*** Parte II ***
Conversación con José Kozer
Por René Coyra y Rafael Vilches Proenza
Rafael, esto que hacemos es para mí un modo de ir labrando una salida digna para todos
dentro del largo drama cubano que ya es hora de “arreglar” para el bien de todos.
Abrazos
José
¿Qué recuerda José Kozer de la niñez y la adolescencia antes de pensar en la poesía?
Cuartos en penumbra, un calor que no me sulfuraba, más bien me tranquilizaba, ya que aprendí a llevar el calor. Una adolescencia en fuga, ya que evitaba en casa la presencia por separado (casi nunca juntos) de mis padres: me refugiaba en mi cuarto a leer, a escribir poesía. Mi primer recuerdo, creo, tiene un carácter erótico. Estoy en la casa donde nací, en La Habana Vieja, calle San Ignacio, mis padres han salido y me han dejado con la sirviente, que está planchando en refajo, son más o menos las tres de la tarde, la luz se filtra por una persiana y transparenta de la cintura para abajo el cuerpo semidesnudo de la sirvienta, lo miro desde la cama en la que me han puesto a dormitar, bocabajo, y sus muslos me activan la orina, tiene que ser la orina, recuerdo haberme mojado, haber sentido una especie de primer orgasmo virgen, sólo que a los dos años de edad el semen no existe, sólo y muy parcialmente existe un vago recuerdo, una lejana elucubración seminal: por seguro que me oriné, y lo que recuerdo es el regusto, el placer enorme de la secreción. Un primer secreto con nadie compartido: una primera poesía de repliegues y ocultamiento.
En una entrevista leímos que el poeta José Kozer a los catorce años, en La Habana, ya escribía prosas y algunos poemas: ¿qué recuerda de aquella época, qué le motivó a seguir escribiendo?
Empecé por escribir novela, a los 15 años de edad, una porquería de novela que titulé Historia de la prehistoria, y que me sirvió de mucho, pues me dio de inmediato a entender que yo nunca sería ni prosista ni novelista, a lo sumo sería capaz de hacer algún que otro cuento corto, escribir ensayos de poca monta, y que si quería “crear” tendría que recurrir a eso que se llama la poesía, lo cual empecé a hacer y hago hasta el día de hoy, a los 16 años de edad, y desde la penumbra de un cuarto de Santos Suárez, a escondidas de mis padres, amigos, del mundo que me circundaba, y tal vez todavía me circunda: siempre escribo alejado y en una especie de penumbra interior de desconocimiento.
¿Qué sana la poesía?, si es que sirve para sanar.
A mí me ha dado salud a través del tiempo. No soy neurótico (obsesivo sí) y eso se lo debo, considero, a la actividad continua de hacer poemas. La escritura me saca de la realidad chatarra y a la vez me acerca a las formas y aspectos más nobles de la realidad, la belleza, la alegría de estar vivo, la presencia de la muerte como parte de lo que es y será, sin aspavientos, con bastante dolorosa quietud, sana quietud. Si la gente escribiera y leyera con relativa y diaria constancia, el crimen, el desbocado y estúpido consumo, la depredación del planeta, las enfermedades mentales y orgánicas, las sicosomáticas, cederían en un alto grado, descenderían a un nivel que dejaría a siquiatras y médicos medio que pasando hambre, o al menos pasando las de Caín. Creo en la poesía como curación.
¿Por qué si dicen que la poesía sirve para todo se vende tan mal?
Porque los editores no invierten en venderla. Porque se abrió un serio abismo entre el poeta y el lector. Porque la poesía exige lo que la prosa y la ficción apenas exigen: devoción, disciplina, tiempo, aprendizaje, estudio, continuidad. Y porque los poetas en vez de no regalar sus libros y venderlos, los malbaratan regalándolos. Estoy convencido que el libro regalado no se lee; el libro comprado, por el contrario, se lee. Es lógico que así sea, pero como hay sobreabundancia de poetas, y menos lectores, por supuesto que vender poesía se hace cuesta arriba. Si el editor promocionara y el poeta no despilfarrara su trabajo, otro gallo cantaría. Yo he luchado bastante con este tema, interior y exteriormente, estoy cansado de predicar en el desierto, pero me atengo a lo que aquí digo, y salvo honrosas excepciones no regalo mis libros, aunque vea que cogen polvo en casa. El polvo obliga luego a limpiar.
