


1. Yo no sé casi nada de Isel Rivero, pero sé que sé lo suficiente. No es necesario saber nada de ella para darse cuenta de que Las noches del cuervo tiene vida propia, precisamente por eso: porque tiene lo que hay que tener para ser, no depende de la biografía de la autora para seguir existiendo aunque para llegar a existir haya tenido la autora que vivir lo que ha vivido, que tampoco es sin embargo condición suficiente para que surja un libro que tenga vida propia, como es el caso. Y sin embargo, inevitablemente, al leer los poemas de este libro descubrimos muchas facetas de Isel Rivero, de su manera de estar aquí, de su casa-ante-el-mundo.
2. Partiendo de la hipótesis de que la poesía no es necesaria, y de que de la lectura de este libro se puede sacar la conclusión de que la autora no puede vivir sin escribir, sí se infiere que gracias a este libro se multiplica la percepción de la realidad: es decir, sirve como lupa y como catalejo, tiene veleidades de billete de avión y de pozo perforado en la capa de hielo del cerebro. Es útil para quien quiera aventurarse: para quien no queriendo saber nada de Isel Rivero se fíe de mi lectura y se interne en este jardín. Yo no le prometo que no va a salir defraudado. No le prometo nada. No lo vendo. Comparto esta inspección ocular, hecha de noche, en mi casa, y en los vagones de metro de la ciudad de Madrid.
3. Casi al comienzo dice que "en el Hotel Wellington de Madrid / los toreros duermen / antes y después del sacrificio", y poco después: "Nuestra breve historia / Seis mil años / Y tantos héroes", y avanzando por tramos de bosque llamados Exilios y En tránsito llego a un verso que sirve de jaculatoria y de advertencia para quienes sigan todavía aquí, es decir, allí, dentro del libro en el que uno puede zambullirse, secarse, tomar el sol, buscar la sombra, esperar, acompañar el aperitivo, hacer un viaje en tren hacia la costa, detener un avión en pleno vuelo, leer: "Corrígeme si miento". Es una apelación directa al que ha aflojado el pestillo, descorrido el cerrojo, abierto la puerta y la ventana, antes y después del sacrificio, y de tantos héroes como supuestamente yacen en los cementerios y en la heráldica.
4. Y ahora voy a dejar en entredicho parte de lo dicho, al menos aparentemente, porque he llegado a un lugar llamado Kibeho, que está en Ruanda. Supongo que me hice amigo de Isel Rivero a causa de Ruanda. Eso en realidad no importa, esta confesión de parte es del todo irrelevante. Explica que me haya detenido aquí, y que cuando lea "Te llevaron en la camilla blanca / de los muertos / pero estabas viva" se me corte el aliento, me ponga la mano en los párpados, y recuerde aquellos días de abril de 1994 en Kigali, aunque a Isel Rivero no la conocí hasta mucho después, cuando la sangre se había secado por completo y las calaveras habían perdido todo rastro de piel. Aquí, en este libro que acaso servirá de pórtico para otros libros, ella sabe a qué me refiero (y espero que ustedes acaben por descubrirlo más pronto que tarde), insiste: "La monotonía de paisajes desarraigados / de su verdor perenne / la multitud de bocas y huesos / el suave lodo" y un detalle que me conmueve, aunque tampoco importe lo más mínimo, claro, cuando dice: "Olvida sus zapatos carcomidos por la lluvia", porque adonde quiero llegar en realidad es aquí, a: "Las calaveras blancas / destellan en la noche sin luna" y a "La vida hoy se afirma / en la llamada de los tejedores y reyezuelos / en el retoño del jacarandá / en la oración de los mudos / que dan su espalda / al terror". Aquí, donde también abundan los cobardes, sabemos mucho de eso, aunque, de momento, hemos tenido la suerte de no haber llegado hasta el extremo de averiguar de qué lado nos pondríamos cuando llega una temporada de machetes. Ojalá no lo sepamos nunca, no tengamos que saberlo: es decir, no tengamos que retroceder tanto. Pero ella sigue insistiendo, y así, inevitablemente, vuelvo a dejar en entredicho parte de lo dicho, porque sin ser necesario saber nada acerca de la vida de Isel Rivero, aquí vuelve a asomar entera, porque es ella quien lo dice, porque Las noches del cuervo no es un libro anónimo. Véase, por ejemplo: "…no habrá luz / es la temporada / en que las víboras y mambas / descienden para rebuscar en el jardín / Lo que ocurre debajo de los arbustos / nadie verá, oirá, sabrá / Nadie / El machete que hoy esgrimen / se ha forjado en el polvo de tus huesos".
