

Todo aquel que se ha atrevido a escribir bajo un régimen totalitario, en contra de ese régimen totalitario, habrá experimentado la probable disyuntiva entre el que escribe y el que disiente. Se habrá hecho la incómoda pregunta de si el último no iría en detrimento del primero, se le habrán acercado los amigos en un tono confidencial diciéndole, chico, lo tuyo es el escribir no el disentir, que el disentir resultaría en algo muy peligroso para el escribir, no ya por el peligro, enfatizarán perspicaces, que corre el escritor como persona, como sujeto moliente y doliente, sino por el peligro que corre el acto mismo de escribir, el resultado final del acto de escribir, la obra propiamente dicha que podría verse contaminada, dañada por los elementos extraliterarios, efímeros y falaces, a la cabeza de los cuales estaría, claro, el elemento político, ese sucio.
Lo cierto es que ambos peligros son demasiado reales para no tenerlos en cuenta, pero no son los únicos, más allá del peligro físico que dimana de la existencia de la policía política, de los juicios amañados, las cárceles y el paredón, más allá del peligro que dimana de la infección con los elementos extraliterarios, está el peligro meridiano de nunca ser premiado, publicado, promocionado y leído, o peor, la perversidad de ser leído en exclusivo por esa sargentería de semianalfabetos, algunos francamente oligofrénicos, que se gasta la Seguridad del Estado, y tras ser leído, faltaba más, rigurosamente archivado, que es como decir fusilado en vida, fusilado en obra más bien.
Después uno se percata de cosas, se percata por ejemplo de que el disentir de una dictadura, aún cuando sea de la peor especie, quiero decir nazi o comunista, le aporta al que escribe unas vivencias, unas aventuras y desventuras que, de tener la suerte de sobrevivir a ellas, le aportarían al acto de escribir, al enfrentamiento con la página o la pantalla en blanco, una enjundia y profundidad, un enriquecimiento de la fabulación mediante el anclaje de las raíces en la turbia realidad, esa contrarrevolucionaria feroz, que difícilmente encontraría el sujeto que escribe en una sociedad normal, una de esas de los ritmos de vida parametrados no ya por la ley sino también por el confort y la civilidad.
Les confieso que tengo pensado escribir una novela sobre la novela, una novela sobre las peripecias que viví en Cuba para escribir y resguardar una novela, una narración de mil cuartillas que el tiempo y el sentido común, o el sentido de la realidad editorial, me han hecho dejar en la mitad de esas cuartillas. Les adelanto dos experiencias que volcaré en esa futura obra:
La policía política asalta y allana mi casa en busca del manuscrito que, como en el relato La carta robada de Edgar Allan Poe, había ocultado en el lugar más visible, sobre la mesa del comedor envuelto en un mantel con restos de alimentos, bueno, pues quién les dice que al final del riguroso registro el eficaz oficial al frente de la operación se sentó a la mesa, y, apoyado en el mamotreto oculto bajo el mantel, con un aire entre intelectual, burocrático y matonesco, se puso a escribir el acucioso informe de lo ocupado, cien jeans de la marca Lee, cincuenta pares de tenis de la marca Adidas, cuatrocientos jabones de la marca Palmolive, etc, etc, etc, todos productos del mercado negro (mi único oficio de aquella época aparte de escribir y disentir, y en el fondo otra manera de disentir, vía el libre mercado se entiende), pero del material narrativo-subversivo que buscaban ni rastro.
Bajo fuego de ametralladoras, la noche iluminada por las balas trazadoras, y braceando a lo loco en medio de las olas luego del hundimiento de la chalupa que nos conducía al barco en que escaparíamos de Cuba, yo, que me las doy de valiente pero que apenas sé nadar, no pude sostenerme en la superficie cargando con el pesado manuscrito que portaba convenientemente envuelto en plástico dentro de una mochila y, ante el dilema de vida o manuscrito, solté el manuscrito, y entonces ocurre que Mimí (mi mujer) que no se las da de valiente pero que si es una excelente nadadora, logra la hazaña de rescatar el manuscrito de entre las olas y, con el mismo a la espalda, llegar hasta el barco para ambos escapar a tiempo de las tropas guardafronteras, del fuego de los guardafronteras, de la muerte, de la isla en suma.
