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La ciudad de Matanzas, con su bahía abierta a la costa norte de la Isla, es la ciudad de los sobrenombres: desde la ciudad de los puentes, la india dormida o la ciudad de los poetas, hastala Atenas de Cuba, sobrenombre este último que obtuvo en el Siglo XIX, por su relevante vida intelectual, en la cual los poetas siempre han jugado un papel determinante. En ella cada accidente geográfico, cada hábito, cada piedra, tiene una historia remota y oculta, un ánima propia, un aura particular... y un cantor, desde Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), fusilado por la corona española en 1844, hasta Milanés, Byrne, Agustín Acosta y tantos otros.
La celda de Plácido en lo que hoy es un hospital, permanece oscura, sumida en el abandono de una humedad que va corroyendo indeteniblemente sus paredes. Apenas de vez en cuando se barre el piso, donde se acumula el polvo y las colillas de cigarros que manos inconscientes lanzan a cualquier rincón a través de su puerta de barrotes.
Es difícil para alguien que no ha vivido en Cuba, entender el sutil mecanismo de censura y auto-censura que existe en la Isla. Hay verdades tan evidentes que pasan desapercibidas para el ojo más avisado. Uno de los errores más comunes es no realizar una lectura de la cultura cubana actual a la luz de su inseparable relación con la política del Estado, que es al mismo tiempo una política unipartidista y unipersonal.
En la ciudad de los poetas la intensa vida cultural alimentó durante décadas una bohemia entre refinada y populista, bohemia que ya no existe. Aquellos tiempos en que los escritores se reunían en los bares y cafeterías para comentar y declamar sus últimos versos, hoy son ya pura anécdota.
El Hotel Velasco, donde Marimón, ebrio, declamara sus versos a Miriam, está parcialmente clausurado por su mal estado constructivo. Los paragüitas de Sauto, donde se mezclaban luego de las funciones en el teatro los artistas y los asistentes, o El Parnaso, donde se reunían a tomar té hasta las altas horas de la madrugada, son hoy centros recaudadores de divisas: venden sus productos en pesos convertibles, una moneda distinta y más poderosa que aquella en la que se le paga a los trabajadores y los propios intelectuales.
En Cuba impera hoy la doble moral, el doble estándard. La Isla es hoy un baile de máscaras. Como bien ha dicho un conocido periodista y escritor cubano, usamos máscaras para todo y para cada ocasión, máscaras que han obligado a la sociedad a desarrollar una particular filosofía de subsistencia. Desde que en sus primeros contactos con la intelectualidad cubana durante las famosas reuniones de la Biblioteca Nacional, Fidel Castro acuñara la ambigua frase de Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada, aquella empezó a sentir el miedo evocado por el matancero Virgilio Piñera y debió optar entre alejarse de la vida cultural, como la Loynaz, marcharse del país como Buesa o asumir la muchas veces la falsa posición de comulgar con el régimen.
El Patio Colonial, que fue también otro lugar de cita, languidece entre la carencia de recursos y la inercia de una anodina asociación de escritores jóvenes que a nadie representa. Así describe un periodista local la situación:
Miércoles, mayo 31, 2006. Jóvenes escritores quieren espacios literarios. La importancia de proyectar, concebir o rescatar espacios de promoción y reflexión literaria se analizó en la reunión de la sección de literatura de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en la provincia de Matanzas (...) Una excelente noticia se escuchó por voz de Javier Mederos, presidente de la AHS provincial: se volverá a organizar la Charla en el Patio Colonial, encuentro que para ahondar en figuras o tendencias de la literatura coordinó el poeta y editor Alfredo Zaldívar durante algún tiempo hasta que, por diversos motivos, se dejó de hacer (...) lo que hasta ahora ha ocurrido es que los lugares se establecen con mucho entusiasmo, pero luego se pierden con la misma velocidad, hay que darle confianza a la gente para que vean que esto no es lo mismo y nos aporten su tiempo, su fe...1
De la Sala White, ubicada frente al céntrico Parque de la Libertad, nombrada así en honor del prestigioso violinista matancero que deslumbrara a la culta Francia del Siglo XIX, sólo queda la fachada... y detrás de ella un montón de escombros. Año tras año la Dirección Provincial de Cultura, organismo encargado de implementar la política cultural del gobierno y también —al menos en teoría— de conservar el patrimonio cultural, anuncia inversiones para una restauración que nunca se concreta y que ya no es posible.
La colección del periódico La Aurora, una de las primeras publicaciones de su tipo en la isla, desde 1828 hasta 1899, se guarda desde hace décadas en la Biblioteca Gener y Del Monte. Hoy el local que ocupa la biblioteca presenta tan mal estado en su cubierta que los aguaceros tropicales mojan una y otra vez la valiosa colección, por más esfuerzos que realizan sus trabajadores. Los bomberos, incluso, han emitido una y otra vez órdenes de clausura del inmueble por amenaza de derrumbe, dictámenes que luego son levantados por razones políticas.
Pero a pesar de todo, aún hay una intensa vida cultural en las ruinas del Partenón matancero. Los escritores y artistas de hoy se reúnen en lugares como la cafetería de la Asociación Cubana de Artesanos y Artistas (ACAA). Dedicada esencialmente a controlar la comercialización de las obras de artesanía para el turismo, no está dirigida por intelectuales o artistas de reconocidos méritos. Allí se puede degustar una infusión de café con cualquier mezcla exótica a precio módico, o si se tiene un poco más de poder adquisitivo, una cerveza de producción nacional al equivalente de unos 50 centavos de ese peso convertible en que no se pagan los sueldos. Como magnánimo y ocasional acto de reconocimiento, de vez en cuando alguna institución cultural ofrece una actividad a determinado artista, ofreciendo entre otras cosas, algún plato de comida y bebida gratis a los invitados. Los que no tienen esa posibilidad acusan a los privilegiados de vender su arte al establishment por un plato de arroz frito y cerveza.
