Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Julio 2007. Antilde;o uno. Número dos

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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"Para ser visto con los oídos" treinta años después

Entrevista a Félix B. Caignet

Por Rafael E. Saumell

Página 1

«En 1976 trabajaba en el Centro de Documentación del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). Yolanda Appiani era la directora y me había encargado una investigación sobre la radio y la televisión en Cuba, desde sus inicios durante los años veinte y cincuenta, respectivamente, hasta aquel presente. Ese mismo año conocí a Félix B. Caignet Salomón (San Luis, Oriente 1892-La Habana, 1976) en su casa ubicada en el reparto Siboney, antiguo Biltmore. Era vecino de cuadra de Germán Pinelli. Lo visité varias veces, siempre con una grabadora en mano. Lo cuidaban Alfredo y Nancy un matrimonio joven, cuyos hijos había bautizado.

Del autor de Chan Li Po, El derecho de nacer, Ángeles de la calle, etc., sólo se mencionaban y transmitían sus canciones (Te odio, Frutas del Caney, Carabalí, Mentira….). Sin embargo, su obra radiofónica y cinematográfica estaba silenciada, a pesar de que sus fieles amigos hacían incontables esfuerzos para sacarlas del ostracismo.

Unos tres años después terminé un libro de ensayos al cual titulé La corte del supremo espectáculo. Leonardo Acosta escribió el prólogo. Con la editorial Unión, entonces dirigida por Joaquín G. Santana, firmé un contrato de publicación. El libro fue impreso pero nunca sacado a la luz. La edición completa acabó hecha pulpa, literalmente, pues fui arrestado por el Departamento de Seguridad del Estado bajo la acusación de Propaganda Enemiga, debido al contenido de unos relatos míos nacidos a raíz de los sucesos de la embajada del Perú y el subsiguiente éxodo a través del puerto del Mariel. Un muy querido amigo salvó una de las copias mecanografiadas del libro triturado además de otros textos, entre ellos las transcripciones de las entrevistas a Caignet. Pude recuperarlas el verano pasado (2006).

Los ya desaparecidos Pinelli y el actor Raúl Selis fueron los oradores en la despedida de duelo. Recientemente, y por medio de un artículo de Josefa Bracero Torres, me enteré que el 25 de diciembre de 1992 los restos de Caignet fueron llevados a Santiago de Cuba, donde se le rindió tributo en la Casa de la Ciudad adonde fue a vivir junto con su familia cuando era un niño.

Las fotos que acompañan a este trabajo fueron hechas por la reportera Ángela Soto y ahí estamos ella, Pedro Pablo Romero, operador de audio de CMBF-Radio Musical Nacional, Caignet y yo. Quizás fueron las últimas que se le tomaron.»

Félix Benjamin. Caignet

Félix Benjamín Caignet

¿De dónde es Félix Benjamín Caignet Salomón?

Bueno soy de San Luis, Oriente, del cafetal Burene, propiedad de mi padre. Él era francés y mi madre cubana, tenían un cafetal maravilloso, el mejor que había en Oriente. Mi padre se arruinó durante la guerra de independencia, era simpatizante de los revolucionarios y los españoles le hicieron horrores, le quemaron los cafetales. Luego se quedó paralítico y arruinado. Así pues se quedaron con nueve hijos, mi madre y él paralítico. Era un hogar católico, apostólico y "romántico". El único que no hizo la comunión fui yo. Mi madre era muy católica, devota de la Virgen de la Caridad, por cubana no por virgen. Me simpatiza y la respeto. Yo busqué independizarme, quise trabajar, ser útil, he sido un espíritu demasiado inquieto, muy ambicioso en mis sueños, he soñado muy alto. Hubiera preferido ser más modesto. Me ha gustado tener dinero y he sido rico para repartir lo mío y hacer feliz a mucha gente. No lo estoy diciendo como una virtud porque no creo en las virtudes sino en el instinto del individuo. Era más bien por estética que por virtud porque pensé que es mucho más bonito ser bueno que malo. Yo quería ser útil en mi casa y no estudié nunca. Le va a parecer imposible, yo nada más pasé hasta un tercer grado malo en una escuela pública. Yo no sé conjugar un verbo, no sé analizar una oración. Miguel Matamoros y yo fuimos amiguitos desde muchachos, en la misma escuela de Carmela Cruz aprendimos a leer y a escribir. Nunca aprendí a pintar y pinté, llegué a pintar bastante regular, me gustaba mucho la acuarela. Hago joyas de piedras. Libertad Lamarque anda siempre con un amuleto de la buena suerte que yo le hice, que es un negrito llorando. Se lo mandé a montar en un aro de oro. He leído mucho, los libros han sido mis maestros. Siempre he sido un buscador de almas. Con mis amigos he sufrido muchas decepciones porque he ido a encontrar en amigos el alma que no tuvieron.

