Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Julio 2007. Antilde;o uno. Número dos

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Silencios de la filosofía

José Gabriel Ceballos
Cuento inédito

Aludiendo al empirismo de David Hume, don Benjamín dijo cierta vez a un discípulo: "Si la individualización de las impresiones causantes da legitimidad a las ideas, mis ideas pueden ser empleadas tranquilamente, pues se sabe que casi todas vienen de los ruidos producidos por mi mujer para joderme la vida."

Claro que el hombre usaba el humor porque no podía imaginar entonces su tragedia. Cuando dijo aquello la actividad intelectual le teñía de promesa todos los horizontes, recién publicada su tesis sobre el segundo renacimiento de la filosofía.

Referirnos a ese pequeño libro nos permite dar una idea de cuán magna obra se proponía Benjamín Balbuena. En líneas generales, sostenía allí que, así como el cisma religioso, los descubrimientos sobre la redondez planetaria y los conocimientos cósmicos de Kepler y Copérnico determinaron que naufragara el realismo parmenídico-aristotélico, generando las circunstancias propicias para que Descartes fundara el idealismo, así también la actual realidad histórica (tecnología, globalización, cultura de la virtualidad, obsolescencia de los conocimientos preexistentes) constituye las condiciones necesarias para un segundo renacer del pensamiento metafísico. Por supuesto que no decía que el renacimiento lo iba a producir él, Benjamín Balbuena, cuando su pluma entregara al mundo algo más que estudios sobre temas aislados, pero dejaba la pelota picando, como suele decirse.

No parece justo suponer que doña Perla odiaba a su esposo. Bastaba verlos andar brazo con brazo, o gastar las noches cálidas sentados en su vereda, para creer que las agresiones acústicas aquí narradas no se originaban en el odio. El candor que llevaba ella en su carita alba y ajada y su fragilidad contribuían, y por si hiciera falta allí estaba la imagen que proyectaba su conducta: mujer poco conversadora, nunca metida en chismes; ama de casa hacendosa, consagrada a su hogar sin más ayuda que la de una única sirvienta; madre ejemplar, escrupulosa en la crianza de su dos hijas ya bien casadas; abuela chocha con sus nietos que la visitaban cotidianamente; figura fundamental en las comisiones filantrópicas; frecuentadora de la iglesia. Ni siquiera esto último permitía pensar en odio. El filósofo proclamaba su agnosticismo siempre con mesura, a menudo haciendo la expresa acotación de que dicha actitud no comprometía su respeto para con las creencias ajenas, y menos que menos tratándose de su mujer; doña Perla escuchaba y asentía con un gesto beatífico, se diría que disculpando a su marido el haber dejado a su cargo la salvación de los dos. El aparente compañerismo que ligaba a los esposos Balbuena parecía haberse acentuado desde que el filósofo se jubiló como profesor y director del bachillerato. El propio Benjamín Balbuena, las pocas veces que se refería a aquellos sonidos, lo hacía sin alterar su natural cachaza y en broma, como si se tratara sólo de esas catarsis lógicas, tan inevitables en los matrimonios añosos cuanto saludables para la supervivencia del vínculo conyugal.

Corresponde anotar aquí que el hombre jamás habló sobre el asunto sino forzado por las circunstancias, ante los dos o tres jóvenes discípulos muy cercanos que tenían acceso a su hogar y puesto que no lograba conjurar el hostigamiento (por ejemplo, porque el mal tiempo les impedía filosofar a la intemperie, bajo el amplio paraíso junto a la huerta, donde los ruidos producidos por doña Perla apenas se escuchaban). Y lo más cerca que estuvo don Benjamín de admitir que en aquellos ruidos había algo más fue cuando los mismos interrumpieron una entusiástica conversación sobre las mónadas de Leibniz, una tarde helada y lluviosa, ocasión en la que dijo a sus discípulos que en todo caso habría que encuadrar el disvalor o contravalor expresado en tales agresiones de doña Perla en una clasificación cualquiera de los valores, de las muchas que abundan en la axiología, por sugerir alguna: la clasificación propuesta por Scheler, pero que ello debería cumplirse otro día, con las mentes frías y sin el nerviosismo que entonces los embargaba, aunque desde ya pedía que nadie cayera en el error en que con frecuencia caen los psicologistas, consistente en confundir valores y contravalores con sentimientos.

