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No recuerdo el significado de la palabra "soñar".
Sé que tenía año, hace ya uno, pero lo perdí.
Tampoco recuerdo en qué lugar lo perdí.
Sé que tenía uno, pero nadie hoy me ayuda a encontrarlo.
No recuerdo el significado de la palabra "creer".
Sé que tenía uno, hace ya años, pero se me extravió.
No sé si lo perdí en un viaje o me lo robaron del bolsillo.
Sólo sé que miro por todas partes y no lo encuentro.
De nuevo regreso a Itaca.
La casa, anegada en aguas, como el vino incoloro que la muerte escancia,
sobre nuestra ausencia, sobre el mundo secreto de las sombras.
O acaso el resultado de una tormenta, simple y repentina,
cernida a través de las ranuras que en la bovedilla del techado
corroen otro cielo, otro color de nubes y reflejos.
De cualquier forma, el deterioro.
Las paredes, ennegrecidas por el desamor,
por la desidia que no les vio crecer con los ojos de un niño de 1950
ni les vio partir con la mirada del lobo urgido por el lenguaje inexplicable del bosque.
Y todo esto para regresar después, como los supervivientes de una guerra,
a recoger astillas calcinadas, retazos de toldos descoloridos,
grifos descolgados, puertas sacadas de sus goznes.
El quicial, separado de la pared, filtrando la luz de la infancia...
Los padres —doblemente ausentes— recuperan los muebles
que han guardado los vecinos durante años. Un sillón muestra el relleno
como las entrañas de los muertos por explosión violenta.
No tiene sentido, qué tiene sentido.
Y todo esto para regresar de nuevo a beber el vino incoloro que la muerte escancia,
a recobrar las pertenencias que permanecen en la nada
y que afloran sobre la tierra temblorosa de los sueños.
Cambiaría el placer y el dolor de escribir todos
y cada uno de mis versos
por el incomparable deleite indoloro de adentrarme con mi boca
tras las Puertas de Petra.
Ah, esa Petra desnuda, suave y dura,
que se alza sobre El Ghor de mi lecho
y me deslumbra cuando el sol de mis ojos fulgura a su entrada
y, como en un milagro, fuerza a que sus puertas se abran para mí,
sólo para mi.
Sus goznes chirrían de inconmensurable placer,
y las herramientas del obrero tienen también sonidos de goce
al engrasar lo que el tiempo guardó cerrado para él,
para que sus manos cogieran
—una por aquí, la otra por acá—,
abriéndola de par en par, quedándose sin aire,
penetrando,
muriéndose,
celebrando y glorificándose a sí mismo por conquistar el reino de nabateos,
él, un simple y modesto obrero del placer que no merece tanto reconocimiento
y que el destino convierte en guardián de los dioses secretos.
Atraviesas las voces con un braceo de pez sofocado,
mirando al cielo con la clarividencia
de quien vive con certeza la vida imposible del que no vive
sino aproximándose a la desnuda oscuridad que ya se viste con tu cuerpo.
Sombra eres en la distancia y contorno de la espuma entre unos dedos.
En ambos extremos un golpe sólido, y entre medias
una línea que se contrae cuando te beso.
Cuando te beso, beso la ausencia, beso el abismo
de un mundo que delimita para siempre su cuadratura y tiene fin,
negando la redondez de un círculo por el que puede abrirse la misma puerta
dos veces, dos veces la misma aldaba bajo el implacable sol del mediodía,
dos veces el largo corredor desde el fondo hasta el agujero que se descubre
como la cabeza de su sombrero, como la puerta de la calle,
y luego no hay calle ni árboles ni niños irreverentes pulsando el timbre
como un gran descubrimiento del siglo XIX o un helado en China, sino el vacío.
La oquedad que reposa en tu cama pasa por mi corazón como la sangre
y siento que en ella descansan mis brazos
y son las sábanas un río con un pescador único, que no soy yo ni tú eres,
pero nos engarza en ristra como a sonrosados salmonetes temblorosos.
Ay, un estremecimiento: eres.
Y estás a mi lado.
Es una regla universal: la moneda, en todas partes, tiene dos caras.
Sobre una, el perfil de César; en la otra, el rostro con que el hombre dibujó a Dios.
Cuando al inicio del trashumar, alguien pone en la palma de tu mano una moneda,
nunca mires, muchacho, qué sorpresa te aguarda del lado que no ves.
Acepta la mirada de la cara que te ha tocado, ya sea de perfil o de frente.
Porque —óyelo bien— a quienes nos ha tocado conocer las dos caras de la
moneda,
no hemos salido por ello recompensados; más bien, todo lo contrario:
sabemos lo que oculta César y lo que oculta Dios,
y ese lamentable descubrimiento, esa falaz sabiduría, no nos hace mejores,
ni simplifica nuestra vida, ni nos proporciona ninguna alegría.
Sabiendo tanto sólo pierdes: pierdes el tiempo y pierdes la vida.
Y al final, siempre ganan los que han conocido sólo una de las caras de la moneda.
Por eso, muchacho, cuando pongan en tu mano uno de esos doblones,
no importa en qué tiempo sea, nunca le des la vuelta.
Si así lo haces, si mi consejo sigues, siempre te quedará el recurso
de pensar que Dios o el César guardan para ti la justicia y la felicidad.
En cambio, si las circunstancias te obligan a sentir sobre ti las dos miradas,
date ya por muerto: serás sólo otra moneda que rueda por el contén de la calzada
hasta que encuentre un desagüe, caiga, y desaparezca,
haciendo compañía a otros desechos, hasta la acequia donde las ciudades
acumulan los sueños de los fracasados.
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Imagen de portada:
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