Tenemos entendido que su primer libro publicado fue hacia 1972, en Nueva York, en una editorial llamada Villa Miseria (33 páginas). El poeta tiene, para entonces, treinta y dos años. Después, publicas, si no casi todos los años, con bastante asiduidad. ¿Qué elementos influyeron en que comenzara a publicar a una edad algo avanzada y qué idea de la poesía le motiva para entonces?
Mi caso es sencillo: salgo de Cuba con veinte años de edad y me voy a vivir a Nueva York. Se trata de una ciudad sin población, en 1960, de habla española, mi mundo empieza a manifestarse con exclusividad en inglés. El inglés domina, asalta de lleno mi español, que con el transcurso de unos años, se deteriora. Me caso en inglés, todos o casi todos mis amigos son neoyorquinos de habla inglesa, no escucho apenas mi idioma materno, y mucho menos lo leo, ya que no tengo acceso a libros en español, que en aquel entonces eran pocos y caros, sobre todo para mi bolsillo de emigrado sin un quilo prieto partido por la mitad. Así, desde 1960 hasta 1968, tras un matrimonio desastrado en lengua inglesa, el nacimiento de mi hija Mía, a quien crié a solas en difíciles circunstancias personales, no tuve contacto (apenas) con el español. ¿Resultado? No pude escribir. Conservo una carpeta con montones de poemas abortados: los empezaba a escribir, hacía o se hacían unos versos nacidos de golpe, como chorros, y se cortaban por falta de lenguaje, de vocabulario. Hacia 1968, tras separarme de mi primera mujer, y desde un alcoholismo galopante, el español, que en realidad lo tenía atorado en el estómago, regresó. Y con fuerza. Recuerdo tardes en que volvía del trabajo y escribía de un tirón diez y quince poemas breves en español, todos muy vallejianos, luego parrianos, luego nerudianos, y por fin (a lo que contribuyó la llegada de las primeras oleadas de latinoamericanos que emigraban más que nada por razones económicas, luego políticas, como en el caso de los cubanos, chilenos y argentinos) una poesía que empezaba a razonar con Kozer e imponérsele. Ya para 1972, de la primera acumulación de poemas, pude sacar ese pequeño fajo que titulé Padres y otras profesiones, quizás lo único rescatable de ese libro de la editorial casera Antiediciones Villa Miseria sea ese título (esos libros hoy deben costar lo suyo, ahí publicó Paz, Parra, entre otros).
Algunos estudiosos de su obra piensan que esta se puede inscribir en lo que se ha dado en llamar la poesía neobarroca, pero sus textos muestran un gusto por lo experimental, por la ruptura, por el juego con las formas (podría hablarse, entonces, de neovanguardia); en «Noción de José Kozer» afirmas que «su ambición es una: todo el vocabulario», (impresiona la amplitud del lenguaje que funciona como un amplísimo cosmos donde cualquier palabra parecería poder habitarlo: a veces las palabras cobran tal protagonismo que puede hablarse de cercanía con la poesía pura, pero otras muchas veces la anécdota es fundamental, casi siempre formando parte de múltiples planos de significación); escribes poemas llenos de referentes, las más de las veces de gran fuerza telúrica; y otros de elaboración más sencillas, en lo que llamaríamos tono menor; hablas de cierta no conciencia a la hora de enfrentar el papel en blanco y de una especie de fluir libre de las ideas (acaso, surrealismo). Hay dolor en sus poemas, pero nunca se regodea en él, su angustia es pasajera y profunda y parece rodeada de un halo de ironía que la hace aún más honda y llevadera: ¿cómo ve José Kozer la poesía de José Kozer?