La artillería sonora con que a la sazón contaba doña Perla ya era considerablemente sofisticada. Se destacaban: una lustra-aspiradora marca "Stylo", con 400 watios de potencia, filtro permanente, cepillos flotantes, luz frontal y cable retráctil, que sonaba como una alarma para prevenir ataques aéreos; una máquina de coser eléctrica marca "Singer", modelo "MC Sewland", 3 velocidades, 15 funciones de puntada y 180 diseños; una multiprocesadora "Moulinex", motor 500 watios, 2 velocidades; una licuadora "Arno"; un secador para cabellos "Philips"; un lavarropas "Sanyo", 4 niveles, centrifugado de 500 rpm, cuyo mecanismo doña Perla sabía activar de modo que sonara semejante a una escola de samba completa; un masajeador marca "Braun", con sensor automático. Esto por mencionar algunos de sus aparatos provistos por la tecnología electrónica, pero doña Perla solía utilizar con el mismo fin otros muchos electrodomésticos y también varios recursos primitivos: el martillo y la tabla para machacar bifes, por dar un ejemplo, o una limpieza general en la cocina-comedor, la habitación contigua al estudio de don Benjamín, o un objeto cualquiera que estallaba contra el piso justo frente a la puerta de la metafísica. En todos los casos aquellos ruidos contenían una violencia, una fuerza intrínseca tal, que uno pensaba en la energía que contiene una tempestad. En cuanto a la oportunidad y a la duración, se creería que doña Perla las determinaba con precisión calculada, y hasta se creería que ella espiaba a su marido, para lanzar los ataques cuando el filósofo se hallaba más concentrado en la filosofía. Siempre eran ataques cortos, a veces duraban unos pocos segundos, siempre súbitos. A veces eran combinados: un machacar bifes con un zumbido intenso como fondo, una oleada de radio a todo volumen y luego dos ráfagas de licuadora.

Si alguna vez Benjamín Balbuena reaccionó explícitamente contra estos ruidos ocurrió en la intimidad absoluta, así que nadie podría asegurar tal cosa. Pero su carácter de filósofo típico, el que no haya adoptado medidas para evitar definitivamente los ataques (como cambiar la delgada pared de tablas que separaba su estudio del resto de la casa, o conseguirse un estudio fuera del hogar o simplemente trabajar en otra habitación) y el desenlace mismo de esta historia, sugieren que la reacción jamás sucedió.

Doña Perla murió con sesenta y nueve años, por una enfermedad cardiaca fulminante. Unos días atrás había recibido una encomienda postal con una maquinita para afilar cuchillos, encargada en razón del penetrante sonido con que funcionaba en la propaganda televisiva. Benjamín Balbuena vivía entonces un período particularmente fecundo, y acababa de publicar —costeado con su jubilación y colaboraciones de algunos discípulos— su último libro, "Aportes a la inversión deleuzeana del platonismo", que ya había alcanzado ciertos ecos en dos diarios de circulación provincial y que según altas opiniones le despejaba el camino por recorrer hacia su obra cumbre.

Once años después de haber enviudado, Benjamín Balbuena ya no escribe filosofía. Y sigue viviendo en el pueblo, pese a las insistencias de los psiquiatras, sus hijas y sus pocas amistades. Antes de enviudar, imitando a Kant, nunca había ido más allá de los alrededores de la localidad; ahora, seguramente conserva dicha costumbre también por haber comprendido que las distancias resultarían inútiles. Entre los psiquiatras que para curarlo acudieron al pueblo no hubo acuerdo sobre la naturaleza de su mal, ni sobre la extraña relación habida entre su genio filosófico y los embates acústicos de doña Perla.

Nadie se figure que el filósofo intentó suicidarse ni nada semejante. Ni siquiera se le ha conocido un solo estallido de angustia. Durante un buen tiempo procuró sí reproducir los ruidos agresores de su mujer. Sustituyó varias veces a la criada, sin conseguir el menor éxito pese a las minuciosas instrucciones sobre cómo causar exactamente aquellos sonidos, con cuáles artefactos, golpeando cómo tal o cual objeto, atendiendo a las señales emitidas por él desde el estudio. Sus discípulos, sus hijas y sus nietos fracasaron en los mismos intentos hasta la desesperación. Pero él nunca se mostró desesperado. Y si hay quien afirma haberlo visto y oído sollozar ante la tumba respectiva reprochándole tan invencible silencio a doña Perla, faltan pruebas fehacientes.

Sencillamente, Benjamín Balbuena interrumpió su obra filosófica. Desde que quedó viudo, continuó estudiando y estudiando, pero no avanzó un solo paso en la producción propia, no escribió una página, no formuló un concepto nuevo. Lo admiten sus discípulos. Y no corresponde esperar sorpresas, pues la vejez empezó a quitarle lucidez aceleradamente, eso se nota.

Aunque todavía, tal vez empujado por la idea del segundo gran renacimiento, suele suspender sus lecturas y va hasta la cocina-comedor, enciende alguno de aquellos aparatos que ya se han vuelto unas antiguallas y lo escucha funcionar por un largo rato.

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