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«En 1991, a los veinte años, cuando leí las Iniciales de la tierra, ya Jesús Díaz no vivía en Cuba. Recién comenzaba ciertas gestiones del adiós, y parecía que sólo las noticias de sus libros, quizás algún artículo, daban razón de sus rumbos por el extranjero. Sin notarlo, como por hábito, su nombre quedó en el frágil susurro de las conversaciones, como alguien que allá en Berlín o luego en España, se las agenciaba para sortear las suertes editoriales, los compromisos políticos y los estragos de la memoria.
Jesús Díaz, desde el tiempo insular y frente a nuestros ojos expectantes, lucía vivir en las circunstancias mínimas de la evocación, o en los ya cotidianos estudios sobre la narrativa cubana, donde una y otra vez, se hablaba de Los años duros, como de un texto imprescindible dentro del quehacer escriturario de la Revolución. Ante nosotros, que no lo conocimos y llegamos tarde a los sucesos del Caimán barbudo, a las diatribas sobre el grupo de «El Puente», a la clausura de la revista Pensamiento crítico; Jesús Díaz corría el riesgo de extraviarse bajo el acomodo de algún que otro nuevo libro, siempre leído de trasmano, a prisa y con la complicidad de los actos prohibidos.
Y sería el año de 1997, en Pinar del Río, cuando comenzaron a sorprenderme las noticias llegadas de un sitio y otro. En España, Jesús Díaz recién había fundado la revista Encuentro de la cultura cubana, y una vez más, los escritores e intelectuales de la Isla apostaban entre los pros y los contras, los riesgos permisibles y las actitudes de ofensa. De una parte se esgrimían criterios de saludo; de la otra, se argumentaban razones de deslealtad. Y una vez más llegaba yo demasiado tarde y por costumbre acaso, me otorgaba la ocupación del voyeur dispuesto a contemplar el devaneo de los rivales al enfrentarse a los sucesos.
Ahora en Madrid, esta entrevista sea quizás, la consumación definitiva de mi vocación de espectador»
Mi generación era muy joven cuando triunfó la Revolución. Y a partir de ahí hubo actitudes muy diferentes, lo cual hace difícil una respuesta unívoca. La generación a la que pertenezco no es unitaria. Hay en ella diferentes posiciones estéticas, políticas, y diferentes logros a escala literaria. A ella pertenecen autores tan disímiles como Eduardo Heras León, en Cuba; y Reinaldo Arenas, quien, luego de transitar en la Isla por circunstancias tales como la cárcel, vivió sus últimos años en Estados Unidos. O también pudiésemos hablar de Carlos Victoria, que está haciendo una literatura de primerísimo nivel, o de otros autores que permanecen en Cuba. Por lo que antes de una respuesta única, se impone seguir las trayectorias individuales.
La ‘generación de los 50’ también se escinde. Y frente a ella, cabe el mismo análisis individual que planteaba para la mía. Pues en la ‘generación de los 50’ puedo hablar de poetas como Heberto Padilla, y de otros, a tanta distancia de él, como Luis Suardíaz. No creo que se pueda hablar de una actitud única. Pienso que hay tendencias en estas dos generaciones, y dentro de ellas, destinos individuales difíciles de simplificar. No puedes decir que los que están en el exilio consiguieron más resultados que quienes permanecen en la Isla. En la ‘generación de los 50’, en Cuba, hay autores como Rafael Alcides, que me parece un poeta espléndido, tanto desde el punto de vista literario como por su actitud cívica. Antón Arrufat, a quien considero un buen poeta, un excelente dramaturgo y también un ensayista. En el exilio, a esa generación pertenece Guillermo Cabrera Infante, a gran distancia literaria y política, por ejemplo, de Lisandro Otero, quien, sin embargo, vive en México.
Respuesta para las dos preguntas: creo que hay que seguir destinos individuales.