Pienso que esta pregunta habla a sus anchas y con rigor sobre cómo ve JK la poesía de José Kozer. En dicha pregunta está todo tan bien expuesto que poco puedo añadir. Para mí la poesía es un acto casi cotidiano de reconocimiento de algo profundo, no tanto en mí como en los seres humanos, y quizás no sólo humanos, y como reconocimiento de algo astral, y a la vez subterráneo, cual si necesitara hurgar las heces ultramarinas, la zupia del desastre que es morir, todo ese óxido que mina y socava los redaños propios, anquilosa la frescura y sus intuiciones, y acaba con la vida: sólo que antes de acabar, el poeta de alguna manera tiene la imperiosa necesidad de transcribir lo que lo mueve, desde una inconciencia consciente, desde unas intuiciones que no dejan de lado la razón. Si algo puedo añadir es que no hago de la poesía un gaje, ni siquiera del oficio, la veo como un momento de corta, cortísima duración, me asalta, se pone de manifiesto con una celeridad para mí asombrosa más controlable, y al rato termina, jadeo un poco, y me alejo: le doy a cada poema que escribo la espalda.
Si tuvieras que definir quién eres ¿qué dirías?
Outis, tal como le dijera Odiseo a Polifemo, yo soy Nadie. ME JAPANESE, como dije en una entrevista que me hizo Josely Vianna Baptista, la poeta brasileña.
En una entrevistas haces una anécdota que nos resultó graciosa: ibas en el auto con un estudioso de tu obra y llegaban a un peaje, entonces le dices al crítico que tu poesía funcionaba como si el auto pudiera entrar a cada una de las casetas (del peaje) al mismo tiempo… Bien, pero, es muy difícil que en la escritura demasiadas cosas ocurran al mismo tiempo, se puede tener ese deseo, pero es muy complicado de lograr: ¿es una de sus grandes ambiciones como poeta?
El crítico y amigo es Jorge Rodríguez Padrón, y lo que establecí con esa anécdota es el concepto del texto en cuanto simultaneísmo. Eso a lo que aspiraran Joyce, Beckett, Gertrude Stein, o en poesía Pound, Zukofsky, Olson. No hay nada novedoso en el concepto: uno, y no sabe por qué a ciencia cierta, necesita abarcar la mayor cantidad posible de orbes en un texto relativamente corto, esa necesidad hace que el texto se mueva línea a línea desde su propio fraccionamiento, desde unos anacolutos más o menos bruscos, que hacen del mismo río (el “roman flueve” de Proust) un río que se bifurca en numerosos afluentes. Claro que es complicado de lograr, y en verdad no se logra del todo en un poema; si se logra, al menos en buena medida, es en toda una obra, en esa larga trayectoria que nos incumbe y altera día a día convirtiéndonos en un cacho de literatura, esa “totalidad” que nace de nuestras limitaciones. Irrigar, ver fluir, ver secarse, ver brotar, ¿cosechar? es lo que menos me interesa. No busco frutos, busco ver nacer y ver crecer, proceso de vida que se decanta y deja una huella destartalada que más o menos a raíz de nuestra defunción se difumina y acendra entre la pequeña muchedumbre de quienes conforman una historia: en este caso, historia de la poesía en lengua española (entre otras posible rúbricas).
Te marchaste de Cuba en 1960 ¿Te sientes un poeta cubano, norteamericano o mixto?
Soy un mestizo, no de piel sino de lenguaje y nacionalidad. Llevo 53 años en Estados Unidos, cómo no ser norteamericano, y lo soy sin haber dejado de ser en un ápice cubano, y no sólo por mi irreversible nacimiento, sino porque mi crecimiento ha sido entre otras cosas un crecimiento de cubano, en cubano, aunque no demasiado entre cubanos. Mixto, por lo tanto, ya que no descarto nación, etnia, lenguas, posibles modos de pensar y de sentir según el “topos”.
¿Poeta? La palabra siempre me ha resultado extraña. Soy “poeta” veinte minutos al día, luego soy mil cosas del busconeo cotidiano. ¿Mixto? Dentro que el tema de la identidad me parece una trampa, y tramposo, en última instancia, prefiero considerarme un poeta mixto, un mestizo del habla y la escritura, por ende poeta cubano, judío, budista, norteamericano, japonés, chino y si me aprietan, hasta samoyedo: por qué no, sería interesante.