5. No es de extrañar que dos poetas rusas, martirizadas por el régimen que para fabricar un hombre nuevo no tuvo reparo en torturar y destruir a millones, sean María Tsvetaeva y Anna Ajmátova, que están presentes a lo largo de este libro como si fueran las mejoras compañeras de un lento tren hacia el invierno. De la primera, dice: "De casa en casa / mendiga azorada / ladrando de pobreza / a veces invocando / los panes y los peces", y con un quiebro final que deja en la boca un estupendo sabor amargo, de esos que vamos a recordar si sabemos leer: "Buscaste entonces la soga / la llevaste al cuello / y danzaste".
6. Si atiendo a los propios movimientos que el libro impone sutilmente, porque no dispone de más elementos de coerción que la bayoneta de las tapas, la boca del cañón de las páginas, la granada de puedes tomarme cuando quieras, quitarme la espoleta o dejarme que me llene de polvo como un obús de la Primera Guerra Mundial, el paso de baile de la muerte nos lleva de nuevo a Kigali, como si nunca hubiéramos salido de allí, como si el libro no quisiera ni pudiera salir en realidad nunca de allí. El poema titulado Kigali nights lo transcribiré por eso entero: "Al alba / después de la lluvia / nacieron las luciérnagas y los saltamontes / cubrieron el cielo blanco / con brochazos grises y verdes / El vuelo / decían / era corto / sólo un par de días / para vivir / y procrear / lejos de los cuervos / y las hambrientas chotacabras / Anoche / desperté a un terror / mayor que la última ola / de un sismo marino / Los vampiros / alas desplegadas / atisbaban pacientes / detrás de la ventana". ¿Para qué sirven los poemas? Tal vez para esto. Yo no estoy seguro. Pero si aplico la oreja al suelo, como un buen apache adulto y niño, escucho el rumor sutil, y la muerte que llega como un tren: hermoso de lejos, espantoso en cuanto vemos a qué se dedica.
7. Y para no perder la costumbre recién implantada de dejarme en evidencia, dos notas biográficas que pueden parecer dignas de Narciso, y acaso lo sean, pero que al darnos dos datos precisos sobre la educación sentimental de la autora tal vez sirvan para iluminar con reflectores más potentes los aspectos más oscuros de sus poemas, aunque en realidad no sean necesarios. Pero ya que están aquí, no voy a engañarles al respecto: ella se muestra. Cuando tuvo que decidirse (¿hay que hacerlo?) entre la música y la poesía: "Partituras usadas / de tiempos / cuando mis pies no llegaban al suelo / sentada al teclado", y el amor a los caballos, con preciosas instrucciones para peatones, para futuros cow-boys, para pastores, jinetes hipotéticos, amigos de las alegorías, de los cuentos, de los poemas que nos hacen amar tanto a los burros y a los purasangres, a los indómitos y a los dóciles: "Montar un caballo / No es como montar una bicicleta" y, un consejo útil, éste sí, para muchos otros hipódromos íntimos y sociales: "No lleves las riendas cortas / nunca / incluso cuando vueles por el aire / sus encías son tan sensibles / como tu vagina", y "Mira siempre el camino / y usa los dos pares de ojos para saltar / Sugiere / pero nunca fuerces / Habla / pero nunca grites".
8. Dice Isel Rivero que "La poesía / es más que palabras" y que "Nunca engaña" y que "está más allá del poder / más cerca de la verdad / que la materia". Yo no voy a contradecirla. No es de extrañar que casi a renglón seguido, es decir, el siguiente vagón, se llame Credo y allí se escuche rezar que "la vid es así / cuánto más sufre / mejor es la uva / En mi jardín / el refrán es el mismo", y es ahí, también, donde hace su mayor profesión de fe de todo el libro: "hay once dimensiones / en contiguos universos".
9. Voy a ir terminando con estas notas de lectura de quien no sabe leer más que para sí. A las pruebas me remito. Y sin embargo, lo que yo quisiera es que se tomaran la molestia de leer Las noches del cuervo, y no precisamente para comprobar cuán equivocado estaba, cuán lejos de su lectura de los hechos. Sino para que se den cuenta cabal de que no es preciso tener ni idea de quien es Isel Rivero para echarse este poemario al bolsillo y a la cara, al viaje y a la noche, para ver más del mundo y de nosotros de lo que vemos en realidad. Ella rompe la parte alícuota de olvido y de desdén. Están avisados. Que sea mi amiga o no debería ser irrelevante. Al menos a los efectos de la hipótesis inicial. Y no me refiero al hecho de que ella, la autora, crea en las supercuerdas, como parece deducirse de lo que su libro dice o deja entrever, sino a la naturaleza íntima de Las noches del cuervo. Sigue alumbrando cuando ella no está cerca, cuando ella lo deja a merced de los elementos, es decir, en sus manos. A pesar de que la poesía no sirve para nada, estoy seguro de que si se dejan sorprender por las contradicciones este libro se alojará en su cabeza, y en algunas provistas de buena tierra negra echará raíces.
Postdata : Ah, si se empeñan en conocerla, a diferencia de lo que con demasiada frecuencia ocurre con los autores de los libros que amamos, no les defraudará. El riesgo es suyo.
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