Peregrinos a La Habana: crónica de una farsa.

Jorge Martínez Jorge

columna-JORGE-MARTINEZ-JORGE-otrolunes31

A veces, literatura y política parecen ser hermanas, en todo caso putativas, creo yo. En esa relación de odio y desconfianza, amor y dependencia que signa su relación de siempre, hay algo de esto hoy. Un invisible hilo que las une y del que, de ambos lados, tirios y troyanos suelen amarrarse bien fuerte, tan fuerte como que no es raro ver, a calzón quitado a veces, soterrado las más, el arte del travestismo entre ambos bandos. Políticos metidos a, y supuestos intelectuales, chapoteando en las turbiedades de la política.

Sabido es que para un musulmán su fe no puede estar completa sin que haya peregrinado aunque sea una vez en su vida a La Meca. Para los practicantes de la religión marxista, aún cuando buena parte de sus dioses hayan ido a parar con sus monumentales efigies al polvo de la vergüenza y el olvido, sucede lo mismo. Fenecida y enterrada la totémica URSS, a los progres de América Latina sigue quedándoles La Habana.

En éstos últimos tiempos los caminos de las hermanas, en su eterno peregrinar, parecen coincidir y entrecruzarse desde todos los puntos de la “patria grande” hacia la tierra que nunca fue de Martí pero sí parece ser coto de caza propio de la dinástica hermandad castrista. En Octubre del pasado año, el ex Presidente uruguayo Tabaré Vázquez, ya candidato a repetir el plato, comenzó su derrotero precisamente con una visita a sus viejos amigos -en todos los sentidos que el adjetivo lo admite-  los Castro, de donde se habrá traído la bendición del Pope, salvaguarda imprescindible para lograr el apoyo de sus conmilitones y de paso, hacerse perdonar el pecado de sus amistades con Míster Dánger, nada menos.

Luego fue el turno de Mujica -a quien dudo en preceder el apellido con su investidura presidencial porque nunca se sabe si va como Presidente o como viejo ex guerrillero nostálgico de una Sierra Maestra que nunca vivió- el emprender el camino a la santificación.

Finalizando Enero los caminos políticos, llenos de aviones presidenciales cargadísimos de custodios y seguridades, confluyeron otra vez en La Habana, ésta vez para asistir al segundo concilio convocado por el Comandante Castro para lucir sus flamantes oropeles de salvaguarda y custodio de los valores occidentales y cristianos; la paz y los derechos humanos fueron los ingredientes básicos de los revolucionarios platos con los que se atiborraron los peregrinos, con el paradisíaco entorno de la isla maravillosa en la que sobra revolución y a la que, ¡oh manes del socialismo! le faltan esas lacras burguesas como las manifestaciones opositoras y la prensa golpista manipulada por el imperio, encargadas de fabricar supuestos presos y perseguidos políticos que nunca han existido ni existirán bajo el límpido cielo revolucionario.

Menudearon las grandilocuencias discursivas y los ditirambos diplomáticos, casi todos ellos enfilados hacia el diablo inquilino del Salón Oval en la Casa Blanca, quien con su parafernalia de medios imperialistas ha inundado nuestras playas impolutas con las siete plagas del neoliberalismo: pobreza, exclusión, inequidad, narcotráfico, corrupción, prostitución y explotación, todas ellas en vías de extinción no bien logren, ellos los peregrinos, implantar el socialismo reparador y asistamos, al fin, al nacimiento del hombre nuevo libre de todas esas taras importadas. Precisamente de esas taras que asfixian a sus pueblos, el cáncer purulento del narcotráfico, la corrupción rampante, el despilfarro obsceno y la inseguridad extrema, poco y nada dijeron, y mucho menos, claro está, hicieron o harán.

Hace unos días recibo en mi casilla de e-mail un correo enviado a todos sus contactos y amistades, que se cuentan por miles, de un amigo escritor uruguayo, exitoso él, merecido y meritorio agrego yo. En él nos cuenta sus andanzas literarias luego de los años de aventura en el terreno de la hermana putativa -la política- que le había obligado a olvidarse de aquélla para dedicar sus esfuerzos a esta egoísta y absorbente señora. Nos habla de la publicación de su último libro – creo que son cinco los ya publicados y para el medio local, tan acotado que de verlo se me pianta un lagrimón, todos muy exitosos- y que ha sido invitado a presentarlo en oportunidad de lo que será, sin duda alguna, un nuevo motivo de peregrinación: la Feria del Libro de La Habana.

Nos relata que a algunos amigos, enterados de la buena nueva – publicación y generosa invitación- se les ha ocurrido programar una excursión que podríamos catalogar de turismo literario, para acompañarlo en tan magno acontecimiento.  Mi amigo escritor, devenido jerarca político de la izquierda – que otra cosa sería impensable para cualquier artista o intelectual que se precie de tal y no quiera terminar con sus huesos en el más absoluto ostracismo y destierro ideológico- supo cultivar con esmero sus relaciones internacionales, en particular entre sus cofrades, así que no sorprende la inversión cubana en arrimar a sus costas a una voz amiga y amigable.

Lo que podrá o querrá hacer la claque que se propone acompañarle puedo imaginarlo pero no afirmarlo. De seguro disfrutarán de las playas de la isla maravillosa, de los lujosos hoteles que el generoso régimen pondrá a su disposición y asistirán a encuentros y talleres donde todos podrán ver reafirmada, bendecida y rejuvenecida su inquebrantable fe revolucionaria.

De lo que sí estoy seguro es que ninguno de ellos, ni mi amigo escritor ni ninguno de sus amigos turistas, tendrá tiempo ni lugar, ni encontrará oportunidad pública o privada, para interesarse por la suerte de su – nuestro- colega Ángel Santiesteban, a casi un año de su secuestro por parte del régimen.

Lo confieso: no me gusta el turismo carcelario. Siento en la piel que tiene ese no se qué de morboso. Dormir en habitaciones de lujo con aire acondicionado, sobre sábanas limpias, desayunar como príncipes junto a piletas pobladas de tropicales bellezas, asistir a eventos donde solamente se podrá oír el murmullo monocorde de quienes están condenados a una única voz, no está dentro de lo que, aunque políticamente correcto, considero aceptable ética y moralmente – si es que éstos dos conceptos puedan tener todavía alguna razón de existir- sabiendo allí nomás, tras las fachadas del montaje castrista, hay cubanos que sufren persecuciones, cárcel, torturas y humillaciones. Al cabo que participar de esos montajes, siendo conscientes su condición de tales, es un acto de jineterismo intelectual que, ése sí, es hermano de sangre del jineterismo político que practican con particular aplicación y oficio nuestros actuales dirigentes.  Uno y  otro, por distintos caminos pero confluyentes entre sí, persiguen y consiguen el mismo objetivo: darle una pátina de legitimidad a un régimen dinástico digno de aquéllas obras escritas por García Márquez cuando era escritor para ridiculizar a los tiranuelos de derecha, pero que hoy pintan de cuerpo entero, genio y figura, a sus grandes amigos de siempre. Una más de las paradojas de la historia. Ya vendrán otras. Entre tanto, parafraseando aquélla legendaria controversia entre Aron y Sartre, yo prefiero equivocarme con un Solzhenitsyn que acertar con un Gorki.