En «Exilio y buganvilia» dices: «…el exilio se vuelve, si no confortable, al menos llevadero: no es ni devastador ni maravilloso; para mí carece de magnificencia». Eso lo señala alguien que es, al menos, tres veces exiliado: como poeta, como judío y como cubano. ¿Es José Kozer un poeta suspicaz?
Soy persona suspicaz, tremendamente suspicaz, soy realmente muy desconfiado, y curiosón, chismoso si se quiere. Me resulta muy difícil creer, entregarme a una creencia fija, ortodoxa. Soy bastante incrédulo, agnóstico más que nada. Sólo que he aprendido a confiar, a sospechar menos, a entregarme más. Tal vez a consecuencia de mi abierta relación exponencial con Guadalupe, la Amada de muchos de mis poemas. A lo que me niego es a los tremendismos, que es lo que proclamo, tal vez con cierta desfachatez (desfachatez que me caracteriza, y que caracteriza en buena medida mucha de mi poesía) en las palabras que citan en ese ensayo titulado Exilio y buganvilia (uso el nombre de la planta, la Santa Rita de los argentinos, como se usa en Cuba y no en los diccionarios).
Cuba: en «Epitafio», leemos: «suplantó/el error de la insularidad con la variable opulencia del lenguaje». Cuba: hablas de alguien que ha vivido en el no tiempo, en el no país; pero la Isla está presente en muchos de tus poemas, y si no el país todo, al menos, la «lengua» cubana, su gracejo, sus barrios, sus nombres, sus jagüeyes. ¿Cuba es recurrente, entonces, en su poesía?
Tan recurrente como lo son la Muerte o la presencia salutífera de mi mujer Guadalupe. ¿Obsesión, recurso poético, balaustrada de apoyo? Es amor, y es preservación de lenguaje natural, que se pierde y recupera en mi exilio, y que necesito para la continuidad de mi trabajo. A la vez, intentar sostener un estado de fruición alegre, una adolescencia cuajada de sorpresas, luz y penumbra, estallidos y pozas de silencio. Más que jagüeyes, que son recientes, y se los debo a Lorenzo García Vega y a Damaris Calderón, está el podado, acto despiadado, laurel de Indias de la esquina de casa, ahí (allá) en calle Estrada Palma, a la altura del 515.
La poesía no da para ganarse la vida ¿Por qué los poetas insisten en escribirla, de qué viven?
Siempre viven de otra cosa. A partir de los años 50, en Estados Unidos, surgió, y creo que para bien, el poeta profesor. Es mi caso. Un poeta bien sabía que de su poesía no podría vivir, entonces hacía poesía y por otro lado, algo escindido, se ganaba el pan con una profesión u oficio a veces no del todo ajenos a la poesía. El profesor no se hacía rico pero devengaba un sueldo seguro y suficiente. Y el poeta se adhirió a ese concepto o fue médico (William Carlos Williams) o Ejecutivo (Wallace Stevens). Ya no tenía que ser alcohólico, narcómano, suicida, la tradición romántica y simbolista se fue a pique. Desaparecen a grosso modo, y al nivel que aquí menciono, Rimbaud, Verlaine, Baudelaire, aparecen los Eliot, Paz, Alfonso Reyes, y muchos más.
¿Qué piensa de la poesía cubana escrita por la diáspora y la que se escribe dentro de la isla?
Habría mucho que dirimir a este respecto: creo que como en todas las naciones y en todos sus poetas, y según épocas, hay mucha basura, muchísima y demasiada, y joyas auténticas. Se crean mitos como el de que hay una gran poesía cubana, creo que hay buenos y hasta grandes poetas, pero en general, por naciones, ninguna supera a otras. Es cierto que hay países en América Latina donde la poesía es muy valiosa y abundante: Chile, Brasil. Pero eso no implica que esos países sean más poéticos que otros. El fenómeno cubano habrá que revisarlo muy seria y objetivamente en el futuro, pues hay ahí mucho gato por liebre y bastante camelo.
¿Qué ha significado para José Kozer ser el segundo poeta cubano que gana el importante premio Pablo Neruda?
Aún no lo sé, todo esto es muy reciente. Si algo de momento puedo aducir es que siendo el otro cubano premiado, y el que se premia estando fuera de la Isla, creo esto puede abrir una senda más amplia para los poetas de todas partes, senda menos maniquea, más ecuménica, menos politizada y más ceñida a lo poético, que es lo que debe (siempre) imperar.