Mabel Cuesta, una joven escritora que imparte clases de literatura, describe la situación de los que se sienten inclinados al arte en la otrora Atenas de Cuba:
Para mis alumnos de provincia, a los que le ha tocado bailar con la crisis de papel, las bibliotecas saqueadas y amenazada por los bomberos de desplome, la emigración de una buena parte de las autoridades en los temas que revisan en clases, los cines cerrados, la sala de conciertos en reconstrucción desde nadie se acuerda cuándo; la precaria infraestructura en suma que hace abortar una y otra vez encuentros, coloquios, congresos, posibilidades de intercambio académico en otros países o a veces hasta en otras provincias, los almacenes de la Universidad devastados y la abulia corroyendo a una buena parte de los profesionales a quienes no les alcanza el salario para la cerveza ocasional o los zapatos de la escuela de sus hijos (los hijos muchas veces son ellos mismos o sus hermanos más pequeños), qué difícil conseguir ese ímpetu (quise decir excelencia, motivación y rigor) en sus niveles de aprehensión de las materias...2
En ese mismo lugar —la Universidad— donde los almacenes de libros se encuentran devastados o la abulia corroe a los profesionales, sin embargo, se lleva a cabo cada cierto tiempo una actividad dedicada a la literatura o la poesía. La más reciente fue dedicada a rendir homenaje a Roberto Fernández Retamar. No sabemos cuántos alumnos y profesores habrán asistido: generalmente no asisten más de una docena: el transporte entre el centro de la ciudad y la sede universitaria es bastante problemático. No importa cuán intrascendente sea el suceso: lo que importa a los organizadores es hacer méritos ante la farándula cultural.
Los que hacen arte y literatura hoy en Cuba, o son —los menos— adeptos al sistema político vigente, o han debido retroceder hasta el borde la piedra, para usar una metáfora lezamiana, y ocultarse tras su máscara. Estos últimos no tienen más opciones que aceptar la condicionante de la lapidaria sentencia. La totalidad de los medios de difusión en Cuba se encuentran en manos del Estado. Ese mismo Estado ha diseñado e implementado una política cultural que determina, siempre de acuerdo a esa incuestionable sentencia de su máximo guía y conductor, qué se difunde y qué no, qué se imprime o no, qué temas deben se abordados, quién es intelectual, o artista o músico, y quién no lo es. En los años 70, con el caso Padilla y los parámetros que debía cumplir un artista para permitírsele ejercer su arte, esa política llegó a su clímax de aberración. Hoy, aunque suavizada y diluída, sigue vigente en lo esencial. Cierto es que ya no se exluye un poeta de una antología porque sea homosexual, pero se le sigue excluyendo si manifiesta abiertamente su oposición al régimen.
Recuerdo siempre la anécdota que cuando cierta persona preguntó por un desconocido poeta matancero ante la agregada cultural de la embajada cubana en un país suramericano, esta le respondió: No lo conozco, ¿en qué institución cultural trabaja? Al responderle la persona que en una fábrica, le espetó: Entonces no es poeta, en Cuba todos los poetas trabajan como poetas (sic)... En la Atenas de Cuba y en todo el helénico archipiélago de las letras cubanas, las instituciones gubernamentales encargadas de ejecutar la política cultural del Estado, determinan hasta quién existe o quién no. Algunas excepciones no hacen sino confirmar la regla: en el extremo occidental de la Isla se publica una revista de cultura y sociedad, Vitral, bajo el auspicio de la iglesia católica. El precio que ha debido pagar: presiones de todo tipo, amenazas, agresiones verbales y físicas, sólo puede circular dentro de los templos. Amir Valle, autor de una profunda investigación periodística sobre la prostitución en Cuba que circuló clandestinamente por la internet y de mano en mano, ha debido terminar marchando al exterior. Muchos artistas incluso en el extranjero, aparentemente ya fuera de ese control, siguen comprometidos a no disentir, a seguir ejerciendo la autocensura, so pena de que les sean negados la entrada o el regreso a su país.
Y hay tanta confusión, y también doble rasero, en este mundo que instituciones culturales creadas dentro de esa política cultural aplicada en Cuba, son consideradas organizaciones no gubernamentales (ONGs) por sus contrapartes en países democráticos. La Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), por sólo citar un ejemplo entre las decenas de instituciones y asociaciones similares que existen en la Isla, goza del estatuto de ONG ante los organismos culturales internacionales. Sin embargo, todo escritor, artista o miembro de la UNEAC sabe que los fondos de la institución provienen del presupuesto estatal, que así mismo sus ganancias van a parar a las arcas del Estado, y que es éste quien a través del Ministerio de Cultura determina su accionar, al igual que las instancias y cédulas del Partido que ejercen dentro de ella su control ideológico. En cierto momento, por ejemplo, la asociación de escritores de un país latinoamericano condicionó el cursarme una invitación a ofrecer unas conferencias, a la aprobación de la UNEAC: sin ella mis méritos o conocimientos resultaban menoscabados, o al menos inoperantes.
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Imagen de portada:
"El hombre II con la mano en el pecho" (detalle)
Lorenzo Mena