Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Julio 2007. Antilde;o uno. Número dos

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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¿Qué piensas tú del embargo?

Jorge Camacho

Hace unos días tuve la oportunidad de escuchar una conversación entre dos amigos en un bar de Miami. En medio del ruido y de la música uno le preguntó al otro qué pensaba del embargo, y entonces este le contestó que hacía muchos años él pensaba que era una política correcta, pero que ahora no. Las razones que esgrimía entonces, dijo, eran las mismas que puede dar cualquiera hoy. Sin embargo, agregó, "después de tantos años, no puedo seguir diciendo lo mismo." En pocas palabras, mi amigo pensaba que el embargo era una política errada, falaz e inhumana y así se lo hizo saber al otro.

Es una política errada, continuó diciendo, porque ha convertido en víctima al victimario, y si su objetivo había sido hacer cambiar el gobierno de la Isla, penalizar o impedir otra Cuba en Latinoamérica, no lo consiguió, especialmente ahora que brotan hongos rojos y de toda clase por todo el continente. Pero "¿por qué la consideras una política falaz?" –le preguntó el otro-. Porque recurre a una mentalidad de cocinero, o de médico de laboratorio. Se supone a priori que ciertos componentes bajo la presión correcta van a producir un estallido similar a una bomba de neutrones. En este caso la formula sería Presión + Hambre + Escasez = Rebelión. Creo que después de tantos años, dijo mi amigo, todos nos hemos convencido de que esta fórmula no funciona, que hay variables que no se han incluido en esta ecuación y otras a las que se les ha dado demasiada importancia. ¿Qué variables no se han incluido? Pues la más importante de todas: la que somos seres humanos, impredecibles, erráticos, a veces valientes y otras con miedo. No somos máquinas ni compuestos químicos; y qué hemos subestimado, nuestra capacidad de "aguante". Nos han preparado toda una vida para aguantar y desde que nacimos no hacemos otra cosa que obstinarnos en seguir viviendo.

Está bien, dijo el otro, pero "¿por qué dices que el embargo es inhumano?" Simplemente porque no le preocupa los "humanos" o para decirlo en términos kantianos, estos son solo un medio para un fin, no un fin en ellos mismos. La preocupación siempre ha sido la política, no las familias divididas, ni la angustia que supone tener que sobrevivir con lo mínimo. El objetivo ha sido "ganar" la guerra, no ver como podemos ayudar al prójimo. Nadie, absolutamente nadie que apoye una política económica de este tipo, puedo aspirar a que esta sea "humana". Sencillamente no se le puede matar de hambre a la gente para obligarlos a protestar, ni presionar un gobierno que mantiene a un pueblo bajo una dictadura tan férrea, para que haga una revolución. Quienes hacen la política nunca "sufren" y sin embargo, los que pierden credibilidad son los que presionan. Es como bombardear una población civil para terminar un conflicto. "¿Harías tú algo semejante?" y ¿Por qué la comparación tiene que ser con la guerra? –pregunto el otro-. Porque somos guerreros. El embargo nació de la guerra y no es más que una continuación de la acción bélica por otro medio: la guerra psicológica, diplomática, verbal, ideológica y hasta guerrillera. El diccionario de la RAE, incluye entre sus definiciones del embargo esta "la prohibición del comercio y transporte de armas u otros efectos útiles para la guerra, decretada por un gobierno." En otras palabras, querámoslo o no se trata de salir a luchar, de evitar que el enemigo se apertreche o de ganarles la partida. En tal sentido, la disidencia en Cuba ha sido más inteligente que la derecha de Miami –y todos los EEUU-. Entendió muy temprano que no podía repetir otra revolución en Cuba, ni ganarle al gobierno cubano con las armas. Abogó entonces por una oposición pacífica, casi al estilo de Mahat Magandi o de Henry David Thoreau: marchar por las calles, escribir, reunirse en las casas de los disidentes, optó por la desobediencia civil… Lógicamente, esto no impidió tampoco que el gobierno los tratara como a su peor enemigo.

Por otro lado, la política en los Estados Unidos ha sido siempre la misma: la confrontación. Primero con las armas, y luego el embargo. Incluso hay hasta quienes le reprochan a los de la isla, que no se levanten en armas contra el gobierno, mientras leen el periódico en California.

