


Acabo de terminar la lectura de Las cartas del almirante (Carlos A. Díaz Barrios, Editorial Torre de Papel, 2006), son las doce y un minuto de la noche este martes en Madrid y frente al ordenador, procuro explicarme, café mediante, las razones de mi deslumbramiento.
Las cartas del almirante, quizás, no responde al concepto más canónico de novela o simplemente es una novela que explosiona y nos remite al teatro como puesta en escena y al monólogo como alocución común a una y otro género. En este libro, el discurso fluye, indivisible y torrencial, de la voz del personaje hacia su narratario elegido, ese oyente que deberá compartir sus imprecaciones y dolores, pero que no interviene en ellas, simplemente, porque no está en la escena, sino en la evocación del hablante. El almirante Cristóbal Colón permite la diatriba del personaje no sólo contra él, sino contra la Historia, latinoamericana en general y cubana en particular, como un acto perdido e injusto, que fecha en el primer viaje del navegante hacia el Oeste, el primer acontecimiento de fracaso y tristeza de nuestra tradición continental.
Ahí comienza el sentido de la pérdida, pero también de la abyección. La conquista y posterior colonización comprende el sentido completo de nuestras miserias, también de la entronización del lenguaje y de la eliminación del pudor a manos de los calores, el colorido y la música. Las tierras de México, el archipiélago cubano, la geografía caribeña en su ámbito de confluyentes tropelías y complejos mecanismos de subsistencia convierten el discurso del narrador en una exploración de nuestras miserias más hondas. Frente a él —acaso sólo mentalmente—, el almirante lo observa construir esa cuerda de nudos, que se acompaña de tequila y vocablos de sonidos arcaicos y rítmicos como si escucháramos la glosa de una batalla perdida muchos años atrás. Quizás, porque así es.
Y aquí aparece uno de los tres aciertos de este libro. La liberalidad del lenguaje. Carlos A. Díaz Barrios usa las palabras con la pericia de un pintor de frescos, sin miedo a los colores estridentes, a la fuerza del choque entre ellos. La prosa describe como si pintara, pero también hiere y hunde los ojos del lector en una historia compuesta por múltiples fragmentos silenciados, donde lo que sucede lejos de devenir presente es causa o móvil anterior de cuanto está por acontecer, de aquello ante lo que pagaremos, bien por nuestras culpas, bien por nuestras deslealtades.
El idioma en Las cartas del almirante es continental, su vocabulario está compuesto de una amalgama de términos regionales, de voces que se reconocen en el ámbito mayor del Caribe y que por momentos dejan la impresión de estar asistiendo a la lectura de un texto escrito en un español nuevo, construido con locuciones multinacionales, que fijan por igual los misterios de la sobrevida, como los actos pedestres, o incluso, de esa sensualidad libre de remilgos que pervive tras ellos: "un ciego ministro y un secretario maricón que nunca ha mirado cómo una mujer mea en la soledad de una hermosa tarde", dice el autor y el lector se atreve a vislumbrar una mujer agachada, la tela de la falda sujeta contra las caderas, el cielo despejado, ninguna traza de lluvia en el horizonte.
El segundo de los aciertos a privilegiar en la escritura de Las cartas del almirante es su ausencia de situaciones fácilmente lascivas o procaces o pedestres o melodramáticas. El tono es irreverente y se mueve desde la negación hacia la condena, del insulto a la ironía, como si el acto de la verdad sólo pudiera construirse sobre las estulticias que nos habitan, encima de la aceptación de nuestras malas entrañas, con la liberación que todo gesto sexual conlleva. Y así está planteada la novela, como un perseverante, aunque inútil, deseo de esclarecimiento, de ajuste de cuentas, de llanto rabioso ante el dolor. La impotencia aquí es verbo hiriente, nunca resignación. El narrador existe a partir de la embestida y de la ira, pero en él nada evoca los términos comunes, las asociaciones preconstruidas, los límites ideológicos.
La tercera ganancia de esta novela está en su capacidad para embaucar. Una vez abierto el libro, las palabras cumplen con la única función que las justifica sobre la página en blanco, la caza del lector. Y créanme, en este caso, son realmente muy certeras. Doy fe.
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Imagen de portada:
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