Allá en Oriente, crítico de teatro, y en La Habana amigo de Caruso

Empecé en los periódicos de Oriente, en el Diario de Cuba, en El cubano libre. Publicaba cuentos en el periódico, versos, poesía lírica, todavía no hacía versos negros como Nicolás Guillén en Sóngoro cosongo. Era un muchacho entonces, cubría los deportes, la policía, después hice de crítico teatral, me gustó mucho el teatro, lo leía mucho todo ese teatro español, francés, las obras de Jacinto Benavente y de los hermanos Álvarez Quintero. Tengo un archivo maravilloso de obras del teatro universal. También tengo una colección de fotografías y de autógrafos de eminencias teatrales, de Anna Pavlova, de mi gran amigo Enrico Caruso, me hice amigo suyo por cartas. Primer tenor del mundo, un hombre maravilloso, de una sencillez enorme. Cuando vine a La Habana [invitado por el cantante] me hospedé en el hotel Saratoga, cerca de donde estaba hospedado él que era en el Plaza. Me hacía ir todos los días a almorzar con él, de noche lo que tomaba era una limonada. Y una noche, me acuerdo que cantaba Payasos, ¿sabes a cuánto vendían las lunetas? En taquilla eran cincuenta dólares, los revendedores a cien y a veces ciento veinte, ciento veinte cuando cantó Aída. Llegamos al teatro y habíamos salido un rato, habíamos caminado por el Parque Central y nos fuimos para el teatro. Entonces, cuando llegamos, había una alegría enorme entre bastidores. Era temprano todavía y toda la gente del teatro de allí, gente humilde, una alegría, estaban repartiendo tabacos de primera, repartiendo una caja de tabacos y tenían una botella de ron y se estaban dando tragos. Y me dice Caruso: "¿qué está pasando ahí?" Y voy yo, indago y le digo. "Mire lo que pasa es que aquel muchacho que está allí, era un morenito, un tramoyista, ha tenido su primer hijo, ha salido varón, está repartiendo tabacos y bebidas a todo el mundo, a todos los amigos". Dice Caruso: "Yo soy amigo de él" y va para allá y le dice "un abrazo, papá. Tu hijo tiene que llamarse Enrico Caruso y yo voy a ser el padrino". Ah, un negro llamado Caruso, era un tipo simpático el negrito, un negrito de obra bufa, como Garrido, una cosa así. Vivía en Regla y allí se celebró el bautizo y el individuo le puso a su hijo Enrique Caruso y González. Por ahí saca usted el carácter que tenía Caruso, un hombre sin vanidad de ninguna clase, encantador, yo lo tengo entre mis recuerdos más agradables. Luego vino la radio, escribí cuentos para niños, Chilín, Bebita y el enanito Coliflor", del tamaño de un cigarrillo Edén que patrocinaba el programa. Chilín y Bebita eran dos hermanos mellizos. Coliflor siempre iba como asomado a un balcón, metido en el bolsillo de Chilín. Representaban a los niños, al hombre y a la mujer perfectos. Tocaba las distintas facetas humanas y les impartía todas las virtudes a mis personajes. El enanito Coliflor era el que los aconsejaba, el que les decía la verdad, era chiquitico, claro, mencioné mucho en mi cuento la frase "no hay hombre grande ni chiquito, lo que se necesita para la estatura moral es voluntad fuerte, una enano puede ser gigante si tiene voluntad". Y a base de eso giraban mis personajes. Yo mezclaba eso con lecciones de historia, geografía, astronomía. Todos los días se interrumpía la aventura con una cajita de música que yo tenía, empezaba a sonar, "ah, qué ruido, tengo que interrumpir, la cajita de música manda que no puedo seguir, será mañana, continuará". Eran episodios infantiles como por ejemplo El mundo azul. Lo hacía todo. Si había un incendio usaba un pedazo de papel celofán, hacía las voces, aquello fue un éxito, los episodios salían a las siete de la noche, todavía tengo los episodios, por seis años consecutivos… Por esa época compongo El ratoncito Miguel. Formé un cuadro de teatro infantil para dar funciones, se me llenaba el teatro, por ahí tengo los programas del Teatro Oriente.

