

Página 1
El próximo año se celebrará el cuarenta aniversario de la revolución de Mayo de 1968 y el nuevo presidente de Francia, monsieur Sarkozy, acaba de llegar al poder prometiendo hacer borrón y cuenta nueva con la herencia de aquel convulso mes. Que un líder político en 2007 considere que cargar contra Mayo del 68 puede darle réditos políticos da idea de la transcendencia que aquella revolución ha tenido en nuestra sociedad. Por eso quizá merezca la pena hacer balance de ella.
Quiero comenzar estas palabras sobre el Mayo del 68 señalando que voy a referirme en todo momento tan sólo al Mayo del 68 vivido en Europa, pero no al vivido en Latinoamérica. En mi opinión hay grandes diferencias entre uno y otro que hacen que muchas de las reflexiones que voy exponer sean difícilmente aplicables al caso latinoamericano o, cuando menos, necesiten de largas y detalladas matizaciones. Pero no es mi propósito entrar en el análisis de esas diferencias. Quede pues constancia de esta voluntaria autolimitación: en adelante trataré tan sólo de lo que en mi opinión queda del Mayo del 68 europeo.
En 1968 yo tenía 11 años de edad. Ya se sabe que la percepción del tiempo de los niños es muy diferente de la de los mayores. Para mí, los recuerdos de aquellos años sesenta se funden en un solo y dilatado curso escolar en el que pasó de todo: la Unión Soviética y Estados Unidos estuvieron a punto de embarcarnos en una guerra nuclear a cuenta de los misiles de Cuba, el presidente Kennedy fue asesinado en Dallas y el Che Guevara en Bolivia, los tanques rusos entraban en Praga, los bombarderos norteamericanos masacraban a los vietnamitas y el hombre pisaba por primera vez la Luna.
Recuerdo a mi madre llorando porque el mundo se iba a acabar en una nueva guerra, atómica por supuesto (en mi casa siempre se hablaba de la guerra, de mi abuelo encarcelado tras la guerra civil y de mi tío el aviador que había estado en Rusia).
Recuerdo la melena y la boina del Che Guevara y que en casa se decía que parecía un Cristo yacente.
Recuerdo lo bueno que era Kennedy (lo decía todo el mundo) y que por serlo, como les sucede siempre a los buenos, le habían asesinado.
Recuerdo la imagen siniestra de los tanques rusos recorriendo las calles de una ciudad y a la gente que gritaba y corría, y que los vecinos de nuestra casa decían que los comunistas querían invadir España.
Recuerdo las imágenes de las bombas cayendo sobre la selva del Vietnam y todos aquellos campesinos con sus sombretitos cónicos y el miedo pintado en la cara.
Y recuerdo aquel astronauta que, después de una larga noche de insomnio ante el televisor, dejó una huella en el polvo lunar y se dedicó a andar por un paisaje frío y gris con gestos lentos y pasos de pato mareado.
Pero no recuerdo nada del Mayo Francés. ¿Y del supuesto mayo del 68 español? Menos aún.
Mayo del 68 ha sido para mí un relato heredado, una historia que la anterior generación me entregó cuando tuve edad para entenderlo o, mejor, para admirarlo. En cualquier caso, una historia que hoy me parece adornada con ribetes de irrealidad.
Para quienes vivieron los sucesos de Francia (es decir, para quienes tenían edad para comprender y seguir, aunque fuera en la distancia, aquellos acontecimientos), Mayo del 68 sobrevive como mito. Y aquí conviene recurrir al diccionario: "Mito: Leyenda simbólica de carácter religioso".
Para mí (supongo que para muchos otros miembros de mi generación también, pero dado que no ostento cargo representativo generacional alguno, prefiero hablar tan sólo de mi experiencia), Mayo del 68 no sobrevive como mito, sino como leyenda. Y aquí conviene de nuevo volver al diccionario: "Leyenda: Narración de sucesos fabulosos que se transmite por tradición como si fuesen históricos".
La diferencia esencial entre ambas definiciones estriba en que el mito es también una leyenda, pero de carácter religioso. Es decir, cumple un papel fundacional en una visión del mundo.