Si vivieras en Cuba serías un fuerte candidato al Premio Nacional de Literatura (el más importante galardón de la literatura cubana para quienes viven en el país). A muchos escritores no residentes en la isla les gustaría que los tuvieran en cuenta como candidatos a este premio. ¿No cree que ello sería importante para la cultura cubana?
Para un Premio Nacional de Literatura a otorgarse a cubanos, no puede ni tiene que haber diferencias entre quienes viven en la Isla o quienes siendo cubanos, y muy mucho, optaron por irse. Ahora bien, al respecto, habrá quienes viviendo fuera de la Isla, al ser propuestos, se nieguen a aceptarlo, eso cada cual lo tiene que dirimir en su interior soledad: por supuesto que quien acepte ese Premio se verá denostado por unos y aplaudido por otros, mas eso no quita que el susodicho Premio se otorgue a cualquier cubano, esté donde esté, dada su condición de cubano.
En «Diez pautas», dices (cito la pauta cinco completa): «El poeta debe salir a aprender de los músicos, pintores, arquitectos, pero no de otros escritores, y mucho menos de otros poetas. Un poeta vivo no tiene nada que enseñarnos, si somos poetas: por el contrario, de un pintor o de un compositor podemos aprender». Aunque los poemas de Kozer parecen hablarle sobre todo a los otros poetas (a sus semejantes), y tienen en gran medida un profundo sentido filosófico: como si en una especie de calidoscopio las luces nos señalaran un camino más allá de la luz (más allá de las palabras, para llevarlo a la poesía) o encontráramos una especie de luz matérica que suplantara los fuegos de artificio: ¿No?
Cuanto dices es adecuado y verdadero, pero a lo que me refiero en esa pauta es a los años de aprendizaje, que nunca por supuesto terminan, y cómo en éstos, desde mi experiencia personal, aprendí mayormente de los pintores, sus métodos de trabajo, sus ocupaciones y preocupaciones, y sobre todo, su faenar día a día, horas. El poeta para mí siempre es rápido, subrepticio, irregular en lo que a disciplina se refiere: el pintor, por el contrario, es más “trabajador” y metódico, más consistente, menos aéreo y veloz. Yo soy raudo, corredor Aquiles, y así, el contrapunto que siempre necesité y encontré de joven entre los pintores de Nueva York, fue el de la mayor lentitud trabajosa, la que obliga (al pintor) a estirar el lienzo, montar el bastidor, blanquear la tela, preparar los pigmentos, hacer esbozos, tachar mucho (pentimento) botar mucho a la basura. Esto fue para mí fundamental a la hora de crecer como persona, como poeta.
¿Qué autores han moldeado con sus obras al escritor, al poeta que eres? ¿Influencias cubanas e influencias de otras culturas?
Es curioso, pero más allá de unas influencias concretas, y sobre todo al comienzo de mi actividad poética, todos los libros que he leído, o para no exagerar, muchos de los libros que he leído, han sido en su momento, la influencia. O sea, hay una relación íntima entre el libro o libros que estoy leyendo en un momento dado, y el poema que estoy de repente construyendo, o viendo hacerse. En mis comienzos ahí están Vallejo o Parra, apenas nada cubano, qué curioso, y los simbolistas franceses, en concreto Baudelaire y Rimbaud pero no Mallarmé ni mucho menos Verlaine. Y luego ciertos poetas españoles como Lorca. Y ya. Empezó entonces ese otro proceso lector al que me acabo de referir. Y añado:
Las influencias cubanas, más allá de Martí, fueron en mí, quizás por haber salido de mi país muy temprano, bastante tardías. Leí a Lezama o a Virgilio, por ejemplo, cuando ya tenía unos 40 años, y la literatura cubana que he desbrozado la fui auscultando gradualmente, desde los treinta y tantos años de edad, hasta la fecha. De muy joven leí a los simbolistas franceses y a los parnasianos, que me volaron el coco, y al llegar a Nueva York, me adentré en los poetas de la generación del 27, luego la del 98, luego los barrocos del Siglo de Oro, y por encima de todo, a los poetas de Estados Unidos, Eliot, Pound, William Carlos Williams, mucho Wallace Stevens, todo ello del lado de la novela rusa, alemana, francesa, italiana, y demás. Creo que uno de mis grandes descubrimientos empezó en los años 60, con las antologías de Kenneth Rexroth y de Arthur Waley de poesía china y japonesa, lectura que me cambió mi vida poética y espiritual. Una vida atareada entre libros, una vida sacándole al tiempo lascas para leer y escribir.