Alcanfor y las cartas de amor

Yo ya había empezado a hacer música, ése es otro episodio de mi vida, quizás el más "novela rosa" de todos, esa novela rosa que hemos vivido en nuestra juventud. Después nos abochornamos de lo picúo que fue aquel amor, ese despertar a la vida, ese enamorarse románticamente. Y es tan bonito eso, chico; yo lo recuerdo siempre porque a mí me inspiró a hacer música, ser músico, porque yo quise serlo y un pariente mío que como mi padre estaba paralítico era el tutor nuestro, completamente cavernícola, me dijo que no, que quién había visto a un hombre dedicado a la música, que eso era para las mujeres. Un imbécil, un imbécil, un cerebro torcido, el exponente más alto de la imbecilidad y la ignorancia. Bueno, el caso es que yo escribía en el Diario de Cuba una sección que era anunciada por el cigarrillo Edén y firmaba con un seudónimo, Alcanfor, porque era un nombre extranjero. Lo hice porque me anunciaron que querían hacer un concurso para premiar la mejor carta de amor que se recibiera. Todos los días premiaban la mejor carta de amor. Cada concursante tenía que mandar el frente de una cajetilla de cigarros y se premiaba con cinco pesos a la mejor carta. Pues recibo una carta que tengo guardada, sabe, y me decía: "Me he atrevido a dirigirme a usted escudada por el seudónimo. Usted nunca sabrá quién soy, mi pudor de mujer me lo impide, pero mi condición de mujer me aconseja que tenga este desahogo y se lo diga. Yo lo conozco a usted, pero usted no me conoce a mí. Creo que soy bonita, por lo menos no soy fea y yo estoy enamorada de usted. Me has gustado por feo, me gusta tu alma, la he visto a través de tus cuentos, de tus poemas publicados en Diario de Cuba". Todavía yo no hacía versos negros como Nicolás Guillén en Sóngoro cosongo, que eso fue lo que me inspiró a escribir esos versos en aquella época. Me emociona de una manera grande aquella carta. Entonces yo la reto a ella. Le respondo públicamente: "He adivinado en usted un alma de talento superior", la elogiaba mucho, le pedía que prescindiera de esa modestia y de ese pudor y que se diera a conocer. Me dijo no, imposible, que siguiéramos así. Ella me escribía, yo le contestaba por el periódico. Se popularizó mucho entre los orientales la Gilma ésa que le escribía a Caignet y llegamos a ser novios sin conocerla. Qué cosa tan bonita aquélla, chico. Había detalles como dijo Pablo [Paolo] Mantegazza, eran las sublimes imbecilidades del amor. Un día recibo, certificada, una cajita así y dentro un bombón mordido, ella se había comido la mitad de un bombón y me mandaba a mí la mitad. De un picuísmo rabioso pero encantador. ¿Sabes lo que es mandarme un bombón? Después de que transcurrieron los años, me veía ya grandullón comiendo un bombón con una cara de imbécil enorme, en un deleite romántico y sentimental extraordinario. Recibo otra cajita. Un ramito de violetas marchitas. Me lo puse, estuve paseándome con él por el parque, lo llevaba puesto en el lado izquierdo, en el corazón. Esos detallitos tan imbéciles. Les haces una radiografía colocado en un plano de seriedad, de pollino. Pero si te pones en un plano de juventud lo encuentras perfectamente justificado. Eso es cuando el alma es más pura. Después viene el amor meditado, el amor que de acuerdo con todas las prescripciones sociales le restan ternura al amor. Y pasa un día, pasa un año y yo suplicándole cómo era. La gente preguntaba cómo es Gilma y a imaginarla.

