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"S'il n'existait point d'animaux, la nature de l'homme
serait encore plus incompréhensible"Comte de Buffon.1 No matarás. Éxodo, 20.13
Cada quién percibe la muerte en general, la del Otro y eventualmente la suya, según una óptica propia que origina en sus preocupaciones intelectuales y en la ideología de la sociedad en la que vive y a la que pertenece. No obstante, podemos observar una visión común y constante en las sociedades occidentales frente a la muerte: en el horror por un cadáver, en la asociación entre la muerte y la iniciación —sobre todo en caso de guerra—, en el prestigio otorgado a la muerte fecunda —es decir, arriesgar la vida por la patria, por una ideología o por la fe religiosa —y en las relaciones entre los vivos y los muertos —el espiritismo, la creencia en la inmortalidad del alma, etcétera. Si la vida es el conjunto de funciones biológicas que resisten a la muerte, esta última es entonces el paro de esos procesos y la reducción de alguien en algo2: el cuerpo como sujeto se convierte en objeto desprovisto no sólo de vida sino que de tiempo y de humanidad. Filósofos y psicólogos aciertan que después de una catástrofe social de la magnitud de una guerra o del genocidio de un pueblo, el silencio y la ausencia de la vida causada por esta, la experiencia metafísica del ser, puede superarse y recuperarse a través del lenguaje, sea este visual, fonético o escrito. Horacio Castellanos Moya, de cuya obra destila la violencia y el terror —principalmente de la última guerra civil salvadoreña— elabora súbitamente una estética y toda una estrategia narrativa al rededor de la muerte para sobreponerse al homicidio, usando la literatura como catarsis de la violencia y la crueldad humana. El propósito de este artículo es explorar el uso de la muerte como lugar de enunciación, como extremo estado de conciencia y como componente integral de la identidad del ser humano en las novelas de este escritor.
Más que de un autor salvadoreño —por cierto, Castellanos Moya es hondureño de nacimiento—, podemos hablar de un escritor centroamericano marcado por la violencia y los movimientos de lucha armada que caracterizaron el istmo en los años 80 y 90 —aunque guerras civiles anteriores han habido desde el siglo XIX y las independencias. Su producción literaria comprende cuatro colecciones de cuentos y siete novelas y en todas se manifiesta la muerte como fulcro del argumento narrativo. La Diáspora3 cuenta al mismo tiempo el exilio mexicano de un corresponsal ficticio del movimiento revolucionario salvadoreño y explora la muerte de tres de los principales símbolos reales de la lucha armada salvadoreña por manos de sus propios compañeros, incluyendo el asesinato del poeta Roque Dalton en 1975. Entre las cuatro compilaciones de cuentos, se destacan El gran masturbador4 y Con la congoja de la pasada tormenta5 por su preocupación funérea y su agresividad contra la vida. En ellas hay relatos de crimen y terror que comparten un obsceno sentido del humor y el erotismo propios a la coincidencia entre la vida y la muerte en una zona figurativa e ideológicamente en guerra. Ambos Baile con serpientes6y El Asco: Thomas Bernhard en San Salvador, 7 aunque siempre impregnados de la misma crueldad individual y la furia contra la sociedad que los libros anteriores, ceden su lugar en lo que argumento es el principio de una conciente conceptualización de un proyecto estético-poético para restituir la humanidad a las muertes y los muertos de toda una región y un doloroso periodo histórico. La diabla en el espejo8, obra trascendente en la narrativa del autor, contiene una narración por primera vez consciente de su capacidad de explorar la verdad histórica e individual a través de la palabra y privilegia la voz del sufrimiento y el duelo para asignar responsabilidad a las condiciones sociales favorables a las manifestaciones de la violencia que sufrió la sociedad salvadoreña durante las últimas décadas del siglo XX. Tomando el punto de vista de un ex-soldado y miembro de un escuadrón de la muerte, El Arma en el hombre9 continúa a explorar la temática de la novela anterior ya que al haber sido escrita (en parte) al mismo tiempo que La diabla10, comparten no sólo un personaje —Robocop— y un crimen— la muerte de Olga María Trabanino11 —como elementos centrales de ambos relatos, sino que permiten al autor explorar adicionalmente cuestiones no sólo de responsabilidad sino que dictar sentencia. Comprendemos que la víctima emisaria es al mismo tiempo la difunta y su verdugo, y la ciudadanía es colectivamente y doblemente culpable e inocente. La vorágine auto-destructiva de los pueblos centroamericanos se concentran y contextualiza en Donde no estén ustedes12, obra en la cual la conexión erótica y necrológica se amplifica y se define a través de la espera y la angustia de la inevitable muerte de los personajes y sus historias personales dentro de toda una época pre/post-revolucionaria. Como última entrega en esta corriente, Insensatez13, alcanza el paroxismo patológico de la violencia y la animalización del ser humano en la forma del documento arzobispal que testimonia el genocidio padecido por los pueblos indígenas de un país muy similar a Guatemala en su período más turbio.
La patología del recuerdo a través de la forense histórica puede trazarse en nuestros tiempos al Holocausto judío y al debate sobre responsabilidad y justicia establecido por intelectuales europeos en los años 50 y 6014. Más recientemente, y en Latinoamérica, ha surgido la literatura de testimonio, engendrada por la violencia del Estado y los grupos armados que definieron la realidad cotidiana por gran parte de la última mitad del siglo XX. La obra de Horacio Castellanos Moya no da testimonio, no enuncia la experiencia del sobreviviente, y tampoco sirve de narrativa de transición para las sociedades post-revolucionarias centroamericanas15, aunque sí participa en el desafío a la historia oficial y de cierta manera está entrelazada en esta praxis. Ella explora la vida a través de la muerte, usándola como lugar de enunciación para explotar toda la paciencia del tiempo contenida en ella. Su escritura se nutre del misterio de la muerte para aprovechar la apertura del nada y problematizar su relación con el Otro. La patología forense es y está al origen de los argumentos narrativos de Castellanos Moya, principalmente en sus últimos cuatro novelas, La diabla en el espejo, El arma en el hombre, Donde no estén ustedes, e Insensatez.