Después de muchos años regresó a Cuba. ¿El cuartico está igualito?
El de mi casa sí, pero deteriorado. El de mi barrio sí, pero irreal (para mí). El de mi ciudad natal no, pese a ruinas y vacíos materiales tremendos que hacen la vida ciudadana demasiado ardua, demasiado injustificable. No hay idea ni ideología que pueda justificar que una ducha no funcione o que una calle apeste a aguas fecales. Yo aspiro a una sociedad donde haya una cierta elegancia en la conducta ciudadana, donde las relaciones permitan más que abundancia de dinero frugalidad de vida y más que nada vida ciudadana sin imposiciones ni corruptelas, sin el sucio occidental que viene del desperdicio y del desorden chabacano, en su lugar el limpio oriental, sobre todo del japonés clásico, que viene de una visión límpida de la existencia diaria.
¿Tienes algún compromiso fuera del hecho poético en sí?
Mi familia, mi vida doméstica, la salud, la lectura asidua, el deseo de ayudar un poco donde un poco pueda, el dinero que quiero suficiente para sostener una vida independiente y digna, frugal y verdadera: me interesan la ecología, el urbanismo, las formas alternas de vida, la medicina alterna, la dignidad de los oficios menores, la utopía como posibilidad real, la resistencia al consumo desbocado, me interesan reír y sonreír, conversar y hacer silencio: no solo de poesía vive el hombre (o la mujer).
Los poetas cubanos pregonan a los cuatro vientos que la mejor poesía siempre se ha escrito dentro de la isla ¿Qué opinas sobre ello?
Tonterías. A su vez, desde un tiempo a la fecha, se dice lo mismo en el llamado exilio. Repito, hay buenos poetas dentro y fuera: si en la Isla están Reina María Rodríguez, Soleida Ríos, Ricardo Alberto Pérez, Carlos Augusto Alfonso, Juan Carlos Flores, en el exterior están Rogelio Saunders, Antonio José Ponte, Magaly Alabau, Damaris Calderón, Pedro L. Marqués de Armas, Pablo de Cuba, Rolando Sánchez Mejías, Rolando Jorge, Jorge Luis Arcos y más. Los buenos poetas de ambas orillas son primus inter pares.
¿La condición de poeta te ha beneficiado o perjudicado en algo a lo largo de la vida?
No creo haya que medir al poeta por beneficios y perjuicios: más bien es una vida más, con esos momentos álgidos en que el poeta, absorto, intrínseco, hace poesía: hace y olvida, al menos ése es mi caso. Como cubano que ha vivido 53 años fuera de su país, he sido y soy un “apátrida” y eso perjudica, ya que para ciertas cosas prácticas (publicar, ser invitado, ser premiado, etc.) no se puede contar con el apoyo de un país, con todo lo que eso implica. Perjuicio que por otra parte se compensa y se vuelve beneficio, cuando la vocación es tan fuerte que premios, invitaciones y publicaciones, no se toman nunca en serio; lo que se toma en serio es el trabajo y la visión que ese trabajo puede aportar, no al mundo, tan pretencioso no soy, sino a la propia interioridad. Y eso más que lo otro, lo de las famas y las canonjías, es lo que un poeta necesita y se debe exigir a sí mismo para crecer, y no anquilosarse. Un beneficio que me ha traído la poesía es que haciendo el tipo de poesía que hago, en general he estado solo: y eso va con mi inclinación y naturaleza. Es mi auténtica índole; no ser parte de grupos ni grupúsculos, y trabajar en solitario.
¿Qué escritores de la diáspora cree hay que tener en cuenta en el vasto mapa literario cubano?
