le escribió todos los meses y le envió regularmente dinero y víveres.

El clima de destrucción de la postguerra llevó a Broch a obsesionarse por las sicología de las masas. Vio el peligro del comunismo, y el peligro de reducir la vida a lo económico. Ya desde antes se negaba a aceptar que la economía fuera el centro de la vida, el motor de los cambios sociales, tanto en un sentido marxista como liberal. Para Broch las leyes económicas eran de orden psicológico. Y Marx y Smith también (aunque es probable que no hubiese leído a extensión a Smith sino a sus paladines reductores), místicos de la economía.

En 1946 no sabía si regresar a Europa o permanecer en los EUA. Y continuó escribiendo, y procurando, como hizo siempre, ayudar a sus amigos, ahora los sobrevivientes.

Erich Kahler diría de Broch: “Hermann era el amigo fraternal. El amor al prójimo, cuando se profesa en serio, no permite ninguna relación íntima. El ágape mata a Eros. Por esa razón Alliosha Karamasov era incapaz de amar a nadie. En el trato con Hermann Broch se sentía una suerte de transparencia (…) Uno podía encontrarlo en la gran ciudad, armado de guías y horarios de trenes, atravesando enormes distancias, del autobús al Metro, para llegar a sus citas y darle consuelo a sus amigos, o pedir favores para ellos. Uno podía encontrarlo también en su casa, después de quince horas de trabajo ante la máquina de escribir, llevando con extrema puntualidad su correspondencia. Detrás de esa tranquila apariencia, la pipa en la boca y la mirada penetrante, yo veía la tempestad de un abismo interior mezclado con la felicidad y el consuelo de su solidaridad fraternal“.

Por estos años surgieron algunos de sus más grandes ensayos, siguió corrigiendo antiguos textos. Escribió otra obra monumental Los Inocentes, donde uno de los personajes se pregunta: “¿Por qué debes escribir? Para ver otra vez la tierra prometida que perdimos, el presentimiento de los abismos más profundos”.

En 1949 Broch, que siempre había temido comprometerse con las mujeres, pese a ejercer una extraña fascinación sobre ellas, se casó secretamente con Anne Marie MeirGraefe. Los testigos fueron Hannah Arendt y su esposo.

Anne había comprado una casa en el sur de Francia, y Broch al fin se decidió a irse con ella.

Anne lo esperaba en Europa, Broch pensaba partir en abril de 1951. En marzo se desmayó sobre su máquina de escribir. Se despertó en el hospital, donde le dijeron que había sufrido un infarto. En su autobiografía inconclusa escribió.

“Me suicido lenta, implacablemente. Me suicidé trabajando (…) Me suicido por los mismos conflictos que determinaron mi vida. Para no darles la cara, renuncié a la felicidad, a la ternura, quizás al trabajo y a la vida misma”.

La última semana de su vida trabajó diez horas diarias en El Hechizado, una novela que elaboró durante toda su vida. El 30 de abril de 1951, la víspera de partir de regreso a Europa, Broch, como Virgilio en su novela, “… se estremeció y grande fue este escalofrío, tan definitivo que casi era bondadoso, pues el anillo del tiempo se había cerrado y el fin fue el comienzo. Se había hundido la imagen, desaparecidas las imágenes, sólo seguía el rumor, conservándolas invisiblemente.

Fuente manante en el centro, luciendo invisible en la inmensa angustia del saber: la nada llenó el vacío y se hizo el universo.

A la mañana siguiente el lechero encontró el cadáver de Hermann Broch sobre la maleta llena de libros que pensaba llevarse de vuelta al viejo continente luego de 12 años de ausencia.