Si la culpabilidad se constituye, en ultima instancia, por la concomitancia de responsabilidad y consciencia, la obsesión por la muerte en la escritura de nuestro autor parece no sólo lógica sino decidida ya que la destrucción de las nociones de tiempo, de espacio y de identidad transgredidas por la violencia de las guerras civiles centroamericanas crearon un vacío moral que su obra parece recuperar. Al privilegiar y contextualizar la experiencia de la muerte el autor trata de ofrecer una categoría estética capaz de expresar lo obsceno y lo macabro de morir violentado. Y aunque no existen parámetros absolutos del contenido obsceno de una imagen o de un acto, el estrecho lazo psicológico entre el humor y lo obsceno es indiscutible16 y Castellanos Moya hace amplio uso del humor negro y del erotismo mórbido para, podría decirse, despertar la conciencia y motivar la toma de responsabilidad comunitaria.
Recordemos que según Heidegger el hombre es un ser-para-la-muerte, un ser que al nacer ya lleva en sí la promesa de la muerte, que su vida es una muerte-en-potencia, y será por eso que la muerte es uno de los grandes datos reveladores de una sociedad y por consiguiente una buena manera de problematizar y criticar su conducta17. En efecto, la conciencia —súbita o paulatina— de la muerte propia, genera toda una serie de efectos secundarios dentro de la narración, como la negación del cambio, o abrir la posibilidad a lo inmortal a través del rechazo del paso del tiempo, pero más importante para nuestro estudio, es la sublimación del concepto de suum esse conservare [supervivencia] —de Spinoza— en la reconstrucción de la identidad del sujeto violentado y violento. En su lucha por sobrevivir, el ser humano pone en juego su vida, pero también apuesta su identidad. En El arma en el hombre vemos desde la primera página el resultado de esta jugada:
Los del pelotón me decían Robocop. Pertenecí al batallón Acahuapa, la tropa de asalto, pero cuando la guerra terminó, me desmovilizaron. Entonces quedé en el aire: mis únicas pertenencias eran dos fusiles AK-47, un M-16, una docena de cargadores, ocho granadas fragmentarias, mi pistola 9mm y un cheque equivalente a mi salario de tres meses, que me entregaron como indemnización. Llegué a sargento gracias a mis aptitudes , mi escuela fue la guerra [...] pero a la hora de la desmovilización, cuando nuestros jefes y los terroristas se pusieron de acuerdo, me tiraron a la calle.18
El sargento, cuya identidad personal y pública ha sido completamente subordinada a la profesional, apostó su supervivencia con el ejército y perdió. Igualmente, el ex-embajador salvadoreño en Nicaragua, Alberto —protagonista de Donde no estén ustedes— al recordar su primer participación en un ejército revolucionario a los quince años19, describe el encanto de encontrar la muerte y —a través de esta— su destino:
Aquella madrugada lejana cuando él y sus amigos de adolescencia entraban en la vida fusil en mano y mochila al hombro, porque a partir de esa madrugada se convertirían en verdaderos hombrecitos, bautizados en el fuego, en el tufo de la pólvora y en la rabia ante la traición ... Alberto se salvó por un pelito, de milagro, tirado en tierra junto al cadáver de su amigo la Abuela Gutman ... paralizado del terror entre el cadáver [de su amigo] y otros cuerpos irreconocibles en aquella oscuridad rota a fogonazos, bajo las nutridas descargas, entre los gritos de los heridos y las desconcertadas voces de mando de los oficiales , paralizado de terror, sin saber hacia dónde moverse, con el fusil bajo su cuerpo, incapaz de empuñarlo, víctima de la invisible mano de la muerte que le apretaba el cuello y le impedía respirar hasta que al escuchar las voces de Henry y del Flaco logró escapar de ese instante que le pareció interminable.20
Al contrario de la progresiva lumpenización de Robocop, la violencia de la guerra fue para Alberto el punto decisivo de su vida, el momento donde él asumió su identidad de héroe y rebelde. Pero también fue el inicio de una larga serie de traiciones sufridas a mano de sus supuestos amigos y colegas quienes aprovechan de él y lo olvidan súbitamente. La experiencia propia ante la muerte de los últimos dos contrasta con una por delegación en la última novela. Para el protagonista anónimo de Insensatez, la violencia y la resistencia frente a la muerte que transforma su identidad es aquella experimentada por otros, no la suya propia:
Yo no estoy completo de la mente, decía la frase que subrayé con el marcador amarillo, y que hasta pasé en limpio en mi libreta personal, porque no se trataba de cualquier frase, mucho menos de una ocurrencia, de ninguna manera, sino de la frase que más me impactó en la lectura realizada durante mi primer día de trabajo, de la frase que me dejó lelo en la primera incursión en esas mil cien cuartillas impresas casi renglón seguido, depositadas sobre el que sería mi escritorio por mi amigo Erick, para que me fuera haciendo una idea de la labor que me esperaba. Yo no estoy completo de la mente, me repetí, impactado por el grado de perturbación mental en el que había sido hundido ese indígena cachiquel testigo del asesinato de su familia.21
Y es importante recalcar que el narrador es anónimo ya que esto le permite nutrirse de la vida y la muerte en los testimonios que él lee, y así su identidad se forma de la nada a manera que él aprende a vivir y a amaestrar la muerte editando el reporte.
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Imagen de portada:
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