A mí Los años duros me parece un libro prescindible. Muchos críticos no están de acuerdo conmigo y algunos ven una posición política en esto. Pero no es cierto. Yo escribí Los años duros con veintitrés años y me parece el libro de un joven, a quien le faltaba mucho terreno literario por recorrer. Y no soy el único que actúa así. Mario Vargas Llosa rechaza Los jefes. Alejo Carpentier no estaba de acuerdo con la reedición de Ecue yamba o. Y mi actitud hacia Los años duros se inscribe dentro de ese contexto, aunque en otros países me pidan reediciones. Hay demasiada literatura escrita y no veo motivos para abrumar más al lector y a las bibliotecas con títulos que pueden ser olvidados.
Las palabras perdidas, en cambio, me parece una obra de madurez. Hay mucho tiempo entre la escritura de un libro y otro. Empiezo a escribir Las palabras perdidas en 1988, después de haber publicado Las iniciales de la tierra, novela que estuvo doce años prohibida. Esto significa que hay veintidós años entre ellos, de 1966 a 1988. Veintidós años de lectura, de estudio, también de experiencia vital. Y sí, desde luego, vindico Las palabras perdidas como un libro vivo, y por ello he aprobado sus sucesivas reediciones en español, como sus traducciones al francés, al griego y a las demás lenguas en que se ha publicado.
Mi vocación literaria es previa a mi vocación política. Pero hubo un momento que creí que se habían fundido, los años entre 1959 y 1970.
La Revolución prometía la utopía, es decir, la solución a todos los problemas de la nación y también, de todos los problemas de este mundo. Yo asumí ese proceso y siempre lo recuerdo, no reconstruyo mi biografía. Y desde ese punto de vista y quizás durante esa etapa, sí me consideré un escritor de la Revolución.
Un país más feliz para mis hijos.
El medio de conseguir esa felicidad que se nos prometía para todos.
La manera de alcanzar una Cuba democrática.
He escrito sobre eso. Y remito a un ensayo que publiqué en Encuentro, titulado "El fin de otra ilusión". Texto a propósito del cambio de dirección del Caimán barbudo y de la supresión de la revista Pensamiento crítico. Considero que esa polémica tenía dos aristas. Una, que abordaba la polémica intergeneracional, en la que estaba en juego, digamos, la hegemonía del mundo literario cubano; y otra, política. Y creo que me equivoqué al mezclarlas. He pedido excusas por ese error mío a Ana María Simo, quien fue la contradictora directa; no obstante, pienso que la historia es el terreno ideal de las paradojas. Por ejemplo, un autor como Raúl Rivero, que formaba parte del Caimán barbudo, el grupo que yo representaba, es hoy por hoy, quizás, el intelectual que más dignamente está oponiéndose a la dictadura en Cuba y el poeta más notable de esa generación. Mientras que Miguel Barnet, que era un miembro conspicuo de «El Puente», es hoy algo así, como el tambor mayor de Castro.
No sé exactamente qué quiere decir eso. He tratado siempre de ser consecuente con lo que pienso y de defenderlo públicamente. Por ello, fundé y dirigí el Caimán barbudo y al cabo de aproximadamente un año y medio, el poder nos echó. No solamente a mí, sino a todo el grupo que hacíamos la publicación en ese momento. Fundé y fui miembro del Consejo de Redacción de la revista Pensamiento crítico, la cual, el régimen clausuró en 1971. Fui fundador del Departamento de Filosofía de la Universidad de la Habana, y el régimen lo cerró y destruyó luego su sede. Posterior a la publicación de Los años duros, escribí Las iniciales de la tierra, y como decía, la novela estuvo censurada durante doce años.
Cuando trabajaba en el ICAIC, realicé el documental 55 hermanos y fue la primera vez que el exilio entró en las pantallas de la cinematografía cubana, y fue nombrado por mí "hermanos". Y esto, obviamente, poco tenía que ver con lo que pudiera interpretarse como un «extremista de izquierda». Años más tarde, y sobre el mismo tema, dirigí la película Lejanía. Y no fue lo que el poder esperaba de un cineasta de extrema izquierda.