Desde hace algo más de una década, la generación que ha accedido al poder en España y en buena parte de Europa es la generación de Mayo del 68 y ha sido por tanto la visión del mundo conformada en aquellos sucesos la que ha regido y sigue rigiendo nuestras existencias. De modo que analizando los elementos del mito de Mayo del 68 probablemente averiguaremos bastantes cosas sobre el presente.
Como todo el mundo sabe, Mayo del 68 fue la revolución de las pintadas: la partida de nacimiento del graffiti entendido como una de las bellas artes y como rama del pensamiento filosófico. A parte de lo que pueda tener de pasión inequívocamente francesa por la lírica (en Francia hay verdadera pasión por lo que llaman "trouvailles", es decir, por los hallazgos expresivos, por las chispas de ingenio verbal), aquellas pintadas, vistas en la distancia, también pueden ser reveladoras no tanto de un supuesto pensamiento filosófico revolucionario, sino de la expresión de los deseos vitales que latían en los estudiantes que hicieron el Mayo.
Una de ellas, aparecida en el hall del gran anfiteatro de la universidad de La Sorbona, decía: "No reivindicaremos nada. No pediremos nada. Tomaremos. Ocuparemos". No puedo evitar pensar que bajo esas palabras de una juventud disconforme con el mundo atemorizado que le habían legado sus mayores (el mundo nacido tras la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, el mundo de las guerras de Corea, Vietnam y Argelia, de la Guerra Fría) late la voluntad de desplazar a sus padres, el deseo de un relevo generacional.
Ese deseo se acompañó de un esfuerzo colectivo para echar en el olvido los valores del mundo que les precedía y por instaurar los valores del mundo nuevo que querían construir. Unos valores que están en la raíz misma del mito de Mayo del 68. La revolución estudiantil más que derrotada se disolvió en las inmensas tragaderas del mundo moderno, pero sus valores la sobrevivieron. Con ella quedaron instaurados como nuevas divinidades de la vida social (y de ahí el matiz casi religioso que adquiere el mito del Mayo del 68) la juventud, la novedad y un moderno carpe diem (disfruta el presente) que bien podría resumirse en otra de las pintadas de la revolución que rezaba: "Ya son 10 días de felicidad".
Con la imposición de dichos valores, otros conceptos como la vejez, la experiencia o la memoria cayeron en un descrédito que ha durado hasta nuestros días. Baste echar una mirada a nuestro alrededor para comprobar cómo vivimos al dictado de "lo nuevo" (ya sea un coche, un escritor, un dirigente político o un detergente) y de "lo joven". Más aún, el mismo concepto de juventud se ha estirado como un chicle sin que se sepa bien dónde acaba (hay por ejemplo jóvenes escritores que corren el riesgo de seguir siéndolo hasta los sesenta años de edad). Por otra parte, el cultivo de la desmemoria ha alcanzado rasgos apoteósicos: se ha vivido en una especie de presente perpetuo en el que cada fenómeno nuevo aparecía como una epifanía, como algo incomprensible, misterioso e inquietante. Durante estos últimos años, la mayoría de los ciudadanos asistía a las matanzas de las guerras de Yugoslavia o al genocidio en la guerra de hutus y tutsis con perplejidad, espanto y desconcierto, pero en general sin ir más allá de la fatalidad que encierra la frase popular "el mundo se ha vuelto loco". Una actitud que evidenciaba hasta qué punto la actualidad se vivía desligada del pasado, del curso histórico que conducía hasta ella. Afortunadamente, se empieza a apreciar una cierta tendencia a combatir esa desmemoria, al menos en el terreno de la prensa y de la literatura, volviendo a dar un protagonismo a la Historia dentro de la información y de la creación. Aunque ese empeño también tiene sus riesgos pues hay auténticos reinventores del pasado pero, en fin, ese es otro asunto que merecería quizá un tratamiento a parte.
Lo que me parece evidente es que hoy día vivimos bajo una mentalidad que es hija directa de los valores impuestos por el Mayo del 68.
El mundo de hoy no es sustancialmente mucho mejor que el que denostaban los jóvenes del 68: es simplemente el mundo que ellos han sido capaces de crear cuando han llegado al poder.
Desde la izquierda, se ha sacado la revolución de la política para enviarla al terreno de la cultura (el Mayo fue sin duda una triunfante revolución cultural y una fracasada revolución política). Eso explica cómo algunos pueden añorar aquel mes de amor libre y lucha y, al mismo tiempo y sin el menor remordimiento, llevar a cabo la reforma del mercado laboral recortando derechos sociales, entrar en la OTAN o apoyar entusiastamente la gran y trágica impostura de la Guerra de Irak.