A todos estos lo único que les queda es seguir apretando más la tuerca, o mandar cuando se cansen a los marines a la Habana. Es un callejón sin salida, entiéndelo. Por eso de ser consecuentes con los de la isla debemos cambiar la táctica y asumir una oposición también "light": Mandar turistas a Cuba, mandar dinero, aumentar el flujo de información, permitir trabajadores temporales y mientras tanto seguir presionando al gobierno para que haga las reformas políticas necesaria, y le de la libertad a los presos. Ya sé que eso es difícil, pero no hay nada más liviano que una gota de agua y sin embargo, si te cae en al cabeza cada tres segundos te puede volver loco. Pero entonces, si todos pensáramos como tu, nadie haría nada. No me malinterpretes, por favor. No estoy diciendo que no hagamos nada. Estoy diciendo que lo hagamos de una forma diferente. Pero lógicamente eso requeriría un cambio total de política. Requeriría ser preactivos en lugar de simplemente reaccionar a los acontecimientos.

La discusión entonces volvió a lo económico. Mi amigo inquisidor, le dijo al otro que la cosa no era tan sencilla; le habló del intercambio comercial entre los dos países. "Este ha aumentado enormemente" agregó. "¿Acaso no parece paradójico que el país que mantiene un embargo tan férreo sea el que más envía alimentos a la Isla?" No, fue la respuesta del otro. Ellos velan por sí mimos y hacen lo que es mejor para ellos. El hecho de que las exportaciones de los Estados Unidos a Cuba hayan aumentado en los últimos años, no quiere decir que no haya un embargo, ni que el pueblo se beneficie como debería de tener uno de los países más ricos del planeta a noventa millas de sus costas. Lo que realmente haría falta, agregó, es encontrar la manera de que todos los cubanos, independientemente de lo que piensan, pudieran beneficiarse del acceso que traería comerciar libremente con los Estados Unidos y poder vender sus productos en el mercado más grande y dinámico del planeta. "Pero eso es precisamente lo que quiere Castro". Le espetó el otro a la cara "¿No estamos dándole el brazo a torcer?" Solamente si piensas en la cuestión en términos de "quien gana". Para que el cubano de a pie se beneficie de este intercambio, desde luego, el gobierno de Cuba debería cambiar muchas cosas, entre ellas liberalizar su economía y la capacidad individual de cada ciudadano para que se mueva y actúe libremente. Si no lo hace entonces difícilmente ganaría mucho más de lo que gana hoy comerciando con otros países del mundo. Según los economistas Hildy Teegen, Hossein Askari, (et. al), por ejemplo, aun si quitaran el embargo hoy, el impacto consecuente en la balanza comercial de ambos países sería mínimo. Especialmente en los Estados Unidos. Pero donde realmente se haría sentir el cambio es en el turismo, dado una posible avalancha de norteamericanos a la isla. Si tal cosa ocurriera, Cuba recibiría entre 100 y 350 millones de dólares anuales.1 Indiscutiblemente, el cubano de a pie se beneficiaría enormemente con este tipo de intercambios. No solamente desde el punto de vista monetario sino también intelectual. Desde luego, me dirás, no es suficiente liberalizar la economía para tener una democracia, pero al menos, te puedo responder que tendremos un país más próspero y más preparado para el cambio. Y sobre todo le habremos dado la posibilidad a muchos de dar rienda suelta a su creatividad y su imaginación. "¿Crees que eso es poco?" Y si me preguntas qué relación tiene el turismo con la política, solo te recordaré que sin los "viajes de la comunidad," a finales de los 70 en Cuba, no hubiera habido "Mariel". Si seguimos haciendo lo mismo de antes nunca vamos a lograr resultados distintos. Tenemos que cambiar. La serpiente cambia su piel cada vez que lo necesita, si no lo hace se ahoga. Pero lo más importante, terminó diciendo, es dejar de pensar en nosotros mismos como un medio para obtener un fin, no somos cifras de ganancia económica, ni fichas en el dominó de la guerra. "El fin" llegará cuando tenga que llegar. Mientras tanto los que están en Cuba y aquí tienen todo el derecho de vivir lo mejor posible en las únicas circunstancias que les son posibles vivir bajo una dictadura o en el exilio.

Esa fue toda la conversación y yo no me metí. Al juzgar, sin embargo, por la mirada que le echó uno al otro al final, creo que ninguno convenció al otro. Mi amigo, el conservador, seguramente habrá pensando que aun no era el momento para los profetas de la reconciliación, ni para Wayne Dyer, ni para los filósofos orientales. Que no era tiempo de imitar a Thoreau o Gandi en el exilio, sino de seguir luchando. Cualquier diálogo con el gobierno era sinónimo de claudicar, cualquier ayuda a un familiar, un puñado dinero para las arcas del Estado. Entendí entonces lo pobre que son las palabras antes los sentimientos.

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