

Lorenzo Mena y su obra
No, la pintura, los dibujos, las máscaras y esa serie de monstruos que no son esculturas y que, en realidad, no se sabe qué son, porque les basta con eso, con ser, no son nada fáciles de comprender aunque nos conquisten al primer golpe de vista. Esta es la primera dificultad y la primera seducción que nos plantea la obra de Lorenzo Mena. Porque singulariza el quehacer de este creador su calidad de compañía y desafío. Los que hemos tenido la suerte de participar del crecimiento de esta obra, sabemos que Mena huyó desde sus primeros trabajos de la representación de la figura humana, y cuando llega a ella, a lo largo de un viaje de humanización de los vegetales más increíbles, lo humano deviene en pesadilla, deformidad, esperpento. Pero es precisamente en este momento cuando estos "horrores a primera vista" nos empiezan a revelar, mediante delicadísimos elementos que se integran a su espacio y que se complacen en todos los milagros de las líneas curvas, su realidad primera y final: Mena no ha hecho otra cosa que dar —acaso sin saberlo en principio— un carácter de juego infantil desesperado, necesario, a su trabajo. Su obra es ese juego solitario del niño que tiene necesidad de inventar un mundo, un universo a la medida de su silencio y sus delirios, de sus deseos más transparentes. Y ya sabemos, aunque tantas veces sea muy duro reconocerlo, que ese ámbito de la inocencia está recorrido por monstruos tremendos que, suprema paradoja, nos salvan de los monstruos y las monstruosidades de la realidad. Su definición es el exorcismo. Su sentido es la catarsis. ¿Niega esto la belleza? No, no puede negarla. En realidad, la afirma, la defiende, la purifica.
Pienso que hay un elemento en la obra de Lorenzo Mena que va conformando, a través de sucesivas realidades, una realidad nueva, realidad que lanza esta obra a sus nuevas posibilidades, a su soltura absoluta. Se trata del afán del creador de dar un carácter pétreo a sus obras. Y la obtención de este carácter es producto de una supresión de elementos que antes colmaban todo el espacio trabajado, que hacían pensar en el supremo horror al vacío. De ahí que ya el comercio con las líneas rectas pierda su función de apoyatura necesaria y se convierta en medio para una definición que no es otra que la entrada en la madurez más fructífera de Mena. Las artes plásticas, como toda expresión de la creatividad del hombre, son siempre engañosas. Conocemos a un creador muy difícilmente, y por lo general, la imagen que nos formulamos de él es producto de un casi inevitable conocimiento parcial de su obra. Lo que resulta peligroso en innumerables casos. Pues para muchos, estoy seguro, la obra de Lorenzo Mena será expresión de una personalidad creadora y humana llena de retorcimientos. Y nada más alejado de la verdad. Es precisamente la sencilla, cálida, infantil y generosa manera de ser de Mena la que le permite fraguar esta obra. Esta obra terrible. Mas no olvidemos lo que Rainer María Rilke nos reveló de modo definitivo: "La belleza es el grado de lo terrible que podemos soportar." — Y nadie que no sea un inocente en sus claves más finales es capaz de asumir el mundo de lo terrible con la absoluta calma de la inocencia.
Lorenzo Mena ha recorrido un largo y arduo camino. Para este artista, como para todos los verdaderos artistas, la dedicación a su oficio ha implicado sacrificios, renuncias y esfuerzos desgarradores. Su satisfacción mayor es haber sabido resistir toda suerte de adversidades para seguir trabajando con una aplicación de colegial. Y es ahora cuando este trabajo, en que ya empiezan a aunarse de manera absoluta elementos que antes eran antagónicos en su producción, nos coloca en esa tierra de nadie u horizonte de todos en que el producto artístico se reconoce como nuestro. Creo que ese es el único elogio que necesita cualquier creador, el que merece, el que sólo se gana en interminables jornadas de búsqueda que afinan el oficio y, al hacerlo, van concentrando en expresión definitiva eso que necesita fraguar —para él y para nosotros— en un ejercicio de voluntad genérica y apocalíptica. Sí, la pintura, los dibujos, las máscaras y esa serie de monstruos que no son esculturas y que, en realidad, no se sabe qué son, porque les basta con eso, con ser, ya son un signo indeleble en nuestra sensibilidad, en nuestra realidad entrecruzada de espejismos y definiciones. Y son ese signo por la inocencia, el trabajo y la pasión de un creador: Lorenzo Mena, que ya tanto nos ha dado y de quien tanto esperamos.
Tomado de Linden Line Magazine
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Imagen de portada:
"El hombre II con la mano en el pecho" (detalle)
Lorenzo Mena