Desde la derecha, se ha inventado un novedoso anarquismo conservador que, alentado en el caso de la prensa española por figuras como Vargas Llosa o Jiménez Losantos, ha encontrado en el neoliberalismo la posibilidad de llevar a cabo el mito de la desaparición (o cuando menos la reducción a mínimos) del Estado, sin que, según parece, el precio social que haya que pagar por ello venga a perturbar la conciencia. No en vano se ha llegado a hablar de una Revolución Conservadora en la que muchos de los hippies de ayer se convirtieron en los nuevos yuppies. El caso del líder del 68 norteamericano, Jimmy Rubin, es paradigmático: famoso entonces por sus quemas de billetes de dólar, veinte años después era agente de bolsa en Wall Street.
Como todas las leyendas religiosas (como el cristianismo, por ejemplo, que alienta tanto a los teólogos de la liberación como a los curas integristas), el mito del Mayo del 68 inspira contradictorias actitudes y da pie a toda suerte de situaciones. Hay numerosos ejemplos de ello, pero quiero exponer aquí sólo tres que me parecen significativos:
Primero. La iconografía juvenil surgida del Mayo se ha incorporado como elemento esencial a la sociedad del espectáculo en que vivimos (una sociedad asentada sobre la apariencia y no sobre la realidad; prueba de lo cual es que a un político más que honestidad o coherencia se le pida credibilidad, que es una virtud teatral). Pero de las filas de los revolucionarios del 68 han salido también algunas de las reflexiones más certeras y ácidas sobre dicha sociedad del espectáculo, como la llevada a cabo por Guy Debord y los situacionistas.
Segundo. Con la revolución de Mayo, las nuevas generaciones aprendieron a reconciliarse con el placer, liberado del negro sello del pecado impuesto por la tradición religiosa; y hoy día el sexo se vive con una libertad hasta entonces desconocida. Pero la puerta abierta por el consumo de las drogas ha llevado a muchos desde el prometido paraíso hasta unos infiernos de los que nunca han podido regresar y la aparición del SIDA ha venido a poner coto a la promiscuidad.
Por
Uriel
Quesada
Mi propósito de ser coleccionista se cumplió, finalmente, cuando empecé a leer enciclopedias en fascículos semanales. Aprendí sobre la Segunda Guerra Mundial, geografía, el mundo de los animales, medicina, cine y otros temas de los que guardo apenas un vago recuerdo. Después vino la manía de acumular libros.
Por
Amir
Valle
Era una piedrita blanca, brillante, diminutamente grotesca para mis ojos. "Tómela, señor, le traerá suerte", decía aquel niño, parado frente a mí, suplicante y agradecido...
Por
Alejandra
Costamagna
Hace menos de un año que vivimos sin Plutón. O sea, que Plutón no vive con nosotros en la nomenclatura del sistema solar. Ocurrió que un grupo de astrónomos halló que era demasiado chico...
Por
Armando
de Armas
Todo aquel que se ha atrevido a escribir bajo un régimen totalitario, en contra de ese régimen totalitario, habrá experimentado la probable disyuntiva entre el que escribe y el que disiente.
Por
Edmundo
Paz Soldán
Sin estridencias, sin mucha publicidad, la narrativa peruana contemporánea se va consolidando como una de las más vitales de las que se escriben en español.
Por
Ladislao
Aguado
De todas las definiciones de patria que conozco, sólo existe una que realmente amerite el sacrificio y la entrega que siempre asociamos a los actos por la nación.
Por
Elidio la torre
lagares
La literatura puertorriqueña actual es una elusión. Todos preguntan por ella y nadie sabe dónde está, aunque se sabe que existe.
Por
León
de la Hoz
...en Cuba no es difícil tener la leche cortá, siempre hay alguien o algo que te corta la leche, te jode el día, te empinga. En ese sentido mi padre era como un síntoma nacional de la enfermedad del país: el pobre hombre siempre estaba cabrón, cabreao...
Imagen de portada:
"El hombre II con la mano en el pecho" (detalle)
Lorenzo Mena