Nombrar nombres siempre es difícil: caemos en la subjetividad, y caemos en el momento de ir nombrando, en penosos olvidos que luego lamentamos. Prefiero ser emblemático: así, si pienso en la novela actual escrita por cubanos de fuera, mencionaría a Abilio Estévez; si pienso en el ensayo histórico nombraría a Rafael Rojas; si me atengo a la poesía mencionaba a Rogelio Saunders. Si pienso en el ensayo crítico literario me parece fundamental incluir a Jorge Luis Arcos. Mas, todo esto tiene un carácter, no exclusivista, sino emblemático. Hay una buena cantidad de escritores cubanos que viven desparramados por diversos países, y que escriben en español, y son valiosos, en los diversos géneros literarios existentes. No quiero caer en el listado de los nombres, prefiero quedarme como he dicho en ciertos nombres aquí mencionados a nivel, diría, simbólico. Si fuera a hablar de un caso que considero esencial a la historia de la literatura de nuestro país, hablaría de la presencia del recién fallecido Lorenzo García Vega, figura controvertida y no obstante, a mi juicio, ineludible a la hora de cartografiar nuestra escritura: un escritor para mí de los grandes y de los que en vida se vieron más abandonados. Por razones complejas y que no vienen al caso, o sí, pero que no tengo fuerzas ni tiempo en este momento para elaborar.
¿Qué poetas cubanos jóvenes se están haciendo notar fuera del país natal?
Rogelio Saunders, Rolando Sánchez Mejías, Omar Pérez, Magaly Alabau, Isel Rivero, Damaris Calderón, Pablo de Cuba, Rolando Jorge, Jorge Luis Arcos, Pedro L. Marqués de Armas, Alessandra Molina, Antonio José Ponte, Emilio García Montiel, inter alia: sé que no todos los mencionados son jóvenes, más en cierta medida lo son, por no haber recibido todavía el espaldarazo de la academia y del mundo lector de poesía.
¿Cree que la poesía que escriben hoy los poetas cubanos dentro del país se ha tornado autista, o crees que es provechosa la distancia que proponen en su discurso, entre la obra y el lector, o es que los escritores cubanos se han vuelto más inteligente que las generaciones que le antecedieron?
¿Por qué autista? En todo caso, si entiendo lo de autista, se trata de una poesía, parcialmente, espesa, que exige un grado de devoción y persistencia en la lectura, tal vez incluso un aprendizaje, y que al no ser directa en lo que a asimilación lectora se refiere, entraña un lector esforzado, no perezoso, un lector implicado, y no como suele ocurrir, un lector haragán. Es decir, y lo pongo de ejemplo, mas no de modelo, Lezama escribe como escribe, el lector se puede sentir divorciado o imaginar que está al pie de una colina o montaña que se puede escalar, mas escalar es cuesta arriba, esfuerzo, arduo trabajo: que lo haga; todos pueden hacerlo, todos pueden ser, con el tiempo, lectores de Lezama. Así, la distancia entre poeta y lector es un mito, y en primera instancia, una pereza (lectora): el escritor no es ni más ni menos inteligente que antes, es otra cosa, distinto por ser un escritor de su época, en su momento histórico, a la zaga de un registro propio y a la vez partícipe y distinto de las diversas tradiciones anteriores, tanto cubanas como de otras naciones y otras culturas.
Has publicado más de 60 libros, si tuvieras que escoger y salvar algunos ¿Cuáles salvarías?
Perdona la vanagloria, no tengo por qué decidir, no tengo por qué encontrarme en esa tesitura de tener que salvar ciertos libros míos, a expensas de otros: cada libro publicado es parte integral de mi existencia, y como tal respeto esa parcela, que en su momento participó de la fe que tengo en la poesía y que se mantiene incólume a pesar de la edad y del paso del tiempo. En todo caso, para no decepcionar la pregunta, pondría: Bajo este cien, Ánima, Tokonoma, De rerum natura, Acta est fabula (se publicará en unos meses en FCE, México) y la modesta publicación titulada et mutabile.
¿Por qué, para qué y para quién escribe José Kozer?
