

En los regímenes totalitarios lo primero que se corrompe es el lenguaje, advierte Octavio Paz. Por tanto, una sociedad que se comunica a través de palabras que han mutado su significado, deduzco, terminará escribiendo una literatura deteriorada, y haciendo del oficio de escritor y de su obra, meras representaciones. En primer lugar, porque estos autores y sus libros tipifican la irrealidad en que se tornado el lenguaje y sus prácticas, pero también, porque comparten con el poder el valor semántico que le atribuyen.
Y el poder, sabemos, es excluyente. Por tanto, la literatura en el poder lo es de igual manera. Bajo las dictaduras se escribe para ellas o contra ellas, no hay tercera opción, salvo el silencio.
Poco después de 1959, la Cuba poética y revolucionaria —valga esta aclaración—, iba a encontrar en el conversacionalismo la forma más adecuada de cantarle al poder. Interminables poemas narraban las hazañas de los nuevos héroes, las miserias dejadas por la anterior dictadura, el sacrificio de los valientes, la resignación de los cobardes, la cotidianeidad de la vida en el país: sus fábricas nacionalizadas; las emulaciones obreras; la expulsión de los enemigos, los débiles, los desilusionados. Y el poder fue agradecido. Tanto, que hizo de sus cantores los únicos permitidos y de sus maneras poéticas (que de algún modo hay que llamarlas), las únicas efectivas. El resto de los poetas podía entretenerse, bien con las nuevas escrituras, bien con el mutismo. Al poder, ambas instancias, le parecían igual de razonables.
Y no nos llamemos a engaños. Nadar contra la corriente, en estos casos, termina por convertirnos en expulsados, en muertos o en prisioneros. En 1982, David Lago González (Camagüey, 1950) fijaba residencia en Madrid. En Cuba había sido picapedrero, administrativo, perseguido político, acusado de comportamiento antisocial y por supuesto, no tenía ningún libro publicado, ninguna mención en un concurso oficial, ningún artículo que hablara de sus versos, tan poco optimistas, tan enturbiados por el alcohol, la marginación, la soledad.
El exilio, si alguna trampa grande esconde, es la intemperie. Uno se debe a sí mismo y a la sobrevida con la misma devoción que a la poesía. Pero algo lleva a favor, el derecho individual a la palabra, a otra escritura. Así lo evidencia la poesía de David Lago González, un viaje permanente entre la evocación y el dolor, de la rebeldía a la burla, como un esmerado ejercicio de lenguaje.
Todos estos años después, nadie recuerda a aquellos poetas, tampoco sus versos, que con tanta abnegación le cantaron a los nuevos héroes, a sus hazañas, al esplendor socialista. Simplemente, se han perdido en el tiempo y pagan la peor de las penas que podían esperar, el olvido. Por suerte, nosotros tenemos los versos de David Lago González y nuestra memoria.
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Imagen de portada:
"El hombre II con la mano en el pecho" (detalle)
Lorenzo Mena