¿Quién Soy? Un escritor cubano

Rafael Vilches Proenza

En febrero de 2012, junto a su amigo, el escritor Enmanuel Castells Carrión, en la Feria Internacional del Libro de La Habana.

En febrero de 2012, junto a su amigo, el escritor Enmanuel Castells Carrión, en la Feria Internacional del Libro de La Habana.

Amir Valle me pide que me presente en esta, mi primera columna… y no sé cómo decir quién soy. Ni siquiera sé quién soy, si es que soy. Puedo comenzar diciendo que, soy padre soltero, con tres hijos preciosos que son el amor y el sentido de mis días. Pero eso es demasiado personal, lindo, doloroso, y sangran ese dolor demasiado cercano en mi carne y me hace padecer 24 horas diarias. Le agregaría que amo a los amigos como si hubieran recibido la misma luz en el parto de mi madre. Y, como no les miento no me avergüenza hablar de frente, desnudarme ante ustedes, como lo haré desde ahora.

Decir: no tengo casa; voy de un lado a otro de este país que finge también ser mío, abrigándome en casas de familiares y amigos. Fui un indocumentado en esta, mi patria, desde el 7 de diciembre de 2013 cuando la Seguridad del Estado me ocupó el Carnet de Identidad en un pueblo llamado Encrucijada y me lo entregó el mismo agente en un café en Santa Clara el 14 de enero de 2014. De película. Ahora sé lo que es ver salir a un yippie de policías cargado con 7 u 8 agentes tan grandotes como jugadores de baloncesto, de una bocacalle, frenarme encima, abrir sus puertas sincronizadas, tirarse para arrestar a dos criminales, que resultaron ser los escritores Gabriel Barrenechea y yo, que caminábamos esa mañana de diciembre por las calles de esa pequeña ciudad con destino a La Habana a un Congreso de los DDHH y, antes, a una presentación de un libro de poesía de uno de los integrantes del Club de Escritores. Creo que los policías, cuando nos vieron, se asustaron porque en vez de dos terroristas vieron a dos indefensos intelectuales, dos ciudadanos, que no les dieron la oportunidad de masacrarlos porque no ofrecimos ninguna resistencia, hasta el chivato que se encontraba en la esquina y avisó nuestra salida de la casa de Gabriel se debe haber espantado. Estoy convencido que quedaron defraudados, con deseos de habernos dado algunos porrazos.

Vivo en un país donde, cuando comienzas a ser, pensar por cabeza propia, te sumergen el cerebro en un pozo, te convierten en un fantasma. La vida se te vuelve un infierno. Hay quienes optan por ser silencio y no existir. Otros se dedican a su obra, sus cuartillas diarias, su poema, su cuota de palabras, llenar la hoja en blanco de su sufrimiento y el de los demás, conformándose con ver pasar la carroza, hacer la reverencia al Presidente de la República, a la Vedette de turno, levantar cual pioneros obedientes sus pañoletas escolares y darles la bienvenida. La mayoría pospone el ritual de quitar la máscara de la cara (en Cuba vivimos con numerosas máscaras, una para cada ocasión, no nos molesta, fuimos amaestrados para ello); la generalidad es feliz, se enorgullece mutando de rostros según sople el viento. Somos camaleones. Sé que los que se asomen al espejo de agua que les muestro se ofuscarán, pero ahí les muestro mi rostro junto al de ellos, formando parte única de un cuerpo como una sola hostia.

No soportamos la grandeza del otro. Tenemos un miedo visceral inoculado que forma parte del semblante adquirido durante el periodo revolucionario. Todo ello para protegernos de todo y de todos. Hemos mutado en bestias para sobrevivir al infierno.

¿Quién Soy? Un escritor cubano. Un guajiro nacido el 10 de diciembre de 1965, día de los DDHH. Siglas prohibidas en Cuba. A cualquier ciudadano que grite en mi país, en público, a viva voz, ¡Vivan los Derechos Humanos!, si no lo meten preso, pueda que reciba una considerable golpiza.

Soy solo uno más.

Uno de ustedes.

Uno sin rostro, al que ningún transeúnte reconoce.

Aunque no lo crean, vivo en Cuba. Amo esta isla, como la aman los que se fueron, los que nos quedamos.

Soy el autor de Ángeles desamparados novela publicada por Ediciones Bayamo, 2001; Editorial española El Barco Ebrio, 2012.

Los libros de poesía que he podido sacar a la luz en editoriales cubanas: Dura silueta, la luna, 2003; El único hombre, 2005, Premio Nacional de Poesía Manuel Navarro Luna, 2004; Trazado en el polvo, 2006, Premio Nacional de Poesía de la Ciudad de Holguín 2005; Tiro de gracia, 2010, Premio Nacional de Poesía Centenario de Emilio Ballaga; País de fondo, 2011, Premio Nacional de Poesía Manuel Navarro Luna, 2010; Lunaciones, Antología personal 1980-2010, LetrAbierta, 2012. Está por salir en los EEUU Café amargo, 2014.

El año pasado mi libro Casa de aguas, y Viendo pasar los peces de colores de Sergio García Zamora fueron censuraron en el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara, y sólo después de una acalorada reunión con ejecutivos del Centro Provincial del Libro y la dirección de la Editorial Capiro, organizadores de dicho certamen decidieron enviarlos a los jurados (Basilia Papastamatiu, Israel Domínguez y Edelmis Anoceto) los que ya hacía más de un mes manoseaban los cuadernos en concurso.

La Editorial Capiro ha sacado de su plan editorial mi libro Salón del reino que fuera aprobado por su comité de expertos el año pasado para su publicación en 2014. Tengo fe en que Salón del reino y Casa de Aguas se publiquen en otra parte, otra editorial, otro país, y pueda leérselos a los amigos en reuniones familiares tomando un buen café amargo.

