Caballero de París

Amir Valle

El Caballero de París. Pintor: Gilberto Marino, Acrylic on canvas, 30"x 40".

El Caballero de París. Pintor: Gilberto Marino, Acrylic on canvas, 30″x 40″.

 

Cae la tarde y Tavito camina apurado hacia el banco en el Prado donde el Caballero de París lo espera. No cree lo que escuchó esa mañana. “Se murió el Caballero de París, Tavito”, le dijo uno de sus amigos, sabiendo que él, a la caída del sol, atraviesa las calles de Centro Habana que lo separan del Paseo del Prado y allí, junto a un león de piedra, encuentra al viejo loco haciendo sus historias de cuando lo ordenaron Caballero y tenía una vida de lujos y amores y duelos también por amor y honor, allá en esos otros países que no conocía ninguno de los niños que escuchaban, sentados a los pies de aquel hombre.

columna-amir-valle-otrolunes31A Tavito le gusta escuchar sus palabras. Le gusta cuando les hace preguntas de de geografía, de historia y hasta de esa matemática que odia en el aula pero que allí, en las tardes del Prado, en boca del Caballero de París adquiere un encanto que lo seduce, y por eso conserva todos los papeles de colores, los dibujos en papel estraza, las cintas de seda que ha ganado como premio a sus respuestas. “El que me responda bien, se lleva un tesoro”, dice siempre el Caballero, su cartapacio de papeles escritos sobre el banco, él de pie, sacudiendo su larga capa negra con ese donaire con el que, cree Tavito, lo haría todo un caballero.

Había leído una vez, en la revista Bohemia que su madre traía cada semana a casa, que aquel viejo había enloquecido cuando era joven, sin que nadie supiera exactamente porqué aunque todo parecía indicar que se volvió loco cuando lo metieron en la cárcel acusado de un crimen que no cometió. Leyó que tenía varios hermanos en Cuba, que su nombre real era José María López Lledín y que había nacido en un pueblito en el campo, en España. Y todavía peor: que jamás había puesto un pie en París pues cuando era un niño sus padres lo trajeron a Cuba y jamás volvió a salir de la isla. ¡Cuántas mentiras! Tenía razón el padre de Tavito cuando tiraba el periódico Granma sobre la mesita de centro de la sala y masticaba, furioso: “si exportáramos todas las mentiras que escriben los periodistas en este país, seríamos el país más rico del mundo”.

Pero él sabía la verdad. El Caballero de París no podía mentir a los niños porque en sus ojos Tavito había visto que los niños eran lo más importante del mundo. Lo sentía así en las historias que contaba, en los concursos que les inventaba “para que entrenen esos cerebritos”, le escuchaba decir. ¿Cómo podía llamarse loco a alguien así, siempre tan elegante, de hablar tan fino que jamás nadie le escuchó ni una sola de las malapalabras que siempre dicen los locos? ¿Cómo decirle loco a alguien que duerme en los parques sí, pero sólo acepta dinero a quienes conoce y a quienes no conoce les regala a cambio uno de sus tesoros? ¿Qué loco en el mundo entero discute, como el Caballero lo hace, sobre la filosofía, la política y las noticias del día con quienes le preguntan? ¿Qué loco es invitado, como él, a comer gratis en muchas de las cafeterías y restaurantes de Centro Habana y La Habana Vieja?

Por eso, hoy, los pies de Tavito vuelan sobre el cemento sucio de las calles. Enfila por la entrada del Prado, custodiado por esos dos inmensos leones detenidos por el escultor en su rugido y ve allá, a lo lejos, a los niños que siempre van allí a escuchar al Caballero. “El Caballero de París no ha muerto”, se dice, alegre. Pero cuando llega junto a ellos nota que están en silencio…tristes. Y el banco, por primera vez en muchos años, está vacío.