Estimo que las dos anécdotas anteriores bastarían para ilustrar como el disentir pudiera ampliar considerablemente el universo vivencial del que escribe, elevar el interés de lo que se escribe y, finalmente, dotar a la literatura de unos medios a través de los cuales aprehender, ahondar en la condición del hombre llevado a situaciones límites, llegar a iluminar inclusive ciertos rescoldos de la realidad, del hombre en su oscura y resbaladiza realidad. La verdad es que la buena literatura es una yerba tan extraña que puede darse aún bajo tiranía, pero nunca sujeta, sometida a esa tiranía.
Los escritores sumisos estarían condenados a no producir una buena literatura. Es más, aquellos escritores que sin llegar a ser sumisos procuran mantenerse al margen y burlar la censura mediante un lenguaje de enmarañadas metáforas, de esas de un decir sin decir, suerte de cuadratura literaria del círculo, estarían también condenados a no producir una buena literatura, o tal vez no todo lo buena que pudieran en otras circunstancias, y ello sería así porque probablemente la escritura, para prosperar, necesita del abono de la libertad, no importa que el espacio geográfico, la patria o lo qué sea donde se haga esa escritura constituya un lugar no libre, pero el que escribe, el escritor, ese tiene que ser libre, no importaría inclusive si escribe desde el fondo de una celda.
La literaria sería más que nada una vocación infernal, una que se alimenta más del desamor que del amor, del vicio que de la virtud, de la guerra que de la paz, y para probarlo bastaría quizá con echarle un vistazo a las grandes obras que conforman la Historia de la Literatura Universal. No por gusto en la Divina Comedia, de ese disidente que fue Dante Alighieri, nos topamos con que el Infierno es literariamente superior al Paraíso.
Y es que el que escribe y el que disiente son uno y su contrario, uno y lo mismo en todo tiempo y lugar. El escritor, si es un escritor y no un escriba, es siempre un disidente. El escritor es por naturaleza un rebelde, alguien que subvierte, y a veces pervierte, la realidad. Se escribe más que nada por un desasosiego, por una inconformidad con el mundo tal y como es, tal y como se nos muestra, y se recurre a la escritura en busca de mundos sustitutos, en un intento desesperado por crear unos mundos alternativos, menos violentos y confusos, unos paraísos artificiales que paradójicamente tendrían su origen más seguro en esos otros infiernos que sí son reales, cotidianos. Quizá por ello es que la escritura, el escritor, para merecer el nombre, ha de ir en contra de algo o de alguien. Eso no se escoge, eso se impone porque el que escribe, si escribe en serio, hace más que nada la obra del demiurgo, y el demiurgo, ya sabemos, es más que nada un disidente, uno respecto a Dios, como el escritor lo es respecto a lo establecido.
En Cuba uno creía ingenuamente que llegado a una sociedad democrática no tendría de qué escribir, contra quien escribir, pero después uno se percata de cosas, se percata por ejemplo de que en occidente pugna hoy por prevalecer lo que el intelectual, ex disidente y ex presidente checo Václav Havel, ha denominado como el especial lenguaje comunista, ese que es uno de los instrumentos más diabólicos del avasallamiento de los unos y del embelesamiento de los otros, un lenguaje que, digo yo, salido del gulap de los fusilamientos al amanecer se instala en el gulap de los fusilamientos virtuales, y que ahora bajo la égida de la corrección política hace, digamos, que donde se escribía amante se escriba compañera sentimental, y donde se escribía terrorista se escriba resistente, es decir, de un plumazo se proletariza el amor y del otro se dignifica el terrorismo. Entonces el que escribe hoy en occidente tendría que empezar por disentir del lenguaje, de la burda manipulación del lenguaje, es más, tendría que empezar por disentir de los intereses detrás de la burda manipulación del lenguaje, cuestión no de altruismo, sino de sobrevivencia en tanto escritor, en tanto individuo.
El que escribe y el que disiente, dos personas en una, ha escogido un buen camino para acceder al individuo. El que escribe, el que disiente y el individuo, tres personas en una, ha escogido un buen camino para acercarse a la Trinidad. Por ello tal vez Carlos Gustavo Jung, más disidente que psiquiatra, aseguró que: Sólo aquellos que se han visto obligados a seguir sus propias leyes individuales para recorrer sus propios caminos, y por tanto han entrado en conflicto con las tradiciones imperantes, llegan al Análisis. Llegan a la Escritura, me aventuro a decirles yo.
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Lorenzo Mena