

Era una piedrita blanca, brillante, diminutamente grotesca para mis ojos. "Tómela, señor, le traerá suerte", decía aquel niño, parado frente a mí, suplicante y agradecido, con una de esas caras de indígena latinoamericano (supe luego que era guaraní) tan usuales en los libros de fotografías del mundo moderno occidental.
Quizás todo empezó cuando la poeta Marirro Amengual y su esposo me invitaron a dar un recorrido por lo que llamaron "la ruta de Quiroga", es decir, esos lugares inhóspitos adonde Horacio Quiroga se fue, para convertirse en un mito y convertir en míticos aquellos rincones de la selva argentina hasta entonces (e incluso hasta hoy) olvidados por el hombre. La pérdida de la memoria histórica ha convertido esos lugares en sitios a los que sólo acuden los turistas: pude comprobar que para la mayoría de los argentinos, la genialidad de Quiroga se reduce muchas veces a "un loco que escribía cuentos" y es cada vez más desconocido, menospreciado, y catalogado como uno más de los escritores de Misiones. La misma pérdida de la memoria flota sobre las todavía mágicas ruinas jesuíticas de Santa Ana (descuidadas, las pobres) y de San Ignacio Miti (Patrimonio de la Humanidad, pero igual de mal conservadas). Allí pululan los guaraníes, en grupos, desahuciados y con las ropas rasgadas, pidiendo limosnas las mujeres con niños, los niños con sus hermanitos de meses cargados, los niños.
Comimos en un pequeño restaurante antes de entrar a las ruinas, asombrado yo y encantados mis amigos porque la voz de uno de sus ídolos musicales (Silvio Rodríguez) amenizara nuestra comida (confieso que me sentí como un rey: el único revolucionario cubano millonario que conozco cantaba para mí). Luego entramos a las ruinas, recorrimos aquellos espacios cargados de tanta historia y tanta muerte (se siente flotar, nadie puede negarlo, impactante, sobrecogedora). Y salimos a la zona de los kioscos. Hubo un momento en que me aparté para mirar una pipas de mate en uno de los kioscos, y me vi envuelto de niños indígenas. Un enjambre. Proponiendo piedras de colores y pedazos pequeños tomados de las ruinas con unas vocecillas chillonas donde se mezclaban palabras en sus lenguas nativas, el español mal pronunciado y inglés todavía más incomprensible. Suplicaban. Agresivos. Como moscas. Molestas criaturas que me lanzaban a la cara, sin retoques ni medias tintas, lo jodido que estaba el mundo.
Saqué cinco pesos argentinos y se lo dí a uno. Comenzó a brincar de contento y a decir cosas que no entendí antes de salir del grupo. Los demás niños zumbaron y volvieron a la carga, esta vez halándome las ropas, el cinto, el cordón de la cámara... Cuando mis amigos se dieron cuenta, corrieron a salvarme, y los echaron sin mucho miramiento. Los vi irse detrás de otros turistas, otra vez con la técnica del enjambre. Supe que lloraba. Y bajé los ojos. Y me senté en una piedra. "A mí también me parten en pedazos cuando los miro", dijo Marirro, sentándose a mi lado, "por cosas como esas es que este país de mierda tiene que cambiar". Su mano sobre mi cabeza y sus palabras trajeron el alivio.
Poco después, seguimos buscando entre los kioscos algo típico para llevarme de regreso a La Habana. Un indito nos seguía. Era el niño que logró alcanzar entre el grupo de manos que se me tendían como serpientes, con una agilidad pasmosa, los cinco pesos argentinos. "Señor, ¿puedo decirle algo?", preguntó. Asentí con un gesto. O quizás debo decir, asentimos, porque Marrirró también hizo el gesto: en los ojos de aquel niño había una paz rara, un amor ancestral que nada tenía que ver con la desesperación que vi en ellos sólo minutos antes.
"Perdónelos, señor", dijo entonces, "vivimos allá, en las tumbas". Y señaló a un viejísimo cementerio, a un costado de las ruinas. Yo había visto mantas y ollas tiznadas y restos de fuego en algunas de las fosas abiertas, cubiertas con pedazos de cartón y de zinc. "Aunque no lo creas, aquí vive gente", me había dicho Javier.
"¿Me acepta un regalo, señor?", otra vez la voz aflautada del niño.
Volví a decir que sí, otra vez moviendo la cabeza. Fue entonces cuando extendió hacia mí la piedrita. "Tómela, señor, le traerá suerte", dijo.
Desde entonces, fines del 2001, la piedrita va conmigo a todas partes, guardada en el bolsillo de mi billetera, como un amuleto. Otro argentino, el realizador y escritor argentino Settimio Presutto, colega de proyectos y sueños de Lichy Diego y Fernando Birri y uno de los más grandes conocedores del mundo guaraní, casi echa a llorar cuando escuchó esta historia y saqué de mi billetera la piedrita.
¿A qué viene tanto melodrama?, preguntará alguno. Y le respondo.
Hace unos días, cuando andaba buscando materiales para esta revista, entre mis colegas de Argentina, uno de ellos dijo: "a fin de cuenta, un país es, sobre todo, esa imagen que te llega a la mente cuando pronuncias su nombre".
Y quizás tenga razón. Porque siempre que escucho esa palabra: "Argentina", hay una imagen, sólo una imagen, que nace en mi mente. Sólo después llegan las otras imágenes, como recuerdos.
Visto así, entonces, Argentina para mí no es la cosmopolita Buenos Aires, no es el enorme bistec de res que me llevó a mi comer mi querido amigo el escritor Vicente Battista, no es el amargo sabor del mate, no es la dulce cordialidad familiar que me dieron en Oberá los escritores Teresa Passalacqua y Walter Tresols, no es la magistralidad conversacional de los narradores Abelardo Castillo y Silvia Iparaguirre, no es la impresionante majestuosidad del río Paraná, ni la atención de Mempo Giardinelli, ni los ritmos tradicionales de Corrientes, ni la hermandad del narrador José Gabriel Ceballoss sostenida a lo largo de tantos años. Ni siquiera es esa Argentina múltiple, abierta, llena de tonalidades y sorpresas y desencantos que me pintan en nuestras conversaciones Pedro y Marisol Barros, mis pastores argentinos, de la iglesia Latinos en el Camino, en Berlín. Ni es la dura Argentina que observa desde Barcelona mi querido amigo Raúl Argemí, uno de los más grandes novelistas que conozco.
Argentina, y no logro explicarme las razones, es el rostro desaliñado, sucio, de aquel niño guaraní, sus ojos cargados de esa paz ancestral. Y también, ¿por qué no?, esa piedrita blanca, brillante, diminutamente grotesca, que siempre va conmigo.
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Imagen de portada:
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