En este período, en 1985, me autorizan a publicar Las iniciales de la tierra. Yo no había podido leer la novela después que fue censurada, lo hice, y no me convenció desde el punto de vista literario, porque doce años es mucho tiempo. Entonces, decidí rescribirla y en 1987 se publicó primero en España, y luego, en Cuba.
Todas mis novelas han sido finalistas del Rómulo Gallegos, pero los premios se manejan. En cambio, le doy más importancia a que la primera edición cubana se haya agotado en una semana, que tenga en este momento cuatro ediciones españolas, que esté viva, que la traducción inglesa aparezca el próximo año y se conozca ya en siete u ocho idiomas. Bueno, y si esa es la novela de un «extremista de izquierda»... Ciertamente, no lo creo así, pues expresa bastante bien mi perplejidad ante el destino de ese decenio en el que creí intensamente en la Revolución.
Sé que en Cuba se dicen muchas cosas, sobre todo a raíz de la existencia de la revista Encuentro de la cultura cubana y del periódico digital Encuentro en la red. Pero solicito se me juzgue por mi obra, pues en esa etapa, escribí Las palabras perdidas y salgo del país con el libro terminado, y me parece una broma de mal gusto considerar que un «extremista de izquierda» es autor de Las palabras perdidas, Las iniciales de la tierra, 55 hermanos y Lejanía.
Ahí está mi obra y ella responde por mí.
Hoy diría que no creo que el marxismo tenga principios. El marxismo, o la obra de Karl Marx y de algunos de sus seguidores, es uno de los aportes más importantes a las Ciencias Sociales realizados durante el siglo XIX. Pero ocurre que estamos en el XXI y depende de cómo se mire esto. Considero que Marx y algunos marxistas importantes forman parte de una tradición de pensamiento científico social por derecho propio. Pero sería, incluso antimarxista, plantear que esa tradición de pensamiento termina con Marx. Por tanto, no hablo de principios del marxismo, que no pudo demostrar ni el propio Marx, sino de la intención de que el mundo sea más humano de lo que es. Y en ese terreno, revindico el pensamiento de Marx, como el de uno de los pensadores importantes de la historia del pensamiento occidental.
Me lo planteo estando ya fuera de Cuba, antes no. Me gusta el país en que nací, su gente, y además, tenía una familia, cincuenta años y desconocía si tendría reflejos para subsistir en un mundo tan altamente competitivo como es el mundo, no diría capitalista, porque no hay mundo socialista ya, sino fuera de la visión paternal de un Estado que supuestamente te protege y a su vez te cobra esa protección en términos de libertad.
Salgo a Alemania sin creer para nada en el régimen totalitario de Cuba, pero pensando regresar a una especie de refugio. Y si decidí no hacerlo, se debió a una carta del señor Armando Hart, para entonces miembro del Buró Político y Ministro de Cultura. De ésta se deducía, que, a raíz de la publicación en Suiza y luego en diferentes sitios del mundo, de mi artículo "Los anillos de la serpiente"; si regresaba a la Isla, podía ir a la cárcel. Y como no tengo vocación de mártir, preferí permanecer en Alemania. Justo a una edad en que la gente no emigra. Se emigra de joven. Preferí ese riesgo y fue una decisión tomada por albur. No porque denostara el exilio, sino, porque me gustaba vivir en Cuba, insisto, y no sabía si podría reempezar a vivir a los cincuentas años.
Sí. Durante doce años sufrí la censura de Las iniciales de la tierra y francamente, estando en Alemania, no sabía qué panorama me encontraría a mi regreso. Desconocía si una novela como Las palabras perdidas, que había sido secuestrada por la Seguridad del Estado, se publicaría o no. Pero hasta la carta de Hart, me planteé el regreso como una posibilidad cierta. Sobre todo por el factor que planteo, reempezar a vivir a los cincuenta años.
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Imagen de portada:
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