Un día La imaginación me hizo soñar con ella. Estaba yo de administrador del Teatro Cuba, sentado en el escritorio leyendo las cartas mientras funcionaba el cine. Me digo, ¿por qué esta muchacha no se deja ver? Llegué a enamorarme de verdad. Se me ocurren unos versos y me pongo a escribirlos: "He soñado contigo/y te he visto en mis sueños/adorable risueña como un rayo de luz/había gloria en tus ojos/había gloria en tu boca/había luz en tus ojos/y la luz de tu cuerpo se filtraba en mi alma/con tal embrujamiento/con tan suave fulgor/que esa luz misteriosa…" qué sé yo, se me ha olvidado. Leo los versos y salían con música que tarareaba mentalmente. Ay, he hecho una canción. Era en la época del cine silente. Al frente de la orquesta estaba el maestro Rafael Morales que fue pianista del Teatro Encanto, gran amigo mío, una persona de mucho talento. Adaptaba la música a las películas. El primer violín era Chepín [Electo Rosell]. Yo lo quiero mucho y le estoy muy agradecido, amigo mío de toda la vida. Llega Chepín a mi oficina y me dice "iba a hablar contigo". "Mira chico, llegas a propósito. Fíjate en esto. Me he puesto a escribir unos versos a Gilma y me han salido con música". Dice, "no fastidies, chico. Te vas a volver loco por Gilma" porque todo el mundo hablaba de esos amores románticos desde un periódico, realmente enamorado. Se la canto y dice Chepín "óyeme, eso es una criolla perfecta". Fue a buscar papel pautado para copiarla y me dijo "cántala", como sé música se la canté. "La vamos a instrumentar entre Moralitos y yo para estrenarla en la tanda elegante del domingo que viene, por la mañana, después de la misa de las diez de la Iglesia de Dolores" a la que iba lo mejor de Santiago de Cuba, la alta sociedad, y al salir de la iglesia se iban a la tanda del domingo. Bueno, la instrumentan, publiqué la poesía y le digo a Gilma: "Me has hecho músico. Se va a estrenar el domingo próximo, ojalá que puedas estar presente." Aquello fue una revolución. El doctor Ramón Miyar me estrenó la canción. Era joven y luego se hizo abogado. Tenía una lindísima voz de barítono, preciosa. Se publicó la letra por si el público quería cantarla. El lleno fue absoluto. Lo confieso: mi emoción fue tan grande que cuando oí mi primera canción cantada en público, muy bien cantada, con una magnífica orquesta, me eché a llorar como un niño. No se me olvida nunca eso. Mira que hacía años que no lloraba y lloré. Al día siguiente carta de Gilma. Había venido de Bayamo y asistido a la función. Estuvo allí y yo no la conocía. Dice que pasó cerca de mí y me sonrió. El romance siguió, ya Félix Caignet era compositor, me sentía tan orgulloso.

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