¿Quién soy? Alguien a quién le duelen las injusticias. Que ve la vida en colores. Que sangra y padece cuando mira tanta barbarie cometida a personas que solo piensan, tienen ideas, luchan por el mejoramiento para todos. Alguien que sufre ver cómo vivimos cual esclavos, pues cree que es bochornoso soportar a los esclavistas, que nos quieren hacen creer que este es el mejor país posible. Ver la ceguera de todos ante tanta impunidad duele.

Aquí, no estar de acuerdo con el régimen significa ser el apestado. El apátrida. El terrorista. Lo que está mal en este sitio, es aplaudido si se ejecuta en cualquier país de los llamados enemigos de la Revolución.

Intentaré seguir escribiendo poesía, me lo piden los amigos a grito con miedo porque temen por mi vida. Continuaré en desacuerdo con lo que vaya en contra del bienestar y los derechos del ser humano. Cuba es de todos. Para todos. Todos tenemos derecho a expresarnos para exigir un mejor país para el presente y el futuro.

¿Novelista? Una vez escribí un cuento, creo que un mal cuento, para participar en el Encuentro Debate de Talleres Literarios, evento del MInisterio de Cultura para premiar a los jóvenes escritores. Vivía en Vado del Yeso, una comunidad de obreros del Oriente cubano cercana al Río Cauto, y al Cero de Las Mil Nueve donde nací. Uno de los jurados era el novelista Guillermo Vidal. No me le dio ni mención al cuento. Para colmo, la escritora Zoelia Frómeta que entonces era la especialista de Casa de Cultura en Bayamo, nos mandó a él y a mí a almorzar en el Hotel Central de Bayamo, que luego fue la Escuela Profesional de Artes Plásticas, y que en estos momentos es la Galería de las Artes Plásticas de esa ciudad. Almuerzo que solo pudimos efectuar y disfrutar Guillermo y yo, él por ser jurado y yo por no vivir en la ciudad: no había más dinero para invitar al resto de los escritores participantes en el evento. Guillermo y yo miramos los sendos lacones en nuestros respectivos platos y pensamos en los hijos y mujeres que en casa no tenían nada qué comer, y nosotros éramos tan pobres que ni una jabita llevábamos encima para guardar parte de la carne. El Guille me soltó a boca de jarro un fogonazo de escopeta de cartuchos, como si yo fuera una yaguasa: “Esas dos cuartillas que presentaste como un cuento son el embrión de una novela”; lo único que atiné a contestar porque casi me ahogo del susto: “¡No jodas, Guille!. Y tosí el pedazo de carne de mi boca.

Para demostrarme que él tenía la razón, me leyó un fragmento de una novela del peruano Jaime Baily que traía por esos días entre manos; por si fuera poco, las palabras de contracubierta eran de Mario Vargas Llosa que ya era un Dios para todos los que en aquellas tierras intentábamos escribir narrativa en serio.

Me dejé engatusar, me convenció, me jodí y me jodió, porque le tomé la palabra, le hice caso y escribí la novela, (luego me enteré con Amir Valle, Alberto Garrido y Ángel Santiesteban, que Guillermo quería que todos los narradores escribiéramos novelas, pero ya era tarde). Fue un ejercicio amargo porque era pleno periodo especial año 93-96 mientras pasaba con mi familia y junto a todo el pueblo cubano más hambre que un puerco a soga amarrado en el brocal de un pozo.

La escritura de esa novela me hizo sufrir, la escribí dentro de un periodo difícil y cruel, donde todo era angustioso; además, conté una historia desgarradora, desnudando la vida de los niños cubanos que estuvieron internados en becas durante el final de su infancia y toda su adolescencia, que sufrieron todos los vejámenes que ahora se puedan imaginar, pero que nadie sin estar allí en carne propia difícilmente podrá creer. Una novela circular, que solo cuenta una noche de un grupo de estudiantes en un centro escolar, cosa que me dio pie  para hurgar en el pasado reciente de los personajes que contaban sus historias, convirtiendo la obra en un coro de lamentaciones.

Es la novela un sufrimiento en masa. Un dolor que ningún padre cubano puede aún sospechar. No imaginarán jamás cual fue y es el martirio personal de esos hijos. La condena que cada uno de ellos carga aun en el presente. ¿Cuántos de ellos pudieron cruzar la linea de aquel infierno, intactos?

Es la novela de esos pequeños ángeles desamparados que vivieron en campos de concentración para niños y adolescentes en Cuba en el siglo XX, aunque tal vez esa no hubiera sido la intención de los creadores y fundadores de aquellos planteles en el campo.

No sé si podré escribir mi próxima columna, pero aquí les dejo el poema que abre y el poema que cierra mi libro Casa de aguas:

 

el frío nos hará regresar sigilosamente/ hasta donde están nuestros dioses
Alexis Soto Ramírez

 Yo no soy tuyo/ sino de la patria de/  mi materia singular… Isla    déjame salir/ al mar azul     mar abierto/  democrático y sin puerto/ Isla    ¿tú me dejas ir?
Diusmel Machado Estrada

Intelectuales

Pobres hombres ayunando.
Proscritos. Recluidos
en no sé qué oscuras celdas
en las altas horas del país.

 

*****

No hay refugio

Animales que devoráis mi secreto con ansias,
muy despacio en estos laberintos
donde aguardo luna a luna las afligidas aguas de casa.
Prended la cólera en el jardín,
juntad las flores maceradas.
No tengo la palabra que salve,
un grito que arrulle,
un alimento del espíritu.
Prended cirios a cada paso que me aleja.
Pero sabedlo, hay un misterio,
un dolor que cena nuestros desvelos en silencio.