¿Por qué? La fatal necesidad, la costumbre, lo que una vez se hizo se convierte en hábito, y así el tal JK escribe y escribe; ¿para quién?, en cuanto anhelo de futuro, para un lector que sin prejuicios se adentre en la maraña de mi escritura y salga de la misma sintiéndose refrescado, más bondadoso, más hecho a la idea de la complejidad de la existencia, más azorado. Lector idóneo que me relea (parafraseo a Valéry) lector de escalas neutras al entrar, y de diapasones entusiasmados (entusiasmo significa etimológicamente el que lleva a Dios dentro) al salir.
¿Qué eliminarías dentro del escenario literario si fueras quien dictaras los destinos de la literatura cubana?
Dios me libre ser quien dicta nada, si a veces como miembro de un jurado me he visto obligado a dictaminar, de ahí no paso. Dictar nada a nadie es en lo que creo; cada cual encuentre su camino a su manera, y se atenga a las consecuencias desde una seria responsabilidad. Ahora bien, si algo habría que eliminar es la barata sensiblería, la picuencia que hace de la poesía y los poemas quilate bajo, del más barato, repetición inane de una retórica trillada, hija del desgaste y a la postre, en general, de la falta de talento del aspirante a poeta. Ah, la sublimidad, ah la emoción patriotera o falsamente amorosa, no a todo eso.
¿Qué escritores no cubanos, le recomendaría leer José Kozer a los lectores en isla?
Miles y miles. Desde un Bernhard hasta un Trakl, un Celan, un Thomas Mann, un Milosz, un Büchner, un Proust, un Musil, un Pushkin, una Ajmatova, una Tsvetiaieva, un Ossip Maldestam, un Arreola, una Torri, un Rulfo, cierto García Márquez, Cortázar como cuentista, Arguedas, y clásicos del siglo 19, donde mis maestros son Eça de Queiroz, Galdós (no todo) Balzac (mucho) Flaubert (salvo excepciones) Dickens, y los clásicos del Siglo de Oro (Quevedo, Baltasar del Alcázar, Góngora, Lope) o los isabelinos y metafísicos (Marlowe y Shakespeare; John Donne, Herbert, Marvell) y entre los modernos Joyce, Virginia Woolf, Gertrude Stein, los poetas Eliot, Pound, Stevens, William Carlos Williams, Zukofsky, Lorine Niedecker (la Emily Dickinson del siglo 20) Charles Olson, y algunos compañeros de viaje dentro del neobarroco como Roberto Echavarren, Reynaldo Jiménez, Eduardo Espina, ah debo parar, esto sería interminable.
¿Algún mensaje para los poetas jóvenes cubanos en la isla?
Les den la mano a la mano con la que escriben, la cuiden, la laven, la hidraten, todo en escritura depende de la mano: si la mano se vuelve masturbatoria la escritura es narcisista (hay un narcisismo en extremo corrosivo del que muchas veces el poeta no se percata): esa mano, y no el poeta, es la que escribe. Hay que dejarle el movimiento propio, libre; hay que impedirle toda obstrucción. Tal como dice el Sutra del Corazón: “al no haber perfección,/ todos los bodhisatvas se refugian en el Prajnaparamita/ y viven sin obstrucciones mentales,/ sin las obstrucciones mentales pueden vivir sin temor/ penetrar en lo ilusorio y por último el Nirvana.”
¿Es consciente de que en la Isla tiene muchos lectores, que para muchos poetas jóvenes y no tan jóvenes es un poeta de cabecera?
Sí y no. Algunos rumores se filtran y me llegan. Lo que sucede es que he entrenado mi espíritu para no dejar que la vanidad se me suba a las pupilas, de manera que quienes pueden considerarme poeta de cabecera, sin dejar de que el hecho me haga feliz, no penetran al nivel de vanidad en mí, sino sólo de cariño y respeto mutuo, de amistad (valoro la amistad más que nada, valoro en última instancia la fraternidad más que la libertad y que la igualdad, ésta sólo me interesa a nivel legal, ya que no creo sea necesario otro tipo de igualdad: todos iguales a la hora de la ley y de las oportunidades, por lo demás, viva la desigualdad). Hace mucho tiempo que no me hago mala sangre con mis detractores, ni me vanaglorio con quienes gustan de mi poesía.

